El Buenos Aires que se fue

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La ciudad

RESTAURANTE LA EMILIANA

“La Emiliana” fue un antiguo restaurante fundado en 1882.

Su nombre pertenecía a la hija de uno de los fundadores. Había ocupado otros predios en la calle Paraná al 300, hasta que en la Nochebuena de 1934, abrió sus puertas en Corrientes 1431.

Disponía de un amplio y hermoso salón con sillas y percheros Thonet, importados de Viena, Austria. Atendido por mozos con guantes blancos y un maitre que hablaba tres idiomas,  eran signos de distinción que comenzaban con el saludo del portero, vestido con uniforme y galera.

Supo recibir a los famosos que pasaban por Buenos Aires y se sentían atraídos por las delicadezas de su menú para disfrutar el famoso “Pollo al spiedo”, los “hígados de pollo a la Veneciana”, o los “fettuccini a la crema”.

Una experiencia inolvidable que experimenté durante mis visitas a esa inolvidable casa de comidas, fue la degustación del famoso postre “Omelette Surprise”, flambeado con Negroni en la mesa, y compuesto con una base de pío nono, crema americana, frutas de estación, sabayón caliente y merengue italiano para      cuatro personas, consecuencia de su tamaño.

El Restaurante “La Emiliana”, abierto desde 1882 hasta 1995, fue un lugar de encuentro social y cultural en ese Buenos Aires que se fue.

Fuente: Videl Dora. Tradiciones porteñas. Clarín, 14-09-2001.

http://restaurantesybaresdebuenosaires.blogspot.com.ar/2016/01/restaurantes-desaparecidos-la-emiliana.html

La ciudad, Realidades argentinas

EL ASCENSORISTA

Durante muchos años, la profesión de ascensorista fue común en las grandes tiendas y edificios de oficinas y departamentos.

El ascensorista vestía uniforme con chaqueta cerrada color gris, con ribetes rojos y eventualmente una gorra del mismo color. Esperaban a las personas, parados sobre la puerta del ascensor, vigilando la cantidad que ingresaba.

Una vez que se alcanzaba la cantidad oficialmente autorizada, cerraba las puertas manualmente y movilizaba el ascensor mediante una manivela con la que regulaba la velocidad y el posicionamiento correcto, a fin de evitar inconvenientes durante la entrada y salida de los pasajeros.

En las grandes tiendas complementaba su accionar anunciando las secciones ubicadas en cada piso, así como también las ofertas de cada día o de la semana.  Al llegar a cada piso, abía manualmente las puetas pronuncianddo la palabra “salida” o el número del piso.

Evitaba que los niños manipularan la manivela o pulsaran los botones del tablero, a fin de evitar inconvenientes. Siempre saludaba a las personas que ingresaban al ascensor transformándose en la primera cara amable que los empleados encontraban al llegar a su trabajo. Cuando se producía una pausa en su trabajo, la aprovechaba para acicalar el habitáculo.

Salvo en algunos hoteles y edificios tradicionales, el oficio de ascensorista ha desaparecido. El anuncio grabado del cierre y apertura automático de las puertas, anunciando la llegada a cada piso, así como el empleo de una botonera inteligente, han reemplazado a este personaje insustituible en aquel Buenos Aires que se fue.

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LUIS ZORZ, MAESTRO DEL FILETE PORTEÑO

Luis Zorz, Luisito, nació en Buenos Aires, el 17 de julio de 1932, en el pasaje Vinchina 1576, en el barrio de Flores.

Fue su maestro en el filete, el reconocido artista León Untroib, a quien conoció en la fábrica de carros “Lloyds Hermanos”, cuando tenía 12 años. Untroib le proporcionó el primer trabajo, retocar las chatas con pintura. La relación con Untroib duró hasta el fin de sus días.

El letrista Alfonso Ravena, de Villa Lugano, le trasmitió sus conocimientos, que le permitieron trabajar como oficial letrista a los 16 años. En su amplio taller de Villa Lugano, un verdadero museo del filete, Zorz elaboró la mayoría de sus trabajos, que han quedado felizmente plasmados en cafés, restaurantes, y especialmente en las calles de los distintos barrios de la Ciudad, como Boedo, Parque Patricios y Barracas.

