El Buenos Aires que se fue

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La infancia

CANCIONES PATRIAS EN LA ESCUELA PRIMARIA

La trayectoria en la escuela primaria, estuvo siempre acompañada por el aprendizaje de las canciones y marchas patrias.

Su enseñanza estaba a cargo de la profesora de música, quien dos o tres veces por semana, al compás del paino desvencijado, nos hacía repetir, una y mil veces, las estrofas de la canción o marcha de turno. La profesora cantaba una estrofa y todos a coro, la repetíamos, con o sin errores. Algunos términos, nuevos para nosotros, nunca eran aclarados en su significado. La duda nos acompañaba durante todo el período escolar.

Eran momentos de alegría, ya que todo lo ensayado se apreciaba en los actos realizados durante las fechas patrias 25 de mayo, 20 de junio, 9 de julio, 17 de agosto, culminando con la fiesta de fin de año. La presencia de los padres durante las fechas patrias, era un valor agregado para mejorar nuestra interpretación.

Las canciones a la Bandera, eran mayoría. “Mi bandera”, de Juan Ambroisi y J. Chassaing decía:” Aquí está la bandera idolatrada / la enseña que Belgrano nos legó / cuando triste la Patria esclavizada / con valor su vínculo rompió”. Cantar estas canciones nos proporcionaba un sentimiento de orgullo.

La marcha “La Bandera”, de G. García y P. Romano decía:” Gloriosa enseña de la Patria mía, / el Paraná en tus brisas te envolvió / y en su ribera tremolaste el día / en que Belgrano al mundo te mostró”. En el “Saludo a la Bandera”, de Leopoldo Carretjer, se cantaba su clásico “Salve, Argentina / bandera azul y blanca / jirón del cielo / en donde impera el sol”. Estábamos pendientes de los errores que la profesora cometía en sus interpretaciones. Siempre eran los mismos. Cuando ocurrían, una mirada de entendimiento entre nosotros, era suficiente para coincidir.

La canción “Aurora”, de H. Quesada, L. Illica y H. Panizza, era la elegida para el izamiento diario de la bandera, de tal modo que la duración de  la canción, coincidiera con la llegada de la bandera al tope del mástil: “Alta en el cielo, un águila guerrera / Audaz se eleva en vuelo triunfal; / azul un ala del color del cielo, / azul un ala del color del mar”.

La figura del gran educador Domingo Faustino Sarmiento era conocida a través del “Himno a Sarmiento”, de L. Corretjer: “Fue la lucha, tu vida y tu elemento; / la fatiga, tu descanso y calma; / la niñez, tu ilusión  y tu contento, / la que al darle el saber le diste el alma”. La “Marcha patriótica de 1810″, atribuida a Esteban de Luca, se caracterizaba por tener una letra larga y compleja:” La América toda se conmueve al fin / y a sus caros hijos convoca a la lid. / A la lid tremenda que va a destruir / a cuantos tiranos la osen orpimir”. No era la preferida pero integraba el repertorio de las clases de música.

La “Marcha de San Lorenzo”, de C. Benielli y C. Silva, siempre estaba presente en todos los actos patrios, recordando la gesta del General José de San Martín: “Febo asoma, ya sus rayos / iluminan el histórico convento. / Tras los muros, sordos ruidos / oir se dejan de corceles y de acero”. Nunca hubiéramos imaginado  que a los acordes de esta marcha, Hitler desfiló por París en el mes de mayo de 1940.

A partir de cuarto grado, comenzamos a cantar “La canción del estudiante”, de Francisco García Jiménez, E. Galeano y C. Guastavino. Fue siempre la canción que nos representaba, dentro y fuera de la escuela o del colegio secundario. Era nuestro himno que espontáneamente nos unía en los momentos difíciles. Siempre cantando “a capella” con la participación de todos: “¡Estudiantes! Alcemos la bandera / que ilustraron los próceres de ayer / y florezca a sus pies la primavera / del amor renovado en nuestro ser”. Durante el transcurso de la vida escolar, aprendimos marchas y canciones que dejaron su impronta en ese Buenos Aires que se fue.

La educación, La infancia, Realidades argentinas

MANUEL GARCÍA FERRÉ

Manuel García Ferré fue un dibujante e historietista nacido en Almería, España, el 8 de octubre de 1929.

Llegó a Argentina en 1947 junto con sus padres. Rindió las equivalencias del bachillerato, que había cursado en España e ingresó a la Facultad de Arquitectura donde cursó algunos años. Comenzó a trabajar en 1952, en la revista Billiken donde presentó al linyera “Pi Pio”, su primer personaje.

