El Buenos Aires que se fue

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La infancia

LA FIGURITA DIFÍCIL

Coleccionar figuritas fue una verdadera pasión, durante el transcurso de la escuela primaria, pasión muchas veces compartida por nuestros padres.

Todo comenzaba a partir de los 5 años aproximadamente. Un regalo casual de chocolatines con figuritas o de un sobre conteniéndolas, era el comienzo de una costumbre que se renovaría anualmente, ya que su vigencia corría paralelamente a la duración del período lectivo.

El problema era que para coleccionar las figuritas, se ofrecía un álbum que una vez completado permitía acceder a un premio que oscilaba entre una pelota de fútbol y una bicicleta. Pero siempre existía la figurita difícil, que costaba mucho encontrar, cuando ello era posible.

Las figuritas se adherían en el álbum empleando goma de pegar marca “Dos banderas”. El envase era un frasco pequeño con forma de cono truncado, que alojaba una pasta blanca maloliente, con propiedades adhesivas muy contradictorias. Pero no había otra, por lo tanto, era la mejor.

La aparición de figuritas repetidas era muy frecuente, situación que permitía llenar varios albumes, o bien disponer de una cantidad suficiente para negociar intercambios con otros pibes, así como también jugar a “la tapada”, “el puchero” o al “punto y revoleo”, como mecanismos para aumentar la colección, sin gastar dinero.

Los momentos ideales para intercambiar figuritas, eran los recreos en la escuela, o los juegos en la vereda. Se procuraba disponer de muchas repetidas para afrontar las demandas a la hora de los intercambios. Había que lograrlos durante ese año, ya que después se cerraba el concurso  y no había reclamo valedero. Eran épocas en las cuales siempre había una difícil, la que casi nunca salía, hecho que obligaba a frecuentar aquellos sitios de intercambio, los días domingo por la mañana, como ocurría en el Parque Rivadavia, famoso por los intercambios de estampillas. También existía un grupo de unas diez figuritas raras, de aparición menos frecuente.

Coleccionar figuritas fue una auténtica y atrapante costumbre infantil durante la época escolar, en ese Buenos Aires que se fue.

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LAS TORTURAS INFANTILES

Durante nuestra niñez experimentamos, lamentablemente, lo que podemos denominar “torturas infantiles”.

Algunas relacionadas con el tratamiento de  la salud y otras, del diario vivir. Era común que ante episodios febriles, rápidamente se recomendara ingerir un purgante que podía ser muy intenso, como el “Aceite de Ricino”, de gusto asqueroso, o uno más suave como la “Limonada de Roger”, más aceptable. Uno u otro iban acompañados de estadía en cama por, al menos, 24 horas.

Durante las épocas invernales, los resfríos intensos con participación pulmonar, requerían del auxilio de las cataplasmas, unas compresas de tela cubiertas de harina de mostaza caliente, que se colocaban en la parte anterior del tórax, habitualmente acompañadas de una sesión de ventosas en la espalda. Eran unos vasos de vidrio que provocaban la succión de los tejidos, a fin de lograr la “descongestión pulmonar”.

Para fortalecer nuestro crecimiento, por las mañanas “disfrutábamos” tragar una cucharada sopera del inmundo “Aceite de hígado de bacalao”. Sencillamente inolvidable para quienes lo padecimos. Todas estas experiencias alcanzaban su punto más destacado con el tratamiento quirúrgico de “la carne crecida”, como se denominaba al agrandamiento de las amígdalas. Inolvidable porque la operación duraba unos minutos que parecían horas y la realizaban sin anestesia. Esas experiencias vividas en Callao 19, sede del Cuerpo Médico Escolar, han dejado una huella muy profunda en nuestra memoria.

Otras “torturas”, eran la prohibición de salir a jugar en horas de la tarde, ya que concurríamos a la escuela durante la mañana. O cuando en la escuela nos obligaban a escribir 500 veces: “No debo molestar en clase”, o textos similares, como tarea para el hogar. En un grado menor, la prohibición de salir al recreo; eran 10 minutos que nos parecían una hora.

Y en nuestro hogar, como consecuencias de conductas incorrectas, quedarse sin el postre o algo peor: irse a la cama sin comer, culminando con la amenaza de ser enviado a un Colegio Pupilo. Éstas son algunas de las “torturas” infantiles de las que fuimos víctimas, en ese Buenos Aires que se fue.

La infancia, La medicina de ayer, Modas y costumbres

EL PARQUE AVELLANEDA

El Parque Avellaneda, también conocido como Parque Olivera, está ubicado en las calles Lacarra y Directorio, en la ciudad de Buenos Aires.

