El Buenos Aires que se fue

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La inmigración

BEN MOLAR

Moisés Smolarchik Brenner, conocido como Ben Molar, nació en la calle México 2041 en Capital Federal, el 3 de agosto de 1915.              

Fuente: Plural Jai

Fue autor, compositor, difusor, productor y promotor artístico. Pero si algo lo destacó fue su capacidad de elaborar versiones en castellano de las canciones más famosas de la época, es decir, su desempeño como versionista, adaptando al español canciones escritas en otros idiomas, tales como “Las hojas muertas”, “Repican las campanas”, “Noche de paz, noche de amor”, y el clásico judío “Mi madre querida”.

Una labor similar realizó con canciones de “Los Beatles”, Paul Anka, Elvis Presley y muchos otros. Era común leer en las piezas de música o en las etiquetas de los discos: “versión en castellano Ben Molar”. No eran traducciones literales, sino interpretaciones idiomáticas que facilitaron su comprensión en Argentina y países de América Latina.

Sus primeras composiciones fueron letras de murga, cuando tenía 11 años. Pero hay que destacar la composición de famosos boleros como “Final”, “Sin importancia” y “Volvamos a empezar”, elaborados junto con Paul Misraki, famoso músico y autor turco francés, en la época de su exilio en Buenos Aires.

Fue responsable del éxito de muchas figuras como Mercedes Sosa, Sandro, Los Cinco Latinos, Lito Nebbia, “Los Abuelos de la nada”. Creó “El Club del Clan” y fue el principal impulsor de uno de sus integrantes, Palito Ortega, un auténtico creador.

Creó el sello musical “Fermata”, con el que produjo en 1966 su exitoso proyecto, el álbum titulado “14 con el tango”. Significó la creación de 14 piezas musicales y 14 pinturas convocando a las figuras más notables en ambos rubros. No fue una producción pareja, aunque algunos tangos alcanzaron notoriedad como “Bailate un tango, Ricardo” , letra de Ulyses Petit de Murad con música de Juan D’Arienzo y “En que esquina te encuentro, Buenos Aires” de Florencio Escardó y Héctor Stamponi. El resultado de este esfuerzo aumentó la difusión del tango, en una época no favorable.

En 1995, “Fermata” produjo “Los 14 de Julio De Caro”, un homenaje al Maestro, por parte de famosos solistas del tango. Se casó con la actriz cinematográfica Pola Newman con la que tuvo dos hijos. Fue Presidente Honorario de la Asociación Gardeliana Argentina; Miembro de la Academia Porteña del Lunfardo; Miembro de la CD del Instituto Cultural Argentino Israelí y Ciudadano Ilustre de Buenos Aires.

Logró que el 11 de diciembre, fuera declarado “Día Nacional del Tango”, fecha correspondiente al día del nacimiento de Carlos Gardel y Julio De Caro. Falleció el 25 de abril de 2015. Ben Molar, fue un verdadero e incansable emprendedor multifacético que brilló con luz propia en ese Buenos Aires que se fue.

Fuente: http://www.trascarton.com.ar/cultura/ben-molar

Moreno María: Big Ben según pasan los años. Página 12, 31-12-2006.

Breslav Haydee. Ben Molar. 10-11-2015.  http://serdebuenosayres.blogspot.com.ar/

El tango, La inmigración, Personajes de la ciudad

JOAQUÍN GÓMEZ BAS

Joaquín Gómez Bas fue un escritor, pintor y guionista nacido en Cangas de Onis, Asturias, España, el 26 de mayo de 1907.

Llegó con su madre a la Argentina el 24 de agosto de 1908. Se orientó hacia el periodismo y la poesía. Trabajó como pintor y escritor autodidacta, colaborando en diarios de prestigio y se desempeñó como corrector de la Editorial Atlántida, donde posteriormente fue Secretario de Redacción y Director.

Su producción literaria se cumplió en dos etapas. En la primera escribió poesía, hasta fines de la década del 40. Su obra poética comprende los temas “Panorama de ensueño” (1934), “Marejada” (1937), “Faroles en la niebla” (1941), Birlibirloque ( 1943). Fundó la revista “Saeta” donde publicó parte de su producción poética.