También en  los carteles de publicidad de cines y teatros de la calle Corrientes, así como los que coronan el Bar Restaurant “Homero Manzi”, en la esquina de San Juan y Boedo,  clásicas muestras de su reconocido talento.

Pero es importante destacar las placas  recordatorias de personajes de la cultura porteña y del tango, como Mercedes Simone, Sebastián Piana, Osvaldo Pugliese, Leónidas Barletta, la “Editorial Claridad”; de la salas cinematográficas de Boedo, hoy inexistentes, ya que están reemplazadas por templos religiosos y comercios varios.

Luis Zorz sigue en actividad, ahora en Parque Patricios, fileteando y ejerciendo la docencia los días sábados en el “Foro de la memoria”, donde durante 2 horas, transmite su amplia experiencia en el arte del filete. Integrante de Nuestro Patrimonio Cultural Porteño, ha recibido múltiples distinciones y homenajes.

Luis Zorz es un artista que supo plasmar a través del filete, el recuerdo de los representantes de la cultura popular porteña de ese Buenos Aires que se fue.

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CASTAÑAS EN BUENOS AIRES

Las castañas tas comunes en Europa, tuvieron su hora de gloria en Buenos Aires.

Las vendían en la calle, calentadas en hornos pequeños con carbón encendido, y en los bares, servidas en platitos. Cuando se las pelaba, desprendían un aroma único e inconfundible, estableciéndose como acompañante recomendado de la cerveza de barril, servida en los grandes vasos de vidrio grueso con manija, los chops.

Se las podía degustar en el verano, en las calles del centro de la ciudad, en un horno colocado sobre una mesa pequeña, donde una mujer preparaba un cucurucho de papel colocando una media docena de castañas.

También se consumía en los hogares, ya que en el verano, los vendedores las ofrecían de puerta en puerta. Pero era necesario cocinarlas, apreciándose entonces su suave aroma. Mientras en Europa persiste la costumbre de comer castañas, en Buenos Aires, hace ya mucho tiempo que han desaparecido.

La garrapiñada, su versión porteña, se elaboraba con maní, especialmente en la época de otoño e invierno. En un triciclo con caja de latón, se montaba un calentador a querosene, y en un bols de cobre, se colocaba agua, azúcar, maníes pelados, unas gotas de vainilla y a revolver con una cuchara de madera.

Su aroma era atrapante, tanto para los niños como para los adultos. Se vendía recién elaborada, en bolsitas de papel celofán a un precio de 10 y 20 centavos. Eran escasos los vendedores de garrapiñada, pero se los encontraba  a la salida de los estadios de fútbol, los circos, y el jardín zoológico.

Hoy se han multiplicado y no sólo usan el maní, sino las almendras como en Europa, y otras semillas igualmente exquisitas. Pero el olor de la garrapiñada que conocemos, está ligada exclusivamente al maní. Las castañas se transformaron en un recuerdo nostálgico de aquél Buenos Aires que se fue.

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LOS GITANOS

La llegada de gitanos a la Argentina comenzó a fines del Siglo XIX.
Provenían de distintos países europeos y muchos se ubicaron en Buenos Aires. Caracterizados por el nomadismo, se instalaban en grandes carpas, ocupando un terreno.
Recuerdo que en una esquina del barrio de Villa Real, instalaron una carpa en un terreno baldío, dentro de la cual observamos unos llamativos artefactos de bronce pero ignorando su uso.
Los colores variados de la ropa femenina era un clásico de las calles porteñas. Las gitanas caminaban en grupos pequeños, de tres o cuatro personas, con sus clásicas trenzas adornadas con monedas de oro y collares, que también mostraban monedas de oro, uno de sus métodos para ahorrar dinero.
Nos llamaba la atención que las mujeres de mayor edad, caminaban por las calles fumando, situación excepcional en esa época. Se desplazaban hablando en voz alta, en un idioma desconocido, o en un español mal pronunciado, moviendo sus amplias y coloridas polleras que ocultaban sus pies.

