El Buenos Aires que se fue

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La ciudad

EL SALÓN DE LUSTRAR

El Salón de lustrar era un sitio frecuentado por hombres que concurrían a fin de embellecer sus zapatos.

Ubicados en distintos sitios de la ciudad, estos locales con la dimensión de una habitación de 4 x 4 metros, disponían de una plataforma elevada 70 centímetros del suelo, sobre la que se ubicaban no menos de 6 sillas o, en su defecto, un largo sillón de madera donde se sentaban los interesados.

Apoyaban los zapatos en una plantilla de bronce, montada sobre un vástago de 30 centímetros de altura. El lustrado de los zapatos era realizado por varios empleados, generalmente en número de tres, quienes dialogaban en todo momento entre sí, con los ocasionales clientes y con los que esperaban sentados en otras sillas del salón.

Algunos salones funcionaban como anexo de peluquerías o integradas a ellas en el mismo ambiente. Hemos recibido los servicios de peluquería y lustrado de zapatos en un Salón ubicado en el pasaje subterráneo de la Avenida Corrientes y Obelisco. Durante mi niñez, conocí un salón ubicado en la calle Rivadavia, entre Billinghurst y Sadi Carnot (hoy Mario Bravo).

El lustrado de zapatos en el Salón, era en realidad una reunión social en la que, al igual que en las peluquerías, se repasaba la actualidad nacional, mechada con comentarios humorísticos. Una victrola a cuerda con su enorme bocina, brindaba un entorno musical integrado mayoritariamente por tangos, valses, canciones italianas y españolas.

En el Salón de lustrar se ejecutaba un oficio que hoy, está en vías de extinción, pero bien valorado por los amantes del cuidado apropiado del calzado para mejorar su aspecto conservando al cuero en buen estado. El arte del lustrado de los zapatos fue moneda corriente en ese Buenos Aires que se fue.

Foto: AGN

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EL PATIO DE LOS LECHEROS

El Patio de los Lecheros era una antigua estación de tren, una playa de descarga y aprovisionamiento de leche.                                                                                                                    

Estaba ubicada en la intersección de las calles Donato Álvarez y Bacacay limitando con las vías del ferrocarril Sarmiento, entre los barrios de Caballito y Flores. Comenzó a funcionar a principio del siglo XX.

Fue la estación donde el tren traía la leche desde los tambos  ubicados en las afueras de la ciudad. Cada día, cientos de repartidores esperaban el tren para disponer de la leche que iban a vender por las calles porteñas, casa por casa. Muchos eran inmigrantes de diversos orígenes, pero con predominio de españoles.

Foto:http://caballito te quiero.com.ar/portal/2012/10/25/patio-de-los-lecheros

Los trenes cargueros se metían por el andén y a la mañana, bien temprano, llegaban los carros. Estos lecheros tenían convenido un servicio con el ferrocarril, con un canon mensual; diariamente dejaban los tambores vacíos y lavados, llevándose los que había traído el tren.

El procedimiento carecía de medios de protección bacteriológica, porque la única protección estaba representada por la tapa, sin ningún tipo de seguro que impidiera su apertura en cualquier momento. Los tarros se individualizaban con distintas combinaciones de colores, pintados en las tapas de los tarros.

Esta modalidad de trabajo estuvo vigente hasta la década del 60. En 1961 se prohibió la venta de leche sin proceso de pasteurización, lo que motivó la desaparición de esta forma de distribución y la del lechero, con el tradicional carrito y su caballo canchero. El Patio de los Lecheros fue la puerta de entrada de la leche para ese Buenos Aires que se fue.

Fuente:http://caballitotequiero.com.ar/portal/2012/10/25/patio-de-los-lecheros

La ciudad, La inmigración, Personajes de la ciudad

LA SÍFILIS

El estado sanitario de Buenos Aires durante las primeras décadas del siglo XX, estaba supeditado a las pestes, plagas e infecciones.

