El Buenos Aires que se fue

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La cuestión social

MIGUEL PAULINO TATO

Miguel Paulino Tato, conocido como “Néstor”, fue un periodista y crítico de cine, nacido en Buenos Aires, Argentina, en 1902.                                             

Foto: Ernesto Martinchuk

Trabajó como canillita hasta que ingresó como dibujante al diario “Última hora”. Le siguieron las revistas de la Editorial Haynes como “El Hogar” y “Mundo Argentino”. En 1930 fundó la revista “Sábado”, que le permitió viajar a Hollywood, donde tomó contacto con Charlie Chaplin, Buster Keaton, Douglas Fairbanks y otros.

También se desempeñó como profesor de caligrafía, historia y castellano. Escribió en la revista “Rico Tipo” críticas cinematográficas de caracter racista. En 1952 produjo y dirigió la película “Facundo, el Tigre de los llanos”.

Estuvo al frente del “Ente de Calificación Cinemaográfica”, un oscuro organismo del Ministerio del Interior creado en 1968, con autoridad para cortar escenas y eliminar películas enteras, siendo el máximo censor de  la historia argentina, entre agosto de 1974 y fines de 1980.

Es oportuno destacar la canción que le dedicó el conjunto “Sui Géneris” titulado “Las increibles aventuras del Señor Tijeras”, escrita por Charly García en 1974. Sus críticas cinematográficas provocaban la ira de los distribuidores y de empresas periodísticas. Imponía sus ideas con una prepotencia premeditada, jugando con el pánico de su interlocutor.

Sus amigos de ayer, Leopoldo Torres Nilson, Beatriz Guido, Mario Soffici, Lautaro Murúa, Armando Bo, se transformaron en sus víctimas. Ferviente antinorteamericano y anticomunista, tuvo que soportar la radicación en Cuba de su hija, activa militante comunista.

Su falta de respeto ante la propiedad intelectual, la manifestaba modificando el final de las películas que se le antojaban, obligando a la filmación de un nuevo final. Utilizaba un criterio muy especial ya que decía:”Yo no censuro, evito que la gente sea engañada”. Los cortes lesionaban seriamente la obra y su coherencia narrativa. Censuraba lo que pareciera moralmente ofensivo, levemente erótico o políticamente sospechoso. Las películas eran en consecuencia, muchas veces incomprensibles.

La censura cinematográfica fue abolida por Manuel Antín en 1983, encomendándole a Jorge Miguel Cousuelo, desmantelar el sistema nefasto, creando comisiones para la protección de la minoridad. Miguel Paulino Tato que falleció en abril de 1986, más solo que un perro, llegó a ser el hombre más odiado del cine argentino en aquel Buenos Aires que se fue.

Fuente: Andrea Dominique Galeano. El cine prohibido:dictadura y censura en Argentina.31-10-2015

https://es.wikipedia.org/wiki/Miguel_Paulino_Tato

Miguel Tato, aquél increible señortijeras.La Nación, 28-02-1999

Los ‘70:Las historias de magia del “señor” de las tijeras. http://www.jardindegente.com.ar/index.php?

Luciano Monteagudo. Prohibido prohibir en democracia. Pagina12  https://www.pagina12.com.ar/diario/

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VILLA CARIÑO

“Villa Cariño” era una zona especial de la ciudad de Buenos Aires, ubicada en los bosques de Palermo.

Muy visitada en la década de 1960, cuando la tarde caía y la noche se establecía con firmeza. Las parejas llegaban en auto a fin de disfrutar un momento de intimidad. Para muchos fue el despertar de los avatares amorosos y más de uno, fue concebido en ese bosque.

A medida que la noche era más densa, más numerosa era la cantidad de automóviles reunidos en el lugar, con gente joven y mayorcita ambién. Era habitual que los pibes se adentraran en la zona y molestaran a las parejas, interrumpiendo sus actividades.

Pero también la policía recorría la zona con poderosas linternas encendidas, molestando a los distintos ocupantes de los vehículos estacionados, provocando el alejamiento del lugar. Quedó registrado en la revista “Tías Vicenta”, a partir del año 1955.

