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El Buenos Aires que se fue

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La cuestión social

EL TRANVÍA EN EL TANGO

Las primeras líneas urbanas de tranvías a tracción animal, el tramway, aparecieron en Buenos Aires en 1870.

En esta primera etapa fueron arrastrados por caballos hasta que a partir del mes de abril de 1897, comenzó a emplearse la electricidad, dejando atrás una época heroica, que significó para Buenos Aires la mejoría en la comunicación y el transporte por toda la ciudad y localidades cercanas, favoreciendo la expansión de la creciente población, alimentada por los sucesivos aluviones inmigratorios.

El tranvía brindó la oportunidad de abandonar la habitación del conventillo, ubicada en el casco céntrico, por una casita edificada ladrillo sobre ladrillo, en un barrio alejado, pero conectado gracias a los servicios tranviarios. El tango incorporó al tranvía, especialmente en su primera etapa, destacando a sus personajes, el mayoral y el conductor, actualizando situaciones del diario vivir que hoy, nos parecen irreales.

En 1942, Pedro Maffia y Homero Manzi escribieron “Cornetín”, un tango milonga que contaba detalles risueños de los viajes en el tramway: “Tarí, Tarí. / Lo apelan Roque Barullo / conductor del Nacional / con su tramway, sin cuarta ni cinchón, / sabe cruzar el barrancón de Cuyo. / El cornetín, colgado de un piolín, / y en el ojal un medallón de yuyo. / Tarí, Tarí. / Y el cuerno listo al arrullo / si hay percal en un zaguán. / Calá, que linda está la moza, / calá, barriendo la vereda, / Mirá, mirá que bien le queda, / mirá, la pollerita rosa. / Frená, que va a subir la vieja, / frená porque se queja, / si está en movimiento. / Calá, calá que sopla el viento, / calá, calá, calamidad.”

El mayoral fue el personaje más conocido por su fama de piropeador de las mujeres que barrían la vereda, o que lo invitaban a saborear un mate, en cuyo caso, se detenía el tranvía por un momento. Carlos Mayel y Francisco Laino, nos dejaron “El mayoral del tranvía”, 1946: “Soy mayoral del tranvía / que por las calles serenas, / llevé blancas azucenas / despertando simpatías… / con ese tarí…taría…/ de mi modesta corneta / brindé a las mozas coquetas / un madrigal de alegría. / Gritaban las mozas:”¡Adiós mayoral!” / “¿Me da el clavelito que lleva en su ojal?” / Y yo muy contento decía que sí, / pues ellas en sus risas se acuerdan de mí…”.

El conductor y el mayoral, los responsables del manejo del tramway, han sido bien caracterizados en las letras de tango o milonga. El mayoral fue personaje trascendental en la “Milonga del Mayoral”, 1953, de Cátulo Castillo y Aníbal Troilo: “Soy el criollo mayoral, que va, / que va tocando en la vía, tarí rarí / su cornetín de alegría, que da señal / de que ya viene el tranvía. / Y yo soy el motorman, talán talán, / que lleva de Once a Lorea / con seguridad, para que el público vea / lo que puede dar la electricidad.”

La llegada del tranvía, especialmente en su primera época, era motivo de alegría para la servidumbre, que esperaba ansiosamente su paso, reconocido por un sonido característico del cornetín, apareciendo en la vereda, simulando un barrido o llevándole una flor al motorman. Es acertada la descripción de Armando Tagini y Oscar Arona en “El cornetín del tranvía”, 1938, :”La clarinada rompió la siesta / en la barriada de los Corrales / y con zumbón frufru de percales / más de una china salió al umbral…/ Llegaba “el loco de Recoleta” / sembrando alardes de su corneta / y su paso era en la quieta ciudad / fiesta de curiosidad…/ Así cruzaba el tranvía / la Buenos Aires baldía / de los románticos días. / Un “Buenas tardes” brinda a la moza / que lo devuelve con una rosa / y el cochero echa a volar su emoción / en un toque de atención.”

Único medio de transporte pasada la medianoche, el tango le cantó a los que regresaban a su barrio, cansados de vivir. Lo señalaron Celedonio Flores y Francisco Pracánico en “Corrientes y Esmeralda”, 1933, :”El Odeón se manda la Real Academia / rebotando en tangos el viejo Pigall, / y se juega el resto la doliente anemia / que espera el tranvía para su arrabal”.

