El Buenos Aires que se fue

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La medicina de ayer

PEDRO GARCÍA Y LA LIBRERÍA “EL ATENEO”

Pedro García, un inmigrante español nacido en Logroño, integrante de una familia de libreros, fundó la librería y editorial “El Ateneo” en setiembre de 1912.

Su primera ubicación fue en la calle Victoria al 600 (hoy Hipólito Irigoyen). En 1936 se trasladó a Florida 371 y en 1938 se ubicó en Florida 340. Por sus salones pasaron personalidades de renombre nacional e internacional.

Pedro García incluyó en su catálogo editorial textos selectos de la literatura universal, pero por sobre todo, libros académicos de Medicina, Odontología, Farmacia y Bioquímica, Salud Pública e Higienismo, de edición nacional o extranjera, que se constituyeron en el área más sólida de su catálogo.

Durante nuestra etapa de estudiante universitario, las visitas a la sucursal ubicada en la esquina de Junín y Córdoba, fueron un destino obligatorio. Muchos de los libros recomendados, ahí se editaban, y se podía hallar también, libros de difusión más limitada. Una vez graduado, fue el sitio donde compré los libros de consulta, siempre necesarios.

En Florida 340 se realizaron las denominadas “Peñas de Escritores”, a las que concurrieron figuras de primera línea como Conrado Nalé Roxlo, Jorge Luis Borges, Manuel Mujica Lainez, Victoria Ocampo, Leopoldo Marechal, Eduardo Mallea, etc. Posteriormente, el 21 de setiembre de 1969, se realizó la “Primavera de las letras”, jornadas en la que los escritores firmaban ejemplares de sus libros.

Fue el antecedente de la Feria Internacional del Libro, donde los lectores dialogaban con los autores y se llevaban un ejemplar autografiado. Durante la Guerra Civil Española, “El Ateneo” fue un sitio de libertad editorial, ya que se imprimieron obras pruhibidas por el franquismo.

La sucursal más espectacular es la ubicada en Santa Fé 1860, en la sede del viejo cine teatro “Gran Splendid”, considerada la segunda librería más importante del mundo. En 1998, se crearonn otras dos sucursales: una ubicada en Cabildo y Juramento y la otra, en Florida 629.

Pedro García falleció en Buenos Aires en 1948 y sus hijos Pedro y Eustasio continuaron eficazmente su obra, aumentando el número de sucursales en Amédica y Europa. En 2012, “El Ateneo” festejó su primer siglo de vida. La editorial y librería “El Ateneo”, creación de Pedro García, fue un centro literario indiscutido que mantuvo su vigencia como faro cultural en ese Buenos Aires que se fue.

Fuente: http://www.eldia.com.ar/edis/20121111/cien-anos-historia-mundo-literario-argentino

http://www.diasde historia.com.ar/content/el-ateneo-celebra-hoy-su-centenario

La educación, La inmigración, La medicina de ayer

TANGOS DEDICADOS A MÉDICOS

Uno puede preguntarse ¿Qué relación existe entre el tango y la medicina?.

La respuesta puede sorprender. El análisis de las letras de tango, cuentan muchas situaciones de esta relación. Y no solamente en las letras sino también en las carátulas de las partituras, donde quedaron graficadas con impecables dibujos alusivos, escenas de la vida médica, encarada desde un punto de vista humorístico.

Durante la segunda y tercera década del siglo XX, aparecieron tangos dedicados a los profesionales de la medicina: médicos, practicantes, farmacéuticos, dentistas y también, amigos personales no relacionados con la medicina. Una característica distintiva, eran las carátulas que mostraban viñetas de un humor macabro, que destacaba nítidamente, el mensaje del título.

Las lecturas de estas tapas mostraba en primer término, la dedicatoria al profesional o amigo, así como en algunas ocasiones, acompañando al título, una breve aclaración. Muchas de las partituras, hoy inhallables, están en manos de celosos coleccionistas.

El 606, tango medicinal para la curación de todo mal” de Reinaldo Sales de Araujo, dedicado a los boticarios, se refería al “salvarsán”, el primer compuesto arsenical para el tratamiento de la sífilis, enfermedad muy extendida en las primeras décadas del Siglo XX.

