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El Buenos Aires que se fue

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El barrio

LIBRERÍAS DE VIEJO

Las llamadas “Librerías de viejo”, vendían en su mayoría libros usados.

Ubicadas principalmente en la calle Corrientes, se caracterizaban por ofrecer libros usados, ediciones viejas no leídas, ediciones más económicas que ofrecían libros de buen contenido al alcance de lectores habituales, y a precios muy accesibles.

Revolver entre los libros buscando la oportunidad de hallar ese volumen recomendado, era una ceremonia repetida en cada oportunidad que se presentaba. Las librerías se caracterizaban por la temperatura elevada en su interior, como si la suma de todos esos libros acumulados, liberaran una energía incalculable. No se disponía de aire acondicionado. Si había un ventilador, apuntaba al dueño, en el mostrador de ventas, de modo que la búsqueda en verano o en invierno, se realizaba siempre a alta temperatura ambiente.

El “olor a libro” fue una sensación dominante e inolvidable. Uno se encontraba con sorpresas en cada libro: flores secas, tarjetas, señaladores con dedicatorias, anotaciones al margen que enriquecían el contenido del texto, páginas subrayadas destacando conceptos especiales o párrafos clave; una cantidad de detalles y circunstancias ausentes en un libro nuevo.

Conjuntamente con las librerías, podían hallarse oportunidades en las ferias del Parque Centenario, en la calle Lavalle frente a los Tribunales, en el Parque Rivadavia, en Primera Junta. Las librerías dedicadas a la venta de usados, podían encontrarse también en muchos barrios de Buenos Aires, aunque estaban concentradas en la Avenida de Mayo y en la Avenida Corrientes.

La tarea de revolver los usados deparaba la sorpresa de encontrar una joyita impensada, una edición antigua, un libro agotado. Sitios donde la venta y el canje, fueron moneda corriente para disfrutar el tesoro de la lectura en ese Buenos Aires que se fue.

El barrio, La ciudad, La educación, Pequeños locales comerciales

EL CAFÉ EN EL TANGO

El café es una institución barrial que abarca un amplio abanico de situaciones. Lugar de encuentros, refugio de solitarios, sitio de estudio, de trabajo, de esparcimiento, todas tareas realizadas en compañía de un pocillo de cafá.

El tango, al reflejar la vida de la Ciudad, no podía estar ausente en la temática del café, con algunas descripciones insuperables. Enrique Santos Discépolo supo describir con habilidad inusual, las principales características del café en su impecable “Cafetín de Buenos Aires”, que junto a la música de Marianito Mores y la impecable versión de Edmundo Rivero, constituyen un documento excepcional: “De chiquilín te miraba de afuera/ como a esas cosas que nunca se alcanzan…/ La ñata contra el vidrio/ en un azul de frío,/ que solo fue después viviendo/ igual al mío…/  …En tu mezcla milagrosa / de sabihondos y suicidas,/ yo aprendí filosofía, dados, timba / y la poesía cruel / de no pensar más en mí…”.

La nostalgia de los años jóvenes, de la barra esquinera y de los amores juveniles, se añoran ante el humo del café recién servido. Los amigos de siempre se reunen, si es posible en la misma mesa y la cadena de recuerdos va creciendo, eslabón por eslabón. Cacho Castaña supo transmitir con precisión muchos de estos sentimientos en su creación “Café La Humedad”: “Humedad…Llovizna y frío…/ Mi aliento empaña el vidrio azul del viejo bar…/ No me pregunten si hace mucho que la espero;/ un café que ya está frío y hace varios ceniceros…/Café La Humedad, billar y reunión;/ Sábado con trampas; ¡que linda función ! / Yo solamente necesito agradecerte / la enseñanza de tus noches / que me alejan de lamuerte…/”.

El relato depresivo de tiempos ya vividos, se evocan en el ambiente nostálgico del café, como bien lo señalan Homero Manzi y Alfredo Malerba en “Mi taza de café”: “La tarde está muriendo detrás de la vidriera / y pienso mientras tomo mi taza de café./ Desfilan los recuerdos, los tiempos y las penas,/ las luces y las sombras del tiempo que se fue./ La calle está vacía, igual que mi destino./ Amigos y cariños, barajas del ayer./ Fantasma de la vida, mentiras del camino / que evoco mientras tomo mi taza de café/”.