En 1955 ingresó a la empresa cinematográfica Lowe, donde realizó cortos publicitarios y jingles. Creó a “Calculín”, uno de sus personajes favoritos, que se caracterizaba por tener un libro abierto en su cabeza. Realizó exitosas publicidades animadas por las que ganó el premio Martín Fierro 1964.

Foto: Diario “La Nación”

Promocionó distintas marcas a través de sus personajes “Anteojito” y “Antifáz”, hecho que le facilitó el apoyo del empresario Julio Korn para lanzar la revista “Anteojito”, publicándose el primer número el 8 de octubre de 1964. Durante sus cuatro décadas de vigencia compitió con “Billiken”, siguiendo los planes escolares, pero ofreciendo juegos e historietas. Completó 1925 ejemplares, hasta diciembre de 2001.

Los personajes llegaron a la televisión integrando “El Show de Anteojito y Antifáz” o “El Club de Anteojito”. El 7 de agosto de 1967 apareció la serie televisiva “Las Aventuras de Hijitus”. Le siguieron tres ratones, “Larguirucho”, “Pucho” y “Serrucho”. Fueron trascendentales el “Profesor Neurus” y la “Bruja Cachavacha” entre los personajes malvados.

Los personajes crecieron día a día gracias a García Ferré y sus ochenta colaboradores. En 1968 apareció la revista “Antifaz” y al año siguiente “Aventuras de Hijitus”. En 1972, se estrenó el largometraje “Mil intentos y un invento”, el primer largometraje argentino de dibujos animados protagonizzado por Anteojito y Antifaz.

En 1973 le siguió “Las aventuras de Hijitus” y en 1975 “Petete y Trapito”, sin dejar de mencionar el éxito paralelo de “El libro gordo de Petete”, con material de interés general y educativo. En 1983, finalizó el rodaje de “Ico, el caballito valiente”, que se estrenó en 1987.

Manuel García Ferré trabajaba con la escritora Inés Geldstein, su esposa. Fue galardonado con los premios San Gabriel, Prensario, Konex, entre otros. En 1999 estrenó el largometraje “Manuelita, la tortuga”. El 28 de diciembre de 2001, finalizó la edición de la revista “Anteojito”.

El 22 de setiembre de 2009 fue declarado “Ciudadano Ilustre de la Ciudad de Buenos Aires”. En 2012 presentó el largo metraje, “Soledad y Larguirucho”. Falleció el 28 de marzo de 2013 en el Hospital Alemán, durante una operación de corazón. Manuel García Ferré, un grande de  la cultura que nos alegró la infancia, vivió en Buenos Aires, en ese Buenos Aires que se fue.

Fuente: Apolito, Fabián: Manuel García Ferré. Artista, empresariio y realizador.

http://todohistorietas.com.ar/farre3.htm

Murió el historietista Manuel García Ferré. La Nación, 28 marzo 2013.

Sirven P. García Ferré, un creador que nos alegró la infancia. La Nación 30 marzo 2013.

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EMPLEO DE LA LAPICERA EN LA ESCUELA

La preocupación de los maestros era que los alumnos, desarrollaran una “letra linda”.

La mesa pupitre era útil para dos alumnos. Tenía asiento con respaldo, comodidad no tenida en cuenta anteriormente. Se consideraba que la posición viciosa del niño en el pupitre, condicionaba la aparición de trastornos tales como la miopía, alteraciones de la respiración y la circulación, congestión cerebral, etc.

Existía interés en evitar las malas posturas y sus consecuencias. Si bien el ideal era el banco para un solo alumno, hecho que facilitaba su vigilancia por parte del profesor, lo habitual era para dos alumnos. Durante las cuatro primeras décadas del Siglo XX, el uso de lapiceras con pluma cucharita o cucharón más la tinta azul existente en el tintero de porcelana ubicado en el medio del pupitre, en su zona superior, fue la regla.

Se pretendía que el alumno desarrollara una letra derecha, redonda, linda. Algunos empleaban la lapicera estilográfica, con tanque recargable. En 1945, se inició el uso de la lapicera a bolilla, mucho más práctica, que logró desplazar a la estilográfica, aunque en los comienzos, ocurrían accidentes muy desagradables, para una escritura que era irregular por su trazo discontinuo, con la aparición de manchones imprevistos, e imposibles de borrar.