Con motivo del Primer Baile del Internado, el 21 de setiembre de 1914, Francisco Canaro estrenó su tango “Matasano” dedicado a los internos del Hospital Durand. Al año siguiente, con motivo del segundo baile del Internado, el mismo Francisco Canaro estrenó “El Internado“, dedicado a la Asociación del Internado, a su presidente el Dr. Adolfo Rébora y a la Comisión Directiva de la misma”.

Eduardo Arolas, dedicó su tango “Rawson“, a los doctores Pedro Sauré, Juan Carlos Aramburu y Clebo Santa Coloma. Se trataba del Hospital Rawson, centro de actividades de los famosos hermanos Enrique y Ricardo Finocchietto, creadores de la Escuela Quirúrgica que lleva su nombre.

Los agradecimientos fueron frecuentes, como en “El Cirujano“, de Adolfo A. Perez, “dedicado con aprecio al inteligente médico cirujano Dr. Adolfo Sangiovanni, en prueba de sus esmeradas atenciones”. Vicente Greco compuso “El Anatomista“, dedicado a los practicantes internos de los Hospitales de la Capital, con motivo del Tercer Baile del internado, el 21 de setiembre de 1916.

A veces, se agregaba al título del tango, una aclaración complementaria como en “Bicloruro“, Tango venenoso, de Francisco Demarco “Dedicado a mi estimado amigo, Subcomisario Américo La Rosa” . “Bicarbonato“, Tango curativo, de A. Battisti”dedicado al distinguido médico y amigo Dr. Enrique Feinmann”, o “Cloroformo“, Tango Medicinal, de Alberto Paredes, “dedicado al distinguido médico cirujano Dr. Héctor De Kemmeter”. Curiosas relaciones entre el tango y la medicina en ese Buenos Aires que se fue.

El tango, La medicina de ayer

LA SÍFILIS

El estado sanitario de Buenos Aires durante las primeras décadas del siglo XX, estaba supeditado a las pestes, plagas e infecciones.

La sífilis era un verdadero azote, cuya incidencia estaba facilitada por la gran cantidad de conventillos y la prostitución. Las prostitutas vivían disciplinadas en los burdeles registrados. Pero la antesala de la prostitución estaba representada por otras profesiones como empleadas domésticas, lavanderas, planchadoras, ojaleras, costureras, bordadoras, modistas y obreras con salarios bajos.

La prostitución clandestina ubicada en cafés, bodegones y domicilios, configuraban una telaraña. La inspección médica de prostíbulos nació con la Ordenanza del 10 de Setiembre de 1888, con la creación del Sifilocomio y Dispensario para atención de enfermos de sífilis.

Todas las prostítutas debían revisarse una vez por semana. Si no se prsentaban, se las consideraba enfermas. No podían trabajar y no entraba dinero. Es decir que salud, era igual a dinero. En la segunda década del siglo XX, fallecían de sífilis más de 2 mil personas por año, sin contar aquellos que padecían enfermedades neurológicas irreversibles.

El certificado prenupcial establecido en 1936, controló más a fondo la expansión de la sífilis entre los hombres. Pero la prostitución clandestina era muy superior a la oficial. El cuidado de la salud de las prostitutas, originó las primeras organizaciones de contralor de la salud. Importaba que la ecuación salud igual a dinero se cumpliera a rajatabla.

El 80 % de las mujeres atendidas estaban enfermas. La inmigración se caracterizaba por traer hombres jóvenes solteros o que llegaban sin su familia. La prostitución oficializada, fue una estrategia estatal para estos nuevos habitantes que llegaban al pais. Pero la mayoría concurría a prostíbulos clandestinos, sin cuidados médicos de control, con los consiguientes riesgos de infección.

Los tratamientos de la sífilis a partir de 1910, se realizaron con los compuestos arsenicales. Producían cierto alivio, a expensas de una enorme toxicidad, por lo que muchos no lo aceptaron. Cien manzanas limitadas por las calles 25 de Mayo, Viamonte,  Junín y Cangallo (Preidente Perón) configuraban los lugares de la “buena vida”, ya que allí se encontraba más del 50 % de los prostíbulos de Buenos Aires.

Al diagnosticarse una enfermedad venérea, sífilis o gonorrea, las prostitutas dejaban de trabajar para comenzar su tratamiento, a veces, con internación incluida. En 1914 había 3068 prostíbulos oficiales y 10 mil clandestinos. La sífilis era una enfermedad vergonzante, hasta tal punto, que cuando una persona fallecía, se solicitaba colocar otro diagnóstico como causa del deceso.