La sífilis era un verdadero azote, cuya incidencia estaba facilitada por la gran cantidad de conventillos y la prostitución. Las prostitutas vivían disciplinadas en los burdeles registrados. Pero la antesala de la prostitución estaba representada por otras profesiones como empleadas domésticas, lavanderas, planchadoras, ojaleras, costureras, bordadoras, modistas y obreras con salarios bajos.

La prostitución clandestina ubicada en cafés, bodegones y domicilios, configuraban una telaraña. La inspección médica de prostíbulos nació con la Ordenanza del 10 de Setiembre de 1888, con la creación del Sifilocomio y Dispensario para atención de enfermos de sífilis.

Todas las prostítutas debían revisarse una vez por semana. Si no se prsentaban, se las consideraba enfermas. No podían trabajar y no entraba dinero. Es decir que salud, era igual a dinero. En la segunda década del siglo XX, fallecían de sífilis más de 2 mil personas por año, sin contar aquellos que padecían enfermedades neurológicas irreversibles.

El certificado prenupcial establecido en 1936, controló más a fondo la expansión de la sífilis entre los hombres. Pero la prostitución clandestina era muy superior a la oficial. El cuidado de la salud de las prostitutas, originó las primeras organizaciones de contralor de la salud. Importaba que la ecuación salud igual a dinero se cumpliera a rajatabla.

El 80 % de las mujeres atendidas estaban enfermas. La inmigración se caracterizaba por traer hombres jóvenes solteros o que llegaban sin su familia. La prostitución oficializada, fue una estrategia estatal para estos nuevos habitantes que llegaban al pais. Pero la mayoría concurría a prostíbulos clandestinos, sin cuidados médicos de control, con los consiguientes riesgos de infección.

Los tratamientos de la sífilis a partir de 1910, se realizaron con los compuestos arsenicales. Producían cierto alivio, a expensas de una enorme toxicidad, por lo que muchos no lo aceptaron. Cien manzanas limitadas por las calles 25 de Mayo, Viamonte,  Junín y Cangallo (Preidente Perón) configuraban los lugares de la “buena vida”, ya que allí se encontraba más del 50 % de los prostíbulos de Buenos Aires.

Al diagnosticarse una enfermedad venérea, sífilis o gonorrea, las prostitutas dejaban de trabajar para comenzar su tratamiento, a veces, con internación incluida. En 1914 había 3068 prostíbulos oficiales y 10 mil clandestinos. La sífilis era una enfermedad vergonzante, hasta tal punto, que cuando una persona fallecía, se solicitaba colocar otro diagnóstico como causa del deceso.

En 1920, el 30 % de los pacientes internados en el Hospital Rawson, eran sifilíticos. En esos años, la sífilis era una enfermedad terminal. El cierre de los prostíbulos en 1935, provocó el resurgimiento de la sífilis con la consiguiente alarma. Aumentó la prostitución clandestina con el incremento de la sífilis.

En 1945 apareció la penicilina. y los indices de sífilis bajaron lo suficinete hasta casi desaparecer y la sífilis, dejó de ser una enfermedad terminal en ese Buenos aires que se fue.

Fuente: Carretero Andrés. Prostitución en buenos Aires. Ed. Corregidor, 2a. ed. 1998.

Aquellas enfermedades, La ciudad, La cuestión social, La inmigración, La medicina de ayer

EL PASAJE BUTTELER

El Pasaje Butteler pertenece al denominado en forma no oficial “Sub barrio Butteler”, ubicado en la zona del Parque Chacabuco.                    

La señorita Azucena Butteler donó una gran quinta, con la condición de que se construyeran casas para los obreros de la zona, y que la zona llevara su nombre. La construcción comenzó en 1908 y finalizó en 1910. Se edificaron 64 casas, de las llamadas “casas baratas”, como en el Barrio Cafferata,  con una particularidad: el diseño de las calles era el de la letra equis, con una plazoleta en su centro, conocida como “Plaza escondida”, que desde el año 1972, lleva el nombre de Enrique Santos Discépolo.

