El Buenos Aires que se fue

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El barrio

LA YAPA

La “yapa” era un regalo que el vendedor le hacía al comprador.

Eran épocas en las que la mayoría de los alimentos se vendían sueltos. En los almacenes, los alimentos como los fideos, las legumbres, el azúcar en terrones o molida, estaban contenidos en grandes cajones de madera que en el frente, disponían de un compatimiento estrecho, cubierto por un vidrio transparente, que permitía observar el aspecto de cada producto.

Una pala metálica construida con una lata de duraznos, era el medio empleado para cargar el producto sobre un papel blanco colocado sobre uno de los platos de la balanza, mientras el otro soportaba las pesas correspondientes a esa compra, que se equilibraba con el producto solicitado. Una vez alcanzado el peso, el almacenero agregaba un poquito más, “la yapa”. O un niño pedía “la yapa” y recibía un caramelo

Así ocurría cuando el lechero llegaba diariamente al domicilio. Una vez cargada la cantidad de leche solicitada, agregaba un chorrito adicional de leche diciendo:”y esto va de yapa”. En la carnicería, generalmente la atención era compartida con la esposa del carnicero, quien se ocupaba de la venta de verduras y frutas.

El carnicero proporcionaba como “yapa” el bofe (1) para el gato, el corazón o un hueso, para el perro. Era habitual que el comprador solicitara en calidad de “yapa” la verdurita, compuesta por perejil, puerro, cebolla de verdeo, apio, una zanahoria y un trozo de zapallo, para prepara la sopa.

El cliente, compraba la carne y luego, al comprar las verduras, conversaba con la vendedora sobre diversos temas cotidianos, estableciendo un vínculo como vecino, que se consolidaba con la famosa “yapa”, un verdadero reconocimiento a ese cliente fiel, que día tras día, recurría a los proveedores del barrio, integrando una gran familia que conocía mucho del otro, con el que interactuaba.

Y así fue hasta la mitad del Siglo XX, cuando comenzaron a aparecer los grandes locales de venta llamados supermercados, en donde todos los alimentos estaban envasados y donde hablar con el vendedor, ya no era necesario o imposible. La “yapa” fue una muestra de gentileza y reconocimiento del vendedor para su cliente, institucionalizada en almacenes, mercados y carnicerías de ese Buenos Aires que se fue.

(1).- Pulmón

El barrio, Modas y costumbres, Pequeños locales comerciales

LOS OFICIOS EN EL TANGO

Cuando las calles de Buenos Aires no estaban adoquinadas, el barro era dueño y señor, a veces transformádolas en verdadros pantanos, después de las lluvias. El transporte de los carros y viejos automóviles, se veía fatalmente obstaculizado cuando las ruedas se enterraban más y más. El cuarteador tenía la misión de ayudar a desencajar las ruedas atascadas en el barro.

El tango “El cuarteador”, de Enrique Cadícamo y Rosendo Luna, describe la tarea que realizaba ayudando al que quedaba encajado en el barro: “Yo soy Prudencio Navarro,/ el cuarteador de Barracas./ Tengo un pingo que en el barro / cualquier carro / tira y saca. / Overo de anca partida, / que en un trabajo de cuarta / de la zanja siempre aparta / ¡Chiche! / la rueda que se ha quedao”.

Un trabajo común era el de lustrabotas, generalmente a cargo de muchachos que aportaban al mantenimiento de una familia pobre y numerosa. Llevaban su “mini emprendimiento” por las calles de Buenos Aires, estableciéndose en una esquina favorable, generalmente frente a un Café.

El tango “Se lustra, señor”, de Marvil, Enrique Alessio y Eduardo Del Piano lo cuenta así: “Con sus ropitas viejas, curtido por el sol, / la vida lo ha tratado con todo su rigor…/ Siempre en la misma esquina, voceando su pregón: / ¡Señor!…aquí se lustra mejor que en el salón. / Conozco su historia…y sé de su valor;/ que cierto día el padre no regresó al hogar / y que él sin decir nada se hizo aquél cajón, / y que en su casa nunca les ha faltado el pan”.