Había un pacto tácito con la policía; si los villacariñistas dejaban las luces bajas del auto encendidas, la patrulla que pasaba cada 3 horas durante la noche, no los molestaría. Estas visitas eran motivadas por las provocaciones de las patotas juveniles, que aparecían ruidosamente en los autos con sus luces largas encendidas.

No era rara la presencia de alguna grúa convocada cuando el auto se quedaba sin batería. Tampoco eran raros los encontronazos entre los coches. Los fines de semana se reunían entre seiscientos a ochocientos autos, que solían permanecer hasta las 5 de la mañana. Los habitués comentaban que en ese sitio, se sentían aislados, a pesar de lo cerca que estaban uno de otro.

“Villa Cariño” fue una zona amatoria famosa ubicada en los bosques de Palermo de ese Buenos Aires que se fue.

Fuente: Gerchunoff Pablo: El fin de Villa Cariño. Revista Panorama. Octubre 1985.

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COMO SE ANUNCIABAN LOS VENDEDORES AMBULANTES

Los vendedores ambulantes abundaban en las calles de Buenos Aires.

Las inmigraciones sucesivas, proporcionaron representantes callejeros que ya sea de casa en casa, o a través del andar por las veredas o calles, se mezclaban con los autóctonos para brindar un variado aporte de mercancías.

El manisero, soplaba una corneta de bronce, con un sonido característico que lo identificaba fácilmente. Algo muy similar ocurría con el carro de la Panificación Argentina. El conductor presionaba una pera de goma adosada a una corneta, y el sonido emitido, era muy exclusivo ya que al oirlo se decía “llegó la Panificación”.

Cuando el lechero que aparecía con las vacas y sus terneros, que observamos con su andar cansino por las calles del barrio, se anunciaba por el sonido de la campanita que una de las vacas, llevaba prendida en el pescuezo.

El voceo del diarero, anunciando la quinta o sexta edición durante las tardes, era una situación esperada, porque en ese recorrido que hacía hasta llegar a su parada, repartía los diarios a domicilio. Algo parecido ocurría con el frutero, que empujando un carrito con frutas, se ubicaba en una esquina donde acudían los vecinos para comprar la fruta por docena, no por kilo, y voceando hasta quedar disfónico.

Durante las tardes pasaba el pastelero, portando dos grandes canastas conectadas por una vara cilíndrica de madera, que apoyaba sobre sus hombros, detrás del cuello. Contenía churros, pasteles, bizcochos y factura confitada. Soplaba un silbato muy agudo, introducido en la boca, con un sonido distinto a los demás, que lo identificaba inmediatamente.

La flauta de pan que soplaba el afilador de cuchillos y tijeras, era identificable a la distancia, porque no tenía similar. El afilador conducía una enorme rueda que activaba con un pie, al momento de proceder con el afilado. El sonido de la flauta, con sus escalas ascendentes y descendentes, convocaba con rapidez a los vecinos interesados en mejorar los cuchillos, que de tanto afilarlos, reducían el ancho de su hoja transformándolo en una lámina cada vez más angosta y ridícula.

No dejamos de mencionar el paso del pochoclero en su triciclo blanco, haciendo sonar una campana. Todos, de una u otra forma, se identificaban a través de los sonidos característicos que utilizaban en ese Buenos Aires que se fue.

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LA OTRA LIBRETA NEGRA

La libreta negra de todas las familias, era la que se llevaba al almacén, donde el almacenero anotaba los detalles de las compras y pagos, que se hacían efectivos cuando se cobraba la quincena. Funcionó perfectamente durante un tiempo prolongado.

Pero había otra Libreta Negra, la Libreta de Trabajo de las prostitutas. Hasta el año 1936, la prostitución fue legal y era obligatorio el uso de una libreta de tapa negra, sellada y rubricada en la Comisaría. No hacerlo significaba el pago de una multa de 30 pesos o diez días de arresto. Si reincidían, la multa ascendía a 100 pesos -cuando un sueldo era de 50 pesos- o en su defecto, 30 días de arresto.

La atención médica de las mujeres enfermas, estaba a cargo de médicos de la Municipalidad y quedaba registrada en la libreta. Llevaba una foto de la prostituta de 3 centímetros por 3 centímetros, y constaba el nombre, apellido y otros datos personales.