Desinhibidas en sus desplazamientos, interrumpían la marcha de cualquier transeúnte, ofreciendo sus servicios de adivinación del futuro, observando y “leyendo” las líneas de la mano. Las mujeres casadas usaban un pañuelo cubriendo su cabeza.
A los hombres no los reconocíamos; nada los diferenciaba en su atuendo con los demás peatones. Pasaban desapercibidos. La libertad es uno de los principios fundamentales de este pueblo. Una decisión de mucho peso fue la de enviar a sus hijos a la escuela, poderosa herramienta para el mantenimiento de su cultura, ya que no sabían leer ni escribir.
Los gitanos nómades, no invertían su ganancia en la compra de casas, Como desconfiaban de los bancos, llevaban su riqueza puesta: monedas de oro y joyas, que además los protegían de los malos espíritus.
Se han dedicado a la venta ambulante, al intercambio y a la adivinación. En general, han desarrollado una economía independiente, una red de trabajo exclusiva de la colectividad, como la compra y venta de automóviles y la herrería industrial.
Pero los cambios tecnológicos motivaron otras modalidades de comercialización, que al exigirles permanecer en un sitio fijo, eligieron edificios como sitios estables. Sin embargo, actualmente pueden encontrarse familias viviendo en carpas como lo hacían tiempo atrás, en ese Buenos Aires que se fue.

Fuente: http://www.buenosaires.gob.ar/ares/secretaria_gral/colectividades

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LA LEY DE LA SILLA

La Ley 12.205 “Ley de la silla”, fue redactada en 1907 por el Dr. Alfredo Palacios, el primer diputado socialista de América, oriundo del barrio La Boca, en la ciudad de Buenos Aires.
Las tejedoras, trabajadoras del vestido, alpargateras, textiles, sombrereras y demás empleadas de comercio, decidieron entablar pelea en 1907 en apoyo del Dr. Palacios, saliendo a la calle para luchar por sus derechos reclamando que el patrón les proveyera a los trabajadores. de una silla o taburete con respaldo en el lugar de trabajo.
Esta ley creada para las mujeres por el Dr. Palacios, se sumaba a la que establecía el descanso obligatorio antes y después del parto, la prohibición de trabajo a los menores o la jornada laboral de ocho horas.
La Ley de la silla fue promulgada en la Argentina el 5 de octubre de 1935, por Decreto Nacional 83474/36 cuyo Art. 1º decía: ” Todo local de trabajo en establecimientos industriales y comerciales de la Capital Federal, provincias y territorios nacionales, deberán estar provistos de asientos con respaldo en número suficiente para el uso de cada persona ocupada en los mismos”.
Se determinó que la permanencia de pié durante muchas horas, determinaba trastornos orgánicos como perturbaciones de la circulación sanguínea y la producción de várices.
La ley fue presentada en la Cámara de Diputados de la Nación por el Diputado Francisco Pérez Leirós. A pesar de ser una Ley de alcance nacional, esta conquista social que ya superó el siglo desde su promulgación, no se cumple en forma total, a pesar de estar vigente.
Un verdadero atentado a los derechos laborales de muchos obreros y empleados, que no se han beneficiado de una de las leyes fundamentales de Alfredo Palacios promulgadas en ese Buenos Aires que se fue.

Fuente: http://es.answers.yahoo.com/question/index?qid=20110205…
La ley de la silla. AscensionDigital.com.ar.Buenos Aires, Argentina 1-2-2016

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LA DACTILÓGRAFA

La dactilógrafa fue una empleada administrativa cuya misión era la de mecanografiar documentos.