Posteriormente, a partir de 1952, aparecieron sus novelas donde se destacó “Barrio gris” en 1952, por la que recibió la Medalla de Oro otorgada por la Comisión Nacional de Cultura en 1954. Elaboró el guión para la película del mismo nombre en 1954, ganadora del “Cóndor de plata” a la mejor película del año, en 1955. Mostraba la vida en una villa de los arrabales de Sarandí, a fines de la década del 40. Fue un gran éxito editorial.

Sus cuentos aparecieron a partir de 1965. Fue un experto en el manejo del idioma porteño, incluyendo muchas expresiones en lunfardo, como muy bien puede apreciarse en “La Comparsa”, aparecida en 1965, que obtuvo el premio “Feria del Libro de Mendoza”.

Otras novelas importantes de su producción fueron “Oro bajo” y “La gotera” en 1957, “La resaca” en 1969, “La guitarra” en 1970. Fue fundador de la “Academia Porteña del Lunfardo” alcanzando la vicepresidencia en el período 1981 a 1985; ocupó el sillón “Enrique González Tuñón”.

En 1958 realizó su primera exposición de arte pictórico. Su cuadro “Lanchones amarillos”, obtuvo el premio “Benito Quinquela Martín”. Falleció en Buenos Aires, el 4 de noviembre de 1989. En su “Soneto Lunfardo” señaló :”Ahora solo soy melancolía, / un malevo al costado de la vía / que está esperando un tren que ya pasó”. Un tren que ya pasó en ese Buenos Aires que se fue.

Fuente:

http://fundacionkonex.org/b1078/-joaquin-gomez-bas

https://u.wikipedia.org/wiki/joaquin%C3%B3mez-Bas

http://www.lunfardo.org.ar/academicos/fallecidos-2/joaquin-gomez.bas

http://lasletrasdelquilmero.blogspot.com.ar/2012/06/barrio-gris-de-joaquin-gomez-bas

http://lunfardo.org.ar

La inmigración, Vivieron en Buenos Aires

LA LIBRETA DE AHORROS Y LA NENA

En mi época escolar, la libreta de ahorros fue el medio mediante el cual ahorrábamos pequeñas sumas de dinero, proveniente de obsequios o cumpleaños.
Comprábamos estampillas que se pegaban en la clásica libreta de tapas amarillentas. Esta operación era realizada por la maestra de grado, dentro del aula, sumando el importe al que se tenía depositado.
Reuní 197 pesos moneda nacional pero guardé la libreta durante mucho tiempo. Un día decidí recuperar lo ahorrado pero ya, habían sucedido varias devaluaciones. La operación fue decepcionante porque me pagaron 4 pesos con 30 centavos.
Pensar que en la contratapa había varios consejos con frases muy especiales, como la que decía:” La Nación garantiza los depósitos que se efectúan en la Caja Nacional de Ahorro Postal y su devolución con intereses”.
En las estampillas, se observaba una niña sentada en actitud de depositar una moneda en la ranura de una alcancía que retenía entre sus rodillas. Fue el símbolo de la Caja Nacional de Ahorro Postal, vigente en la actualidad.
Esa niña era Aída Ferrari, de 6 años de edad, hija del escultor italiano Nicolás Antonio Ferrari. Posó para su padre durante un mes, sentada en una mesa giratoria, mientra modelaba el original en arcilla. Luego realizó la copia en yeso finalizando con la versión en bronce.
Como compensación, Aída recibía diariamente, una moneda de 20 centavos . La escultura se realizó en el taller que Ferrari tenía en su casa, ubicada en la calle Callao al 300, de ese Buenos Aires que se fue.

Fuente: Giudici A. Un símbolo y una historia viva. El Arca/38.

La infancia, La inmigración, Realidades argentinas

LA LAVANDERA

La lavandera acudía a los domicilios a lavar la ropa sucia que se le entregaba, previo recuento.