El tranvía abrió rumbos, surcando todas las calles de Buenos Aires. Fue razón de crecimiento y de progreso, el medio de transporte más popular y económico, con una extensa red. En sus recorridos, enhebró las más diversas situaciones comunicando el centro con el suburbio arrabalero. Héctor Negro y Raúl Garello nos dejaron “Tiempo de tranvías”, 1981, y nos cuentan:” Tiempo de tranvías tropezando el empedrado. / Patios que se abren a la luna y al parral. / Mágicos zaguanes con temblor de besos largos. / Penas de ginebra que tanguean en el bar. / Vuelven esos ecos de las mesas de escolaso. / Noches con la barra de la esquina fraternal. / Sábado y milonga que promete el club de barrio / y el domingo, lleno de ese fútbol sin igual. / Tiempo de tranvías, de las calles con silbidos. / Se que ya el olvido no podrá jamás con vos. / Tiempo lindo de tranvías, / que fueron de otra ciudad.”

El tranvía fue testigo y activo participante de las escenas cotidianas de Buenos Aires, reflejadas en los distintos barrios, actividades características de una ciudad joven, en pleno crecimiento. Alberto Vacarezza y Enrique Delfino plasmaron en 1924 estas escenas en “Talá, talán”: “Talán, talán, talán…/ pasa el tranvía por Tucumán. / “Prensa”, “Nación” y “Argentina” / gritan los pibes de esquina a esquina. / “Ranca e manana, torano e pera” / ya viene el tano por la “vedera”. / Detrás del puerto / se asoma el día, / ya van los pobres / a trabajar; / y a casa vuelven / los calaveras / y milongueras / a descansar”. En sus casi 100 años de permanencia en las calles porteñas, en 1963 desapareció el tranvía que integró escenas de Buenos Aires, de ese Buenos Aires que se fue.

Glosario:

Ranca: Naranja; Manana: Banana; Torano: Durazno

Cuarta: animal que se agrega a los otros que tiran de un vehículo para ayudar a remolcarlo.

Cinchón: cincha angosta con argolla, en el apero de montar.

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LAS CARTAS EN EL TANGO

Las cartas, portando noticias de diversa naturaleza, han integrado con frecuencia el desarrollo de la temática tanguera, comunicando buenas o malas noticias. Dentro de una temática amplia, podemos apreciar que los romances con su trayectoria sinuosa, con finales felices o tristes, poblados de rupturas, engaños o decepciones, han configurado un amplio espectro de situaciones tratadas por las cartas con cierta frecuencia.

Las malas noticias quedaron reflejadas en “Galleguita“, de Alfredo Navarrine y Horacio Pettorossi, de 1924: “Tu obsesión era la idea / de juntar mucha platita / para tu pobre viejita / que allá en la aldea quedó. / Pero un paisano malvado / loco por no haber logrado / tus caricias y tu amor, / ya perdida la esperanza / volvió a tu pueblo el traidor. / Y envenenando la vida / de tu viejita querida, / le contó tu perdición / y así fue que el mes pasado / te llegó un sobre enlutado / que enlutó tu corazón”.

La carta puede ser el punto final a una relación de pareja, anunciada en forma intempestiva, como una sorpresa inesperada. Pascual Contursi y José Martínez nos dejaron en 1917 una admirable descripción en “De vuelta al bulín” : “La carta de despedida / que me dejaste al irte, / decía que ibas a unirte / con quien te diera otro amor. / La repasé varias veces / no podía conformarme / de que fueras a amurarme / por otro bacán mejor “.

Algo semejante ocurre en “Farolito de papel“, de Francisco García Jiménez y Justo Lespes, 1930: “Esta noche me encontré / la cartita del adios / en la almohada donde ayer / me juraste eterno amor”. En pocas palabras, en forma sintética, clara y directa, se expresa una historia de amor trunca.