El oficio de zapatero remendón fue uno de los destinos laborales de los numerosos inmigrantes llegados al país. Cada barrio tenía uno, generalmente ubicado en una piecita que daba a la calle. Guillermo del Ciancio compuso “Giuseppe el zapatero”, donde señala los afanes de un padre que ayuda a su hijo en el camino de la graduación académica:

“E tique, tuque, taque, se pasa todo el día / Giuseppe el zapatero, alegre remendón, / masticando el toscano y haciendo economía, / pues quiere que su hijo estudie de doctor. / …… Tarareando la violeta / Don Giuseppe está contento; / ha dejado la trincheta: / ¡el hijo se recibió! / Con el dinero juntado / ha puesto chapa en la puerta; / el vestíbulo arreglado, / consultorio con confort”.

El transporte de mercaderías se realizaba en carros de todo tamaño arrastrado por caballos. Los carreros eran personajes encargados de manejar dos a cuatro caballos, según la cantidad de mercaderías a transportar. Eran personajes muy especiales, pertenecientes a determinadas tropillas, muy bien caracterizadas por su forma de vestir y de “acicalar” a los caballos.

Alberto Vaccarezza y Raúl de los Hoyos compusieron “El carrerito” que dice: “¡Chiche!, ¡Moro!, ¡Zaino! / Vamos, pingos, por favor, / que pa’ subir el repecho / no falta más que un tirón…/ ¡Zaino!, ¡Chiche!, ¡Moro! / la barranca ya pasó, / y por verla tengo apuro / de llegar al corralón…”.

El transporte de las personas se realizaba en tranvías y en coches tirados por caballos, conocidos como “mateos”. El oficio de cochero estaba muy difundido, constituyendo un sector de trabajadores muy popular. El cochero se integraba con su caballo, en una dupla siempre disponible, indefectiblemente del rigor climático. Frío, calor o lluvias, no eran obstáculos en su trabajo, especialmente en las madrugadas invernales.

Celedonio Flores y Eduardo Pereyra compusieron “Viejo Coche”: “Viejo coche, que cuando era / un muchacho calavera / de madrugada ocupé…/ Si por pura fantasía / de la milonga salía / y a Palermo me tiré. / Eras nuevo y lustroso / y tu buen caballo brioso / por el centro te lució. / Viejo coche, quien diría / que a la larga rodarías / como también rodé yo!”.

El organillero fue un personaje trascendental en las calles de Buenos Aires. Llevaba colgado de un hombro un organito a manivela, con el que ejecutaba diversas melodías, siempre incluyendo al tango. También se acompañaba de una cotorrita, que cumplía la misión de hacer conocer “la suerte” del cliente, quien pagaba 10 centavos para oir un tango y conocer su porvenir. La cotorrita extraía un papelito cuidadosamente doblado, ubicado dentro de un cajoncito. El organito desarrolló un papel fundamental en la difusión del tango en los prostíbulos, conventillos y en las calles.

José González Castillo y Cátulo Castillo escribieron “Organito de la tarde”: “Al paso tardo de un pobre viejo, / puebla de notas al arrabal / con un concierto de vidrios rotos / el organito crepuscular. / Dándole vueltas a la manija,/ un hombre rengo marcha detrás / mientras la dura pata de palo / marca del tango el compás”. Son oficios registrados en los tangos de ese Buenos Aires que se fue.

El barrio, El tango, Personajes de la ciudad

LA EDITORIAL CLARIDAD

La Cooperativa Editorial Claridad, fue uno de los emprendimientos culturales más importantes durante las primeras décadas del Siglo XX.

Fundada por el andaluz Antonio Zamora, un cronista que escribía sobre el movimiento obrero en el diario “Crítica”, tuvo por padrinos a Juan B. Justo, Alfredo Palacios y Mario Bravo. Estaba ubicada en la calle Boedo 837, comenzando a funcionar el 30 de Enero de 1922.

Su importancia fue fundamental ya que ahí se formó el “Grupo Boedo”, integrado por escitores como Elías Castelnuovo, Álvaro Yunque, Leónidas Barletta, Nicolás Olivari, Roberto Marini, César Tiempo, Raúl González Tuñón, y artistas plásticos como Agustín Riganelli, Guillermo Facio Hebecquer y Lorenzo Stanchina.

Comenzó su actividad con la publicación de cuadernillos semanales llamados “Los Pensadores”, de los que se editaron alrededor de 100 números, al precio de 20 centavos. Contenían obras de la literatura universal y también de autores argentinos.