El drama del emigrante que evoca a su tierra natal, a sus ancestros y familiares ha sido tratado en muchas oportunidades, ya que el aluvión inmigratorio al país, fue motivo más que suficiente para volcarlo en las letras de tango. El tango “Cafetín”, de Homero Expósito y Argentino Galván, cuenta las penas de aquellos que dejaron su hogar en tierras lejanas: “Cafetín / donde lloran los hombres / que saben el gusto / que dejan los mares…/ Cafetín / y esa pena que amarga / mirando los barcos / volver a sus lares…/……/¡Cafetín / yo no tengo esperanzas / ni sueño, nialdea / para regresar !/”.

Las manifestaciones artísticas y culturales fueron cultivadas por grupos selectos que elegían el café para mostrar sus creaciones. Poetas, escritores, pintores, escultores y músicos integraron esa plataforma de figuras inolvidables, que hoy son de culto, como lo señala el tango de Héctor Negro y Eladia Blazquez “Viejo Tortoni”: “Viejo Tortoni, refugio fiel / de la amistad junto al pocillo de café./ En este sótano de hoy la magia sigue igual / y un duende nos recibe en el umbral…/ Viejo Tortoni, en tu color / estará Quinquela y el poema de Tuñón…/ Y el tango aquel de Filiberto, / como vos, no ha muerto;/ vive sin decir adios…/”.

El recuerdo de lo que no fue, o el final de lo que fue, los romances truncos y las decepciones amorosas, fueron situaciones vividas en el café. Cátulo Castillo y Héctor Stamponi compusieron el hermoso tango “El último café”: “Llega tu recuerdo en torbellino./ Vuelve en el otoño a atardecer…/ Miro la garúa y mientras miro / gira la cuchara de café…/ Del último café / que tus labios, con frío / pidieron esa vez / con la voz de un suspiro…/ Recuerdo tu desdén, / te evoco sin razón,/ te escucho sin que estés:/ “Lo nuestro terminó”, / dijiste en un adios / de azúcar y de hiel…/”.

El  tango “Café de Los Angelitos”, de Cátulo Castillo y José Razzano, evoca las reuniones de payadores y cantantes de tango que acostumbraban encontrarse en ese centro de reunión tanguera: “¡Café de Los Angelitos! / Bar de Gabino y Cazón…/ yo te alegré con mis gritos / en los tiempos de Carlitos,/ por Rivadavia y Rincón./ Cuando llueven las noches sus fríos;/ vuelvo al mismo lugar del pasado / y de nuevo se sienta a mi lado / Betinotti templando su voz…/”.

Los personajes que concurren al café, están supeditados a un horario y se diferencian netamente. El que desayuna difiere del que almuerza o del que toma una copa a la media tarde o a la salida del trabajo. Federico Silva y Tito Cabano escribieron “En la madrugada”, que nos dice: “Una esquina de ayer / en las horas que el sol / hace rato apoliya / y en la silla de un bar / una dama vulgar / y un galán que la afila. /…/ Arrabaleros cafetines / donde empeñan sus abriles / las muchachas de percal / y entre las copas sin historia / cada historia es una copa / que derrama la ciudad./”. Los recuerdos y nostalgias del café, han quedado magistralmente registrados en esos tangos nacidos en aquel Buenos Aires que se fue.

El barrio, El tango, Realidades argentinas

EL SEMÁFORO

El aumento ininterrumpido del tráfico vehicular en las primeras décadas del siglo XX, originó diversas dificultades en el desplazamiento de automóviles, carros y peatones, provocando accidentes y muertes.

Para solucionarlas aparecieron las garitas con quitasol para el reparo contra las inclemencias del clima, en el cruce de las avenidas, donde un policía uniformado y usando mangas blancas, dirigía el tránsito durante períodos aproximados de una hora.

Es decir, que el ordenamiento vehicular no era permanente, sino en las horas pico. No había garitas en todas las esquinas, pero se las encontrba en los cruces de avenidas o calles de doble circulación, con tránsito intenso.

El estridente sonido del pito, acompañado por enérgicos gestos con los brazos y las manos, regulaban aceptablemente los desplazamientos, procurando brindar agilidad en el desplazamiento vehicular y seguridad al cruzar la calle.

Dejaba la garita y continuaba con sus tareas de control en el barrio, alternando ambas. En 1933 se instalaron en el centro dispositivos de señales luminosas accionados manualmente, que ordenaban el tránsito. Fueron los precursones de los semáforos, entendiéndose por tal, a un sistema óptico de señales, empleado para regular el tránsito en las calles o en las vías férreas.

