El Buenos Aires que se fue

Blog en Monografias.com

 

La casa

EL METRO CUADRADO

Algunas tareas para el hogar indicadas en la escuela, no podían cumplirse para el día siguiente.

Entonces pedíamos auxilio a nuestros padres, para poder  resolverlas. En la mesa del comedor, cubierta con un mantel de hule con un dibujo cuadriculado, resolvíamos a diario todas las tareas escolares. No era un sitio aislado, dado que confluían simultáneamente, otras actividades.

Una radio encendida, trasmitía una novela, mientras mi madre planchaba sobre una mesa exclusiva para esa labor. Uno de mis hermanos, estudiaba piano y sus lecciones, ocurrían siempre a la misma hora. Recibir el auxilio de mis padres no era sencillo: papá trabajaba fuera de mi casa y mamá estaba ocupada con las tareas hogareñas.

El tema asignado fue “El metro cuadrado”. Debía disponer de una hoja de papel glacé de un metro cuadrado de superficie y dividirla en 100 cuadrados de 10 centímetros de lado. El marcado del papel en 100 cuadrados iguales realizado con un lápiz, no era sencillo. No disponía de una regla superior a un metro de longitud, y el marcado de la hoja debía ser exacto para lograr la total igualdad en el plegado.

Era un trabajo para ser realizado por más de una persona, poniendo mucho esmero para que la tarea fuera exitosa. Fue mucho el tiempo que demandó el plegado correcto para obtener la uniformidad en el resultado final.

Cercana la medianoche, yo era sólo espectador, pero el cuadrado de diez por diez centímetros, estaba listo. Fue una labor realizada totalmente por ellos y yo, fui impotente para dar un paso positivo. Ese día, mis padres realizaron muy bien los deberes que me encomendaron en la escuela, de ese Buenos Aires que se fue.

La casa, La educación, La infancia

AÑO NUEVO

La llegada del Año Nuevo se vivía en un clima de felicidad.

Era un día diferente, que motivaba el encuentro con familiares y amigos. Rodeado de una publicidad inusual, las radios, revistas y diarios centralizaban su información en la llegada del nuevo año. Las historietas mostraban a un anciano de barba blanca, el Año Viejo, que mostraba con nostalgia a un bebé, el Año Nuevo.

Ese día era regido por la euforia, los buenos deseos para con los vecinos, amigos y familiares. Se preparaban unas comilonas descomunales, con alimentos preparados y cocinados desde temprano, a los que se sumaba lo que aportaban los invitados. Las bebidas de ese día eran sidra, champan o cerveza para los adultos y gaseosas para los pibes, integrando un menú completamente distinto, donde podía degustarse el clásico pan dulce, las típicas variedades de fruta seca como nueces, avellanas y almendras, con el agregado de las almendras confitadas llamadas peladillas.

La cena comenzaba más tarde que lo habitual, de tal modo que la hora del brindis coincidiera aproximadamente con la medianoche. Todos ponían lo mejor de sí, para que transcurriera en un marco de alegría. Un cúmulo de buenas intenciones y deseos se repartían a todos, como si de un día para otro, pudieran experimentarse cambios trascendentes, por el simple hecho de vivir una noche distinta.

El teléfono estaba siempre ocupado por quienes saludaban a amigos y parientes o recibían llamadas similares. Se sintonizaba la radio para brindar a la hora exacta, a fin de despedir al Año Viejo y recibir al Año Nuevo.

Se intensificaba el estallido de cohetes, visibles por la ventana del comedor, que ya habían preanunciado el recibimiento y a veces, podía observarse una pequeña lluvia de fuegos artificiales. Siempre se observaban globos de papel que se elevaban gracias al calor de una vela encendida en su interior, con el aspecto de pálidos faroles voladores, cuya caída, causaba más de un incendio.

Buenos deseos para el año que llegaba, con optimismo y alegría, eran el corolario de los festejos de fin de año, en ese Buenos Aires que se fue.

La casa, La ciudad, Modas y costumbres, Reuniones sociales

EL WINCOFÓN

El “Wincofón” era un reproductor eléctrico de discos aparecido en Buenos Aires a fines de la década de 1950.

Estaba dotado de un motor eléctrico que movía un plato giratorio, a una velocidad constante de 78 RPM, 45 RPM o 33 1/3 RPM. La velocidad se modificaba mediante el movimiento de una perilla exclusiva para tal fin. Para los discos de 45 RPM, era necesario agregar un cilindro que se colocaba en el vástago central, dado que el centro de esos discos era muy amplio.

Eran automáticos, es decir que se colocaban varios discos simultáneamente, no más de ocho, y con un solo movimiento de la perilla de arranque , se podían escuchar todos. Al caer el último disco, el brazo fonocaptor apagaba el motor finalizando la reproducción.