Las cartas de despedida, con distintos matices, son, probablemente, las más comunes en los temas tangueros. Generalmente la carta la escribe la mujer expresando el final de un sentimiento y el comienzo de otro. Leopoldo Díaz Vélez supo plasmar esos sentimientos en 1958, con el tango “Quien tiene tu amor“: “He recibido una cartita tuya / donde me dices adios, sin alma. / Yo me pregunto como puedo ahora / seguir viviendo si tu no me amas…/ ¿Quién tiene tu amor / ahora que yo no lo tengo / Dime de quien es / y quien se ha llevado tus besos…/ Hoy tengo ante mis ojos / una foto donde estás / sonriéndome, / última limosna que me das…”.

La pérdida definitiva del ser amado, con toda su carga de recuerdos, angustias y pesares, motivó cartas muy tristes que evocan, constantemente, vivencias siempre presentes que el tiempo no pudo borrar. Lo dicen Francisco García Jiménez y Anselmo Aieta en “Alma en pena“, 1928: “Aun el tiempo no logró / llevar su recuerdo, / borrar las ternuras / que guardan escritas / sus cartas marchitas / que en tantas lecturas, / con llanto desteñí. / Ella sí que me olvidó…/ Y hoy frente a su puerta / la oigo contenta, / percibo sus risas / y escucho que a otro / le dice las mismas / mentiras que a mi”.

La sospecha del engaño vigente, cuando nada se puede hacer para remediarlo, motiva cartas llenas de odio y venganza. La obsesión es solo una: tener la oportunidad de resolver definitivamente el desprecio, el rechazo. Es la situación del preso que desde la cárcel conoce el engaño y nada puede hacer. Miguel Esteban Bucino escribió “Una carta”, 1931, diciendo: “Quiero / que me diga con franqueza. / Si es verdad que de mi pieza / Se hizo dueño otro varón. / Diga madre, si es cierto que la infame / abusando que estoy preso me ha engañao…/ Y si es cierto que al pebete lo han dejao / en la casa de los pibes sin hogar…/ Si así fuera…Malhaya con la ingrata / Algún día he de salir, y entonces vieja, / se lo juro por la cruz que hice en la reja…/ que esa deuda con mi daga he de cobrar”.

La mención de las sensaciones al cambiar de país, con otra gente, otras costumbres, otras modalidades, otro idioma, en referencia a la Italia de postguerra, son temas expresados en “Una carta para Italia“, 1948, de Reinaldo Yiso y Santos Lipesker: “Dos días hace, mama  que estoy en la Argentina, / no me parece cierto sentirme feliz. / Si vieras Buenos Aires, que linda y que distinta / a nuestra pobre Italia, cansada de sufrir. / Quisiera en esta carta decirte muchas cosas;/ que este suelo amigo dan ganas de vivir, / que ya soy otro hombre, que sueña a todas horas / con el día que pueda traerte junto ami”.

La carta con la noticia más esperada, colmaba de alegría al receptor. Todas las ansias de la nerviosa espera culminaban cuando al grito de “¿Carteroo!, llegaba la feliz misiva. Reinaldo Yiso y Juan Puey nos dejaron “El sueño del pibe”, 1943,: “Golpearon la puerta / en la humilde casa, / la voz del cartero / muy clara se oyó, / y el pibe corriendo / con todas sus ansias / al perrito blanco, / sin querer pisó. / “Mamita, mamita…!” / se acercó gritando. / La madre extrañada / dejó el piletón / y el pibe le dijo / riendo y llorando / “el club me ha mandado / hoy la citación”.

Una modalidad en el juego de remontar barriletes era “enviar cartas”, es decir, colocar un trozo de papel en el piolín, de manera que el viento lo desplazaba hasta llegar al extremo final. “Cuatro líneas para el cielo”, 1948, de Reinaldo Yiso y Arturo Gallucci, nos cuentan las vivencias dolorosas de un niño que perdió a su madre y roba un ovillo de hilo para su barrilete, porque desea enviarle un mensaje:” Señor yo no lo niego / es cierto que he robado, / me faltaba tan poco  / para poder llegar / con este barrilete / hasta el azul del cielo, / allí donde se ha ido / ayer nomás…mamá. / ¿No ve que hay una carta / pegada al barrilete ? / No me alcanzaba el hilo, / fue verlo…y que se yo. / No lo pensé dos veces, / me sorprensió el librero, / le juro mi sargento / por eso fui ladrón “.

