El Buenos Aires que se fue

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La infancia

EL VENDEDOR DE DIARIOS VESPERTINO

Las ediciones vespertinas y nocturnas de los diarios, se vendían en otras “paradas”.

Ubicadas en el hueco de alguna vidriera o sobre umbrales de mármol en alguna esquina, se colocaban los ejemplares de “La Razón”, “Crítica”, “Noticias Gráficas” o “La Vanguardia”, entre los más conocidos, durante unas 4 horas.

El camioncito distribuidor se detenía en la parada el tiempo mínimo indispensable para arrojar la cantidad de ejemplares acordada y saludar, arrancando el móvil de inmediato. El diariero recontaba los diarios con un hábil movimiento de los dedos, a máxima velocidad, demostrando la habilidad obtenida en su trabajo cotidiano.

Primero distribuía los diarios a los clientes fijos en sus domicilios, casi a la carrera, sin dejar de vocear su contenido y siempre acompañado por el ladrido de los perros, que esperaban su paso pacientemente. Al regresar a su “parada”, voceaba los títulos, deteniéndose en alguna noticia más llamativa, a fin de llamar más la atención.

Esta rutina sucedía con las dos ediciones vespertinas, la 5ª y la 6ª edición. Cuando era pibe, Valentín era el responsable de esta tarea en mi barrio. Era un individuo de mayor edad, que durante mucho tiempo, ocupó el umbral de la farmacia ubicada en la esquina sudeste de las calles Rivadavia y Liniers, en el barrio de Almagro.

Se integraba a los equipos de fútbol, mezclándose con la joven muchachada barrial, que hacía del fútbol su entretenimiento favorito.

Los días de fútbol dominguero, mientras la 5ª mencionaba que partidos de fútbol se estaban desarrollando, la 6ª traía los resultados finales con grandes fotos, siempre en blanco y negro, más los comentarios de los periodistas deportivos. El diariero vespertino, fue un personaje importante y querido, en ese Buenos Aires que se fue.

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MI ABUELO, EL ANIMADOR

Mi abuelo adoraba los naipes españoles.

No sólo conocía la mayoría de los juegos, que había jugado infinidad de veces, sino que desarrollaba con ellos pruebas de ingenio, adivinazas y destreza.

Poseía la habilidad de presentar cada prueba con una atmósfera de suspenso e intriga. Alternando las barajas con fósforos o porotos, animaba una reunión durante horas. Experto en el manejo de los tiempos, mantenía a la audiencia en vilo, procurando no develar la clave que conducía a la solución de cada juego.

Todo se desarrollaba en forma pausada, en voz baja, salvo las exclamaciones de los presentes al finalizar cada prueba. La atención y el interés se mantenía sin el auxilio de la Play Station, la computadora, los anteojos para 3D o el teléfono celular con sus múltiples aplicaciones.

Las reuniones con mi abuelo, se caracterizaron por un despliegue de ingenio y humor logrando atrapar nuestra curiosidad e interés, en aquél Buenos Aires que se fue.

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EL MANDOLÍN DE MI ABUELO

Como a buen napolitano, a mi abuelo le gustaban los juegos carteados y la música.
Fuí un afortunado al poder disfrutar, desde niño, sus ejecuciones en mandolín, instrumento que dominaba a la perfección. Al caer la tarde, se acomodaba en un sillón del vestíbulo de la casa chorizo donde vivíamos, desenfundaba el mandolín, situación que yo esperaba para jugar con el estuche que simulaba a un enorme pescado con la boca abierta.
Él acomodaba el mandolín sobre la panza, y luego de algunas escalas previas, comenzaba la ejecución de típicas canzonetas napolitanas, que me inducían a pensar que aspecto tendrían los sitios de Italia que evocaban, según el canto de mi madre.
Veo su rostro sereno, con sus ojos azules, su bigote bien recortado, sus anteojos de marco grueso, color marrón y su cabello escaso, color gris, bien peinado. Sus ágiles manos recorrían el diapasón con naturalidad, logrando producir sonidos claros y bien definidos, que resumían el sabor nostálgico de esas canciones.
Escuchaba a mi madre cantarlas frecuentemente, aprendiendo yo una fonética cuyo significado, no conocía. Estas vivencias han quedado fijadas a mi memoria con precisión. ¡ Qué sonidos los de ese mandolín tan bien ejecutado, en ese Buenos Aires que se fue!