El brazo fonocaptor disponía de 2 púas: una para los discos de 78 RPM y la restante para los de 45 RPM y 33 1/3 RPM. Se la giraba manualmente mediante una perilla ubicada en el extremo frontal del brazo. El “Wincofón” podía ser monoaural, con su propio parlante o estereofónico, mediante el acople de un segundo parlante en una salida opcional. Algunos modelos, tenían incorporada una radio.

Al wincofón se lo podía hallar en la mayoría de los hogares donde habitaban adolescentes. Difundió masivamente la música de los 60 y 70, siendo el insustituible complemento en las celebraciones de fiestas, cumpleaños y asaltos, esas clásicas reuniones bailables organizadas por estudiantes, en la casa de uno de ellos.

El “Wincofón” fue el reproductor musical “de mesa” más popular, para la difusión de discos en ese Buenos Aires que se fue.

La casa, La cuestión social, Los entretenimientos, Reuniones sociales

EL BARRIO DE LAS MIL CASITAS

El “Barrio de las mil casitas” está ubicado en Liniers, integrado por los barrios Tellier y Falcón.

Fue en 1924, cuando una ordenanza de la Intendencia de la Ciudad de Buenos Aires comenzó a construir el barrio Tellier-Falcón, en el predio comprendido por las calles Carhué, Ramón Falcón, Cosquín e Ibarrola, más conocido las “mil casitas” o “Casitas baratas”.

Fueron adjudicados por sorteo a empleados que tenían un sueldo superior a 400 pesos, cuyos hijos eran estudiantes de nivel secundario o universitario. Construidas en dos plantas poseían living en la planta baja, 2 habitaciones con ventanas altas, 2 baños y un entrepiso para guardar objetos varios.

Se ubicaron en manzanas divididas en tres sectores, configurando calles más angostas. Las calles surgidas de su construcción fueron denominadas pasajes con nombres de pájaros, flores o libros. Formaron parte de casas similares edificadas en Floresta y Flores, en la década de 1920.

Estaban inspiradas en las casonas holandesas y siempre se conocieron como “las casitas baratas”, a pesar de que las cuotas a pagar, eran elevadas para la época. El predio original fue ampliado extendiéndose hasta las calles Tuyutí y Boquerón.

En 1934, como consecuencia de la crisis del 30, la Compañía de Construcciones Modernas resolvió retirar los aportes. Las casas pasaron a la Municipalidad respetándose los acuerdos previos y se fijó un alquiler mensual, para quienes no podían adquirirlas.

Tenían pisos y escaleras de madera con baranda, que crujían al caminar y al pisar los escalones. Solían estar pintados en tonalidades marrón oscuro. El aspecto uniforme que presentaban, fue paulatinamente modificado por cada familia, adaptándolos a los gustos o necesidades de cada uno, como la construcción de garages en el área del living.

Fueron muchas las familias que con menos recursos mantuvieron el “sueño de la casa propia”. Se constituyó en un verdadero modelo de la transformación social porteña. Los barrios de “las casitas baratas” constituyeron un formidable aporte edilicio, refugio de la clase media trabajadora durante el crecimiento y unificación social de ese Buenos Aires que se fue. 

Fuente: http://www.skyserapercity.com/showtheread.php?t=436129

http://liniersrepublic.blogspot.com.ar/2011/10/las_mil_casitas_de_liniers.html

El barrio, La casa, La ciudad, La cuestión social

EL LLAMADOR

El llamador era una pieza de bronce, generalmente con la forma de una mano sosteniendo una bola, que estaba ubicado en el lado derecho de la puerta de calle, para golpear sobre ella.

Las puertas de madera con herrajes de bronce, poseían este elemento, que reemplazaba al timbre. Se lo golpeaba varias veces para ser reconocido por los habitantes de la casa, ya que cada uno lo hacía de una forma determinada para identificarse. En algunas oportunidades, nos trepábamos a las puertas, golpeábamos varias veces, antes de salir corriendo.

Se lustraba con Brasso, una vez por semana. Se lo golpeaba sobre un vástago de hierro insertado en la puerta , cuya sonoridad no se apreciaba en los fondos de la casa chorizo. Por eso se usaba el timbre, alimentado a pilas, unos cilindros enormes y pesados; medían unos 6 centímetros de diámetro por 20 centímetros de altura, con la misma capacidad de las actuales AAA pero de una duración más prolongada.

No eran comunes y en las casas chorizo, su sonoridad disminuía a medida que la pila envejecía. Generalmente, las pilas se colocaban en una caja, a una altura de 4 metros.