La carta jocosa, imponiendo condiciones a la futura novia, enfocando una situación completamente distinta de la mayoría de las cartas en el tango, es la descripta en “Bolero”, de Reinaldo Yiso y Santos Lipesker: “Una carta le he mandado donde le digo:Querida (punto y coma) / Si querés que sea tu novio, tenés pronto que aprender / esos tangos que te envío: Catamarca, La Cachila, El Arranque, / Mano a mano, Adiós Bardi, El buscapié. / Y una cosa más te digo, mi querida noviecita / que en la noche de la boda, y no lo tomes a mal, / yo quiero que me arrulle el tango La Cumparsita,/ que por algo soy porteño y nací en el arrabal”.

Es destacada la carta enviada desde el presidio lejano a la madre, por el presidiario en trance de morir. La conocimos en “El penado catorce”, 1930, de Carlos Pesce y Agustín Magaldi: “Dejó una carta escrita / con frases tan dolientes; / que un viejo presidiario / al leerla conmovió…/ al mismo fraticida / con alma tenebrosa / que en toda su existencia / amor nunca sintió. / En la carta decía: / “Ruego al Juez de Turno / que traigan a mi madre, / le pido por favor,/ pues anter de morirme / quisiera darle un beso / en la arrugada frente / de mi primer amor”.

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EL BULÍN

El bulín era una habitación alquilada, de medianas dimensiones, donde un grupo de amigos, la usaban como un refugio y sitio de encuentros.

Generalmente ubicada en los altos de un edificio, disponía de una mesa para comer y jugar a los naipes, generala o dominó, los mismos juegos que en el café, a lo que se sumaba como complemento obligado, un platito con porotos que alguna vez fueron blancos.

Una cama, “la catrera”, de usos múltiples; un calentador marca “Primus”, fuente calórica primordial para entibiar el ambiente en los días invernales y calentar el agua contenida en una pava para tomar mate, infaltable junto a la azucarera y yerbera, conjunto al que se adicionaban los clásicos bizcochos con grasa, combinación insuperable.

Una ventana de doble hoja con postigos de madera, permitía distinguir el día de la noche. Un velador pequeño en la mesa de luz y una sencilla lámpara colgante, constituían las únicas fuentes lumínicas artificiales. Las paredes empapeladas con pésimo gusto y un piso de madera con listones de roble, que alguna vez fueron encerados.

Una pequeña radio permitía escuchar relatos de partidos de fútbol, resultados de lotería y programas musicales. Con motivo de un cumpleaños o una fecha especial, alguno traía un tocadiscos o una victrola a cuerda, para disfrutar un par de discos con buenos tangos interpretados por Juan D’Arienzo o Carlos Gardel.

Un cenicero muy sucio, recuerdo de alguna visita al café, estaba colmado de colillas, que en época de “malaria”, se volvían a fumar. Todos tenían la llave de la habitación; eran cuatro o cinco amigos que estaban muy bien organizados con los horarios, cuando alguno tenía una compañía femenina. Una foto de Gardel o de un equipo de fútbol, adornaba una de las paredes.

El bulín era el lugar donde un grupo de amigos, después de ir a bailar, se reunían para cenar en calzoncillos, en horas de la madrugada, o bien para jugar al póker, en una noche prolongada, hasta que alguno abría los postigos y la luz del sol en la cara, les señalaba un nuevo día.

El bulín era el sitio para combatir el hastío, la mufa del trabajo, la angustia por un rechazo sentimental, en donde se encontraba siempre la palabra que consolaba, que apoyaba, que acompañaba, en ese Buenos Aires que se fue.

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LOTERÍA DE NAVIDAD, AÑO NUEVO Y REYES

La llegada del nuevo año siempre constituía un acontecimiento a todo nivel.

La última semana del año era completamente distinta. La posibilidad de ganar dinero con la Lotería apostando en el “Gordo de Navidad”, creaba un clima de expectación, acentuado durante la transmisión radial del sorteo, esperando la aparición del número ganador. Salvo la quiniela clandestina, no existían otras posibilidades ya que no había “Prode”, “Quini”o “Raspadita”.

Era habitual durante la transmisión radial del sorteo, que duraba varias horas, la demora en el anuncio del premio mayor. La posibilidad de ser un nuevo rico, anidaba en cada uno de los que habían adquirido un billete de lotería. Los resultados del sorteo provocaban todo tipo de comentarios, con una extensa cobertura periodística y radial.