La escritura escolar estuvo sometida a normas que fueron variando según las modas pedagógicas o científicas. Todo dependía de la belleza de la escritura que se obtenía, salvo cuando se imponía una medida disciplinaria, por la que había que escribir 500 veces: “No debo molestar en clase”. En esos casos, cada renglón escrito era lamentable por la deformidad que adquirían las palabras, a medida que se avanzaba en el cumplimiento de la pena. Así se escribía en ese Buenos Aires que se fue.

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EL LIBRO DE LECTURA

Los libros de lectura utilizados en Argentina, eran en un principio, extranjeros ya que a los nacionales se los consideraba deficientes.

En el siglo XX aparecieron los libros con un discurso moralizante y nacional, pero no nacionalista. Se leía el libro en el aula, de pie al lado del pupitre o frente a la clase. Los talones juntos, las puntas de los pies separadas. Se tomaba el libro con la mano izquierda, mientras con la derecha, se daba vuelta la página.

Los libros diferenciaron su temática por géneros, para niñas y niños. Se incluyeron también temáticas para ambos sexos en un mismo libro. Las mujeres eran consideradas débiles, suaves, pasivas y temerosas. Los varones, en cambio, eran fuertes, inteligentes, rudos, creativos y arriesgados. Una gran diferencia que hoy no se concibe.

Los libros de lectura, no reflejaban conflictos sociales. Incluían temas que combatían las enfermedades, bajo la influencia del higienismo, en ese Buenos Aires que se fue.

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DE LA PIZARRITA AL CUADERNO DE CLASE

La pizarrita, así llamada por el material empleado en su construcción, fue soporte para el aprendizaje de la escritura.

Debido al poco espacio disponible, los escritos eran cortos y de escasa duración, ya que había que borrar con frecuencia. Este hecho, no permitía relecturas ni reflexiones. Estuvo vigente en la Capital Federal hasta 1925, aunque en el interior, hay referencias de su uso hasta la década del 50.

Se la reemplazó por similares de madera y de mayor tamaño; de un lado cuadriculado y del otro, rayado. La pizarra se borraba con el uso de la saliva pasando un trapito, por lo que se consideraba un elemento no higiénico, ya que al trapito se lo guardaba en la valija junto con el pan. Además, para escribir sobre la pizarra había que presionar mucho y se escribía con letra gruesa. Su rápido borrado, no permitía la fiscalización adecuada, por parte del maestro o el inspector.

La pizarrita fue reemplazada por el cuaderno, porque permitía enseñar con menor esfuerzo y era más higiénico. El cambio al cuaderno significó un progreso. Todo quedaba registrado: dictados, composiciones, ejercicios, cuentas, deberes, completando todas las páginas con prolijidad.

Escribir sobre el cuaderno fue más fácil y menos cansador, más rápido y estético. La escritura con pluma en el cuaderno de clase, otorgaba más belleza y aseo, desapareciendo el riesgo de la falta de higiene al borrar las páginas. Además, el empleo de un cuaderno permitía supervisar con mayor facilidad y eficacia, la tarea de todo el grado en ese Buenos Aires que se fue.

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EL MANUAL DEL ALUMNO

Durante la época escolar, el “Manual del Alumno”, fue un eficiente apoyo en el estudio del lenguaje e iniciación literaria, historia e instrucción cívica, ciencias naturales, geografía y matemáticas.

Las versiones disponibles eran para 3º, 4º, 5º y 6º grado. No existía el grado séptimo, dado que se comenzaba en Primero Inferior, continuando con Primero Superior. Segundo grado, etc. Las maestras se ceñían al desarrollo del programa, que coincidía perfectamente con la temática del “Manual”.

Su empleo era muy útil y práctico a la vez, dado que no había que buscar en otras fuentes para encontrar la información solicitada o enseñada por el maestro de turno. El sistema era similar para todos los grados, de manera que una vez que uno se familiarizaba con su manejo, la metodología era la misma para los años siguientes.

Sin lugar a dudas, el uso del “Manual del Alumno”, era una herramienta muy útil para aumentar los conocimientos infantiles en el aula y al momento de pasar al frente o en pruebas escritas.

Concurríamos a clase de lunes a sábados, había pocos días feriados y los maestros no hacían huelga, por lo que nos beneficiábamos con una educación que cumplía con el desarrollo del Programa de Enseñanza para cada ciclo lectivo.

Pero el “Manual del Alumno”, no era el único. En esa época, existía también la publicación “Asuntos” de geografía, historia, instrucción cívica y naturaleza, de Arturo Vinardel. Era la competencia del “Manual”, allá por la década del 40. Competencia educativa y positiva, en ese Buenos Aires que se fue.