Las hojas tenían casillas para la anotación semanal del estado de salud. Si las libretas de las pupilas no se encontraban actualizadas, se procedía a clausurar el prostíbulo durante 3 días. Si reincidían, entonces la clausura era total, seguida por el desalojo del edificio. Medidas de control cumplidas estrictamente en ese Buenos Aires que se fue.

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PROHIBIDO ESCUPIR EN EL SUELO

Unas placas enlozadas decían “Prohibido escupir en el suelo, Ordenanza del año 1902″ .

Se podían observar en las paredes de los edificios y dentro de los establecimientos públicos. Los carteles anunciando Ordenanzas, eran de metal enlozado y permanecían en el sitio donde se los había colocado. El vandalismo callejero de robar todo lo metálico como en la época actual, no existía.

El nivel de respeto y disciplina era elevado y el cuidado de la salud afectaba a todos, por lo tanto, el espíritu de colaboración estaba muy desarrollado. Era una de las pautas fundamentales a la hora de controlar la tuberculosis, enfermedad infecciosa que causaba estragos entre la población, hasta fines de la década del cuarenta.

También podía observarse dentro de los establecimientos públicos, la presencia de unas salivaderas de metal enlozado, color blanco, de forma rectangular, conteniendo aserrín de madera, generalmente ubicada debajo de las chapas enlozadas antes mencionadas. La cultura de escupir en la salivadera y no en el suelo, era una de las pautas de la lucha antituberculosa desarrollada en el país.

Bueno Aires concenraba a mucha población, hecho que motivó la abundancia de estos recipientes en cualquier establecimiento público, carnicerías, almacenes, peluquerías, en las estaciones del subterráneo, en el hall de entrada a los cines y teatros, donde se encontraban por lo menos dos salivaderas, ubicadas en sitios estratégicos.

La tuberculosis era enfermedad terminal, y todas las medidas higiénicas, no alcanzaban para controlar el desarrollo de una afección que para la época, no tenía tratamiento eficaz. La década del cincuenta, sería portadora de noticias más favorables ante la aparición de nuevas drogas para el éxito del tratamiento en ese Buenos Aires que se fue.

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EL CONFESIONARIO

“Hoy no se fía, mañana sí”, se podía leer en un cartel ubicado en un quiosco pequeño pero muy activo, ubicado en la Avenida Rivadavia al 3500, propiedad de Don Enrique.

Era nuestro quiosco de referencia, que nos brindaba acceso a múltiples golosinas, figuritas para el álbum, las llamadas “suertes”, en unas pequeñas cajas rectangulares de cartón, acompañadas de confites. Pero para los adultos, era fuente de cigarrillos, fósforos carterita, gratis o “Ranchera” pagos y sobre todo, charlas.

Prolongadas conversaciones, verdaderas confesiones de los habituales clientes con una persona que estaba atendiendo su negocio. Siempre que nos acercábamos, había alguien “consultando”: cual era el curandero más acreditado, como cobraba la “consulta”, que resultados se obtenían, etc.

Don Enrique manejaba apuestas de quiniela clandestina, otra razón para el constante desfile por su santuario. En más de una oportunidad, recibió la visita de la policía, poniendo un compás de espera en su labor de quinielero. Pero la búsqueda del mejor desatanudos, o del armonizador de parejas, motivaba visitas de agradecimiento o bien, comentarios de frustraciones.

Don Enrique tenía una paciencia sin límites, escuchando y asintiendo con leves movimientos de cabeza durante el diálogo. En el barrio, el quiosco de Don Enrique, era considerado un verdadero confesionario en ese Buenos Aires que se fue.

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LA CASA DE NIÑOS EXPÓSITOS

La Casa de Niños Expósitos, fue un orfanato encargado del cuidado de los menores de edad, huérfanos o abandonados, también llamados “niños expósitos”.                        

Foto: www.revisionistas.com.ar

Desde su fundación, el 7 de agosto de 1779, se sucedieron diversas administraciones: la Hermandad de la Caridad, la Sociedad de Beneficencia manejada por mujeres de la oligarquía porteña, las Hermanas del Huerto y finalmente, el Hospital Casa Cuna.