Siempre se consultaba el extracto completo del sorteo, a fin de verificar si se había obtenido algún premio. Los nuevos ricos eran reporteados repetidas veces, brindando historias de vida curiosas y atractivas, que se instalaban en el nutrido anecdotario de los triunfadores en los juegos de azar.

En menor escala y paralelamente al sorteo navideño, se realizaban en almacenes y panaderías, sorteos de grandes canastas conteniendo una diversidad de productos alimenticios, bombones y confitados; también juguetes, grandes muñecas “Marilú” y más raramente, electrodomésticos.

Para los muchos que vieron frustradas las posibilidades de ganar un premio. encontraban un desquite jugando en el sorteo de Año Nuevo, que con un premio menor, abría un nuevo abanico de posibilidades para “salir de pobre”. Si bien no tenía el impacto del sorteo navideño, brindaba la ocasión de beneficiarse  con una importante suma de dinero para la época.

Las entrevistas a los ganadores informaban sobre los planes elaborados previamente ante la posibiidad de ganar un premio, de como los sueños se convertían en realidad. Los beneficiados alcanzaban un inmediato grado de popularidad que después del último sorteo importante, el de Reyes, caían poco a poco en el olvido.

Eran tres sorteos en dos semanas, en los que cambiaba el destino de varias familias. Ya fuera por la adquisición de un entero, de varios billetes, o la modesta participación en uno, en el caso de ganar, todo oscilaba en una muy importante mejoría de la situación económica, hasta la posibilidad de adquirir varios billetes de la próxima jugada.

Los pasos relacionados con el cobro de los premios era rigurosamente registrado por el periodismo. Se conocían las anécdotas de quienes no apostaron al número ganador en ésa ocasión; de los que sí lo hicieron y por cuales razones. Casualidades, contrariedades y coincidencias , se balanceaban constantemente en los relatos que resultaban ser las consecuencias de todas las vivencias relacionadas con los distintos aspectos de los sorteos.

Entre la inmensa mayoría no beneficiada, las esperanzas quedaban postergadas hasta los próximos sorteos de Navidad, Año Nuevo y Reyes, en ese Buenos Aires que se fue.

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EL SALÓN DE LUSTRAR

El Salón de lustrar era un sitio frecuentado por hombres que concurrían a fin de embellecer sus zapatos.

Ubicados en distintos sitios de la ciudad, estos locales con la dimensión de una habitación de 4 x 4 metros, disponían de una plataforma elevada 70 centímetros del suelo, sobre la que se ubicaban no menos de 6 sillas o, en su defecto, un largo sillón de madera donde se sentaban los interesados.

Apoyaban los zapatos en una plantilla de bronce, montada sobre un vástago de 30 centímetros de altura. El lustrado de los zapatos era realizado por varios empleados, generalmente en número de tres, quienes dialogaban en todo momento entre sí, con los ocasionales clientes y con los que esperaban sentados en otras sillas del salón.

Algunos salones funcionaban como anexo de peluquerías o integradas a ellas en el mismo ambiente. Hemos recibido los servicios de peluquería y lustrado de zapatos en un Salón ubicado en el pasaje subterráneo de la Avenida Corrientes y Obelisco. Durante mi niñez, conocí un salón ubicado en la calle Rivadavia, entre Billinghurst y Sadi Carnot (hoy Mario Bravo).

El lustrado de zapatos en el Salón, era en realidad una reunión social en la que, al igual que en las peluquerías, se repasaba la actualidad nacional, mechada con comentarios humorísticos. Una victrola a cuerda con su enorme bocina, brindaba un entorno musical integrado mayoritariamente por tangos, valses, canciones italianas y españolas.

En el Salón de lustrar se ejecutaba un oficio que hoy, está en vías de extinción, pero bien valorado por los amantes del cuidado apropiado del calzado para mejorar su aspecto conservando al cuero en buen estado. El arte del lustrado de los zapatos fue moneda corriente en ese Buenos Aires que se fue.

Foto: AGN

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LAS DROGAS Y EL TANGO

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EL SÁBADO INGLÉS

Se denominó “Sábado Inglés” al descanso semanal desde las 12 horas del sábado hasta las 24 horas del domingo.