El llamador de mi casa nunca lo usé porque el timbre me resultaba más accesible. Pasado el tiempo, las pilas fueron reemplazadas por la electricidad de la red, aumentando significativamente la intensidad del sonido. Esas pilas me sirvieron para realizar experimentos básicos de física eléctrica.

El llamador con forma de mano, desapareció de la mayoría de las puertas de la ciudad permaneciendo unos pocos, como un testimonio de aquel Buenos Aires que se fue.

El barrio, La casa, La ciudad, La infancia

EL ACEITE DE HÍGADO DE BACALAO

El aceite de hígado de bacalao es un suplemento dietético administrado a los niños desde hace muchos años, por su contenido en vitaminas naturales A y D.

El sabor y el aroma es muy variable, dependiendo de su calidad que oscila desde un olor a sardinas hasta el de pescado podrido y aceite rancio. Los recuerdos de la infancia asociados al aceite de hígado de bacalao, constituyen una etapa de tortura.

Tomar una cucharada sopera en la mañana, era un verdadero castigo, ya que el asco que nos daba oler y tragar esa porquería, se tradujo no sólo en un recuerdo inolvidable, sino en una huella indeleble en el cerebro, imposible de borrar.

Quienes vivimos esta experiencia, también conocimos las variedades de este aceite con el sabor modificado, con un gusto a limón o menta, para facilitar su deglución, o su presentación en cápsulas    gelatinosas blandas. Eran tan grandes, que para un pibe, no era fácil tragarlas.

Se administraba en el período invernal para fortalecer los huesos evitando el raquitismo, para fortalecer el organismo  y protegerse de la gripe, y como un estimulante del apetito en niños delgados, cuando se consideraba que ser obeso, era ser sano.

Fue muy popular en la Argentina, la presentación denominada “Emulsión de Scott”, caracterizada por la clásica figura de un marinero transportando un bacalao al hombro, pero especialmente, por su horrible sabor. El recuerdo del sabor asqueroso del aceite de hígado de bacalao original, pertenece a uno de los peores momentos vividos en ese Buenos Aires que se fue.

Aquellas enfermedades, La casa, La cuestión social, La infancia, La medicina de ayer

LA MAQUINITA DE AFEITAR

Los peluqueros afeitaban con la navaja.

La vieja y clásica cuchilla, super afilada, era el elemento habitual usado por el peluquero para afeitar y finalizar los cortes de cabello, eliminando todo rastro de pelo en el cuello.

En el hogar, los que sabían manejarla, también la emplearon, pero era más frecuente  el uso de la maquinita de afeitar, porque era más segura, de fácil manejo y no se producían cortes en el rostro.

Se le adicionaba una hoja cortante de ambos lados, fabricada con acero al carbono. Se usaban varias veces y se reemplazaban por una nueva, ya que se oxidaban con cierta facilidad. Las afeitadas obtenidas con la maquinita, eran excelentes. Se realizaban utilizando una brocha mojada con agua jabobosa, contenida en un tazón.

 Siempre tengo presente la imagen de mi padre jabonándose la cara durante largo rato, hecho que ablandaba la barba, facilitando el rasurado. Hasta la aparición de las maquinitas de doble o triple hoja, con la maquinita clásica se obtenía una afeitada menos irritante.

Al ubicar la cuchilla en la maquinita, se la ajustaba dejándole una derterminada abertura, según la longitud de la barba en ese momento. Era útil durante pocas afeitadas, ya que se perdía su capacidad cortante; sin embargo, se la podía recuperar en parte   pasándola repetidas veces por la cara interna de un vaso de vidrio mojado. Esta simple maniobra, mejoraba su filo, prolongando su vida útil.

Las cuchillas usadas, se colocaban en un soporte metálico especial, y se empleaba como sacapuntas. Las hojas de afeitar se vendían en unas cajitas conteniendo diez unidades. Para quien se afeitaba todos los días, una cajita le cubría un mes, con holgura.

Si bien la calidad de la afeitada con la maquinita, no superaba a la obtenida con la navaja, brindaba un resultado muy aceptable. La aparición de maquinitas descartables de dos, tres y cuatro cuchillas, relegaron a la maquinita de afeitar junto con las cuchillas “Gillette”, “Legión Extranjera”, “Pal” o “Boina Blanca”, constituyéndose en un recuerdo de aquél Buenos Aires que se fue.

Fuente: http://es.wikipedia.org/wiki/Hoja_de_Afeitar.  

La casa

EL HECTÓGRAFO

El hectógrafo fue un dispositivo económico, para realizar un número limitado de copias de textos o dibujos.

Se trataba de una placa del tamaño de una hoja oficio, recubierta de una sustancia gelatinosa, muy utilizado en la década del 40, que permitía realizar unas 15 a 20 copias desde un original.