El primer semáforo funcionó en la ciudad de Buenos Aires, el 14 de Noviemnbre de 1958, siendo instalado en el cruce de Leandro N. Alem y Córdoba., con manejo manual. Fue el primer paso para reemplazar al policía que dirigía desde la garita en ese Buenos Aires que se fue.

Fuente: Boragno Susana: “El semáforo, un árbitro ordenador del tráfico”. La Nación, 26-01-2010.

El barrio, La ciudad, Personajes de la ciudad

LA YAPA

La “yapa” era un regalo que el vendedor le hacía al comprador.

Eran épocas en las que la mayoría de los alimentos se vendían sueltos. En los almacenes, los alimentos como los fideos, las legumbres, el azúcar en terrones o molida, estaban contenidos en grandes cajones de madera que en el frente, disponían de un compatimiento estrecho, cubierto por un vidrio transparente, que permitía observar el aspecto de cada producto.

Una pala metálica construida con una lata de duraznos, era el medio empleado para cargar el producto sobre un papel blanco colocado sobre uno de los platos de la balanza, mientras el otro soportaba las pesas correspondientes a esa compra, que se equilibraba con el producto solicitado. Una vez alcanzado el peso, el almacenero agregaba un poquito más, “la yapa”. O un niño pedía “la yapa” y recibía un caramelo

Así ocurría cuando el lechero llegaba diariamente al domicilio. Una vez cargada la cantidad de leche solicitada, agregaba un chorrito adicional de leche diciendo:”y esto va de yapa”. En la carnicería, generalmente la atención era compartida con la esposa del carnicero, quien se ocupaba de la venta de verduras y frutas.

El carnicero proporcionaba como “yapa” el bofe (1) para el gato, el corazón o un hueso, para el perro. Era habitual que el comprador solicitara en calidad de “yapa” la verdurita, compuesta por perejil, puerro, cebolla de verdeo, apio, una zanahoria y un trozo de zapallo, para prepara la sopa.

El cliente, compraba la carne y luego, al comprar las verduras, conversaba con la vendedora sobre diversos temas cotidianos, estableciendo un vínculo como vecino, que se consolidaba con la famosa “yapa”, un verdadero reconocimiento a ese cliente fiel, que día tras día, recurría a los proveedores del barrio, integrando una gran familia que conocía mucho del otro, con el que interactuaba.

Y así fue hasta la mitad del Siglo XX, cuando comenzaron a aparecer los grandes locales de venta llamados supermercados, en donde todos los alimentos estaban envasados y donde hablar con el vendedor, ya no era necesario o imposible. La “yapa” fue una muestra de gentileza y reconocimiento del vendedor para su cliente, institucionalizada en almacenes, mercados y carnicerías de ese Buenos Aires que se fue.

(1).- Pulmón

El barrio, Modas y costumbres, Pequeños locales comerciales

LOS OFICIOS EN EL TANGO

Cuando las calles de Buenos Aires no estaban adoquinadas, el barro era dueño y señor, a veces transformádolas en verdadros pantanos, después de las lluvias. El transporte de los carros y viejos automóviles, se veía fatalmente obstaculizado cuando las ruedas se enterraban más y más. El cuarteador tenía la misión de ayudar a desencajar las ruedas atascadas en el barro.

El tango “El cuarteador”, de Enrique Cadícamo y Rosendo Luna, describe la tarea que realizaba ayudando al que quedaba encajado en el barro: “Yo soy Prudencio Navarro,/ el cuarteador de Barracas./ Tengo un pingo que en el barro / cualquier carro / tira y saca. / Overo de anca partida, / que en un trabajo de cuarta / de la zanja siempre aparta / ¡Chiche! / la rueda que se ha quedao”.

Un trabajo común era el de lustrabotas, generalmente a cargo de muchachos que aportaban al mantenimiento de una familia pobre y numerosa. Llevaban su “mini emprendimiento” por las calles de Buenos Aires, estableciéndose en una esquina favorable, generalmente frente a un Café.

El tango “Se lustra, señor”, de Marvil, Enrique Alessio y Eduardo Del Piano lo cuenta así: “Con sus ropitas viejas, curtido por el sol, / la vida lo ha tratado con todo su rigor…/ Siempre en la misma esquina, voceando su pregón: / ¡Señor!…aquí se lustra mejor que en el salón. / Conozco su historia…y sé de su valor;/ que cierto día el padre no regresó al hogar / y que él sin decir nada se hizo aquél cajón, / y que en su casa nunca les ha faltado el pan”.