Esa posición se alcanzaba luego de aprobar la escuela primaria y el curso de dactilografía dictado por una institución privada, como las “Academias Pitman”, una de las más recordadas. Al cabo de un estudio de 3 meses aproximadamente, se lograba el título de dactilógrafa al tacto, es decir, que escribía con los 10 dedos y sin mirar el teclado.
Ese empleo asalariado, le permitía disponer de una posición laboral superior, respecto de las obreras. La máquina de escribir fue el instrumento clave e indispensable, el más popular de esa época, en el período comprendido entre 1918 y 1939, que catapultó la especialidad de mecanografía, como el conocimiento básico e indispensable para el desempeño de las labores de escritorio.
Proveniente de un barrio cualquiera de la ciudad, esta trabajadora mejoraba su imagen y su “status” obteniendo ventajas entre sus vecinas que desempeñaban tareas manuales en las fábricas. Con buena apariencia, vestidas correctamente y con un peinado de peluquería, las dactilógrafas constituyeron una fuerza laboral productiva, de importancia creciente.
La mejoría en su formación con el agregado de la taquigrafía, posibilitó el ascenso de las más capaces, a la categoría de secretarias, puesto envidiado y deseado, como el principal objetivo a lograr.
Era requisito fundamental que la dactilógrafa fuera mayor de edad y soltera, situaciones que facilitaban su gestión, ya que en caso contrario, eran necesarios el consentimiento del padre o del marido, respectivamente.
Este trabajo, motivado por causas de necesidad económica como consecuencia de ingresos masculinos insuficientes, orfandad o viudez, tuvo una amplia difusión alcanzando su pico máximo en la década del 40. La ocupación de dactilógrafa fue actividad muy destacada entre las tareas laborales femeninas de aquel Buenos Aires que se fue.

Fuente: http://www.perfil.com/sociedad/El-trabajo-femenino-en-la-Argentina-del-siglo-XX
Queirolo G. Dactilógrafa se necesita: representaciones de las empleadas administrativas en Buenos Aires (1920-1940). Nuevo Mundo Mundos Nuevos 31-05-2009

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LA PLACITA BULNES

La plaza Almagro apareció en 1928.

Para nosotros fue la “placita Bulnes”, nombre de una de las calles de la manzana, completada por Sarmiento, Salguero y Cangallo (hoy Presidente Perón), en pleno barrio de Almagro.

Tenía diversos juegos infantiles: hamacas, sube y baja, tobogán, calesita manual, pasamanos y una pileta fuente, construida en cemento armado, sin revestimientos, que llena de agua, tenía una profundidad menor de 1 metro. Permitía a la mayoría de los pibes, disfrutar de un baño en agua muy fría. Pero por las noches, arrojaban cualquier tipo de basuras, circunstancia que limitó sensiblemente su funcionamiento.

Entonces su uso cambió en forma radical, ya que fue sitio propicio para jugar a la pelota. En el pasto estaba absolutamente prohibido hacerlo. Así lo decían los carteles “Prohibido pisar el cesped”, sumándose la actitud vigilante y severa del guardián, figura emblemática en las plazas porteñas de aquella época.

Mientras disfrutábamos de los juegos, imprevistamente se escuchaba música proveniente de instrumentos de viento: trompeta, clarinete y trombón. Era el anuncio de la presencia en la placita del Ejército de Salvación.

Vestidos con uniforme y gorra azul marino con ribetes rojos, un grupo reducido de hombres y mujeres, generalmente 8 personas, formaban una circunferencia, preparándose para una de las reuniones públicas tan frecuentes en las décadas del 30 y del 40, donde predicaban el evangelio, acompañado de cánticos rituales, y en ocasiones, de confesiones públicas, convocando al público a participar activamente.

Estas reuniones también se realizaban en las esquinas de la ciudad, sin previo aviso. Su característica era la espontaneidad y sonoridad, lo que motivaba al piberío que, ajeno a los objetivos propuestos de ese grupo, gritaban y corrían desenfrenadamente profiriendo groseras risotadas que alteraban el orden y sentido de esas reuniones, en ese Buenos Aires que se fue.

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EL CONVENTILLO EN EL TANGO

Los conventillos eran casas populares con muchas habitaciones, que alojaron a múltiples familias integradas en su mayoría por inmigrantes y su descendencia, colmando y superando la capacidad permitida para cada habitación.

La llegada del Siglo XX, se asoció con el arribo al país de enormes oleadas de inmigrantes, época caracterizada por una carencia desproporcionada de habitaciones. Esta situación motivó la construcción de enormes casas colectivas con 30 a 40 habitaciones, mal ventiladas y con déficit de servicios sanitarios.

La ciudad creció con estas características y el tango incluyó en sus estrofas, escenas típicas del conventillo. Fueron varias las denominaciones con las que se conoció a esta particular casa habitación: yotivenco, el vesre de conventillo; convento y convoy. En “Uno y uno”, tango de Julio Pollero y Lorenzo Traverso, 1929, así se lo señala: “¿Dónde están aquellos briyos / y de vento aquel pacoy, / que diqueabas , poligriyo, / con las minas del convoy?”.