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EL CONFESIONARIO

“Hoy no se fía, mañana sí”, se podía leer en un cartel ubicado en un quiosco pequeño pero muy activo, ubicado en la Avenida Rivadavia al 3500, propiedad de Don Enrique.

Era nuestro quiosco de referencia, que nos brindaba acceso a múltiples golosinas, figuritas para el álbum, las llamadas “suertes”, en unas pequeñas cajas rectangulares de cartón, acompañadas de confites. Pero para los adultos, era fuente de cigarrillos, fósforos carterita, gratis o “Ranchera” pagos y sobre todo, charlas.

Prolongadas conversaciones, verdaderas confesiones de los habituales clientes con una persona que estaba atendiendo su negocio. Siempre que nos acercábamos, había alguien “consultando”: cual era el curandero más acreditado, como cobraba la “consulta”, que resultados se obtenían, etc.

Don Enrique manejaba apuestas de quiniela clandestina, otra razón para el constante desfile por su santuario. En más de una oportunidad, recibió la visita de la policía, poniendo un compás de espera en su labor de quinielero. Pero la búsqueda del mejor desatanudos, o del armonizador de parejas, motivaba visitas de agradecimiento o bien, comentarios de frustraciones.

Don Enrique tenía una paciencia sin límites, escuchando y asintiendo con leves movimientos de cabeza durante el diálogo. En el barrio, el quiosco de Don Enrique, era considerado un verdadero confesionario en ese Buenos Aires que se fue.

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LA CASA DE NIÑOS EXPÓSITOS

La Casa de Niños Expósitos, fue un orfanato encargado del cuidado de los menores de edad, huérfanos o abandonados, también llamados “niños expósitos”.                        

Foto: www.revisionistas.com.ar

Desde su fundación, el 7 de agosto de 1779, se sucedieron diversas administraciones: la Hermandad de la Caridad, la Sociedad de Beneficencia manejada por mujeres de la oligarquía porteña, las Hermanas del Huerto y finalmente, el Hospital Casa Cuna.

Las razones sociales del abandono eran múltiples: recién nacido ilegítimo, hijos incentuosos, productos de violaciones, niñas solteras, fuera del matrimonio, hijos de uniones ilícitas. La falta de recursos económicos para mantener al recién nacido o cuando nacían mellizos, uno era descartado.

Muchos morían en medio de un total abandono, de frío, hambre o sed; ahogados en los abundantes charcos de agua en las calles, comidos por los perros o cerdos que andaban sueltos, atropellados por transeúntes o por carros en la oscuridad de la noche, ya que el alumbrado era nulo o muy deficiente.

La primera Casa de Niños Expósitos la estableció el Virrey Vértiz donde actualmente se encuentra la Manzana de las Luces, en Perú y Alsina. Le sucedieron otras sedes como  la ubicada en Moreno y Balcarce, detrás del Convento de San Francisco y posteriormente, la Casa Cuna a partir de 1905. recibiendo el nombre de Hospital de Niños Expósitos. En 1913, tenía 450 camas para expósitos. En 1920, pasa a llamarse “Casa Cuna”.

En el frente del edificio de Moreno y Balcarce, existía en un hueco de la pared, el “torno”, un armazón de madera, giratorio, donde las mujeres abandonaban a sus hijos. Hacían sonar una campanilla adosada a la pared y un empleado, desde dentro del edificio, hacía girar el aparato y recibía al niño, sin saber quién lo había abandonado.

Los lactantes estaban a cargo de amas de leche y el resto bajo el cuidado de amas de cría. Los niños criados se asignaban a familias. Los que no, continuaban en la Casa de Expósitos; una vez emancipados, muchos continuaban trabajando como empleados de esa institución.

Disponían de una imprenta propia que, publicó catecismos, almanaques, bandos oficiales y el “Telégrafo Mercantil”, tareas que contribuyeron a compensar el déficit económico. Al no tener apellido, muchos fueron bautizados con dos nombres o con el apellido “Expósito”.

Hoy la situación no ha cambiado. Se encuentran bebés en los contenedores de basura, en los descampados o en sitios apartados. Los beneficios de la Casa de Niños Expósitos estuvo vigente hasta las primeras décadas del Siglo XX, en ese Buenos Aires que se fue.