Estuvo inspirado en la legislación inglesa de 1911, y fue sancionado en 1933. Fue una pausa laboral sin reducción del salario. La jornada laboral es el tiempo que cada trabajador dedica a la ejecución del trabajo para el que ha sido contratado. Se contabiliza el número de horas diarias necesarias para cumplirlo.

A principios del Siglo XX, las jornadas laborales eran de 14 horas, todos los días de la semana, sin descanso para hombres, mujeres y niños. La elección de la jornada laboral adoptada por los ingleses, con el sábado inglés, expresión que hoy está en desuso en la Argentina, significó el comienzo de semanas laborales de 44 horas en reemplazo de las de 48 horas.

Pero había actividades como las educativas, que se realizaban los sábados por la tarde: enseñanza primaria, secundaria y universitaria, se cumplían sin interrupción los días sábados. No teníamos sábado inglés. Algo similar ocurría en las peluquerías, femeninas y masculinas, ya que el sábado era el día de mayor actividad laboral, que finalizaba cuando se iba el último cliente.

La semana laboral de 44 horas se redujo cuando el sábado inglés desapareció y se transformó en no laborable. Hay que destacar que la semana laboral puede ser de 30 horas, 6 por día, con un descanso de 48 horas, generalmente el sábado y domingo, pero esta modalidad varía según los países y las religiones.

El sábado inglés se caracterizó por la reducción de 4 horas en la jornada laboral sabatina de aquel Buenos Aires que fue.

Fuente: http://weglogs.clarin.com/revistaenie_el misterio de …

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LA SÍFILIS

El estado sanitario de Buenos Aires durante las primeras décadas del siglo XX, estaba supeditado a las pestes, plagas e infecciones.

La sífilis era un verdadero azote, cuya incidencia estaba facilitada por la gran cantidad de conventillos y la prostitución. Las prostitutas vivían disciplinadas en los burdeles registrados. Pero la antesala de la prostitución estaba representada por otras profesiones como empleadas domésticas, lavanderas, planchadoras, ojaleras, costureras, bordadoras, modistas y obreras con salarios bajos.

La prostitución clandestina ubicada en cafés, bodegones y domicilios, configuraban una telaraña. La inspección médica de prostíbulos nació con la Ordenanza del 10 de Setiembre de 1888, con la creación del Sifilocomio y Dispensario para atención de enfermos de sífilis.

Todas las prostítutas debían revisarse una vez por semana. Si no se prsentaban, se las consideraba enfermas. No podían trabajar y no entraba dinero. Es decir que salud, era igual a dinero. En la segunda década del siglo XX, fallecían de sífilis más de 2 mil personas por año, sin contar aquellos que padecían enfermedades neurológicas irreversibles.

El certificado prenupcial establecido en 1936, controló más a fondo la expansión de la sífilis entre los hombres. Pero la prostitución clandestina era muy superior a la oficial. El cuidado de la salud de las prostitutas, originó las primeras organizaciones de contralor de la salud. Importaba que la ecuación salud igual a dinero se cumpliera a rajatabla.

El 80 % de las mujeres atendidas estaban enfermas. La inmigración se caracterizaba por traer hombres jóvenes solteros o que llegaban sin su familia. La prostitución oficializada, fue una estrategia estatal para estos nuevos habitantes que llegaban al pais. Pero la mayoría concurría a prostíbulos clandestinos, sin cuidados médicos de control, con los consiguientes riesgos de infección.

Los tratamientos de la sífilis a partir de 1910, se realizaron con los compuestos arsenicales. Producían cierto alivio, a expensas de una enorme toxicidad, por lo que muchos no lo aceptaron. Cien manzanas limitadas por las calles 25 de Mayo, Viamonte,  Junín y Cangallo (Preidente Perón) configuraban los lugares de la “buena vida”, ya que allí se encontraba más del 50 % de los prostíbulos de Buenos Aires.

Al diagnosticarse una enfermedad venérea, sífilis o gonorrea, las prostitutas dejaban de trabajar para comenzar su tratamiento, a veces, con internación incluida. En 1914 había 3068 prostíbulos oficiales y 10 mil clandestinos. La sífilis era una enfermedad vergonzante, hasta tal punto, que cuando una persona fallecía, se solicitaba colocar otro diagnóstico como causa del deceso.