Las razones sociales del abandono eran múltiples: recién nacido ilegítimo, hijos incentuosos, productos de violaciones, niñas solteras, fuera del matrimonio, hijos de uniones ilícitas. La falta de recursos económicos para mantener al recién nacido o cuando nacían mellizos, uno era descartado.

Muchos morían en medio de un total abandono, de frío, hambre o sed; ahogados en los abundantes charcos de agua en las calles, comidos por los perros o cerdos que andaban sueltos, atropellados por transeúntes o por carros en la oscuridad de la noche, ya que el alumbrado era nulo o muy deficiente.

La primera Casa de Niños Expósitos la estableció el Virrey Vértiz donde actualmente se encuentra la Manzana de las Luces, en Perú y Alsina. Le sucedieron otras sedes como  la ubicada en Moreno y Balcarce, detrás del Convento de San Francisco y posteriormente, la Casa Cuna a partir de 1905. recibiendo el nombre de Hospital de Niños Expósitos. En 1913, tenía 450 camas para expósitos. En 1920, pasa a llamarse “Casa Cuna”.

En el frente del edificio de Moreno y Balcarce, existía en un hueco de la pared, el “torno”, un armazón de madera, giratorio, donde las mujeres abandonaban a sus hijos. Hacían sonar una campanilla adosada a la pared y un empleado, desde dentro del edificio, hacía girar el aparato y recibía al niño, sin saber quién lo había abandonado.

Los lactantes estaban a cargo de amas de leche y el resto bajo el cuidado de amas de cría. Los niños criados se asignaban a familias. Los que no, continuaban en la Casa de Expósitos; una vez emancipados, muchos continuaban trabajando como empleados de esa institución.

Disponían de una imprenta propia que, publicó catecismos, almanaques, bandos oficiales y el “Telégrafo Mercantil”, tareas que contribuyeron a compensar el déficit económico. Al no tener apellido, muchos fueron bautizados con dos nombres o con el apellido “Expósito”.

Hoy la situación no ha cambiado. Se encuentran bebés en los contenedores de basura, en los descampados o en sitios apartados. Los beneficios de la Casa de Niños Expósitos estuvo vigente hasta las primeras décadas del Siglo XX, en ese Buenos Aires que se fue.

Fuente:Casa de Niños Expósitos: http://www.elportaleducativo.com.ar/calendario/agosto07b.htm

La imprenta de niños expósitos: http://www.manzanadelasluces.gov.ar/index.php?option=com_content

https://es.wikipedia.org/w/index.php?title=casa_niños_expositos&olded=96492783

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EL BANCO MUNICIPAL DE PRÉSTAMOS

El Banco Municipal de Préstamos, hoy Banco de la Ciudad, fue fundado el 23 de mayo de 1878, con el nombre de Monte de Piedad.                          

Foto: Portal Banco Ciudad

La institución surgió como un intento de neutralizar los préstamos usurarios otorgados a la gente humilde por individuos sin escrúpulos, quienes prestaban dinero a costa de devolverlo con intereses exorbitantes, sangrantes.

El Banco trabajaba con gente de pocos recursos brindando préstamos pignatarios, es decir con empeños cobrando muy bajos intereses. Alhajas, platería y los objetos más diversos de la vida cotidiana, eran llevados al Banco para obtener una suma de dinero, que permitía la cancelación de una deuda o la adquisición de elementos indispensables para el trabajo.

Se empeñaba un gramófono para comprar una vaca. Con las ganancias obtenidas se rescataba el gramófono y la historia continuaba. Se aceptaban todo tipo de objetos que, en muchas ocasiones, eran rescatados. Vencido el plazo de rescate, eran rematados en subasta pública.

Se producían situaciones curiosas. Los días lunes, por ejemplo, los burreros (aficionados a las carreras de caballos), empeñaban los largavistas, que eran rescatados al cobrar la quincena, y el círculo se cerraba. Lo mismo ocurría con las prendas de abrigo al finalizar el invierno, con su posterior rescate al finalizar el otoño. Eran ciclos que se repetían con precisión.