Es posible encontrar breves descripciones del conventillo en algunos versos, que contribuyen a brindar el conocimiento de como eran en su interior. Enrique Santos Discépolo, con la colaboración posterior de Virgilio y Homero Expósito nos dejaron “Fangal”, 1954, donde dice: ” Yo la vi que se venía en falsa escuadra, / se ladeaba, ¡se ladeaba por el borde del fangal!…/ ¡Pobre mina que nació en un conventillo / con los pisos de ladrillos, el aljibe y el parral!”.

La puerta de calle del conventillo no existía o no se cerraba. Siempre permitía el paso, entrando o saliendo. De una o dos plantas, albergaba un conjunto muy heterogéneo de inquilinos, que cumplían un horario ampliio de trabajo. Antonio Scatasso y Pascual Contursi compusieron en 1927 “Ventanita de arrabal”, que refleja esta situación: “En el barrio Caferata / en un viejo conventillo, / con los pisos de ladrillo, / minga de puerta cancel, / donde van los organitos / su lamento rezongando, / está la piba esperando / que pase el muchacho aquel”.

La vida en el conventillo era miserable, inhumana, perversa, ya que se aunaban situaciones diversas que confluían para brindar una vida difícil, pródiga en estrecheces y dificultades económicas. La vida en el convento conducía a destinos inciertos. Celedonio Flores y José Ricardo escribieron en 1921 “Margot”: “Se te embroca desde lejos, pelandruna abacanada, / que has nacido en la miseria de un convento de arrabal…/ Porque hay algo que te vende, yo no se si es la mirada, / la manera de sentarte, de mirar, de estar parada / o ese cuerpo acostumbado a las pilchas de percal /…y tu vieja ¡ pobre vieja! lava toda la semana / pa’poder  parar la olla, con pobreza franciscana,  / en el triste conventillo alumbrado a kerosén”.

Otras veces, un grupo de muchachos alquilaban una habitación que funcionaba como refugio temporario, el bulín, para encontrarse y compartir mate y comida, techo y música, buscando una compañía que ayudara a vivir, superando los contratiempos surgidos en la vida diaria. Era un confesionario compartido para desengaños y alegrías. Así lo conocimos en “El bulín de la calle Ayacucho”, 1925, de Celedonio Flores y José Servidio: “El bulín de la calle Ayacucho / que en mis tiempos de rana alquilaba, / el bulín que la barra buscaba / pa caer por la noche a timbear…/ cotorrito mistongo, tirado / en el fondo de aquel conventillo, / sin alfombras, sin lujo y sin brillo, / ¡cuántos días felices pasé, / al calor del querer de una piba / que fue mía, mimosa y sincera!…”.

Las condiciones de vida que se desarrollaban en el conventillo, diferían con lo que acontecía en una vivienda común. La cantidad de personas que lo habitaban, las distintas nacionalidades, las diferentes costumbres y hábitos así como la convivencia, armónica o no, eran todos factores básicos, propios del conventillo. Así quedó reflejado en “Oro muerto”, 1926, de Juan Raggi y Julio Navarrine: “El conventillo luce su traje de etiqueta:/ las paicas van llegando, dispuestas a mostrar / que hay pilchas domingueras, que hay porte y hay silueta, / a los garabos reos deseosos de tanguear. / La orquesta mistonguera, musita un tango fulo, / Los reos se desgranan buscando, entre el montón, / la princesita rosa de ensortijado rulo / que espera a su Romeo como una bendición. / El dueño de la casa / atiende a las visitas / Los pibes del convento / gritan en derredor / jugando a la rayuela, / al salto, a las bolitas, / mientras un gringo curda / maldice al Redentor”.

Nacer y vivir en el conventillo, era una etapa a superar, cambiando de vida en la primera oportunidad. El cambio de vida, motivado por la atracción que ejercían “las luces del centro”, modificaban el rumbo, particularmente en las jóvenes quinceañeras que vislumbraban el camino de su salvación. Pascual Contursi y Augusto Gentile escribieron en 1919 “Flor de fango”: “Mina que te manyo de hace rato, / perdoname si te bato / de que yo te ví nacer…/ Tu cuna fue un conventillo / alumbrado a querosen. / Justo a los catorce abriles / te entregaste a las farras, / las delicias del gotan…/ Te gustaban las alhajas, / los vestidos a la moda / y las farras de champán”.