En 1920, el 30 % de los pacientes internados en el Hospital Rawson, eran sifilíticos. En esos años, la sífilis era una enfermedad terminal. El cierre de los prostíbulos en 1935, provocó el resurgimiento de la sífilis con la consiguiente alarma. Aumentó la prostitución clandestina con el incremento de la sífilis.

En 1945 apareció la penicilina. y los indices de sífilis bajaron lo suficinete hasta casi desaparecer y la sífilis, dejó de ser una enfermedad terminal en ese Buenos aires que se fue.

Fuente: Carretero Andrés. Prostitución en buenos Aires. Ed. Corregidor, 2a. ed. 1998.

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LA CULTURA BARRIAL

Las sociedades que se formaron en los barrios, fueron el marco principal de la conformación de una nueva cultura popular.

Estas sociedades estaban constituidas por argentinos e inmigrantes: obreros, empleados, maestros, profesionales, pequeños comerciantes y otros, sin ocupación. En su formación participaron Sociedades de Fomento, Asociaciones Mutuales, Clubes Sociales, Comités Políticos y Bibliotecas Populares.

La sociedad barrial se articuló alrededor de instituciones que cumplían un rol destacado, tales como el Café, la Esquina, el Puesto de venta de diarios, los Despachos de bebidas. los Clubes sociales y deportivos y las Bibliotecas barriales.

El desarrollo de actividades culturales requirió de la colaboración de maestros, profesores de dibujo, de inglés, de poesía, de canto, de recitación, de costura, cursos de labores, telar o música, que satisfacieron una cultura netamente femenina. En el dictado de cursos de correspondencia mercantil, contabilidad, taquigrafía o inglés, se buscaba la salida laboral como empleadas o secretarias.

La práctica de deportes, en especial fútbol y basquet, estimularon la creación de clubes deportivos. Los clubes sociales se especializaron en los juegos de cartas, dominó y ajedrez, bailes, salas de cine o de teatro. Las fiestas y bailes eran de tipo familiar. ¡Cómo olvidar los bailes en “Bomberos Voluntarios de Ramos Mejía”, donde era imprescindible “que hubiera luz” entre los cuerpos de la pareja. Para lograrlo, varios miembros de la Comisión Directiva se encargaban de asegurar ese detalle, deteniendo el baile de determinada pareja,  al tiempo que exclamaban en voz alta: “Sepárense, más luz”. Recuerdos…de un Buenos Aires que se fue.

Fuente: Gutiérrez L. y Romero L.A. Sectores Populares. Cultura y Política. Ed. Sudamericana. 1995.

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LOS NEGROS EN EL TANGO Y LA MILONGA

Los negros formaron parte de la población de Buenos Aires, casi simultáneamente con la población blanca.

Uno de cada tres habitantes era negro o de ese origen. Como consecuencia de las epidemias, la pobreza y las Guerras de la Independencia, fueron desapareciendo. Los negros porteños se concentraron en los barrios porteños de San Telmo y Montserrat.

Son escasos los tangos que registraron detalles de su vida como en “Moneda de cobre”, de Horacio Sanguinetti y Carlos Viván:”Tu padre era rubio, borracho y malevo, / tu madre era negra con labios malvón; / mulata naciste con ojos de cielo / y mota en el pelo de negro carbón. / Creciste en el lodo de un barrio muy pobre, / cumpliste veinte años en un cabaret, / y ahora te llaman Moneda de Cobre, / porque vieja y triste muy poco valés.”

Otro tango que hace alusión a los negros es “Alhucema”, de Francisco Pracánico y Horacio Sanguinetti, que aborda las desventuras trágicas de un romance de amor: “Negra macumba que zumba el tambor, / ¡Ha muerto un moreno y ha muerto un amor! / Triste retumba, retumba el tambor; / ¡Ha muerto un hermano de nuestro color! / Alhucema. / Se llamaba la morena, / que a la muerte lo arrastró. / Negra loca, / fue la sangre de su boca / que a los negros embriagó…/ Doble pena, / uno vive en sus cadenas / y otro ha muerto por su amor.”

Son las milongas las que se han ocupado de describir episodios de la vida de los negros, casi siempre tristes y dolorosos. En “Ropa blanca”, de Homero Manzi y Alfredo Malerba, se evocan a las lavanderas: “Lava la ropa mulata / pena y amor. / La espuma por blanca / parece algodón. / Tus manos por negras / betún y carbón. / Lava la ropa mulata / pena y amor”.