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LA ROTISERÍA

La rotisería se caracterizaba por mostrar en una de sus vidrieras, el asador de pollos y tiras de carne para asado, girando ininterrumpidamente.
Era su principal atractivo, que sólo conocíamos por verlo a diario, cada vez que pasábamos delante del negocio. La rotisería y fiambrería, disponía de un stock reducido de mercaderías, pero a un costo más elevado .
No era un sitio frecuentado por la clase media o popular. El pollo rotisado, era un artículo de lujo que teníamos opción de degustar en ocasiones muy especiales: la cena de fin de año, o por un acontecimiento familiar muy importante.
Además del pollo y el asado, en la rotisería se podían adquirir quesos duros y blandos, fiambres y embutidos. Pero la diferencia de costo con el almacén del barrio, era lo suficientemente importante para no visitarlo.
El olor de la rotisería era característico e inconfundible., predominando el del pollo, una verdadera penuria cuando al regresar del colegio secundario, pasábamos frente al asador en movimiento. El apetito que nos acompañaba a esas horas, se multiplicaba varias veces.
La rotisería fue durante mucho tiempo, un sitio para exquisitos, cuando el pollo era un artículo de lujo. No se nos ocurría comer algo de ese sitio. La prohibición surgía espontáneamente en nuestros pensamientos, porque económicamente, no estaba a nuestro alcance.
Debimos esperar varios años para disfrutar se ese bocado añorado durante tanto tiempo, porque el consumo del pollo se abarató tanto, que se convirtió en alimento habitual dentro de nuestra dieta, superando una etapa de ansias reprimidas en aquel Buenos Aires que se fue.

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Los pibes nacían en París y los traía la cigüeña.
También se afirmaba que nacían en un repollo, pero la llegada de la cigüeña, era indudablemente, la más aceptada. Esta versión era el principio y fin del tema relacionado con el nacimiento de los niños.

No se hablaba de educación sexual, no se contestaban con sinceridad todas aquellas preguntas que surgían espontáneamente en la mentalidad infantil. A la cigüeña la veíamos en el Jardín Zoológico y asociábamos su aspecto con la clásica imagen del bebé sostenido por el pañal, en pleno vuelo, mientras buscaba la casa donde sería depositado.
Los dibujos que mostraban a la cigüeña volando con el bebé colgando de su pico, contrastaba con las fotografías que mostraban a las cigüeñas en sus nidos, armados sobre un techo o en el hueco de una chimenea, en países de Europa.
La leyenda europea según la cual la cigüeña es el ave responsable de entregar los bebés a sus padres, se popularizó con el cuento “Las cigüeñas”, de Hans Christian Andersen, publicado en el Siglo XIX. El vínculo tradicional con el recién nacido, continuó con su uso en la publicidad de pañales y tarjetas de nacimiento. La cigüeña volaba a veces, con una gorra similar a la de los carteros.
Esta leyenda ha estado ligada a una necesidad psicológica, al evitar hablar del sexo y la procreación de los hijos.
Hasta que un día surgió la versión de que papito le ponía a mamita una semillita, que crecía y crecía, hasta que un día nacía el hermanito, pero ésta, no es la versión que se contaba en aquél Buenos Aires que se fue.

Fuente: https://es.wikipedia.org/wiki/ciconia_ciconia

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EL REPARADOR DE PELOTAS DE FÚTBOL

El reparador de pelotas de fútbol de cuero, es un antiguo trabajo que ha desaparecido definitivamente.
Las pelotas de fútbol de cuero, tenían un costo no accesible a la mayoría de los aficionados. Existían dos modelos: el más antiguo, la pelota con tiento, reemplazada posteriormente por la sin tiento. Las diferencias eran notables.
La primera, fabricada con cuero grueso, encerraba una cámara de goma color rojo, rematada en un tubo flexible por donde se inflaba. Luego el tubo se ataba fuertemente con un trozo de piolín, se doblaba y se ubicaba por debajo del tiento de cuero, que cerraba la pelota.
El tiento constituía una zona rugosa que podía provocar molestias al cabecear. Estas pelotas fueron reemplazadas por las sin tiento, de 12 gajos, marca “Superbal”, o la de 16 gajos, marca “Criolla”, más livianas y más lisas.
Se inflaban con un adaptador, “el pico”, que se colocaba en un pequeño orificio correspondiente a la entrada de la válvula. Con el inflador, se introducía aire hasta lograr la dureza deseada.
Los gajos estaban cosidos con piolín encerado. Eran los sitios que se rompían favoreciendo la desunión de uno o más gajos, situación que obligaba a la reparación inmediata, para evitar la pinchadura de la cámara de goma.
El reparador de las pelotas de fútbol era un conocido personaje del barrio, experto en tareas de talabartería. La reparación de los gajos de cuero, dejaban a la pelota como mueva, lista para alegrar a los no tan pibes, quienes tenían la posibilidad de adquirir una.
Las pelotas eran de larga duración y se las cuidaba, engrasando el cuero con frecuencia, mediante un trozo de grasa de vacuno, obtenido gratuitamente en la carnicería del barrio. Inclusive, se le daba tratamiento de zapato, colocándole pomada y lustrándola. Pero un partido en día de lluvia o con la cancha mojada, dejaba a la pelota en malas condiciones.
El reparador de pelotas fue el salvador, que al devolver la salud al cuero lastimado, posibilitó alargar la vida útil de las pelotas de fútbol, en ese Buenos Aires que se fue.

