La infancia
LOS JUEGOS INFANTILES EN EL TANGO
La infancia y comienzo de la adolescencia está estrechamente vinculada con los juegos que nos acompañaron durante nuestra infancia. El tango, como expresión de Buenos Aires, supo incorporarlos en sus letras para asignarles la importancia que poseían en la vida de la muchachada.
El fútbol es y ha sidoi, pasión de multitudes; con su práctica desde edad muy temprana, se buscaba en un club de fútbol importante, alcanzar fama y bienestar económico. Era el sueño de muchos que se materializaba en algunos pocos. Estas ansias y proyectos han quedado muy bien reflejados en “El sueño del pibe”, de Reinaldo Yiso y Juan Puey:”Vas a ver que lindo / cuando allá en la cancha / mis goles aplaudan,/ seré un triunfador / jugaré en la quinta, / después en primera, / yo se que me espera / la consagración.”
La llegada al barrio del circo, era un acontecimiento importante. Una o dos veces al año ocurría esa visita, de modo que se hacía lo imposible para estar presente en alguna función. En los días previos al debut, algunos artistas y un remolque con alguna fiera, recorría las calles del barrio, distribuyendo programas y anunciando la presentación. Eduardo E. Beecar y Roberto Fugazot nos dicen en “Circo criollo”: “Ya la murga con sus sones de platillos y trombones / circuló por todo el pueblo, pregonando por doquier, / e imprimiendo en cada nota esta frase como un dejo:/ “circo gaucho, circo viejo, te vas para no volver” / De los pibes la algazara y el payaso con su cara / y sus locos cascabeles que va viendo enmudecer, / va expresando con la mueca de su labio y su entrecejo, / “circo gaucho, circo viejo, te vas para no volver”.
Probablemente sea la calesita, el juego ligado al niño desde la más temprana edad. ¡Quién no ha girado por una vez en la calesita!. Quién no ha vibrado de emoción cuando sacó la sortija. Y cuando más crecidos, realizaban piruetas sobre un caballo de madera o un avioncito con la hélice rota. La relación del niño con la calesita ha sido una constante a través del tiempo. Fueron Cátulo Castillo y Marianito Mores, quienes dieron vida al inolvidable “La calesita”: “Grita la calesirta / su larga cuita maleva; / cita que por la acera / de Balvanera nos lleva. / …Vamos, que nos espera / con su poller marchita, / esta canción que rueda / la calesita…
El barrilete es otro de los juegos forzozamente ligados a la etapa infantil, aunque no exclusivamente, porque adolescentes y adultos, no perdían la oportunidad “de ayudar” a remontarlo. Pero todas las viscicitudes relacionadas con la fabricación del barrilete y su posterior remontada, configuran una imagen imposible de olvidar. Eladia Blazquez escribió “Sueño de barrilete”: “Yo quise ser un barrilete / buscando altura en mi ideal, / tratando de explicarme / que la vida es algo más / que darlo todo por comida. / y he sido igual que un barrilete, / al que un mal viento puso fin / no se si me falló la fe, la voluntad, / o acaso fue que me faltó piolín”.
El comienzo del invierno anunciaba que estaba próximo el día de San Pedro y San Pablo, cuando en cada barrio, se lo celebraba con la tradicional fogata del 29 de junio, que se hacía con todo lo inflamable recolectado desde dos semanas antes. Todo lo combustible, era útil para alimentar ese fuego que congregaba a los habitantes del barrio a participar del festejo anual y quemar algún muñeco, preparado para ese día. Julio Huasi e Ismael Spitalnik escribieron “San Pedro y San Pablo”: “Los purretes trajeron la madera, / tablones, sillas rotas, un catre y un cajón. / La montaña se hará pronto una hoguera, / las viejas tendrán brasas, no gastarán carbón. / …y las casas serán rojos fantoches, / millones de fogatas habrá por la ciudad, / surgirá la mañana en plena noche, / paloma y papa asada los pibes comerán”. Era la reunión que finalizaba cuando sólo quedaban algunas brasas esparcidas, sobre un empedrado que guardaba el calor durante muchas horas.