En las cuatro esquinas, el acceso a los vehículos estaba impedido por la presencia de 2 pilares de mampostería, unidos por una cadena, dejando el espacio de una estrecha vereda para caminar. Es el diseño más extraño existente en la ciudad de Buenos aires.

Las esquinas se corresponden con las Avenidas La Plata y Cobo, y las calles Zelarrayan y Senillosa. Las calles en equis y las callejuelas que rodean la plazoleta, llevan el nombre de Butteler, con una numeración compleja del 1 al 99.

Conocer el Pasaje Butteler es sorprendente porque al ingresar a uno de los tramos de esa equis, se encuentra la plazoleta, donde se halla un busto de Discépolo. Son cuatro calles con distinta dirección pero con la misma numeración. Cada calle tiene una longitud de 100 metros.

Sus casas son bajas y las calles adoquinadas, la hicieron escenario para el rodaje de películas y novelas. En ese predio fueron famosas en la década del 30, las fogatas de San Pedro y San Pablo. Más recientemente, ha sido sitio de encuentro de los hinchas del club San Lorenzo de Almagro. El Pasaje Butteler constituye una original y curiosa expresión del paisaje urbano de aquel Buenos Aires que se fue.

Fuente: http://edant.clarin.com/diario/2004/08/15/laciudad/h-05415.htm

http://es.wikipedia.org/wiki/Barrio_Butteler

http://www.lanacion.com.ar/860430-butteler-un-pasaje-porteno-que….

El barrio, La ciudad

HORACIO COPPOLA, FOTÓGRAFO DE BUENOS AIRES

Horacio Coppola fue un longevo fotógrafo argentino nacido en Buenos aires, el 31 de Junio de 1906.

Fue el menor de 6 hermanos y aprendió fotografía gracias a las enseñanzas de su hermano mayor. Comenzó a fotografiar en el año 1927, en especial, a la ciudad de Buenos Aires. En 1930 viajó a Europa, estudiando técnica fotográfica y cine en Italia, Francia y Alemania.

Foto: Diario La Nación

Fue el autor de las fotografías que ilustraron la primera edición del libro “Evaristo Carriego”, de Jorge Luis Borges. Regresó a Alemania en 1932 y estudió con Walter Peterhans, en la Bauhaus de Berlín, donde conoció a la fotógrafa vanguardista Grete Stern, que fue su primera esposa.

Como consecuencia del advenimiento del Nacionalsocialismo en Alemania, Grete se trasladó a Londres y Coppola a París, en donde el director de Cahiers d’art le encargó el libro de fotografía “L’Art de la Mesopotamie”, basado en el arte sumerio depositado en los museos del Louvre y British Museum.

En Londres produjo su primer film documental “Un domingo en Hampstead Heath”, iniciándose como cineasta. Regresó a Buenos Aires en 1936 junto a su esposa y sus dos hijos, Silvia y Andrés. En esa época instaló un estudio de fotografía conjuntamente con Grete. Es entonces cuando el Intendente Mariano de Vedia y Mitre le encomendó registrar fotográficamente a Buenos Aires, originando el hermoso e inolvidable libro “Buenos Aires 1936″, prologado por el Arquitecto Alberto prebisch.

Un hito en la fotografía argentina y una muestra de inteligente observación de la ciudad, diurna y nocturna. Las fotos fueron obtenidas con una máquina “Leica”, adquirida durante su segundo viaje a Alemania en 1932. Quienes hemos tenido la oportunidad de admirar este hermoso compendio de fotografías en blanco y negro, nos ha permitido disfrutar de la profunda capacidad observadora de Cóppola, que registró imágenes barriales y detalles de Buenos Aires, de día y de noche.

Como cineasta realizó cortos y documentales como “Traum”, en Berlín, en 1933; “Un dique en el Sena” en 1934; “Así nació el obelisco” en 1936, donde muestra detalles de su construcción. En 1985 fue galardonado con el “Gran Premio del Fondo Nacional de la Sociedad General de Arquitectos”. Fue profesor de fotografía desde 1975 a 1982.