Desarrollaba su tarea en el enorme piletón ubicado en el fondo de la casa chorizo, al lado del cuarto de baño. La tarea básica del lavado era enjabonar la ropa, remojar, dejar reposar, quitar las manchas restregando sobre la tabla de lavar, aclarar con agua a mano y nuevo remojo en agua con una pastilla de “azul” para aclarar, retorciendo al máximo para eliminar la mayor cantidad de agua.
El secado se realizaba colocando la ropa al sol, ya sea extendida sobre el césped, si lo había, o mucho más frecuente colgada de una soga y fijada con broches de madera.
Una vez secada, se doblaba prolijamente para su entrega, colocándola en la cesta para la ropa limpia. La lavandera era habitualmente una inmigrante española, de Galicia, que encontraba una fuente de trabajo diario.
Esa tarea la desempeñaba en varios domicilios del barrio, a los cuales concurría una o dos veces por semana. Cobraba por hora de trabajo. En más de una ocasión, otros inquilinos solicitaban sus servicios, mejorando así sus magros ingresos.
En otras oportunidades, se solicitaba su colaboración en las tareas de la casa, ampliando su espectro de actividades. Eran contratos de palabra que se cumplían rigurosamente por ambas partes. El cumplimiento de la lavandera devenida en empleada doméstica, era remunerado oportunamente con pagos semanales o quincenales.
La aparición progresiva de los medios de lavado mecánicos, fueron reemplazando a las lavanderas en ese Buenos Aires que se fue.

El barrio, La casa, La inmigración

EL MANDOLÍN DE MI ABUELO

Como a buen napolitano, a mi abuelo le gustaban los juegos carteados y la música.
Fuí un afortunado al poder disfrutar, desde niño, sus ejecuciones en mandolín, instrumento que dominaba a la perfección. Al caer la tarde, se acomodaba en un sillón del vestíbulo de la casa chorizo donde vivíamos, desenfundaba el mandolín, situación que yo esperaba para jugar con el estuche que simulaba a un enorme pescado con la boca abierta.
Él acomodaba el mandolín sobre la panza, y luego de algunas escalas previas, comenzaba la ejecución de típicas canzonetas napolitanas, que me inducían a pensar que aspecto tendrían los sitios de Italia que evocaban, según el canto de mi madre.
Veo su rostro sereno, con sus ojos azules, su bigote bien recortado, sus anteojos de marco grueso, color marrón y su cabello escaso, color gris, bien peinado. Sus ágiles manos recorrían el diapasón con naturalidad, logrando producir sonidos claros y bien definidos, que resumían el sabor nostálgico de esas canciones.
Escuchaba a mi madre cantarlas frecuentemente, aprendiendo yo una fonética cuyo significado, no conocía. Estas vivencias han quedado fijadas a mi memoria con precisión. ¡ Qué sonidos los de ese mandolín tan bien ejecutado, en ese Buenos Aires que se fue!

La casa, La infancia, La inmigración, Personajes de la infancia

INGEBORD MELLO, REPRESENTANTE DEL ATLETISMO ARGENTINO

Ingebord Mello de Preiss nació en Alemania el 4 de enero de 1919.

Emigró al país en el año 1938, a los 19 años de edad, huyendo del nazismo. Se incorporó al atletismo argentino donde descolló en el lanzamiento del disco y la bala.

Su trayectoria atlética se verificó en las décadas del 40 y 50, llegando a convertirse en la máxima figura del equipo nacional, en especial durante la época del gobierno peronista. Sus mejores registros en el lanzamiento del disco y de la bala, los obtuvo en esa época.

Si bien representaba al club San Lorenzo de Almagro, tuve la oportunidad de asistir a sus entrenamientos en la pista de atletismo del club River Plate, en el año 1947. Con un buzo azul oscuro y pantalón negro, Ingebord Mello hacía prácticas con la bala en un sector de la pista de color negro que rodeaba el perímetro de la cancha, con sus 6 andariveles. Conocía su rostro, que aparecía frecuentemente en los portales de las revistas deportivas, especialmente en “El Gráfico”.

Debutó oficialmente el 25 de marzo de 1939 con el lanzamiento de la bala, logrando el primer récord argentino el 28 de octubre de 1941. Fue representante olímpica en 2 ocasiones: en Londres en 1948 y en Helsinki, en 1952. Campeona panamericana en lanzamiento del disco y la bala, compitió hasta 1969, cumplidos los 50 años de edad.

Falleció a los 90 años en Buenos Aires, el 25 de octubre de 2009. Ingebord Mello fue la máxima figura del atletismo nacional durante dos décadas, cosechando 7 medallas de oro, 3 de plata y 15 de bronce en campeonatos argentinos, sudamericanos, iberoamericanos, y panamericanos.

Fue una temible competidora, capaz de superar a sus adversarios en el último intento. Esta gran atleta lanzadora de Argentina, vivió en ese Buenos Aires que se fue.