Lo conocí durante una excursión escolar en bañadera(*), cuando cursaba la escuela primaria. Fue mi primera vez en un parque que tenía atracciones inolvidables.

En los juegos infantiles, destaco los toboganes, los más grandes y elevados de la Ciudad. Superaban ampliamente a todos los que había conocido. Eran tres toboganes impactantes, ya que el más pequeño, superaba en tamaño a los más grandes de otras plazas y parques.

Siempre tengo presente la sensación vivida al ascender por una escalera muy elevada, que conducía a la plataforma del gran tobogán, que no era recto sino con una amplia curva en el tercio inferior de su recorrido, a los efectos de mitigar la velocidad del descenso.

Los restantes juegos como el sube y baja, la calesita manual, hamacas y pasamanos, completaban el área de entretenimiento infantil. También circulaba un trencito, como el de Luján. Recorría todas las instalaciones permitiendo comprobar su extensión y la disposición de las distintas instalaciones.

Diez centavos era la tarifa, para cada vuelta, experiencia que no dejamos de cumplir. El parque estaba totalmente cercado. Las pocas puertas de entrada obligaban a caminar trechos largos para localizarlas. Cuando ingresé a primer año en la escuela secundaria, regresé al Parque, a los efectos de cumplir con el programa de Educación Física.

Así conocí la cancha de fútbol, sin pasto y los fríos vestuarios con duchas de agua fría exclusivamente. Bañarse en invierno, después de finalizada la clase de gimnasia y prácticas de fútbol, era un acto de guapeza que nadie, se atrevía a cumplir.

Al año siguiente, las clases de gimnasia se trasladaron a la filial Palermo del club Gimnasia y Esgrima. Nos encontramos con tres grandes novedades: la cancha de fútbol, tenía pasto; los arcos tenían redes y las duchas del vestuario, agua caliente. Habíamos llegado al paraíso, un paraíso en aquel Buenos Aires que se fue.

*) bañadera: Especie de ómnibus, descapotado en verano y cubierto en invierno, con capacidad para transportar a todo el pasaje sentado. No era posible viajar parado. Muy populares en la década del 30 y 40.

La educación, La infancia, Los juegos, el fútbol

EL ASCENSORISTA

Durante muchos años, la profesión de ascensorista fue común en las grandes tiendas y edificios de oficinas y departamentos.

El ascensorista vestía uniforme con chaqueta cerrada color gris, con ribetes rojos y eventualmente una gorra del mismo color. Esperaban a las personas, parados sobre la puerta del ascensor, vigilando la cantidad que ingresaba.

Una vez que se alcanzaba la cantidad oficialmente autorizada, cerraba las puertas manualmente y movilizaba el ascensor mediante una manivela con la que regulaba la velocidad y el posicionamiento correcto, a fin de evitar inconvenientes durante la entrada y salida de los pasajeros.

En las grandes tiendas complementaba su accionar anunciando las secciones ubicadas en cada piso, así como también las ofertas de cada día o de la semana.  Al llegar a cada piso, abía manualmente las puetas pronuncianddo la palabra “salida” o el número del piso.

Evitaba que los niños manipularan la manivela o pulsaran los botones del tablero, a fin de evitar inconvenientes. Siempre saludaba a las personas que ingresaban al ascensor transformándose en la primera cara amable que los empleados encontraban al llegar a su trabajo. Cuando se producía una pausa en su trabajo, la aprovechaba para acicalar el habitáculo.

Salvo en algunos hoteles y edificios tradicionales, el oficio de ascensorista ha desaparecido. El anuncio grabado del cierre y apertura automático de las puertas, anunciando la llegada a cada piso, así como el empleo de una botonera inteligente, han reemplazado a este personaje insustituible en aquel Buenos Aires que se fue.

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MI ABUELO Y EL VESUBIO

Mi abuelo siempre recordaba al Vesubio.

El volcán se encontraba a 70 kilómetros de su pueblo en Nápoles, Italia, cuya silueta siempre observaba a la distancia. Lo escuchaba fascinado imaginando las erupciones y los ríos de lava.

Conocía los volcanes por las ilustraciones de libros y revistas. Pero cuando mi abuelo relataba que había caminado por la boca del volcán, que era muy grande y que estaba apagado, no podía elaborar una imagen que representara esos hechos.

El Vesubio, junto al Strómboli y el Etna, eran los tres volcanes clásicos italianos, que de una u otra forma, integraban los relatos que el abuelo hacía recordando su vida en Italia. En una pintura apaisada y muy bien lograda que tenía en su habitación, siempre observaba el aspecto imponente del Vesubio con la profusión de viviendas en el valle, con la predominancia de los techos rojizos.

Abuelo relataba lo que fueron en su momento las erupciones del Vesubio y sus consecuentes destrozos. Nunca omitía las referencias al Etna, que se encontraba activo, con su consiguiente riesgo para la población.