Las funciones sociales del Banco fueron aumentando su complejidad, agregando otros rubros de importancia como el de los créditos hipotecarios. Este significativo accionar en beneficio de los más pobres, y las etapas de su evolución están muy bien documentadas en el excelente Museo de Piedad del Banco de la Ciudad, ubicado en la calle Boedo 870.

La visita, guiada por expertos, con un amplio conocimiento de los detalles del desarrollo de las distintas etapas por las que transitó este Banco, constituye un elemento agregado para conocer como se resolvían las dificultades económicas imprevistas en ese Buenos Aires que se fue.

Fuente:  Ya abrieron el museo del Banco Ciudad. Clarín 9-08-2003.

Halperin F. La historia del Banco Ciudad, relatada en un novedoso museo. La Nación 08-08-2003.

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LA MARCA “FLOR DE CEIBO”

Durante el primer gobierno peronista fue muy popular la marca “Flor de Ceibo”.

Fue representativa de la opción popular y económica en diversos rubros comerciales vinculados con el consumo familiar. Se aplicó a productos de consumo masivo pero con un costo sensiblemente menor, a fin de frenar el aumento de precios, consecuencia directa de la inflación.

Estos productos eran de inferior calidad. Así, el azúcar molida era de color oscuro pero útil. En muchas ocasiones los productos de consumo habitual se agotaban pero no se reponían; entonces era forzosa la adquisición de la línea económica.

Los zapatos presentaban una terminación tosca que difería bastante de los habituales. Es decir que la denominación “Flor de Ceibo”, era sinónimo de baja calidad. Esta modalidad se fue extendiendo y los restaurantes tenían la obligación de incluir un menú “Flor de Ceibo”. Algo similar ocurría con las prendas de vestir.

Todo negocio de indumentaria debía contar con algún producto que se inscribiera en esta categoría. Las telas que se vendían a menor precio, llevaban en el orillo la marca “Flor de Ceibo”. La histórica línea 160, sucesora del “Expreso Alsina”, denominada la línea 60 de emergencia, se llamó “Línea Flor de Ceibo”.

Pero el término, en forma peyorativa, se aplicó a los funcionarios, empleados y profesores advenedizos, contratados de manera irregular. Fue el caso del nombramiento de personas para cubrir puestos docentes, sin haber cumplido con los requisitos básicos de formación, frente a miles de maestros egresados, sin posibilidad de ejercer.

Así ocurrió cuando la Inspección General de Escuelas Particulares nombró a más de 1100 personas para ejercer la docencia, mientras paralelamente, egresaron de escuelas oficiales y particulares 27.900 maestros, sin puesto. A la gente nueva que llegó en esa época para educar en las facultades o colegios secundarios, se les aplicaba esa etiqueta o rótulo gratuitamente. La línea de productos “Flor de Ceibo”, fue una propuesta peronista aparecida en la década del 40, en ese Buenos Aires que se fue.

Fuente:

Acevedo Díaz, Carmen. Algo así como una Flor de Ceibo. La Nación 11-05-2006.

Rozic, Oscar. Flor de Ceibo. 1º-06-2013

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EL AJENJO EN EL TANGO

El ajenjo, también llamado pernod o suissé, es una bebida de elevada graduación alcohólica, superior a los 80º, derivado de la absenta.

Fue muy popular en las últimas décadas del siglo XIX y comienzo del siglo XX. Se constituyó en la bebida favorita de conocidos artistas de la bohemia parisina como Tolouse Lautrec, Degas, Picasso, Manet, y muchos otros que encontraron en ella, una fuente de inspiración.

El ajenjo tiene la propiedad de crear estados de ensoñación, de delirio, un verdadero alucinógeno. Se decía que Van Gogh se cortó una oreja bajo los efectos del ajenjo. Fueron varias las telas pintadas por los famosos que mostraban escenas relacionadas con el consumo de ajenjo.

Argentina y particularmente Buenos Aires, no fueron una excepción. Su elevado consumo en cabarets, tugurios y cafés, fortalecieron el mito del ajenjo. Al ser muy consumido en el ambiente prostibulario, fue recogido por el tango. En el año 1907, el ajenjo fue prohibido en la Argentina, como consecuencia de la labor del diputado Alfredo Palacios, por sus efectos devastadores sobre la clase trabajadora.