Fuente: https//www.elkilometro.com/foro/viewtopic.php?=20245&sid=12634

http://www.nacion.com/2009/octubre/31/obituario2143254.html (Spring 2014). pp 5-39

Nashim: A Journal of Jewish women’s studies & Gender Issues, Nº 26

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EL OTRO PAN

No eran muchas las variedades de pan que se vendían en las panaderías durante las décadas del 30 y del 40: pan francés, pan flauta, pan de Viena, pan criollo y pan pebete con el agregado de las facturas.

Se lo compraba directamente en el negocio o bien, a través de repartidores que lo acercaban a los clientes en su domicilio. Pero el aporte inmigratorio trajo al país otras variedades de pan, que no se hallaban en las panaderías tradicionales.

La comunidad italiana introdujo los tradicionales panes del sur de Italia. Pero no era fácil conseguirlo. Algunos días de la semana, recorría las calles del barrio un triciclo con su caja metálica brindándonos el “Pan casero”, que se cortaba apoyándolo sobre el pecho, obteniendose una tajada de un centímetro de espesor.

Solo o con manteca, era un manjar cuyo olor y sabor recordamos con nostalgia. También podíamos degustar las “fugazzas, con o sin cebolla”. Se cortaba igual que la pizza pero se abría como un libro, y la imaginación y el buen gusto, definían que agregar a ese pan blando y sabroso que tanto disfrutamos.

A medida que pasaron los años, fue desapareciendo el repartidor de ese pan peninsular y sólo quedó un local ubicado en la Avenida Independencia, en la vereda de los números pares, donde podemos reencontrarnos nuevamente con el pan casero, las fugazzas y las roscas con anís, que nos hacen evocar al Buenos Aires que se fue.

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EL CONVENTILLO EN EL TANGO

Los conventillos eran casas populares con muchas habitaciones, que alojaron a múltiples familias integradas en su mayoría por inmigrantes y su descendencia, colmando y superando la capacidad permitida para cada habitación.

La llegada del Siglo XX, se asoció con el arribo al país de enormes oleadas de inmigrantes, época caracterizada por una carencia desproporcionada de habitaciones. Esta situación motivó la construcción de enormes casas colectivas con 30 a 40 habitaciones, mal ventiladas y con déficit de servicios sanitarios.

La ciudad creció con estas características y el tango incluyó en sus estrofas, escenas típicas del conventillo. Fueron varias las denominaciones con las que se conoció a esta particular casa habitación: yotivenco, el vesre de conventillo; convento y convoy. En “Uno y uno”, tango de Julio Pollero y Lorenzo Traverso, 1929, así se lo señala: “¿Dónde están aquellos briyos / y de vento aquel pacoy, / que diqueabas , poligriyo, / con las minas del convoy?”.

Es posible encontrar breves descripciones del conventillo en algunos versos, que contribuyen a brindar el conocimiento de como eran en su interior. Enrique Santos Discépolo, con la colaboración posterior de Virgilio y Homero Expósito nos dejaron “Fangal”, 1954, donde dice: ” Yo la vi que se venía en falsa escuadra, / se ladeaba, ¡se ladeaba por el borde del fangal!…/ ¡Pobre mina que nació en un conventillo / con los pisos de ladrillos, el aljibe y el parral!”.

La puerta de calle del conventillo no existía o no se cerraba. Siempre permitía el paso, entrando o saliendo. De una o dos plantas, albergaba un conjunto muy heterogéneo de inquilinos, que cumplían un horario ampliio de trabajo. Antonio Scatasso y Pascual Contursi compusieron en 1927 “Ventanita de arrabal”, que refleja esta situación: “En el barrio Caferata / en un viejo conventillo, / con los pisos de ladrillo, / minga de puerta cancel, / donde van los organitos / su lamento rezongando, / está la piba esperando / que pase el muchacho aquel”.

La vida en el conventillo era miserable, inhumana, perversa, ya que se aunaban situaciones diversas que confluían para brindar una vida difícil, pródiga en estrecheces y dificultades económicas. La vida en el convento conducía a destinos inciertos. Celedonio Flores y José Ricardo escribieron en 1921 “Margot”: “Se te embroca desde lejos, pelandruna abacanada, / que has nacido en la miseria de un convento de arrabal…/ Porque hay algo que te vende, yo no se si es la mirada, / la manera de sentarte, de mirar, de estar parada / o ese cuerpo acostumbado a las pilchas de percal /…y tu vieja ¡ pobre vieja! lava toda la semana / pa’poder  parar la olla, con pobreza franciscana,  / en el triste conventillo alumbrado a kerosén”.