Escuchaba sus relatos una y otra vez, pero siempre como si fuera la primera audición, dispuesto a corregir alguna palabra que difiriera de su último relato. Abuelo ponía pasión y dramatismo en lo que decía, características que me atrapaban, grabándose profundamente en mi memoria de aquel Buenos Aires que se fue.

Anécdotas de mi abuelo, La infancia

LA LIBRETA DE AHORROS Y LA NENA

En mi época escolar, la libreta de ahorros fue el medio mediante el cual ahorrábamos pequeñas sumas de dinero, proveniente de obsequios o cumpleaños.
Comprábamos estampillas que se pegaban en la clásica libreta de tapas amarillentas. Esta operación era realizada por la maestra de grado, dentro del aula, sumando el importe al que se tenía depositado.
Reuní 197 pesos moneda nacional pero guardé la libreta durante mucho tiempo. Un día decidí recuperar lo ahorrado pero ya, habían sucedido varias devaluaciones. La operación fue decepcionante porque me pagaron 4 pesos con 30 centavos.
Pensar que en la contratapa había varios consejos con frases muy especiales, como la que decía:” La Nación garantiza los depósitos que se efectúan en la Caja Nacional de Ahorro Postal y su devolución con intereses”.
En las estampillas, se observaba una niña sentada en actitud de depositar una moneda en la ranura de una alcancía que retenía entre sus rodillas. Fue el símbolo de la Caja Nacional de Ahorro Postal, vigente en la actualidad.
Esa niña era Aída Ferrari, de 6 años de edad, hija del escultor italiano Nicolás Antonio Ferrari. Posó para su padre durante un mes, sentada en una mesa giratoria, mientra modelaba el original en arcilla. Luego realizó la copia en yeso finalizando con la versión en bronce.
Como compensación, Aída recibía diariamente, una moneda de 20 centavos . La escultura se realizó en el taller que Ferrari tenía en su casa, ubicada en la calle Callao al 300, de ese Buenos Aires que se fue.

Fuente: Giudici A. Un símbolo y una historia viva. El Arca/38.

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MI PROFESORA DE INGLÉS

Cuando aun no había finalizado la escuela primaria, comencé a estudiar inglés con Miss Dennehy.

Era una persona mayor que vivía con dos hermanas. Su domicilio estaba ubicado a cuatro cuadras del mío, en Valentín Gómez esquina Billinghurst, en la ciudad de Buenos Aires.
Era una típica casa chorizo, en muy buen estado, colmada de macetas con plantas y flores. En el fondo se hallaba el comedor, que tenía una gran mesa oval de madera, cubierta por un paño verde, donde recibía mis clases.
No estábamos solos, porque una hermana discapacitada cuyo nombre no recuerdo, permanecía siempre sentada. Escuchaba todo el desarrollo de la clase pero jamás interrumpía.
Miss Dennehy era muy especial para dictar sus clases. Me indicó adquirir un libro básico “First steps in english” (Primeros pasos en inglés), de Mme. Cammerlynck, un libro de tapa roja con letras negras, dirigido a franceses que estudiaban inglés.
La edición era viejísima, de 1912, con ilustraciones muy antiguas. Nunca comprendí porqué eligió un libro que no tenía ninguna vinculación con los programas de la escuela secundaria, ya que los temas abordados eran completamente distintos.
Para la pronunciación, no utilizaba los signos de fonética, sino la repetición. Ella pronunciaba y yo, repetía, tantas veces hasta que quedaba conforme.
Al comenzar la clase debía rezar el Padre Nuestro y el Credo. Fue lo primero que me enseñó y jamás dejó de hacerlo. Yo repetía lo que ella decía. Una vez finalizados comenzaba la clase propiamente dicha.
Este ritual se repitió dos veces por semana y me introdujo en el conocimiento elemental del idioma inglés, en una vieja casona de ese Buenos Aires que se fue.

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LOS GITANOS

La llegada de gitanos a la Argentina comenzó a fines del Siglo XIX.
Provenían de distintos países europeos y muchos se ubicaron en Buenos Aires. Caracterizados por el nomadismo, se instalaban en grandes carpas, ocupando un terreno.
Recuerdo que en una esquina del barrio de Villa Real, instalaron una carpa en un terreno baldío, dentro de la cual observamos unos llamativos artefactos de bronce pero ignorando su uso.
Los colores variados de la ropa femenina era un clásico de las calles porteñas. Las gitanas caminaban en grupos pequeños, de tres o cuatro personas, con sus clásicas trenzas adornadas con monedas de oro y collares, que también mostraban monedas de oro, uno de sus métodos para ahorrar dinero.
Nos llamaba la atención que las mujeres de mayor edad, caminaban por las calles fumando, situación excepcional en esa época. Se desplazaban hablando en voz alta, en un idioma desconocido, o en un español mal pronunciado, moviendo sus amplias y coloridas polleras que ocultaban sus pies.