Ninguno podrá olvidar los juegos en la vereda, como la rayuela, las bolitas, el patrón de la vereda y tantos otros. Han sido épocas estampadas en el cerebro para siempre. Son recuerdos imperecederos que han quedado retenidos. Julio Navarrine y Juan Raggi lograron un acierto con “Oro muerto”: “El dueño de la casa / atiende a las visitas;/ los pibes del convento / gritan en derredor / jugando a la rayuela, / al salto, a las bolitas, / mientras un gringo curda / maldice al Redentor”.
Los espectáculos con títeres, se ofrecían en festivales infantiles, fiestas de cumpleaños o en fiestas parroquiales. Los pibes quedaban atrapados durante esos minutos de hechizo que surgían de las trompadas y cabezazos de esos muñecos inquietos. José Tagini y Juan Guichandut nos dejaron el clásico “Marionetas” que dice: “¡Arriba Doña rosa! / ¡Don Pánfilo , ligero! / y aquel titiritero / de voz aguardentosa / nos daba la función…/ Tus ojos se extasiaban: / aquellas marionetas / saltaban y bailaban / prendiendo en tu alma inquieta / la cálida emoción…”.
EL LLAMADOR
El llamador era una pieza de bronce, generalmente con la forma de una mano sosteniendo una bola, que estaba ubicado en el lado derecho de la puerta de calle, para golpear sobre ella.
Las puertas de madera con herrajes de bronce, poseían este elemento, que reemplazaba al timbre. Se lo golpeaba varias veces para ser reconocido por los habitantes de la casa, ya que cada uno lo hacía de una forma determinada para identificarse. En algunas oportunidades, nos trepábamos a las puertas, golpeábamos varias veces, antes de salir corriendo.
Se lustraba con Brasso, una vez por semana. Se lo golpeaba sobre un vástago de hierro insertado en la puerta , cuya sonoridad no se apreciaba en los fondos de la casa chorizo. Por eso se usaba el timbre, alimentado a pilas, unos cilindros enormes y pesados; medían unos 6 centímetros de diámetro por 20 centímetros de altura, con la misma capacidad de las actuales AAA pero de una duración más prolongada.
No eran comunes y en las casas chorizo, su sonoridad disminuía a medida que la pila envejecía. Generalmente, las pilas se colocaban en una caja, a una altura de 4 metros.
El llamador de mi casa nunca lo usé porque el timbre me resultaba más accesible. Pasado el tiempo, las pilas fueron reemplazadas por la electricidad de la red, aumentando significativamente la intensidad del sonido. Esas pilas me sirvieron para realizar experimentos básicos de física eléctrica.
El llamador con forma de mano, desapareció de la mayoría de las puertas de la ciudad permaneciendo unos pocos, como un testimonio de aquel Buenos Aires que se fue.
LOS JUGUETES DE HOJALATA MATARAZZO
La industria nacional del juguete nació para sustituir las importaciones.
Los Matarazzo, cerealeros y fraccionadores de harina, cambiaron de rubro en el año 1934 y comenzaron a fabricar juguetes de hojalata litografiada, los más baratos del mercado, hasta el año 1959. La industria del juguete demostró que es lo que se esperaba de los niños en cada época.
Matarazzo y Cía. era la fábrica de juguetes más grande de Latinoamérica, y la más importante de Argentina. Costábile Matarazzo era el hermano menor del Conde italiano Francesco Matarazzo, que fundó el emporio industrial más grande de Brasil, a comienzos del Siglo XX. Costábile Matarazzo publicó en 1938 el único catálogo con 80 juguetes de hojalata, donde podían hallarse motocicletas, autos de carrera, camiones, ambulancias, cocinitas, baterías de cocina, colectivos, tranvías, trenes, juguetes de arrastre y a cuerda, baldecitos y juegos de playa.Se jugaba moviéndose y usando la imaginación.