Otras veces, un grupo de muchachos alquilaban una habitación que funcionaba como refugio temporario, el bulín, para encontrarse y compartir mate y comida, techo y música, buscando una compañía que ayudara a vivir, superando los contratiempos surgidos en la vida diaria. Era un confesionario compartido para desengaños y alegrías. Así lo conocimos en “El bulín de la calle Ayacucho”, 1925, de Celedonio Flores y José Servidio: “El bulín de la calle Ayacucho / que en mis tiempos de rana alquilaba, / el bulín que la barra buscaba / pa caer por la noche a timbear…/ cotorrito mistongo, tirado / en el fondo de aquel conventillo, / sin alfombras, sin lujo y sin brillo, / ¡cuántos días felices pasé, / al calor del querer de una piba / que fue mía, mimosa y sincera!…”.

Las condiciones de vida que se desarrollaban en el conventillo, diferían con lo que acontecía en una vivienda común. La cantidad de personas que lo habitaban, las distintas nacionalidades, las diferentes costumbres y hábitos así como la convivencia, armónica o no, eran todos factores básicos, propios del conventillo. Así quedó reflejado en “Oro muerto”, 1926, de Juan Raggi y Julio Navarrine: “El conventillo luce su traje de etiqueta:/ las paicas van llegando, dispuestas a mostrar / que hay pilchas domingueras, que hay porte y hay silueta, / a los garabos reos deseosos de tanguear. / La orquesta mistonguera, musita un tango fulo, / Los reos se desgranan buscando, entre el montón, / la princesita rosa de ensortijado rulo / que espera a su Romeo como una bendición. / El dueño de la casa / atiende a las visitas / Los pibes del convento / gritan en derredor / jugando a la rayuela, / al salto, a las bolitas, / mientras un gringo curda / maldice al Redentor”.

Nacer y vivir en el conventillo, era una etapa a superar, cambiando de vida en la primera oportunidad. El cambio de vida, motivado por la atracción que ejercían “las luces del centro”, modificaban el rumbo, particularmente en las jóvenes quinceañeras que vislumbraban el camino de su salvación. Pascual Contursi y Augusto Gentile escribieron en 1919 “Flor de fango”: “Mina que te manyo de hace rato, / perdoname si te bato / de que yo te ví nacer…/ Tu cuna fue un conventillo / alumbrado a querosen. / Justo a los catorce abriles / te entregaste a las farras, / las delicias del gotan…/ Te gustaban las alhajas, / los vestidos a la moda / y las farras de champán”.

La vida carenciada del conventillo, poblada de estrecheces, hambre y sufrimiento, constituía un estigma a superar cuanto antes. Esa vida de pobreza y limitaciones marcaba a fuego a sus habitantes, cuya meta era superarlas de cualquier manera. Así en “Champagne tango”, 1914, de Manuel Aróstegui y Pascual Contursi podemos observar que: “Nadie quiere conventillo / ni ser pobre costurera, / ni tampoco andar fulera…/ Solo quieren aparentar / ser amigo de fulano / y que tenga mucho vento / que alquile departamento / y que la lleve al “Pigall”. /  ¡Cuántas veces a mate amargo / el estómago engrupía / y pasaban muchos días / sin tener para morfar! / La catrera era el consuelo / de esos ratos de amrgura / que, culpa’e la mishiadura / no tenía pa’ morfar”.

Sin embargo, paralelamente con las ansias de aventura por vivir en un mundo mejor, rodeada de lujos, comodidades y falsa alegría, se consideraba al conventillo como un lugar seguro para crecer y forjarse un porvenir, lejos del espejismo de las farras y del alcohol. En “No salgas de tu barrio“, 1927, de Enrique Delfino y Arturo Rodríguez Bustamante, observamos lo siguiente: “No abandones tu costura, / muchachita arrabalera, / a la luz de la modesta / lamparita a kerosene…/ No la dejés a tu vieja / ni a tu calle, ni el convento, / ni al muchacho sencillote / que suplica tu querer. / Desechá los berretines / y los novios milongueros / que entre rezongos del fuelle / ¡ te trabajan de chiqué!”.