Fuente:Casa de Niños Expósitos: http://www.elportaleducativo.com.ar/calendario/agosto07b.htm

La imprenta de niños expósitos: http://www.manzanadelasluces.gov.ar/index.php?option=com_content

https://es.wikipedia.org/w/index.php?title=casa_niños_expositos&olded=96492783

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LA FIGURITA DIFÍCIL

Coleccionar figuritas fue una verdadera pasión, durante el transcurso de la escuela primaria, pasión muchas veces compartida por nuestros padres.                      

Todo comenzaba a partir de los 5 años aproximadamente. Un regalo casual de chocolatines con figuritas o de un sobre conteniéndolas, era el comienzo de una costumbre que se renovaría anualmente, ya que su vigencia corría paralelamente a la duración del período lectivo.

El problema era que para coleccionar las figuritas, se ofrecía un álbum que una vez completado permitía acceder a un premio que oscilaba entre una pelota de fútbol y una bicicleta. Pero siempre existía la figurita difícil, que costaba mucho encontrar, cuando ello era posible.

Las figuritas se adherían en el álbum empleando goma de pegar marca “Dos banderas”. El envase era un frasco pequeño con forma de cono truncado, que alojaba una pasta blanca maloliente, con propiedades adhesivas muy contradictorias. Pero no había otra, por lo tanto, era la mejor.

La aparición de figuritas repetidas era muy frecuente, situación que permitía llenar varios albumes, o bien disponer de una cantidad suficiente para negociar intercambios con otros pibes, así como también jugar a “la tapada”, “el puchero” o al “punto y revoleo”, como mecanismos para aumentar la colección, sin gastar dinero.

Los momentos ideales para intercambiar figuritas, eran los recreos en la escuela, o los juegos en la vereda. Se procuraba disponer de muchas repetidas para afrontar las demandas a la hora de los intercambios. Había que lograrlos durante ese año, ya que después se cerraba el concurso  y no había reclamo valedero. Eran épocas en las cuales siempre había una difícil, la que casi nunca salía, hecho que obligaba a frecuentar aquellos sitios de intercambio, los días domingo por la mañana, como ocurría en el Parque Rivadavia, famoso por los intercambios de estampillas. También existía un grupo de unas diez figuritas raras, de aparición menos frecuente.

Coleccionar figuritas fue una auténtica y atrapante costumbre infantil durante la época escolar, en ese Buenos Aires que se fue.

La infancia, Los entretenimientos, Los juegos

LAS TORTURAS INFANTILES

Durante nuestra niñez experimentamos, lamentablemente, lo que podemos denominar “torturas infantiles”.

Algunas relacionadas con el tratamiento de  la salud y otras, del diario vivir. Era común que ante episodios febriles, rápidamente se recomendara ingerir un purgante que podía ser muy intenso, como el “Aceite de Ricino”, de gusto asqueroso, o uno más suave como la “Limonada de Roger”, más aceptable. Uno u otro iban acompañados de estadía en cama por, al menos, 24 horas.

Durante las épocas invernales, los resfríos intensos con participación pulmonar, requerían del auxilio de las cataplasmas, unas compresas de tela cubiertas de harina de mostaza caliente, que se colocaban en la parte anterior del tórax, habitualmente acompañadas de una sesión de ventosas en la espalda. Eran unos vasos de vidrio que provocaban la succión de los tejidos, a fin de lograr la “descongestión pulmonar”.

Para fortalecer nuestro crecimiento, por las mañanas “disfrutábamos” tragar una cucharada sopera del inmundo “Aceite de hígado de bacalao”. Sencillamente inolvidable para quienes lo padecimos. Todas estas experiencias alcanzaban su punto más destacado con el tratamiento quirúrgico de “la carne crecida”, como se denominaba al agrandamiento de las amígdalas. Inolvidable porque la operación duraba unos minutos que parecían horas y la realizaban sin anestesia. Esas experiencias vividas en Callao 19, sede del Cuerpo Médico Escolar, han dejado una huella muy profunda en nuestra memoria.

Otras “torturas”, eran la prohibición de salir a jugar en horas de la tarde, ya que concurríamos a la escuela durante la mañana. O cuando en la escuela nos obligaban a escribir 500 veces: “No debo molestar en clase”, o textos similares, como tarea para el hogar. En un grado menor, la prohibición de salir al recreo; eran 10 minutos que nos parecían una hora.

Y en nuestro hogar, como consecuencias de conductas incorrectas, quedarse sin el postre o algo peor: irse a la cama sin comer, culminando con la amenaza de ser enviado a un Colegio Pupilo. Éstas son algunas de las “torturas” infantiles de las que fuimos víctimas, en ese Buenos Aires que se fue.

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