Como bebida alcohólica de elevada graduación, era de uso habitual en los viejos bares. En 1927, Adolfo Mondino y Víctor Soliño nos dejaron “Maula”: “La barra del boliche / borracha de Pernod,/ mi nombre, que es el tuyo,/ por el suelo arrastró; / Y vos que en una mesa / oíste aquella infamia,/ bajaste la cabeza / ¡cobarde! sin chistar”.

Al ajenjo también se lo denominaba pernod, recordando el nombre de Henri Louis Pernod, pionero en la producción industrial de esta bebida. En una apretada síntesis, Homero Expósito y Virgilio Expósito escribieron “Siempre París”, señalando “Y así el pernod y el striptis / medio cocotte y actriz / y por los barbudos sin razón / ¡ y el mal de Koch, París”.

Una de las razones esgrimidas para prohibir la venta del ajenjo a nivel mundial fue la comprobación de varios hechos de sangre, ejecutados bajo la acción de una borrachera por ajenjo. En 1930, Enrique Cadícamo y Roberto Firpo lo marcaron una situación en “Aquellas farras” cuando escuchamos: “Siglo de oro de ese tiempo / en que el ñato Monteagudo, / borracho de pernod, / se quiso suicidar / Y del loco Puentecito…/ y del zurdo Altamirano…/ No los he vuelto a ver,/ ¿Dónde andarán? “.

En el tango “Seguí mi consejo”, 1928, Eduardo Tronge y Salvador Merico destacan en forma humorística como el ajenjo es la bebida más representativa a la hora de elegir: “Refrescos, limones, chufas: no los tomes ni aun en broma / Piantale a la leche, hermano, que eso arruina el corazón. / Mandate tus buenas cañas, hacete amigo del whisky /y antes de morfar rociate con unos cuantos pernos”.

En el clímax de los romances, el ajenjo desempeñaba un papel fundamental, provocando una embriaguez ensoñadora que contribuía a exaltar las pasiones. En “ El Pescante”, 1934, Homero Manzi y Sebastián Piana nos sintetizaron magníficamente esta situación: “Vamos por viejas rutinas,/ tal vez de una esquina nos llame René / Vamos, que en mis aventuras / viví una locura de amor y suissé”.

Ésta era la otra denominación del ajenjo, así llamado por haber sido Suiza su país de origen. La copa de ajenjo estaba presente en las crisis y rupturas sentimentales. Brindaba la posibilidad de vivir un período corto de olvido siguiente a la relación frustrada. En “Copa de ajenjo”, 1941, Carlos Pesce y Juan Canaro así lo describieron: ” Suena tango compañero, / Suena que quiero cantar / porque esta noche la espero / y se que no ha de llegar. / Y en esta copa de ajenjo / en vano / pretendo mis penas ahogar / suena tango compañero / suena que quiero llorar.”

Durante la vigencia del ajenjo, la Argentina miraba a Francia, como un modelo integral. Imitar sus costumbres, sus edificios, visitar París, eran los objetivos de la época. Así ocurrió en “El Choclo”, de Enrique Santos Discépolo, Juan Carlos Marambio Catán y Ángel Villoldo, plasmaron en 1946 la letra que dice: “Carancanfunca se hizo al mar con tu bandera* / y en un pernó mezcló París con Puente Alsina / Fuiste compadre del Gavión y de la Mina / y hasta compadre del bacán y la pebeta”.

El ajenjo, con su ritual de consumo caracterizado por el agregado de un terrón de azúcar colocado sobre una cuchara calada, a fin de agregar agua fría para disolverlo, fue la bebida más requerida en el ambiente tanguero y prostibulario de ese Buenos Aires que se fue.

Fuente: Varise F. Absenta: la moda del licor maldito. La Nación 9-07-2011

http://www.conexionbrando.com/1591228-absenta-la-bebida-prohibida

* se refiere al bailarín Casimiro Aín, que llevó el tango a París.

El tango, La cuestión social
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