El conventillo fue artífice de una etapa fundamental en el crecimiento y desarrollo de ese Buenos Aires que se fue.

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EL TRANVÍA EN EL TANGO

Las primeras líneas urbanas de tranvías a tracción animal, el tramway, aparecieron en Buenos Aires en 1870.

En esta primera etapa fueron arrastrados por caballos hasta que a partir del mes de abril de 1897, comenzó a emplearse la electricidad, dejando atrás una época heroica, que significó para Buenos Aires la mejoría en la comunicación y el transporte por toda la ciudad y localidades cercanas, favoreciendo la expansión de la creciente población, alimentada por los sucesivos aluviones inmigratorios.

El tranvía brindó la oportunidad de abandonar la habitación del conventillo, ubicada en el casco céntrico, por una casita edificada ladrillo sobre ladrillo, en un barrio alejado, pero conectado gracias a los servicios tranviarios. El tango incorporó al tranvía, especialmente en su primera etapa, destacando a sus personajes, el mayoral y el conductor, actualizando situaciones del diario vivir que hoy, nos parecen irreales.

En 1942, Pedro Maffia y Homero Manzi escribieron “Cornetín”, un tango milonga que contaba detalles risueños de los viajes en el tramway: “Tarí, Tarí. / Lo apelan Roque Barullo / conductor del Nacional / con su tramway, sin cuarta ni cinchón, / sabe cruzar el barrancón de Cuyo. / El cornetín, colgado de un piolín, / y en el ojal un medallón de yuyo. / Tarí, Tarí. / Y el cuerno listo al arrullo / si hay percal en un zaguán. / Calá, que linda está la moza, / calá, barriendo la vereda, / Mirá, mirá que bien le queda, / mirá, la pollerita rosa. / Frená, que va a subir la vieja, / frená porque se queja, / si está en movimiento. / Calá, calá que sopla el viento, / calá, calá, calamidad.”

El mayoral fue el personaje más conocido por su fama de piropeador de las mujeres que barrían la vereda, o que lo invitaban a saborear un mate, en cuyo caso, se detenía el tranvía por un momento. Carlos Mayel y Francisco Laino, nos dejaron “El mayoral del tranvía”, 1946: “Soy mayoral del tranvía / que por las calles serenas, / llevé blancas azucenas / despertando simpatías… / con ese tarí…taría…/ de mi modesta corneta / brindé a las mozas coquetas / un madrigal de alegría. / Gritaban las mozas:”¡Adiós mayoral!” / “¿Me da el clavelito que lleva en su ojal?” / Y yo muy contento decía que sí, / pues ellas en sus risas se acuerdan de mí…”.

El conductor y el mayoral, los responsables del manejo del tramway, han sido bien caracterizados en las letras de tango o milonga. El mayoral fue personaje trascendental en la “Milonga del Mayoral”, 1953, de Cátulo Castillo y Aníbal Troilo: “Soy el criollo mayoral, que va, / que va tocando en la vía, tarí rarí / su cornetín de alegría, que da señal / de que ya viene el tranvía. / Y yo soy el motorman, talán talán, / que lleva de Once a Lorea / con seguridad, para que el público vea / lo que puede dar la electricidad.”

La llegada del tranvía, especialmente en su primera época, era motivo de alegría para la servidumbre, que esperaba ansiosamente su paso, reconocido por un sonido característico del cornetín, apareciendo en la vereda, simulando un barrido o llevándole una flor al motorman. Es acertada la descripción de Armando Tagini y Oscar Arona en “El cornetín del tranvía”, 1938, :”La clarinada rompió la siesta / en la barriada de los Corrales / y con zumbón frufru de percales / más de una china salió al umbral…/ Llegaba “el loco de Recoleta” / sembrando alardes de su corneta / y su paso era en la quieta ciudad / fiesta de curiosidad…/ Así cruzaba el tranvía / la Buenos Aires baldía / de los románticos días. / Un “Buenas tardes” brinda a la moza / que lo devuelve con una rosa / y el cochero echa a volar su emoción / en un toque de atención.”

Único medio de transporte pasada la medianoche, el tango le cantó a los que regresaban a su barrio, cansados de vivir. Lo señalaron Celedonio Flores y Francisco Pracánico en “Corrientes y Esmeralda”, 1933, :”El Odeón se manda la Real Academia / rebotando en tangos el viejo Pigall, / y se juega el resto la doliente anemia / que espera el tranvía para su arrabal”.