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LA PLACITA BULNES

La plaza Almagro apareció en 1928.

Para nosotros fue la “placita Bulnes”, nombre de una de las calles de la manzana, completada por Sarmiento, Salguero y Cangallo (hoy Presidente Perón), en pleno barrio de Almagro.

Tenía diversos juegos infantiles: hamacas, sube y baja, tobogán, calesita manual, pasamanos y una pileta fuente, construida en cemento armado, sin revestimientos, que llena de agua, tenía una profundidad menor de 1 metro. Permitía a la mayoría de los pibes, disfrutar de un baño en agua muy fría. Pero por las noches, arrojaban cualquier tipo de basuras, circunstancia que limitó sensiblemente su funcionamiento.

Entonces su uso cambió en forma radical, ya que fue sitio propicio para jugar a la pelota. En el pasto estaba absolutamente prohibido hacerlo. Así lo decían los carteles “Prohibido pisar el cesped”, sumándose la actitud vigilante y severa del guardián, figura emblemática en las plazas porteñas de aquella época.

Mientras disfrutábamos de los juegos, imprevistamente se escuchaba música proveniente de instrumentos de viento: trompeta, clarinete y trombón. Era el anuncio de la presencia en la placita del Ejército de Salvación.

Vestidos con uniforme y gorra azul marino con ribetes rojos, un grupo reducido de hombres y mujeres, generalmente 8 personas, formaban una circunferencia, preparándose para una de las reuniones públicas tan frecuentes en las décadas del 30 y del 40, donde predicaban el evangelio, acompañado de cánticos rituales, y en ocasiones, de confesiones públicas, convocando al público a participar activamente.

Estas reuniones también se realizaban en las esquinas de la ciudad, sin previo aviso. Su característica era la espontaneidad y sonoridad, lo que motivaba al piberío que, ajeno a los objetivos propuestos de ese grupo, gritaban y corrían desenfrenadamente profiriendo groseras risotadas que alteraban el orden y sentido de esas reuniones, en ese Buenos Aires que se fue.

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LA FOTO FAMILIAR

La foto familiar era un recuerdo habitual en la mayoría de las familias.
En una época en la que disponer de una cámara fotográfica no era fácil, las etapas familiares se documentaban a través de las fotografías de estudio.
En general, no se disponía de cámaras fotográficas de calidad. La tradicional cámara de cajón de foco fijo, para 8 fotos de 6 x 9 era lo conocido, para obtener fotos modestas, que integraban los recuerdos de familia: una fiesta de cumpleaños, un picnic, tiempo de vacaciones, la foto de la mascota o una reunión de amigos.
Pero la foto seria, profesional, se realizaba en un estudio fotográfico. El fotógrafo, de acuerdo con la situación emergente, preparaba un escenario colocando determinado moblaje, de acuerdo con las circunstancias.
Si se trataba de un grupo familiar, el jefe de familia posaba sentado; al lado, su esposa parada y los hijos, sentados en el suelo o sobre almohadones. Las poses eran organizadas por el fotógrafo, cambiando de posición según se obtuviera una o más exposiciones.
Todo ocurría en un pequeño escenario, que se iluminaba adecuadamente con poderosas lámparas que elevaban la temperatura ambiental, molestando en buena medida a los hombres, vestidos con ropa pesada, cuello duro y corbata.
Esta etapa no era a veces definitiva, porque el fotógrafo avisaba que las fotos no eran buenas y que era necesario repetir alguna toma. Nuevamente, el grupo familiar concurría ataviado como la primera vez a fin de obtener la foto correcta.
Antes de disponer de las fotos definitivas, el fotógrafo entregaba una copia en color zepia del material obtenido. Se elegían las más logradas y al cabo de una o dos semanas, entregaba las fotos coloreadas manualmente, en colores muy suaves o simplemente, en blanco y negro.
Eran las fotos definitivas. Disponer de ellas había llevado más de dos semanas. Esas fotos han sido en general, de excelente calidad y han perdurado a través del tiempo, constituyendo un valioso testimonio de ese Buenos Aires que se fue.