La vida carenciada del conventillo, poblada de estrecheces, hambre y sufrimiento, constituía un estigma a superar cuanto antes. Esa vida de pobreza y limitaciones marcaba a fuego a sus habitantes, cuya meta era superarlas de cualquier manera. Así en “Champagne tango”, 1914, de Manuel Aróstegui y Pascual Contursi podemos observar que: “Nadie quiere conventillo / ni ser pobre costurera, / ni tampoco andar fulera…/ Solo quieren aparentar / ser amigo de fulano / y que tenga mucho vento / que alquile departamento / y que la lleve al “Pigall”. /  ¡Cuántas veces a mate amargo / el estómago engrupía / y pasaban muchos días / sin tener para morfar! / La catrera era el consuelo / de esos ratos de amrgura / que, culpa’e la mishiadura / no tenía pa’ morfar”.

Sin embargo, paralelamente con las ansias de aventura por vivir en un mundo mejor, rodeada de lujos, comodidades y falsa alegría, se consideraba al conventillo como un lugar seguro para crecer y forjarse un porvenir, lejos del espejismo de las farras y del alcohol. En “No salgas de tu barrio“, 1927, de Enrique Delfino y Arturo Rodríguez Bustamante, observamos lo siguiente: “No abandones tu costura, / muchachita arrabalera, / a la luz de la modesta / lamparita a kerosene…/ No la dejés a tu vieja / ni a tu calle, ni el convento, / ni al muchacho sencillote / que suplica tu querer. / Desechá los berretines / y los novios milongueros / que entre rezongos del fuelle / ¡ te trabajan de chiqué!”.

El conventillo fue artífice de una etapa fundamental en el crecimiento y desarrollo de ese Buenos Aires que se fue.

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EL TRANVÍA EN EL TANGO

Las primeras líneas urbanas de tranvías a tracción animal, el tramway, aparecieron en Buenos Aires en 1870.

En esta primera etapa fueron arrastrados por caballos hasta que a partir del mes de abril de 1897, comenzó a emplearse la electricidad, dejando atrás una época heroica, que significó para Buenos Aires la mejoría en la comunicación y el transporte por toda la ciudad y localidades cercanas, favoreciendo la expansión de la creciente población, alimentada por los sucesivos aluviones inmigratorios.

El tranvía brindó la oportunidad de abandonar la habitación del conventillo, ubicada en el casco céntrico, por una casita edificada ladrillo sobre ladrillo, en un barrio alejado, pero conectado gracias a los servicios tranviarios. El tango incorporó al tranvía, especialmente en su primera etapa, destacando a sus personajes, el mayoral y el conductor, actualizando situaciones del diario vivir que hoy, nos parecen irreales.

En 1942, Pedro Maffia y Homero Manzi escribieron “Cornetín”, un tango milonga que contaba detalles risueños de los viajes en el tramway: “Tarí, Tarí. / Lo apelan Roque Barullo / conductor del Nacional / con su tramway, sin cuarta ni cinchón, / sabe cruzar el barrancón de Cuyo. / El cornetín, colgado de un piolín, / y en el ojal un medallón de yuyo. / Tarí, Tarí. / Y el cuerno listo al arrullo / si hay percal en un zaguán. / Calá, que linda está la moza, / calá, barriendo la vereda, / Mirá, mirá que bien le queda, / mirá, la pollerita rosa. / Frená, que va a subir la vieja, / frená porque se queja, / si está en movimiento. / Calá, calá que sopla el viento, / calá, calá, calamidad.”

El mayoral fue el personaje más conocido por su fama de piropeador de las mujeres que barrían la vereda, o que lo invitaban a saborear un mate, en cuyo caso, se detenía el tranvía por un momento. Carlos Mayel y Francisco Laino, nos dejaron “El mayoral del tranvía”, 1946: “Soy mayoral del tranvía / que por las calles serenas, / llevé blancas azucenas / despertando simpatías… / con ese tarí…taría…/ de mi modesta corneta / brindé a las mozas coquetas / un madrigal de alegría. / Gritaban las mozas:”¡Adiós mayoral!” / “¿Me da el clavelito que lleva en su ojal?” / Y yo muy contento decía que sí, / pues ellas en sus risas se acuerdan de mí…”.