En 1924, Zamora inicia una nueva colección, “Los Nuevos”, que lo vincula con los jóvenes escritores realistas de la época. Es cuando aparece el “Grupo Boedo”, tomando conciencia de agruparse para realizar una tarea más efectiva. Sus fundadores fueron Nicolás Olivari, Leónidas Barletta y Elías Castelnuovo.

Fue un agupamiento informal de artistas de vanguardia de la Argentina durante la década de 1920. Se caracterizó por su temática social. Sus ideas de  izquierda y sus deseos de vincularse con el movimiento obrero. El Grupo se fue disolviendo entre los años 1928 a 1929.

El 23 de Julio de 1926 comenzó a aparecer la revista “Claridad”. Fue una tribuna del pensamiento izquierdista en todas sus manifestaciones. Reflejó el panorama político argentino entre los años 1926 y 1941. En este órgano del pensamiento socialista argentino y americano, publicaron trabajos Roberto Arlt y César Tiempo.

Editorial Claridad también editó libros que abordaban temas sociales fundamentales. El costo de las publicaciones era muy accesible, ya que oscilaban entre 50 centavos y cinco pesos. A los lectores se les solicitaba que opinaran sobre las ediciones populares y la Revista , a fin de efectuar correcciones o ampliar las iniciativas. Se imprimía en las solapas del libro.

Los libros continuaron apareciendo por acción de los colaboradores, hasta que la muerte de Zamora en la década del 70, obligó a sus familiares a clausurarla. En la fachada de Boedo 837, una placa realizada por por el artista del filete Luis Zorz, recuerda a la Editorial Claridad, un faro cultural que iluminó con luces propias aquel Buenos Aires que se fue.

Fuente:Boedo,un barrio con historias. Gobierno Ciudad de Buenos Aires.1º edición, 2006.

Eitorial Claridad y el nacimiento del Grupo Boedo. Comuna 5, Barrio Almagro y Boedo. CABA. 18 Oct.2007

El barrio, La cuestión social, La educación

LOS TEATROS DE BALVANERA

El barrio de Balvanera alojó a una buena cantidad de teatros, la mayoría de ellos actualmente desaparecidos.

El “Teatro Soleil”, fundado en 1916, fue teatro de la colectividad judía, ubicado en Corrientes 3150. Grandes representantes del teatro judío como los actores Jacobo Ben Ami y Maurice Schwartz actuaron en esa sala. Pero el Soleil también era cine, y así lo conocimos en nuestra época de la escuela primaria, cuando asistíamos para ver series completas en 12 o 15 episodios.

El “Teatro Marconi” se fundó em 1903.Un teatro de características populares, ubicado en la zona del Once, que durante la estadía de Puccini en Buenos Aires, en 1905, se representaron sus óperas, “Manon Lescaut”, “Tosca” y “La Boheme”. Estaba dedicado a las representaciones operísticas, a representaciones teatrales, como “Don Juan Tenorio” y zarzuelas. Ubicado en la calle Rivadavia 2300, fue demolido en 1967.

Foto: Teatro Marconi.  http://arquitectos-italianos-buenos-aires.blogspot.com.ar

El “Teatro Excelsior” estaba ubicado en Corrientes 3224, frente al Mercado de Abasto. Por su escenario pasaron grandes actores como Enrique de Rosas y Luis Arata. Lo conocimos como “Cine Excelsior”, donde asistíamos a las matinees dedicadas a los pibes, donde veíamos dos o tres películas de cowboys y una completa en 12 episodios.

El “Teatro Lasalle” fue fundado en 1932 por la actriz española Ana Lasalle. Estaba ubicado en la calle Cangallo (hoy Presidente Perón) 2263. Está cerrado desde hace varios años.

En 1946, Eloísa Cañizares y Ángel Magaña fundaron el “Teatro Empire”, en un edificio en el que había funcionado Radio Belgrano, ubicado en Hipólito Irigoyen 1434. Se realizaron espectáculos teatrales con artistas nacionales y extranjeros. Entre 1980 y 1990, proyectó cine pero luego retomó la actividad teatral.

El “Teatro IFT” fue creado en 1932, en un inquilinato de la zona del Abasto. Era el “Idische Dramatisme Studio” donde actuaba un grupo vocacional judío. Luego se ubicó definitivamente en Boulogne Sur Mer 547, exhibiendo espectáculos teatrales y cinematográficos. Este teatro sigue en funcionamiento.