Muchos niños soñaron con estos juguetes, deteniéndose en las vidrieras a fin de contemplarlos con admiración. Matarazzo fabricaba 5 mil juguetes diarios, a fin de satisfacer la demanda local y la de varios países latinoamericanos. La Segunda Guerra Mundial jaqueó la importación, interrumpiéndola casi totalmente, y promovió la industria nacional del juguete.
Fue importante la participación del gobierno peronista que promovió el regalo masivo de juguetes como política de Estado, entre los años 1946 y 1954, procurando que la infancia de esa época recibiera por lo menos, un juguete. Eran 3 millones de juguetes entre Navidad y Reyes de cada año, para una población infantil que en 1946, alcanzaba los 4 millones y medio de niños.
Muchos de los juguetes eran fabricados con descarte de hojalata, por lo que era común observar en el interior del juguete, escrituras o impresos correaspondietes a los envases diversos de donde fueron obtenidos. La demanda estatal de juguetes fortaleció a la industria nacional.
Los Matarazzo, actualmente en la industria de los fideos, fueron, con sus juguetes de hojalata, responsables de la alegría de la infancia en ese Buenos Aires que se fue.
Fuente: http://página12.com.ar/imprimir/diario/sociedad/3-69237-2006-06-30.html
http://www.labasicaonline.com.ar/Detalle.asp?Id_Espectaculo=3357
EL MECCANO
El “Meccano” fue un juguete de construcción, compuesto por piezas metálicas, unidas por tornillos y tuercas.
Fue un juguete muy antiguo, patentado por el Ingeniero Frank Hornby en Liverpool, Inglaterra, en 1901. Su éxito fue enorme, lo que expandió las ventas al Reino Unido en la India, Australia, Canadá y Nueva Zelanda. Posteriormente a Francia, España y Argentina.
Era un sistema integrado por láminas metálicas perforadas, pintadas en color verde y rojo, que se relacionaban entre sí mediante tornillos y tuercas. Era el Rey de los Juguetes, costoso, con diversas presentaciones, en las que variaba el contenido de sus piezas. A mayor cantidad de piezas, mayor variedad de juguetes que se podían armar.
En el catálogo que acompañaba a cada caja, se indicaba la cantidad de piezas que poseía y su distribución, hecho que permitía conocer lo que se podía armar. Pero la realidad es que siempre faltaban piezas para armar el juguete más complejo de la caja que nos habían regalado. Un par de ruedas menos, de tornillos o de tuercas; lo cierto es que, de lo que contenía la caja a lo que señalaba el folleto, había una gran distancia, que hacía añorar una caja de mayor tamaño.
Había otros juegos para armar; eran de madera. Uno de ellos permitía armar casitas o frentes de edificios, mediante la aposición de columnas, pequeños paneles semicircualres, poliédricos o cilíndricos. Otro juego, contenía varillas cilíndricas, ruedas y esferas perforadas, donde encajaban las varillas. De acuerdo con el folleto y la cantidad de piezas, se podían armar unos móviles rústicos que rápidamente conducían al cansancio y a la frustración.
El “Meccano”, por su variedad de piezas y accesorios, tenía más posibilidades para estimular la creatividad infantil. Tuvo tanto éxito que los juegos pasaban de padres a hijos. Nunca perdió su atractivo, porque con el correr del tiempo, se crearon nuevos juguetes.
En la Argentina, a raíz de la restricción a la importación de juguetes durante la Segunda Guerra Mundial, lo fabricó a partir de 1945 la fábrica Exacto Ltda, fueran juegos completos o accesorios, con la denominación de “Meccano Argentina”.
Desde el punto de vista didáctico fue primordial en motivar a los niños a construir sus juguetes, con mecanismos que podían funcionar y ser manejados por ellos. Una característica fue la reproducción de máquinas industriales, obras de ingeniería y gran variedad de juguetes.
Los video juegos y la industria del juguete electrónico desplazaron al “Meccano” de las preferencias infantiles. El Meccano fue el Rey de los juguetes para armar, en ese Buenos Aires que se fue.