La evocación del Rey Mago Baltasar, fue plasmada en la milonga “Papá Baltasar”, de Homero Manzi y Sebastián Piana, cuando dice: “De mi niño, niño Pedro / no te vayas a olvidar / que mi niño es el más negro / y el más pobre, Baltasar. / El quiere un soldado nuevo / y una espada y un fusil / y para subir al cielo, / un globito de candil”.

En la milonga “Negra María”, de Homero Manzi y Lucio Demare, se cantan las desventuras de una niña recién nacida en Carnaval, para quien todos los proyectos de vida sucumben rápidamente: “Bruna, bruna / nació María / y está en la cuna. / Nació de día / tendrá fortuna. / Bordará la madre / su vestido largo. / Y entrará a la fiesta / con vestido blanco / y será la reina / cuando María / cumpla quince años”.

Las milongas candomberas integran el grupo de canciones donde los personajes básicos están representados por gente de color. Su letrista más representativo fue el gran poeta Homero Manzi. Conjuntamente con su estrecho colaborador, el pianista Sebastián Piana, escribieron la milonga “Juan Manuel”, en la que se refieren situaciones relacionadas con la batalla de Caseros, que puso fin al gobierno de Rosas. Los negros estuvieron protegidos durante ese gobierno, ya que Rosas, era un entusiasta del candombe. El mestizaje fue uno de los responsables de la desaparición de las características de los negros, dando origen a los mulatos, pardos, zambos y morenos.

Fueron escasos los vestigios que quedaron de los negros y de su cultura, salvo la música. Homero Manzi y Charlo nos brindaron la milonga candombe “Oro y Plata”: “Ay, / late que late / y el cuero del parche bate / con manos de chocolate / el negro que la perdió; / rueda que rueda, / lo mismo que una moneda / con ropa de tul y seda / la negra que le mintió. / Todos los cueros están doblando / pero sus ojos están llorando: / que un pardo de cuello duro / fumando un puro / se la llevó”.

El 15 de Mayo de 1812 se prohibió la introducción de esclavos y el 4 de Febrero de 1813, se declaró libre a todo esclavo procedente de país extranjero por el solo hecho de pisar el territorio de las Provincias Unidas. Homero Expósito junto a Enrique Mario Franchini y Héctor Stamponi escribieron “Azabache”: “¡Retumba con sangre y tumba / tarumba de tumba y sangre!… / Grito esclavo del recuerdo / de la vieja Buenos Aires…/ ¡Candombe! ¡Candombe negro! / Nostalgia de gente pobre…/ Por las calles de San Telmo / ya se ha perdido el candombe…/ ¡Oh…oh…oh!”.

En “Pena mulata”, de Homero Manzi y Sebastián Piana,  milonga candombe que recordamos en la inolvidable versión de Roberto Rufino con la orquesta de Carlos Di Sarli: “Tu madre murió de amores, / alma blanca y piel carbón. / Mulata, fueron sus labios / el rencor de un cuarteador. / Tu padre murió a la sombra / por vengar esa traición. / Mulata, nació tu estrella / en un cielo de crespón”.

No todas las milongas con negros son tristes; hay una excepción en la milonga humorística “Milonga en negro”, recopilada y arreglada por Edmundo Rivero, que hemos disfrutado en su grabación con la orquesta de Aníbal Troilo: “La negra doña Tomasa, que una negra hija tiene / con otro negro pretende, su negra hija casar, / Resulta que el negro novio, todo con muy negra idea / Quiere que de negro sea la fiesta más singular…/ Después de esta negra fiesta, los negros novios se fueron /A un negro cuerto subieron, negras sábanas tendieron, / Y a eso de la media noche cosas de negros hicieron…/ La negra durmió en la cama…Y el negro durmió en el suelo…”. La vida y costumbres de los negros conformaron un grupo social muy bien definido en la población porteña, registrado en la música de algunas milongas arrabaleras de ese Buenos Aires que se fue.

Fuente:Gobello, José. Letras de tango, Edic. Centro Editor, Tomos 1 y 2. 1997.

El tango, La cuestión social, Realidades argentinas

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