El “Nuevo Teatro” se fundó en 1949 por Alejandra Boero y Pedro Asquini; estuvo ubicado en Maipú 28 y luego en Corrientes 2120. Representó más de 30 obras, de autores nacionales y extranjeros.

Éstos son algunos de los teatros que existieron en la zona de Balvanera, muchos desaparecidos, pero que enriquecieron el patrimonio cultural de aquel Buenos Aires que se fue.

Fuente:http://primerapagina93.blogspot.com/2010/08/antiguos-y-desaparecidos-teatros-de-

El barrio, Los entretenimientos

LLAMADA DE LARGA DISTANCIA

La disponibilidad telefónica actual unida a los avances tecnológicos, han dado por resultado realizar llamdas telefónicas a cualquier sitio del mundo y al instante.

Pero no era así en otras épocas. Efectuar una llamada de larga distancia era un procedimiento engorroso y lamentable, según de que tipo de teléfono se realizara.

Había 3 clases de teléfono: discado automático, los menos comunes. Los que eran asistidos por operadoras; uno descolgaba el auricular y debía esperar a que lo atendieran. Después de las 18 horas eran reemplazadas por hombres. Y estaban los teléfonos a manivela para llamar a la operadora.

La operadora decía “número” y se le comunicaba la característica y el número. Luego de un compás de espera, se oía el sonido característico de la campanilla llamando, o el de teléfono ocupado. Todo esto en una llamada normal.

Pero cuando se trataba de una llamada a larga distancia, todo era más complicado. Una vez que la operadora decía “Número”, se le respondía “quiero hacer una llamada a larga distancia”. Como respuesta nos decía:” Le comunico con la operadora”.

Cuando nos atendía decíamos el número, destino y el número de donde estábamos hablando. Después de varios minutos se escuchaba su voz diciendo: “Hay una demora de 5 horas”. Entonces teníamos dos opciones: aceptar la propuesta, que era lo habitual, o rechazarla, postergando el intento.

Después de la espera forzosa, sonaba la campanilla y la operadora o el operador confirmaba nuestro número. Ante nuestra respuesta afirmativa decía:”Hablen” y se establecía la comunicación. Bueno, el término comunicación es optimista. En muchas ocasiones apenas se escuchaba, la voz se oía cada vez más lejana hasta desparecer; luego retornaba aumentando paulatinamente su intensidad.

Era un vaivén insoportable, motivando repeticiones en ambas direcciones. El volumen era muy bajo. El costo de la llamada era elevado. Los primeros 3 minutos eran la tarifa básica de arranque y luego se cotizaba por minuto adicional. Habitualmente, las conversaciones eran cortas, hablándose lo imprescindible.

El precio y las demoras, eran factores disuasivos para realizar llamadas telefónicas de larga distancia dentro del país. Las llamadas a otros países se consideraban casi ciencia ficción, eran casi inexistentes. Las llamdas telefónicas de larga distancia fueron una aventura de final imprevisible en aquel Buenos Aires que se fue.

El barrio, La ciudad, Realidades argentinas

EL VENDEDOR DE CHURROS

El vendedor de churros recorría la ciudad por las tardes. Usaba saco que alguna vez fue blanco, gorra oscura con visera y alpargatas.

Transportaba dos canastas, una en cada extremo de una barra de madera que asentaba sobre sus hombros, por detrás del cuello, unidas a la barra por una cuerda gruesa. Media canasta esta cubierta por los churros. Los ofrecía en dos tamaños: pequeños o comunes y grandes, que duplicaban el tamaño.

Los churros no estaban rellenos de dulce de leche. Esa costubmbre aparecería mucho más tarde. No trasportaba solo churros, porque también vendía galletas de miel, polvorones y facturas con crema pastelera. Ambas canastas estaban cubiertas por un lienzo blanco.

Este personaje trabajaba exclusivamente en las veredas, y anunciaba su presencia soplando un silbato ubicado dentro de la boca, que emitía un sonido característico e inconfundible. Esto motivaba la salida de los domicilios y la compra de su mercadería que rápidamente se agotaba.

El churrero tomaba la mercadería con su pinza anatómica, es decir entre los dedos pulgar e índice y la colocaba en una hoja de papel de almacén. Por muy pocas monedas teníamos acceso a degustar churros o facturas que habitualmente, no se hallaban en las panaderías. La venta de churros estaba restringida a estos vendedores y en aquellos pocos lugares que ofrecían chocolate con churros.