Al cumplir 100 años, el MALBA realizó una exposición de sus fotos obtenidas en las décadas del 20, 30 y 40. Buenos Aires fue su musa predilecta a quien fotografió durante casi todo el Siglo XX. En el 2003, fue declarado “Ciudadano ilustre de la Ciudad de Buenos Aires”. En el 2004 falleció su segunda esposa, Raquel Palomeque. Integró la elite de fotógrafos argentinos modernos, falleciendo en BuenosAires el 18 de Junio de 2012, a la edad de 105 años. Horacio Cóppola fue durante el siglo XX, el cronista visual de la ciudad, que retrató como ninguno a ese Buenos Aires que se fue.

Fuente:http://www.lanacion.com.ar/825116-horacio-coppola-los-ojos-del-siglo.

http://www.lanacion.com.ar/1483123-murio-horacio-coppola-el…

http://www.malba.org.ar/web/exposición.pnp?la=55

Artistas destacados, La ciudad, Personajes de la ciudad

LA CASA SUIZA

La Casa Suiza es un edificio perteneciente a la Sociedad Filantrópica Suiza, ubicado en la calle Rodríguez Peña 254, con una coqueta fachada Art Decó.

Fue fundada en 1861 y tenía como objetivo crear un club para asistir a los menos afortunados entre los suizos del país y estrechar vínculos entre ellos, manteniendo viva la cultura de su patria mediante fiestas, reuniones sociales y centro de beneficencia.

En su Salón Principal actuó el Trío Gardel, Razzano, Marino, compañías teatrales, musicales y de ballet, así como también a las más variadas expresiones políticas, sindicales y culturales.

Pero la Casa Suiza fue un lugar de reunión de la comunidad Afroargentina, especialmente durante los días de Carnaval. A través del “Shimmy Club”, la institución afroporteña más emblemática del Siglo XX, alquilaba las instalaciones para la realización de los 8 bailes de Carnaval, a partir del año 1928, con demostraciones de Candombe y Rumba abierta, similar a la rumba cubana.

Las reuniones se realizaban en el buffett ubicado en el subsuelo, donde cada familia tenía su mesa reservada y numerada, donde llevaban y ejecutaban sus tambores. Al finalizar cada noche de baile, las comparss candomberas salían bailando por Rodríguez Peña hasta Avenida Corrientes, y por ésta llegaban hasta el Bar Ramos, en la esquina de Montevideo, cantando candombes.

En la Casa Suiza también actuaron las orquestas de tango dirigidas por los afroargentinos Enrique Maciel y Tomás Santillán; grupos de jazz y de música tropical. Estas actividades se realizaron hasta el año 1978, cuando fueron prohibidas por el Gobierno Militar.

En época de proscripción gubernamental, la Casa Suiza acogió a políticos y militantes de todos los partidos políticos sin distinción, siendo su sótano un refugio calificado. La Casa Suiza fue el único baluarte material de la Ciudad, directamente vinculado a la Comunidad Afroargentina, en ese Buenos Aires que se fue.

Fuente: http://buenosairessos.com.ar/content/casa-suiza-vs-la-piqueta-demoled…

http://www.traducirargentina.com.ar/local/casa-suiza.html

http://www.periodico desdeboedo.com.ar/2012/02/casa-suiza-amparo-demolicion/

La ciudad, La cuestión social, Realidades argentinas, Reuniones sociales

EL CIGARRERO AMBULANTE

El cigarrero ambulante se caracterizó por emplear un puesto móvil para la venta de cigarrillos.

Pertenecía a la categoría de vendedores de artículos no perecederos, es decir, que no estaban obligados a deshacerse rápidamente de su mercadería. Armaba su puesto en aquellos lugares de la ciudad bien concurridos, con mucho movimiento. El puesto de venta difería según estuviera o no discapacitado.

En el primer caso, usaba un mueble vitrina de dos compartimientos, con rueditas para facilitar su desplazamiento. Se ubicaba cerca de las esquinas. Una persona discapacitada atendía la venta sentado en una silla. Vestido con traje y sombrero o gorra, se ocupaba de la venta de cigarrillos de distintas marcas, destacándose una que auspiciaba ese puesto de venta.