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EL VASO SONRIENTE

Durante mi niñez, los fines de semana iba con mis padres a visitar a mis abuelos paternos.

Ancianos mayores de 80 años, vivían en compañía de tres hijos solteros, que los acompañaron hasta el final de sus días. El varón, fumador de cigarritos negros, realizaba las cobranzas de los asociados del Hospital Español.

De las dos tías restantes, la mayor había pasado la mayor parte de su vida criando hijos ajenos, poniendo de manifiesto su gran bondad y una rígida disciplina. La menor, había padecido de muy pequeña una otoesclerosis, que la privó de la audición transformándola en sordomuda. Una rigurosa educación en una institución espcializada, le permitió leer los labios a gran velocidad, y hablar con un sonido gutural, sin variaciones, que le permitieron comunicarse perfectamente con todos.

Yo tendría 6 años cuando una tarde, mientras mis abuelos dormían la siesta, me llamó la atención que en cada mesa de luz, había un vaso con agua, conteniendo dos dentaduras completas, superior e inferior. No conocía las dentaduras postizas, eran las viejas dentaduras de caucho, que mis dos abuelos usaban desde mucho tiempo atrás.

Quedé impresionado por el aspecto que presentaban dentro del vaso, por lo que solicité una explicación a mi tía, la mayor. Siempre recuerdo la respuesta en medio de una carcajada, señalándome que era un vaso que reía, donde colocaban las dentaduras por razones de higiene. Así conocí las viejas dentaduras de caucho, en ese Buenos Aires que se fue.

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PAN CON MIJO

Corría el año 1945. Cursaba el sexto grado de la escuela primaria. La Segunda Guerra Mundial estaba por concluir.

El hambre estaba plenamente instalada en muchos países de Europa y Argentina, era el “Granero del mundo”. A mitad de año, aproximadamente, comenzamos a observar que el pan blanco habitual, estaba cambiando su aspecto exterior; se parecía al pan negro.

La situación fue repitiéndose día tras día. Ese pan, no se parecía en nada al pan de corteza crocante y masa blanca y esponjosa, que era una delicia, siendo reemplazado por un pan de mala calidad, elaborado con una mezcla de harina de trigo, mijo y centeno.

Es cierto que el país, privilegiando la exportación de trigo a expensas del mercado interno, ordenó la mezcla de las harinas de trigo, creando un “pan de guerra”, llamado posteriormente, “pan cabecita”. No teníamos una información plena sobre este tópico, pero nuestra disconformidad y rechazo para el nuevo pan, eran más que evidentes.

Concurría al turno tarde en la escuela. En el segundo recreo, nos ofrecían un pan blanco pequeño, que debíamos empujar con algunos tragos de agua. Pero para deglutir los pancitos reemplazantes gris negruzco, era necesario algo más que el agua.

Ante el ofrecimiento, si bien aceptamos los panes, los arrojamos en el baño, donde estaban los mingitorios, con la colaboración espontánea de alumnos de otros grados. Lo cierto es que rápidamente se formó una montaña de pan empapada con orina, con un aspecto lamentable.

La escuela tenía dos porteros y uno de ellos, era gallego. Mientras estábamos en el baño, se acercó a nosotros, rojo de indignación, diciéndonos que mientras nosotros rechazábamos el pan tirándolo en los mingitorios, en España se morían de hambre. El pibe que me acompañaba, flaquito y muy excitado, le contestó al portero diciéndole:”Este pan es una porquería y no vamos a comerlo. Además, vivimos en Argentina, no en España”.

El portero no contestó y nosotros nos alejamos inmediatamente. El recreo había finalizado y nos sumergimos en el tema de la clase. Pero el episodio, breve y de mucha intensidad, nos dejó una huella que nos impactó profundamente, en ese Buenos Aires que se fue.

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