Fuente: http://daletiempoaljuego.com/foro/viewtopic.php?f=14&t=482
http://histocultura.blogspot.com.ar/2006/02/aquellos-viejos-juegos-el-meccano.html
LA CATAPLASMA
Las cataplasmas fueron un remedio casero empleado en la era preantibiótica para el tratamiento de las infecciones broncopulmonares.
Se preparaba mezclando harina de lino y mostaza con agua caliente, hasta formar una pasta, que se colocaba entre dos lienzos sobre el pecho, trasmitiendo su calor durante unos 15 minutos aproximadamente.
Se aprovechaban sus efectos antiinflamantorios y emolientes, para favorecer la fluidificación de las secreciones bronquiales. Había que ser cuidadoso en su aplicación, a fin de evitar quemaduras, que cuando se producían, requerían de un tiempo muy prolongado para su curación.
La cataplasma se asociaba con otros procedimientos disponibles en la época para combatir los tan temidos episodios broncopulmonares como las compresas de calor seco en el pecho y espalda; las fricciones con “untura blanca”, un compuesto a base de esencia de trementina, las inhalaciones de vapor proveniente del humo provocado por el agua caliente conteniendo frutos de eucaliptus y la colocación de sustancias mentoladas en las fosas nasales, para facilitar la respiración.
Estos procedimientos se repetían durante varios días, hasta que los síntomas disminuían paulatinamente. Eran otros tiempos, otros ritmos; las enfermedades tenían generalmente una duración definida en su evolución. Las enfermedades respiratorias eran motivo frecuente del uso de estas cataplasmas. Las hubieron también de papa, de barro o de hierbas, para diversas indicaciones como infecciones en la piel, cistitis y dolores articulares.
La cataplasma fue, durante la época preantibiótica, un popular y eficaz medio terapéutico empleado en ese Buenos Aires que se fue.
EL ACEITE DE CASTOR
Aceite de Castor era el nombre con que conocíamos al Aceite de Ricino, un purgante muy popular.
Eran épocas en las que no existían los antibióticos y el empleo de purgantes era un procedimiento frecuente ante los procesos infecciones leves. Al finalizar la etapa invernal, la ingestión de aceite de Ricino, era la norma ya que se aseguraba su utilidad “para depurar el organismo de las impurezas acumuladas en la sangre”.
Pero durante todo el año, cuando se producía un estado febril asociado con decaimiento, se recurría a un procedimiento de rutina: reposo en cama y una purga con aceite de ricino. Como poderoso irritante intestinal, sus efectos eran seguros, favoreciendo el control de los episodios con fiebre.
Se consideraba que, independientemente de un episodio febril, el purgante debía tomarse un par de veces al año. Esta constante venía de arrastre, cuando purgante y sangrías, eran los medios terapéuticos para tratar todo.
Tomar una o dos cucharadas soperas de aceite de ricino, no era fácil. El desagradable gusto del aceite, provocaba el rechazo espontáneamente, hecho que motivaba la búsqueda de cualquier método o maniobra que facilitara su deglución.
Con el advenimiento de los antibióticos, los purgantes perdieron su vigencia hasta constituirse en una rareza, los mismos que llegaron a utilizarse como herramienta de castigo en los niños, al provocar náuseas, vómitos, cólicos y diarrea.
Las purgas con aceite de ricino integraron el armamentario médico de ese Buenos Aires que se fue.
EL ACEITE DE HÍGADO DE BACALAO
El aceite de hígado de bacalao es un suplemento dietético administrado a los niños desde hace muchos años, por su contenido en vitaminas naturales A y D. 
El sabor y el aroma es muy variable, dependiendo de su calidad que oscila desde un olor a sardinas hasta el de pescado podrido y aceite rancio. Los recuerdos de la infancia asociados al aceite de hígado de bacalao, constituyen una etapa de tortura.
Tomar una cucharada sopera en la mañana, era un verdadero castigo, ya que el asco que nos daba oler y tragar esa porquería, se tradujo no sólo en un recuerdo inolvidable, sino en una huella indeleble en el cerebro, imposible de borrar.