También vendía cigarros, fueran toscanos o caburés, como se denominaba a los medio toscanos. El envase de toscanos estaba abierto, porque se vendía por unidades. 

La mercadería estaba a la vista, protegida por las puertas vitrina, de vidrio transparente. Un segundo compartimiento ubicado en la mitad inferior, se utilizaba para guardar la mercadería. Si bien es cierto que los cigarrillos se reponían con mucha frecuencia, siempre había un remanente para responder a la demanda del momento.

Con la compra de un atado de cigarrillos, se obsequiaba una carterita conteniendo 12 fósforos de papel. Las cajitas costaban 5 o 10 centavos y contenían 45 o 90 fósforos de papel marca “Ranchera”, respectivamente. También se vendían fósforos de cera marca “Victoria” .

Cumplido el horario de trabajo, el mueble quedaba cerrado y amarrado junto con la silla a un árbol, o era transportado a un portal cercano, donde se guarecía hasta el día siguiente. En muchas ocasiones, estaba ubicado al lado del portal.

Los vendedores sin discapacidad, empleaban un puesto de trabajo más sencillo, consistente en un cajón de madera que se ubicaba sobre un caballete o una mesa tijera, muy fácil de transportar. Se lo ubicaba en el lugar más conveniente, de acuerdo con el desarrollo de cualquier evento que convocara mucho público.

Este mini emprendimiento comenzó en la primera década del Siglo XX y persistió hasta avanzada la década de 1960. El cigarrero ambulante, desaparecido hace muchos años, fue un personaje de las calles en ese Buenos Aires que se fue.

La ciudad, Personajes de la ciudad

EL BARRIO DE LAS MIL CASITAS

El “Barrio de las mil casitas” está ubicado en Liniers, integrado por los barrios Tellier y Falcón.

Fue en 1924, cuando una ordenanza de la Intendencia de la Ciudad de Buenos Aires comenzó a construir el barrio Tellier-Falcón, en el predio comprendido por las calles Carhué, Ramón Falcón, Cosquín e Ibarrola, más conocido las “mil casitas” o “Casitas baratas”.

Fueron adjudicados por sorteo a empleados que tenían un sueldo superior a 400 pesos, cuyos hijos eran estudiantes de nivel secundario o universitario. Construidas en dos plantas poseían living en la planta baja, 2 habitaciones con ventanas altas, 2 baños y un entrepiso para guardar objetos varios.

Se ubicaron en manzanas divididas en tres sectores, configurando calles más angostas. Las calles surgidas de su construcción fueron denominadas pasajes con nombres de pájaros, flores o libros. Formaron parte de casas similares edificadas en Floresta y Flores, en la década de 1920.

Estaban inspiradas en las casonas holandesas y siempre se conocieron como “las casitas baratas”, a pesar de que las cuotas a pagar, eran elevadas para la época. El predio original fue ampliado extendiéndose hasta las calles Tuyutí y Boquerón.

En 1934, como consecuencia de la crisis del 30, la Compañía de Construcciones Modernas resolvió retirar los aportes. Las casas pasaron a la Municipalidad respetándose los acuerdos previos y se fijó un alquiler mensual, para quienes no podían adquirirlas.

Tenían pisos y escaleras de madera con baranda, que crujían al caminar y al pisar los escalones. Solían estar pintados en tonalidades marrón oscuro. El aspecto uniforme que presentaban, fue paulatinamente modificado por cada familia, adaptándolos a los gustos o necesidades de cada uno, como la construcción de garages en el área del living.

Fueron muchas las familias que con menos recursos mantuvieron el “sueño de la casa propia”. Se constituyó en un verdadero modelo de la transformación social porteña. Los barrios de “las casitas baratas” constituyeron un formidable aporte edilicio, refugio de la clase media trabajadora durante el crecimiento y unificación social de ese Buenos Aires que se fue. 