Desinhibidas en sus desplazamientos, interrumpían la marcha de cualquier transeúnte, ofreciendo sus servicios de adivinación del futuro, observando y “leyendo” las líneas de la mano. Las mujeres casadas usaban un pañuelo cubriendo su cabeza.
A los hombres no los reconocíamos; nada los diferenciaba en su atuendo con los demás peatones. Pasaban desapercibidos. La libertad es uno de los principios fundamentales de este pueblo. Una decisión de mucho peso fue la de enviar a sus hijos a la escuela, poderosa herramienta para el mantenimiento de su cultura, ya que no sabían leer ni escribir.
Los gitanos nómades, no invertían su ganancia en la compra de casas, Como desconfiaban de los bancos, llevaban su riqueza puesta: monedas de oro y joyas, que además los protegían de los malos espíritus.
Se han dedicado a la venta ambulante, al intercambio y a la adivinación. En general, han desarrollado una economía independiente, una red de trabajo exclusiva de la colectividad, como la compra y venta de automóviles y la herrería industrial.
Pero los cambios tecnológicos motivaron otras modalidades de comercialización, que al exigirles permanecer en un sitio fijo, eligieron edificios como sitios estables. Sin embargo, actualmente pueden encontrarse familias viviendo en carpas como lo hacían tiempo atrás, en ese Buenos Aires que se fue.

Fuente: http://www.buenosaires.gob.ar/ares/secretaria_gral/colectividades

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EL VENDEDOR DE DIARIOS VESPERTINO

Las ediciones vespertinas y nocturnas de los diarios, se vendían en otras “paradas”.

Ubicadas en el hueco de alguna vidriera o sobre umbrales de mármol en alguna esquina, se colocaban los ejemplares de “La Razón”, “Crítica”, “Noticias Gráficas” o “La Vanguardia”, entre los más conocidos, durante unas 4 horas.

El camioncito distribuidor se detenía en la parada el tiempo mínimo indispensable para arrojar la cantidad de ejemplares acordada y saludar, arrancando el móvil de inmediato. El diariero recontaba los diarios con un hábil movimiento de los dedos, a máxima velocidad, demostrando la habilidad obtenida en su trabajo cotidiano.

Primero distribuía los diarios a los clientes fijos en sus domicilios, casi a la carrera, sin dejar de vocear su contenido y siempre acompañado por el ladrido de los perros, que esperaban su paso pacientemente. Al regresar a su “parada”, voceaba los títulos, deteniéndose en alguna noticia más llamativa, a fin de llamar más la atención.

Esta rutina sucedía con las dos ediciones vespertinas, la 5ª y la 6ª edición. Cuando era pibe, Valentín era el responsable de esta tarea en mi barrio. Era un individuo de mayor edad, que durante mucho tiempo, ocupó el umbral de la farmacia ubicada en la esquina sudeste de las calles Rivadavia y Liniers, en el barrio de Almagro.

Se integraba a los equipos de fútbol, mezclándose con la joven muchachada barrial, que hacía del fútbol su entretenimiento favorito.

Los días de fútbol dominguero, mientras la 5ª mencionaba que partidos de fútbol se estaban desarrollando, la 6ª traía los resultados finales con grandes fotos, siempre en blanco y negro, más los comentarios de los periodistas deportivos. El diariero vespertino, fue un personaje importante y querido, en ese Buenos Aires que se fue.

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MI ABUELO, EL ANIMADOR

Mi abuelo adoraba los naipes españoles.

No sólo conocía la mayoría de los juegos, que había jugado infinidad de veces, sino que desarrollaba con ellos pruebas de ingenio, adivinazas y destreza.

Poseía la habilidad de presentar cada prueba con una atmósfera de suspenso e intriga. Alternando las barajas con fósforos o porotos, animaba una reunión durante horas. Experto en el manejo de los tiempos, mantenía a la audiencia en vilo, procurando no develar la clave que conducía a la solución de cada juego.

Todo se desarrollaba en forma pausada, en voz baja, salvo las exclamaciones de los presentes al finalizar cada prueba. La atención y el interés se mantenía sin el auxilio de la Play Station, la computadora, los anteojos para 3D o el teléfono celular con sus múltiples aplicaciones.

Las reuniones con mi abuelo, se caracterizaron por un despliegue de ingenio y humor logrando atrapar nuestra curiosidad e interés, en aquél Buenos Aires que se fue.

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