El oficio de zapatero remendón fue uno de los destinos laborales de los numerosos inmigrantes llegados al país. Cada barrio tenía uno, generalmente ubicado en una piecita que daba a la calle. Guillermo del Ciancio compuso “Giuseppe el zapatero”, donde señala los afanes de un padre que ayuda a su hijo en el camino de la graduación académica:

“E tique, tuque, taque, se pasa todo el día / Giuseppe el zapatero, alegre remendón, / masticando el toscano y haciendo economía, / pues quiere que su hijo estudie de doctor. / …… Tarareando la violeta / Don Giuseppe está contento; / ha dejado la trincheta: / ¡el hijo se recibió! / Con el dinero juntado / ha puesto chapa en la puerta; / el vestíbulo arreglado, / consultorio con confort”.

El transporte de mercaderías se realizaba en carros de todo tamaño arrastrado por caballos. Los carreros eran personajes encargados de manejar dos a cuatro caballos, según la cantidad de mercaderías a transportar. Eran personajes muy especiales, pertenecientes a determinadas tropillas, muy bien caracterizadas por su forma de vestir y de “acicalar” a los caballos.

Alberto Vaccarezza y Raúl de los Hoyos compusieron “El carrerito” que dice: “¡Chiche!, ¡Moro!, ¡Zaino! / Vamos, pingos, por favor, / que pa’ subir el repecho / no falta más que un tirón…/ ¡Zaino!, ¡Chiche!, ¡Moro! / la barranca ya pasó, / y por verla tengo apuro / de llegar al corralón…”.

El transporte de las personas se realizaba en tranvías y en coches tirados por caballos, conocidos como “mateos”. El oficio de cochero estaba muy difundido, constituyendo un sector de trabajadores muy popular. El cochero se integraba con su caballo, en una dupla siempre disponible, indefectiblemente del rigor climático. Frío, calor o lluvias, no eran obstáculos en su trabajo, especialmente en las madrugadas invernales.

Celedonio Flores y Eduardo Pereyra compusieron “Viejo Coche”: “Viejo coche, que cuando era / un muchacho calavera / de madrugada ocupé…/ Si por pura fantasía / de la milonga salía / y a Palermo me tiré. / Eras nuevo y lustroso / y tu buen caballo brioso / por el centro te lució. / Viejo coche, quien diría / que a la larga rodarías / como también rodé yo!”.

El organillero fue un personaje trascendental en las calles de Buenos Aires. Llevaba colgado de un hombro un organito a manivela, con el que ejecutaba diversas melodías, siempre incluyendo al tango. También se acompañaba de una cotorrita, que cumplía la misión de hacer conocer “la suerte” del cliente, quien pagaba 10 centavos para oir un tango y conocer su porvenir. La cotorrita extraía un papelito cuidadosamente doblado, ubicado dentro de un cajoncito. El organito desarrolló un papel fundamental en la difusión del tango en los prostíbulos, conventillos y en las calles.

José González Castillo y Cátulo Castillo escribieron “Organito de la tarde”: “Al paso tardo de un pobre viejo, / puebla de notas al arrabal / con un concierto de vidrios rotos / el organito crepuscular. / Dándole vueltas a la manija,/ un hombre rengo marcha detrás / mientras la dura pata de palo / marca del tango el compás”. Son oficios registrados en los tangos de ese Buenos Aires que se fue.

El barrio, El tango, Personajes de la ciudad

LA EDITORIAL CLARIDAD

La Cooperativa Editorial Claridad, fue uno de los emprendimientos culturales más importantes durante las primeras décadas del Siglo XX.

Fundada por el andaluz Antonio Zamora, un cronista que escribía sobre el movimiento obrero en el diario “Crítica”, tuvo por padrinos a Juan B. Justo, Alfredo Palacios y Mario Bravo. Estaba ubicada en la calle Boedo 837, comenzando a funcionar el 30 de Enero de 1922.

Su importancia fue fundamental ya que ahí se formó el “Grupo Boedo”, integrado por escitores como Elías Castelnuovo, Álvaro Yunque, Leónidas Barletta, Nicolás Olivari, Roberto Marini, César Tiempo, Raúl González Tuñón, y artistas plásticos como Agustín Riganelli, Guillermo Facio Hebecquer y Lorenzo Stanchina.

Comenzó su actividad con la publicación de cuadernillos semanales llamados “Los Pensadores”, de los que se editaron alrededor de 100 números, al precio de 20 centavos. Contenían obras de la literatura universal y también de autores argentinos.