Quienes vivimos esta experiencia, también conocimos las variedades de este aceite con el sabor modificado, con un gusto a limón o menta, para facilitar su deglución, o su presentación en cápsulas gelatinosas blandas. Eran tan grandes, que para un pibe, no era fácil tragarlas.
Se administraba en el período invernal para fortalecer los huesos evitando el raquitismo, para fortalecer el organismo y protegerse de la gripe, y como un estimulante del apetito en niños delgados, cuando se consideraba que ser obeso, era ser sano.
Fue muy popular en la Argentina, la presentación denominada “Emulsión de Scott”, caracterizada por la clásica figura de un marinero transportando un bacalao al hombro, pero especialmente, por su horrible sabor. El recuerdo del sabor asqueroso del aceite de hígado de bacalao original, pertenece a uno de los peores momentos vividos en ese Buenos Aires que se fue.
LA OLLA A PRESIÓN
Los días lunes, mi madre preparaba un puchero.
Disponíamos de cocina a gas, todo un avance para la época, y alrededor de las 9 de la mañana, colocaba sobre la hornalla, una olla con unos 4 litros de agua; cuando comenzaba a hervir, agregaba los elementos constitutivos del puchero: carne con hueso, verduras, papas, choclos, zapallo, etc.
El puchero estaba listo cercano el mediodía, muy próximo a la hora de almorzar. Esta rutina se desarrollaba todas las semanas, hasta que un día, en la primera mitad de la década del cuarenta, mamá compró “la olla a presión”, una olla distinta, con otras características.
Cuando se cerraba, la tapa, que tenía un burlete de goma, ajustaba fuertemente sobre la olla, y cerraba herméticamente. El vapor salía por una espita ubicada en la tapa. Era un sistema de cocción basado en el aumento de la presión dentro del recipiente, que permitía reducir considerablemente el tiempo de cocimiento.
Una verdadera revolución en la preparación de las comidas. Lo que antes demoraba 2 horas y media, con esta olla se cocinaba en 30 minutos. Un positivo avance en la técnica de cocción, gracias a la ayuda proporcionada por una olla que brindaba la comida esterilizada, por la acción del vapor a presión en su interior.
Las comidas conservaban su color original, situación opuesta a lo que observábamos con la cocción tradicional. Lo cierto es que la aparición de esta olla, que en sus comienzos se la usaba con temor, porque se suponía que existía el riesgo de una explosión, se constituyó en una extraordinaria ayuda, economizando tiempo y dinero, para las amas de casa de ese Buenos Aires que se fue.
EL GOFIO
El gofio es un alimento consistente en una harina proveniente de cereales tostados y molidos.
Su aspecto es el de un polvo color amarillo ocre, según el grado del tostado. Se lo empleaba en varias preparaciones alimenticias. Se lo elabora tostando trigo o maíz, que después se muele con un molinillo manual. Fue usado para reemplazar al pan o mezclado con la leche o el chuño.
Foto: http://www.mercadolibre.com.ar
Lo comprábamos en las panaderías o en algún kiosco. Se vendía en paquetes de papel celofán, al precio de 10 centavos. Lo considerábamos una golosina y así lo comíamos, mezclando su contenido con azúcar molida.
En esa época, se vendía el azúcar en terrones, la llamada “azúcar refinería”, molida o el azúcar negra, el azúcar de remolacha. No era fácil comerlo, porque al inhalarlo inadvertidamente, provocaba severos accesos de tos. Solíamos compartirlo durante nuestros juegos en la vereda.
Al no disponer de agua o bebida alguna para beber, era imposible continuar su degustación. Lo comíamos directamente de la bolsita y esa, era nuestra principal causa de tos violenta. El gofio de nuestra infancia, fue un importante alimento en distintas épocas, sobre todo entre los refugiados que durante la Segunda Guerra Mundial, salieron de las Islas Canarias hacia América. El gofio fue uno de nuestras golosinas elegidas y muy baratas, en aquél Buenos Aires que se fue.
Fuente: http://es.wikipedia.org/wiki/gofio