El tranvía abrió rumbos, surcando todas las calles de Buenos Aires. Fue razón de crecimiento y de progreso, el medio de transporte más popular y económico, con una extensa red. En sus recorridos, enhebró las más diversas situaciones comunicando el centro con el suburbio arrabalero. Héctor Negro y Raúl Garello nos dejaron “Tiempo de tranvías”, 1981, y nos cuentan:” Tiempo de tranvías tropezando el empedrado. / Patios que se abren a la luna y al parral. / Mágicos zaguanes con temblor de besos largos. / Penas de ginebra que tanguean en el bar. / Vuelven esos ecos de las mesas de escolaso. / Noches con la barra de la esquina fraternal. / Sábado y milonga que promete el club de barrio / y el domingo, lleno de ese fútbol sin igual. / Tiempo de tranvías, de las calles con silbidos. / Se que ya el olvido no podrá jamás con vos. / Tiempo lindo de tranvías, / que fueron de otra ciudad.”

El tranvía fue testigo y activo participante de las escenas cotidianas de Buenos Aires, reflejadas en los distintos barrios, actividades características de una ciudad joven, en pleno crecimiento. Alberto Vacarezza y Enrique Delfino plasmaron en 1924 estas escenas en “Talá, talán”: “Talán, talán, talán…/ pasa el tranvía por Tucumán. / “Prensa”, “Nación” y “Argentina” / gritan los pibes de esquina a esquina. / “Ranca e manana, torano e pera” / ya viene el tano por la “vedera”. / Detrás del puerto / se asoma el día, / ya van los pobres / a trabajar; / y a casa vuelven / los calaveras / y milongueras / a descansar”. En sus casi 100 años de permanencia en las calles porteñas, en 1963 desapareció el tranvía que integró escenas de Buenos Aires, de ese Buenos Aires que se fue.

Glosario:

Ranca: Naranja; Manana: Banana; Torano: Durazno

Cuarta: animal que se agrega a los otros que tiran de un vehículo para ayudar a remolcarlo.

Cinchón: cincha angosta con argolla, en el apero de montar.

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CIAE, LA COMPAÑÍA ITALO ARGENTINA DE ELECTRICIDAD

Los servicios eléctricos de la ciudad de Buenos Aires y alrededores, fueron brindados a partir de 1887 por empresas privadas.

A partir de 1912, aparecieron en la ciudad unas curiosas construcciones de estilo florentino, como si fueran pequeños castillos. La primera de ellas se edificó en la Boca, de gran tamaño, con ladrillos rojos a la vista, ubicada en la esquina de Caffarena y Pedro de Mendoza, hoy reciclada y transformada en sede de la Usina del Arte.

Fue la primera gran usina de vapor de la Compañía Ítalo Argentina de Electricidad, empresa de capitales suizos, encargada de alumbrar una parte de la ciudad de Buenos Aires, especialmente en donde estaban ubicados los inmigrantes italianos. El estilo de la construcción, que remedaba a los castillos florentinos, intentaba acercar a la impresionante cantifdad de italianos llegados al país, una imagen que les recordara su país natal.

La necesidad de extender la provisión de electricidad, motivó la construcción de numerosos edificios más pequeños, con ladrillos rojos y diseminados por diversos barrios de la ciudad, así como también en algunas zonas del Gran Buenos Aires. Se construyeron más de 200 edificios con estas características medievales, absolutamente diferentes del resto de la edificación existente.

Conformaron las usinas, subusinas y estaciones de la “Ítalo”, como se la conocía. Los característicos edificios no eran, iguales entre sí. Eran parecidos, con detalles arquitectónicos que variaba de uno a otro, pero siempre, plenamente identificables. Estuvieron activos durante la vigencia de la CIAE y a partir de 1979, al fusionarse a SEGBA SA, dejaron de prestar servicio por obsoletos y fueron cedidos a la Municipalidad, transformándose en una curiosidad edilicia de ese Buenos Aires quer se fue.

Fuente: http://www.diarioz.com.ar/#/nota/la-herencia-arquitectonica-de-la-compañia-Italo-Argentina.

Casasbellas, R. Una historia de corriente continua. La Nación, 16-03-1999.

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