En 1924, Zamora inicia una nueva colección, “Los Nuevos”, que lo vincula con los jóvenes escritores realistas de la época. Es cuando aparece el “Grupo Boedo”, tomando conciencia de agruparse para realizar una tarea más efectiva. Sus fundadores fueron Nicolás Olivari, Leónidas Barletta y Elías Castelnuovo.

Fue un agupamiento informal de artistas de vanguardia de la Argentina durante la década de 1920. Se caracterizó por su temática social. Sus ideas de  izquierda y sus deseos de vincularse con el movimiento obrero. El Grupo se fue disolviendo entre los años 1928 a 1929.

El 23 de Julio de 1926 comenzó a aparecer la revista “Claridad”. Fue una tribuna del pensamiento izquierdista en todas sus manifestaciones. Reflejó el panorama político argentino entre los años 1926 y 1941. En este órgano del pensamiento socialista argentino y americano, publicaron trabajos Roberto Arlt y César Tiempo.

Editorial Claridad también editó libros que abordaban temas sociales fundamentales. El costo de las publicaciones era muy accesible, ya que oscilaban entre 50 centavos y cinco pesos. A los lectores se les solicitaba que opinaran sobre las ediciones populares y la Revista , a fin de efectuar correcciones o ampliar las iniciativas. Se imprimía en las solapas del libro.

Los libros continuaron apareciendo por acción de los colaboradores, hasta que la muerte de Zamora en la década del 70, obligó a sus familiares a clausurarla. En la fachada de Boedo 837, una placa realizada por por el artista del filete Luis Zorz, recuerda a la Editorial Claridad, un faro cultural que iluminó con luces propias aquel Buenos Aires que se fue.

Fuente:Boedo,un barrio con historias. Gobierno Ciudad de Buenos Aires.1º edición, 2006.

Eitorial Claridad y el nacimiento del Grupo Boedo. Comuna 5, Barrio Almagro y Boedo. CABA. 18 Oct.2007

El barrio, La cuestión social, La educación

LOS TEATROS DE BALVANERA

El barrio de Balvanera alojó a una buena cantidad de teatros, la mayoría de ellos actualmente desaparecidos.

El “Teatro Soleil”, fundado en 1916, fue teatro de la colectividad judía, ubicado en Corrientes 3150. Grandes representantes del teatro judío como los actores Jacobo Ben Ami y Maurice Schwartz actuaron en esa sala. Pero el Soleil también era cine, y así lo conocimos en nuestra época de la escuela primaria, cuando asistíamos para ver series completas en 12 o 15 episodios.

El “Teatro Marconi” se fundó em 1903.Un teatro de características populares, ubicado en la zona del Once, que durante la estadía de Puccini en Buenos Aires, en 1905, se representaron sus óperas, “Manon Lescaut”, “Tosca” y “La Boheme”. Estaba dedicado a las representaciones operísticas, a representaciones teatrales, como “Don Juan Tenorio” y zarzuelas. Ubicado en la calle Rivadavia 2300, fue demolido en 1967.

Foto: Teatro Marconi.  http://arquitectos-italianos-buenos-aires.blogspot.com.ar

El “Teatro Excelsior” estaba ubicado en Corrientes 3224, frente al Mercado de Abasto. Por su escenario pasaron grandes actores como Enrique de Rosas y Luis Arata. Lo conocimos como “Cine Excelsior”, donde asistíamos a las matinees dedicadas a los pibes, donde veíamos dos o tres películas de cowboys y una completa en 12 episodios.

El “Teatro Lasalle” fue fundado en 1932 por la actriz española Ana Lasalle. Estaba ubicado en la calle Cangallo (hoy Presidente Perón) 2263. Está cerrado desde hace varios años.

En 1946, Eloísa Cañizares y Ángel Magaña fundaron el “Teatro Empire”, en un edificio en el que había funcionado Radio Belgrano, ubicado en Hipólito Irigoyen 1434. Se realizaron espectáculos teatrales con artistas nacionales y extranjeros. Entre 1980 y 1990, proyectó cine pero luego retomó la actividad teatral.

El “Teatro IFT” fue creado en 1932, en un inquilinato de la zona del Abasto. Era el “Idische Dramatisme Studio” donde actuaba un grupo vocacional judío. Luego se ubicó definitivamente en Boulogne Sur Mer 547, exhibiendo espectáculos teatrales y cinematográficos. Este teatro sigue en funcionamiento.