Churros crujientes, sabrosos, con azúcar espolvoreada en el momento de la compra, constituían solos, o acompañando a un café con leche, un complemento delicioso difícil de encontrar en ese Buenos Aires que se fue.

El barrio, Personajes de la ciudad

PANCHO, EL PERRO DE TODOS

Pancho es un perro de tamaño mediano, blanco con manchas marrones, raza indefinida, mezcla rara de Museta y de Mimí, con ojos verdes y mirada melancólica.

Vive en la calle, aparentemente, porque según la hora del día, se lo encuentra en sitios distintos. A primera hora de la mañana, alrededor de las 4.30 horas, cuando escucha que el diariero abre su kiosco, ladra para que le abran la puerta de una de sus casas,  a fin de acompañarlo en el reparto casa por casa.

Pancho es tranquilo, observador y muy astuto. Es un perro que convive con mucha gente. En un ángulo del kiosco siempre hay un recipiente con agua fresca y casi siempre, una bandeja con comida. El Pancho se ubica en un extremo del kiosco, protegido del sol de verano y de la lluvia, de modo de no entorpecer el manejo diario de las ventas, controlando todos los desplazamientos que ocurren a su alrededor, y recibiendo las caricias de vecinos y clientes. Siempre le ladra a las personas sospechosas y a los perros de otras zonas.

El diarero cierra el kiosco a las 13 horas, entonces Pancho lo acompaña a su segundo trabajo de jardinería, con la corrección que lo caracteriza, sin molestar a nadie y esperado que el diariero finalice su labor. Luego acude a su tercer destino, una peluquería de hombres, ubicada al lado del kiosco de diarios. Allí se queda hasta las 20 horas, disfrutando del aire acondicionado en el verano o de la calefacción en el invierno.

Cada tanto sale un momento, por razones fisiológicas. Cuando llega la hora del cierre, Pancho cruza la calle cuando lo indica el semáforo y se sienta en la vereda de una carnicería, mirando con atención al carnicero, en silencio. En un momento dado, si no es atendido, entra a la carnicería, mira al carnicero fijamente hasta que recibe un hueso. Sale y lo come en la vereda, siempre en el mismo sitio.

Luego camina unos 80 metros y ladra frente al portal de la casa donde vive para que le abran la puerta. En esa casa encuentra techo, comida y afecto.  Pancho no es muy demostrativo, pero nos recibe moviendo un poco la cola, se deja acariciar la cabeza o el lomo por quien él elige, mostrando el placer que le produce pero sólo, por un breve instante.

Pancho tiene el don de la ubicuidad en todo momento. Poco demostrativo pero fiel, vigilante, hábil en ubicarse donde más le conviene, aprovechando todas las oportunidades que se le presentan a diario. Pancho es el perro de todos, de todo el barrio, de todos los vecinos, viviendo con la libertad, típica de un perro que ama la calle. Pancho es un perro de Buenos Aires.

El barrio, Personajes de la ciudad

EL NÚMERO VIVO

En las décadas del 40 y del 50, en las salas cinematográficas del centro y barriales, durante uno de los intervalos, se realizaba una presentación en vivo de un acto de variedades a cargo de  diversos artistas.

Ejecución de instrumentos, canto, magia, acrobacia, baile, malabarismo, recitado, ventriloquía, fonomímica, etc. realizado por artistas pertenecientes a la Unión Argentina de Artistas de Variedades, profesión reglamentada por la Ley 14.226.

En muchos de los programas cinematográficos, aparecía la nómina de artistas que participaban. Los “números vivos” permitieron acceder a la presentación de artistas de calidad, pagando un precio irrisorio. Los artistas encontraron una segunda oportunidad de mostrar sus aptitudes y aliviar sus apremios económicos.

Eran presentaciones de corta duración, pero que incorporaban una nota distinta dentro de un programa estructurado de exhibición cinematográfica. No todos los cines disponían de un escenario útil para la presentación de los “números vivos”, por lo tanto en esas salas, no se realizaban, situación que satisfacía a una minoría. Generalmente se trataban de artistas poco conocidos; sin embargo, en algunas ocasiones, se presentaba una figura con sólidos antecedentes.