Fuente: http://www.skyserapercity.com/showtheread.php?t=436129

http://liniersrepublic.blogspot.com.ar/2011/10/las_mil_casitas_de_liniers.html

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EL LLAMADOR

El llamador era una pieza de bronce, generalmente con la forma de una mano sosteniendo una bola, que estaba ubicado en el lado derecho de la puerta de calle, para golpear sobre ella.

Las puertas de madera con herrajes de bronce, poseían este elemento, que reemplazaba al timbre. Se lo golpeaba varias veces para ser reconocido por los habitantes de la casa, ya que cada uno lo hacía de una forma determinada para identificarse. En algunas oportunidades, nos trepábamos a las puertas, golpeábamos varias veces, antes de salir corriendo.

Se lustraba con Brasso, una vez por semana. Se lo golpeaba sobre un vástago de hierro insertado en la puerta , cuya sonoridad no se apreciaba en los fondos de la casa chorizo. Por eso se usaba el timbre, alimentado a pilas, unos cilindros enormes y pesados; medían unos 6 centímetros de diámetro por 20 centímetros de altura, con la misma capacidad de las actuales AAA pero de una duración más prolongada.

No eran comunes y en las casas chorizo, su sonoridad disminuía a medida que la pila envejecía. Generalmente, las pilas se colocaban en una caja, a una altura de 4 metros.

El llamador de mi casa nunca lo usé porque el timbre me resultaba más accesible. Pasado el tiempo, las pilas fueron reemplazadas por la electricidad de la red, aumentando significativamente la intensidad del sonido. Esas pilas me sirvieron para realizar experimentos básicos de física eléctrica.

El llamador con forma de mano, desapareció de la mayoría de las puertas de la ciudad permaneciendo unos pocos, como un testimonio de aquel Buenos Aires que se fue.

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LA “TIERRA DEL FUEGO”

La “Tierra del Fuego” fue un barrio no oficial de la Ciudad de Buenos Aires, ubicado en el barrio de la Recoleta.

Cada barrio era una ciudad en pequeño, un mundo minúsculo y diferenciado. Eso constituía un orgullo localista, un galardón pedante e ingenuo. En la Recoleta se encontraba el barrio de “La Tierra del Fuego”, a la sombra de una trilogía integrada por el Hospital Rivadavia, el cementerio de la Recoleta y la Penitenciaría Nacional, donde campeaban celebrados matones que sostenían duelos a cuchillo, jactándose de pertenecer a ese barrio.

Las manzanas delimitadas por las avenidas Pueyrredón, Las Heras, Coronel Díaz y Libertador, con parques y plazas incluídos, conforman hoy un área residencial, de tipo aristocrático. Pero en la primera década del Siglo XX, allí se delineó una zona muy especial, que alojaba todo tipo de grupos malandras.

Se conocía como el “Barrio de la Tierra del Fuego”, porque lo frecuentaban los que habían pasado alguna temporada en el Penal de Ushuaia, o que su futuro sería ése penal. Población heterogénea integrada por matarifes y carreros, que alternaban con vagabundos, pendencieros y delincuentes agresivos y asesinos, que no titubeaban en lesionar o matar al candidato elegido, sea de un ladrillazo en la cabeza o de una puñalada, para robarle lo que llevara encima.

Los habitantes de la “Tierra del Fuego”, vivían en carpas o habitaciones precarias, elevadas, para evitar el agua durante las crecidas del Río de la Plata. Las discusiones por cualquier motivo, finalizaban a los palos o a puñaladas. La “Tierra del Fuego”, llamada así por la Penitenciaría Nacional, que se la asociaba con el Penal de Ushuaia y los marginales que allí habían estado, tenía un aspecto siniestro, un sitio donde raramente ingresaba la policía.

Se decía que cuando alguno de los guapos caminaba por sus veredas, balanceándose, decía al encontrarse con alguien: “Hágase a un lao, se lo ruego/ que soy de la Tierra ‘el Juego”. Curiosidades de esos barrios de aquel Buenos Aires que se fue.

Fuente:Rezzónico Carlos A.:La Tierra del fuego.

http://argentinaparamirar.com.ar/vernota.php?n=77

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