En 1920, el 30 % de los pacientes internados en el Hospital Rawson, eran sifilíticos. En esos años, la sífilis era una enfermedad terminal. El cierre de los prostíbulos en 1935, provocó el resurgimiento de la sífilis con la consiguiente alarma. Aumentó la prostitución clandestina con el incremento de la sífilis.

En 1945 apareció la penicilina. y los indices de sífilis bajaron lo suficinete hasta casi desaparecer y la sífilis, dejó de ser una enfermedad terminal en ese Buenos aires que se fue.

Fuente: Carretero Andrés. Prostitución en buenos Aires. Ed. Corregidor, 2a. ed. 1998.

Aquellas enfermedades, La ciudad, La cuestión social, La inmigración, La medicina de ayer

Y NO ERAN ARTÍCULOS DESCARTABLES

Hasta superada la primera mitad del siglo XX, las jeringas, agujas de inyección, tubuladuras y frascos de suero, no eran descartables.

Las jeringas Lüer eran de vidrio, con un émbolo esmerilado y una capacidad que oscilaba desde 1 cm3 a 100 cm3, detallada en una escala bien visible, grabada en el vidrio. Las más comunes tenían una capacidad de 5 cm3, para inyecciones intramusculares, y de 10 cm3 y 20 cm3 para inyecciones endovenosas.

Las más pequeñas, de 1 cm3 y 2 cm3, eran para inyecciones subcutáneas. Las agujas de acero inoxidable eran habitualmente 50/8 (5 cm de largo y 0.8 mm de luz) intramuscular  o 30/7 para endovenosas. Todos estos elementos eran usados hasta que no tenían más utilidad.

Se esterilizaban por calor seco en estufa, o calor húmedo en autoclave. Pero lo habitual, lo de todos los días, era colocarlos en un recipiente con agua hirviendo y dejarlas 15 minutos. Una vez utilizados, se depositaban en una bandeja con material sucio, que sería lavado con agua y jabón, para seguir con los pasos correspondientes de esterilización.

Si era necesario disponer al instante de materila estéril, se recurría a un procedimiento heroico: se rociaban los elementos con alcohol fino y se encendía fuego por un breve instante. Los riesgos más comunes eran que las jeringas, se resquebrajaran, por el calor excesivo, requiriendo su descarte inmediato.

Las agujas perdían el filo de su extremo biselado. Un sencillo método de recuperación era el de afilarlas con el émbolo de las jeringas. Aprendí la técnica durante la época de soldado, cuando hacía guardias en el Hospital Militar de Campo de Mayo.

El stock de agujas no era abundante; el uso era intenso y las consecuencias se experimentaban al realizar inyecciones intramusculares o endovenosas. Nada era descartable: las tubuladuras para sueros eran de goma. Una vez usadas, se lavaban y esterilizaban. Lo mismo con las tubuladuras para las transfusiones sanguíneas, que se lavaban con aparatos especiales. Los sueros se reenvasaban en los frascos de vidrio, previamente esterilizados, para su próximo uso.

Poco se eliminaba; casi todo se reutilizaba. En medio de esas dificultades, aprendimos a resolver situaciones imprevistas y colaborar en la mejoría o curación de los pacientes en ese Buenos Aires que se fue.

La medicina de ayer, Recuerdos del Hospital

LA CATAPLASMA

Las cataplasmas fueron un remedio casero empleado en la era preantibiótica para el tratamiento de las infecciones broncopulmonares.

Se preparaba mezclando harina de lino y mostaza con agua caliente, hasta formar una pasta, que se colocaba entre dos lienzos sobre el pecho, trasmitiendo su calor durante unos 15 minutos aproximadamente.

Se aprovechaban sus efectos antiinflamantorios y emolientes, para favorecer la fluidificación de las secreciones bronquiales. Había que ser cuidadoso en su aplicación, a fin de evitar quemaduras, que cuando se producían, requerían de un tiempo muy prolongado para su curación.