El original debía ser un duplicado realizado con una hoja de alcohol, color violeta, que una vez escrito se colocaba hacia abajo, procurando asegurar un contacto perfecto con la gelatina. Se dejaba 1 minuto y se retiraba.

Las copias se realizaban colocando una hoja de papel, retirándola desde una de las puntas, con mucho cuidado. Si ocurrían alteraciones de la gelatina en ese momento, las copias salían con defectos. Por eso, antes de comenzar el copiado, se debía mojar la gelatina pasando una esponja mojada en agua, dejándola secar. De esa forma, se protegía la superficie.

A medida que se avanzaba en el copiado, se perdía la legibilidad. Las copias eran cada vez menos nítidas. Esa era una de sus limitaciones. Usamos el hectógrafo en varias oportunidades, con un éxito discreto, justamente por la limitación en el número de reproducciones y su progresiva pérdida de nitidez.

A medida que pasaba el tiempo, los restos de la escritura se profundizaban en la gelatina, por eso se recomendaba lavar la gelatina con agua fría, después de obtener las copias, y dejarla secar antes de usarla nuevamente.

Las fotocopiadoras, han dejado obsoletas a las copias hechas con el hectógrafo, una imprenta casera que pasó a ser un recuerdo de ese Buenos Aires que se fue.

La casa, La educación

LA OLLA A PRESIÓN

Los días lunes, mi madre preparaba un puchero.

Disponíamos de cocina a gas, todo un avance para la época, y alrededor de las 9 de la mañana, colocaba sobre la hornalla, una olla con unos 4 litros de agua; cuando comenzaba a hervir, agregaba los elementos constitutivos del puchero: carne con hueso, verduras, papas, choclos, zapallo, etc.

El puchero estaba listo cercano el mediodía, muy próximo a la hora de almorzar. Esta rutina se desarrollaba todas las semanas, hasta que un día, en la primera mitad de la década del cuarenta, mamá compró “la olla a presión”, una olla distinta, con otras características.

Cuando se cerraba, la tapa, que tenía un burlete de goma, ajustaba fuertemente sobre la olla, y cerraba herméticamente. El vapor salía por una espita ubicada en la tapa. Era un sistema de cocción basado en el aumento de la presión dentro del recipiente, que permitía reducir considerablemente el tiempo de cocimiento.

Una verdadera revolución en la preparación de las comidas. Lo que antes demoraba 2 horas y media, con esta olla se cocinaba en 30 minutos. Un positivo avance en la técnica de cocción, gracias a la ayuda proporcionada por una olla que brindaba la comida esterilizada, por la acción del vapor a presión en su interior.

Las comidas conservaban su color original, situación opuesta a lo que observábamos con la cocción tradicional. Lo cierto es que la aparición de esta olla, que en sus comienzos se la usaba con temor, porque se suponía que existía el riesgo de una explosión, se constituyó en una extraordinaria ayuda, economizando tiempo y dinero, para las amas de casa de ese Buenos Aires que se fue.

La casa, La infancia

EL FILTRO DE AGUA

Cada vez que visitaba la casa de mis abuelos paternos, siempre le prestaba atención a un artefacto de cerámica, ubicado sobre la pileta de la cocina, el filtro de agua.

Medía unos 30 centímetros de altura; presentaba una canillita en el extremo inferior y una tapa en el superior. En la casa había agua corriente, sin embargo, cuando alguien estaba enfermo, lo utilizaban para filtrar el agua que bebería el paciente.

Me llamaba la atención  que el agua que salía por la canillita, lo hacía muy lentamente. Cuando se desarmaba, el filtro mostraba lo que había ocurrido. Su color era terroso, como barro pegado. En realidad era barro. A medida que se filtraba, aumentaba la capa de barro hasta dificultar la filtración, haciéndola imposible. Cuando solicité beber agua filtrada, la prueba no fue satisfactoria para mí, ya que tenía un gusto diferente. Aunque parezca extraño, nunca más bebí agua desde el filtro.

Foto: http://begijardigital.es.tl/La-pieza-del-mes.htm

Antes de 1950, en muchas casas de la ciudad de Buenos Aires, no había agua corriente y bebían el agua que compraban a los aguateros. La colocaban en una tina grande para su decantación y la trasvasaban a un porrón, una vasija de barro poroso de vientre abultado con un asa en la parte superior, una boca en uno de los lados para ingresar el agua y un pitón para beber, en el otro. El agua se bebía sin partículas en suspensión y con una sensación de frescura.

El filtro de agua, fue un elemento muy utilizado en la época que el agua no era incolora, inodora e insípida,  en los hogares de ese Buenos Aires que se fue.

La casa, La ciudad

Iniciar sesión

Ingrese el e-mail y contraseña con el que está registrado en Monografias.com

   
 

Regístrese gratis

¿Olvidó su contraseña?

Ayuda