Los “números vivos” desaparecieron de las salas cinematográficas y junto con ellos, la posibilidad de un paseo a precios populares, que combinaba la magia del cine con la actividad teatral, en ese Buenos Aires que se fue.

El barrio, El cine, Los entretenimientos

EL HELADERO AMBULANTE

Durante la época estival, el heladero era un personaje típico e importante de la ciudad, vestido con un saco y gorrito blancos, empujando su carrito también blanco, con forma cilíndrica o cúbica, según la marca que representaba.

Recorría la ciudad ofreciendo el refrescante helado, delicia para chicos y grandes. Los niños estábamos a la expectativa de su aparición en las calles de la ciudad, deleitándonos con su sabrosa preparación.

En los parques y plazas, ocupaban siempre el mismo sitio, donde cuando era posible, comprábamos una tacita o un vasito de papel encerado, ya que no existía el plástico, por un valor de 10 centavos. Disponía de dos o tres gustos: crema, frutilla y chocolate. No había otros, y era suficiente. Lo importante era disfrutasr el gusto de un helado.

Por esa razón, cuando en las tardes se escuchaba su pregón por las calles del barrio, rogábamos a nuestra madre nos diera la moneda para comprarlo. A esa hora, nuestro padre estaba trabajando fuera del hogar. y la destinataria de todos nuestros pedidos, era nuestra madre.

A veces, esta súplica era positiva; en esos casos no disponíamos de mucho tiempo, ya que el heladero pasaba una sola vez. Rogábamos que alguien lo hubiera detenido en su camino y así, teníamos la posibilidad de lograr nuestro objetivo. Los helados se encontraban dentro del carrito, mantenidos en buenas condiciones, mezclados con trozos de hielo seco.

El heladero buscaba lo solicitado y luego, del bolsillo superior del saco, sacaba y nos daba una cucharita plana, de madera, envuelta en papel de seda. Cuantas veces repetimos este procedimiento en ese Buenos Aires que se fue.

El barrio, Personajes de la ciudad, Personajes de la infancia

LA VÍBORA JUANITA

Una valija marrón, un caballete, una tabla y una víbora dentro de una valija.

El vendedor decía que por excedente de stock, la casa xx tenía en promoción el extraordinario pela papas por la módica suma de 50 centavos.

Se formaba una ronda de curiosos alrededor de la valija, cuando el vendedor tomaba a la víbora, una culebra inofensiva, que veía así interrumpido su descanso. El charlatan le hablaba a Juanita y le explicaba lo que iba a realizar ante la concurrencia. Se la colocaba alrededor del cuello, le rascaba la cabeza cariñosamente, la besaba, se paraba delante los curiosos y finalmente le decía: “Bueno Juanita, ahora tengo que trabajar. Te dejo en la valija así, mientras descansás, yo hablo con la gente.

Y acto seguido, colocaba a Juanita en la valija, que dejaba abierta en el suelo, delante de la mesa en donde  haría la demostración de las virtudes del producto de ese momento. “Futis, latis, viboratis, que estas en la valijatis”. Con estas palabras en un seudo latin, el charlatan iniciaba el operativo embrollo.

Convencer sobre las virtudes del nuevo y sensacional pelapapas. Pero ¿ de que se trataba?. Era un trozo de alambre , enroscado en los dos extremos. Se colocaba sobre el filo del cuchillo y permitía, a veces, cortar rodajas de papa, similares entre sí. Todo este operativo, se realizaba a la vista del público, sin olvidar las continuas advertencias referidas a la víbora, que reposaba dentro de la valija.

Por cortesía de la casa XX, y ante un excedente de producción, tengo el agrado de ofrecerles en esta ocasión, el famoso pela papas de rápida instalación y fácil uso, con el que podrá elaborar las más exquisitas papas fritas o para coctel. Una vez promovido, se acercaba a los mirones y les mostraba el pelapapas, pero no lo entregaba.

La entrega ocurría posteriormente, contra el pago de los 50 centavos solicitados. Compramos el artículo; era un trozo de alambre que al ser usado en 2 o 3 oportunidades se oxidaba rápidamente y se desechaba. Como la gente se acercaba a la valija para ver a la culebra más de cerca, era común que el charlatán dijera: “¡Por favor señores, no me pisen la víbora!”.  Eran víboras y charlatanes de ese Buenos Aires que se fue.

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