La cataplasma se asociaba con otros procedimientos disponibles en la época para combatir los tan temidos episodios broncopulmonares como las compresas de calor seco en el pecho y espalda; las fricciones con “untura blanca”, un compuesto a base de esencia de trementina, las inhalaciones de vapor proveniente del humo provocado por el agua caliente conteniendo frutos de eucaliptus y la colocación de sustancias mentoladas en las fosas nasales, para facilitar la respiración.

Estos procedimientos se repetían durante varios días, hasta que los síntomas disminuían paulatinamente. Eran otros tiempos, otros ritmos; las enfermedades tenían generalmente una duración definida en su evolución. Las enfermedades respiratorias eran motivo frecuente del uso de estas cataplasmas. Las hubieron también de papa, de barro o de hierbas, para diversas indicaciones como infecciones en la piel, cistitis y dolores articulares.

La cataplasma fue, durante la época preantibiótica, un popular y eficaz medio terapéutico empleado en ese Buenos Aires que se fue.

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EL ACEITE DE CASTOR

Aceite de Castor era el nombre con que conocíamos al Aceite de Ricino, un purgante muy popular.

Eran épocas en las que no existían los antibióticos y el empleo de purgantes era un procedimiento frecuente ante los procesos infecciones leves. Al finalizar la etapa invernal, la ingestión de aceite de Ricino, era la norma ya que se aseguraba su utilidad “para depurar el organismo de las impurezas acumuladas en la sangre”.

Pero durante todo el año, cuando se producía un estado febril asociado con decaimiento, se recurría a un procedimiento de rutina: reposo en cama y una purga con aceite de ricino. Como poderoso irritante intestinal, sus efectos eran seguros, favoreciendo el control de los episodios con fiebre.

Se consideraba que, independientemente de un episodio febril, el purgante debía tomarse un par de veces al año. Esta constante venía de arrastre, cuando purgante y sangrías, eran los medios terapéuticos para tratar todo.

Tomar una o dos cucharadas soperas de aceite de ricino, no era fácil. El desagradable gusto del aceite, provocaba el rechazo espontáneamente, hecho que motivaba la búsqueda de cualquier método o maniobra que facilitara su deglución.

Con el advenimiento de los antibióticos, los purgantes perdieron su vigencia hasta constituirse en una rareza, los mismos que llegaron a utilizarse como herramienta de castigo en los niños, al provocar náuseas, vómitos, cólicos y diarrea.

Las purgas con aceite de ricino integraron el armamentario médico de ese Buenos Aires que se fue.

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EL ACEITE DE HÍGADO DE BACALAO

El aceite de hígado de bacalao es un suplemento dietético administrado a los niños desde hace muchos años, por su contenido en vitaminas naturales A y D.

El sabor y el aroma es muy variable, dependiendo de su calidad que oscila desde un olor a sardinas hasta el de pescado podrido y aceite rancio. Los recuerdos de la infancia asociados al aceite de hígado de bacalao, constituyen una etapa de tortura.

Tomar una cucharada sopera en la mañana, era un verdadero castigo, ya que el asco que nos daba oler y tragar esa porquería, se tradujo no sólo en un recuerdo inolvidable, sino en una huella indeleble en el cerebro, imposible de borrar.

Quienes vivimos esta experiencia, también conocimos las variedades de este aceite con el sabor modificado, con un gusto a limón o menta, para facilitar su deglución, o su presentación en cápsulas    gelatinosas blandas. Eran tan grandes, que para un pibe, no era fácil tragarlas.

Se administraba en el período invernal para fortalecer los huesos evitando el raquitismo, para fortalecer el organismo  y protegerse de la gripe, y como un estimulante del apetito en niños delgados, cuando se consideraba que ser obeso, era ser sano.

Fue muy popular en la Argentina, la presentación denominada “Emulsión de Scott”, caracterizada por la clásica figura de un marinero transportando un bacalao al hombro, pero especialmente, por su horrible sabor. El recuerdo del sabor asqueroso del aceite de hígado de bacalao original, pertenece a uno de los peores momentos vividos en ese Buenos Aires que se fue.

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LA ASISTENCIA PÚBLICA

L a Asistencia Pública fue la organización dependiente de la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires, encargada de resolver las emergencias médicas, administrando los primeros auxilios en el centro de la ciudad de Buenos Aires.