El conductor y el mayoral, los responsables del manejo del tramway, han sido bien caracterizados en las letras de tango o milonga. El mayoral fue personaje trascendental en la “Milonga del Mayoral”, 1953, de Cátulo Castillo y Aníbal Troilo: “Soy el criollo mayoral, que va, / que va tocando en la vía, tarí rarí / su cornetín de alegría, que da señal / de que ya viene el tranvía. / Y yo soy el motorman, talán talán, / que lleva de Once a Lorea / con seguridad, para que el público vea / lo que puede dar la electricidad.”

La llegada del tranvía, especialmente en su primera época, era motivo de alegría para la servidumbre, que esperaba ansiosamente su paso, reconocido por un sonido característico del cornetín, apareciendo en la vereda, simulando un barrido o llevándole una flor al motorman. Es acertada la descripción de Armando Tagini y Oscar Arona en “El cornetín del tranvía”, 1938, :”La clarinada rompió la siesta / en la barriada de los Corrales / y con zumbón frufru de percales / más de una china salió al umbral…/ Llegaba “el loco de Recoleta” / sembrando alardes de su corneta / y su paso era en la quieta ciudad / fiesta de curiosidad…/ Así cruzaba el tranvía / la Buenos Aires baldía / de los románticos días. / Un “Buenas tardes” brinda a la moza / que lo devuelve con una rosa / y el cochero echa a volar su emoción / en un toque de atención.”

Único medio de transporte pasada la medianoche, el tango le cantó a los que regresaban a su barrio, cansados de vivir. Lo señalaron Celedonio Flores y Francisco Pracánico en “Corrientes y Esmeralda”, 1933, :”El Odeón se manda la Real Academia / rebotando en tangos el viejo Pigall, / y se juega el resto la doliente anemia / que espera el tranvía para su arrabal”.

El tranvía abrió rumbos, surcando todas las calles de Buenos Aires. Fue razón de crecimiento y de progreso, el medio de transporte más popular y económico, con una extensa red. En sus recorridos, enhebró las más diversas situaciones comunicando el centro con el suburbio arrabalero. Héctor Negro y Raúl Garello nos dejaron “Tiempo de tranvías”, 1981, y nos cuentan:” Tiempo de tranvías tropezando el empedrado. / Patios que se abren a la luna y al parral. / Mágicos zaguanes con temblor de besos largos. / Penas de ginebra que tanguean en el bar. / Vuelven esos ecos de las mesas de escolaso. / Noches con la barra de la esquina fraternal. / Sábado y milonga que promete el club de barrio / y el domingo, lleno de ese fútbol sin igual. / Tiempo de tranvías, de las calles con silbidos. / Se que ya el olvido no podrá jamás con vos. / Tiempo lindo de tranvías, / que fueron de otra ciudad.”

El tranvía fue testigo y activo participante de las escenas cotidianas de Buenos Aires, reflejadas en los distintos barrios, actividades características de una ciudad joven, en pleno crecimiento. Alberto Vacarezza y Enrique Delfino plasmaron en 1924 estas escenas en “Talá, talán”: “Talán, talán, talán…/ pasa el tranvía por Tucumán. / “Prensa”, “Nación” y “Argentina” / gritan los pibes de esquina a esquina. / “Ranca e manana, torano e pera” / ya viene el tano por la “vedera”. / Detrás del puerto / se asoma el día, / ya van los pobres / a trabajar; / y a casa vuelven / los calaveras / y milongueras / a descansar”. En sus casi 100 años de permanencia en las calles porteñas, en 1963 desapareció el tranvía que integró escenas de Buenos Aires, de ese Buenos Aires que se fue.

Glosario:

Ranca: Naranja; Manana: Banana; Torano: Durazno

Cuarta: animal que se agrega a los otros que tiran de un vehículo para ayudar a remolcarlo.

Cinchón: cincha angosta con argolla, en el apero de montar.

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