En su sede de Esmeralda 80, los médicos, odontólogos y estudiantes avanzados de ambas disciplinas, fueron los encargados de solucionar las distintas situaciones planteadas. Fue fundada en 1897 por el Dr. Telémaco Susini, con un Servicio Público permanente que en su sede central, estaba atendido por seis médicos, seis Practicantes Mayores y dieciocho Practicantes Menores.

Se realizaban auxilios domiciliarios con ambulancias automóvil. Sin embargo, las dificultades técnicas de las máquinas, malograron en muchas oportunidades, el poder finalizarlos exitosamente. Por otra parte, la velocidad que desarrollaban no superaban a las traccionadas por caballos.

Eran épocas en las que pocas calles estaban adoquinadas; las lluvias provocaban unos barriales espantosos, solamente superados por las ambulancias a caballo. En las calles con un afirmado de asfalto o adoquines de madera, correspondiente a la zona del microcentro, las ruedas tenían llantas de goma. En las calles empedradas o embarradas, iban provistas con ruedas de mayor tamaño con llantas de acero.

Dentro del microcentro, eran tiradas por un caballo, y en las zonas más alejadas, por dos. En los suburbios se establecieron Hospitales Vecinales: Belgrano, La Boca, Floresta, Flores, Barracas y Corrales. Fueron muchos los nédicos y odontólogos que realizaron sus primeras prácticas en la sede de la calle Esmeralda.

La ubicación en pleno microcentro, motivó mil y una anécdotas divertidas con la gente del espectáculo, quienes eran rápidamente atendidos, especialmente cuando se trataba de resolver las crisis nerviosas o consecuencias de las peleas entre las chicas que integraban los cuerpos de baile de los teatros de Revistas, en ese Buenos Aires que se fue.

Fuente: http://peniadehistoriadelsur.blogspot.co.ar/2009/07/asistencia-publica-de-buenos-aires

La ciudad, La medicina de ayer

CUANDO LAS DROGAS PROHIBIDAS ERAN MEDICINAS

Las llamadas drogas de abuso, actualmente prohibidas, fueron consideradas fármacos medicinales en la medicina de ayer.

La morfina, la cocaína y la heroína fueron consideradas auténticos remedios milagrosos. Se vendían en farmacias y boticas, y en las dos primeras décadas del siglo XX, se podían adquirir sin necesidad de receta.

La heroína integraba la fórmula del “Jarabe Bayer de Heroína”, indicado en el tratamiento de las afecciones respiratorias como calmante de la tos en la coqueluche y la tuberculosis, en las bronquitis, asma bronquial y catarro pulmonar.

Por su efecto analgésico en la ciática, esclerosis múltiple, crisis gástricas de los tabéticos, una secuencia de la sífilis avanzada, dolores gripales y aneurisma de la aorta. También en psiquiatría por sus propiedades sedantes para contrarrestar los efectos de la confusión aguda, depresión y neurastenia.

Foto: http://alboraida.blogspot.com.ar

El opio y sus derivados se usaron desde hace mucho tiempo atrás. El uso del láudano, una mezcla alcohólica con opio, frecuentemente empleada como analgésico y antiespasmódico. En nuestra época de trabajo en guardias de emergencia, empleamos el “Pantopón”, una mezcla de alcaloides del opio, y el “Spalmalgine” un poderoso analgésico y antiespasmódico derivado del opio.

La cocaína en forma de comprimidos y pastillas, se usaba para el dolor de garganta. Eran elaborados por los farmacéuticos y boticarios. La cocaína por sus efectos analgésicos, se empleaba como tópico local en el dolor de muelas. Por sus efectos anestésicos en la cirugía ocular y otorinolaringológica.

La coca integraba vinos espirituosos, con propiedades tónicas, con o sin quina. No podemos dejar de lado a los derivados del Cannabis, es decir, la marihuana. Los derivados cannabicos, extracto de cáñamo indiano, la tintura de cannabis, y los papeles azoados balsámicos para el tratamiento del asma.

Hoy en día, los niños que consumen heroína, no lo hacen para dejar de toser. El empleo de las drogas hoy prohibidas, llenaron un amplio capítulo de los tratamientos realizados en ese Buenos Aires que se fue.

Fuente:   http://perso.wanadoo.es/jueso/drogas-medicamentos/drogas-medicamentos.htm

Aquellas enfermedades, La medicina de ayer

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