El “Nuevo Teatro” se fundó en 1949 por Alejandra Boero y Pedro Asquini; estuvo ubicado en Maipú 28 y luego en Corrientes 2120. Representó más de 30 obras, de autores nacionales y extranjeros.

Éstos son algunos de los teatros que existieron en la zona de Balvanera, muchos desaparecidos, pero que enriquecieron el patrimonio cultural de aquel Buenos Aires que se fue.

Fuente:http://primerapagina93.blogspot.com/2010/08/antiguos-y-desaparecidos-teatros-de-

El barrio, Los entretenimientos

LLAMADA DE LARGA DISTANCIA

La disponibilidad telefónica actual unida a los avances tecnológicos, han dado por resultado realizar llamdas telefónicas a cualquier sitio del mundo y al instante.

Pero no era así en otras épocas. Efectuar una llamada de larga distancia era un procedimiento engorroso y lamentable, según de que tipo de teléfono se realizara.

Había 3 clases de teléfono: discado automático, los menos comunes. Los que eran asistidos por operadoras; uno descolgaba el auricular y debía esperar a que lo atendieran. Después de las 18 horas eran reemplazadas por hombres. Y estaban los teléfonos a manivela para llamar a la operadora.

La operadora decía “número” y se le comunicaba la característica y el número. Luego de un compás de espera, se oía el sonido característico de la campanilla llamando, o el de teléfono ocupado. Todo esto en una llamada normal.

Pero cuando se trataba de una llamada a larga distancia, todo era más complicado. Una vez que la operadora decía “Número”, se le respondía “quiero hacer una llamada a larga distancia”. Como respuesta nos decía:” Le comunico con la operadora”.

Cuando nos atendía decíamos el número, destino y el número de donde estábamos hablando. Después de varios minutos se escuchaba su voz diciendo: “Hay una demora de 5 horas”. Entonces teníamos dos opciones: aceptar la propuesta, que era lo habitual, o rechazarla, postergando el intento.

Después de la espera forzosa, sonaba la campanilla y la operadora o el operador confirmaba nuestro número. Ante nuestra respuesta afirmativa decía:”Hablen” y se establecía la comunicación. Bueno, el término comunicación es optimista. En muchas ocasiones apenas se escuchaba, la voz se oía cada vez más lejana hasta desparecer; luego retornaba aumentando paulatinamente su intensidad.

Era un vaivén insoportable, motivando repeticiones en ambas direcciones. El volumen era muy bajo. El costo de la llamada era elevado. Los primeros 3 minutos eran la tarifa básica de arranque y luego se cotizaba por minuto adicional. Habitualmente, las conversaciones eran cortas, hablándose lo imprescindible.

El precio y las demoras, eran factores disuasivos para realizar llamadas telefónicas de larga distancia dentro del país. Las llamadas a otros países se consideraban casi ciencia ficción, eran casi inexistentes. Las llamdas telefónicas de larga distancia fueron una aventura de final imprevisible en aquel Buenos Aires que se fue.

El barrio, La ciudad, Realidades argentinas

EL VENDEDOR DE CHURROS

El vendedor de churros recorría la ciudad por las tardes. Usaba saco que alguna vez fue blanco, gorra oscura con visera y alpargatas.

Transportaba dos canastas, una en cada extremo de una barra de madera que asentaba sobre sus hombros, por detrás del cuello, unidas a la barra por una cuerda gruesa. Media canasta esta cubierta por los churros. Los ofrecía en dos tamaños: pequeños o comunes y grandes, que duplicaban el tamaño.

Los churros no estaban rellenos de dulce de leche. Esa costubmbre aparecería mucho más tarde. No trasportaba solo churros, porque también vendía galletas de miel, polvorones y facturas con crema pastelera. Ambas canastas estaban cubiertas por un lienzo blanco.

Este personaje trabajaba exclusivamente en las veredas, y anunciaba su presencia soplando un silbato ubicado dentro de la boca, que emitía un sonido característico e inconfundible. Esto motivaba la salida de los domicilios y la compra de su mercadería que rápidamente se agotaba.

El churrero tomaba la mercadería con su pinza anatómica, es decir entre los dedos pulgar e índice y la colocaba en una hoja de papel de almacén. Por muy pocas monedas teníamos acceso a degustar churros o facturas que habitualmente, no se hallaban en las panaderías. La venta de churros estaba restringida a estos vendedores y en aquellos pocos lugares que ofrecían chocolate con churros.

Churros crujientes, sabrosos, con azúcar espolvoreada en el momento de la compra, constituían solos, o acompañando a un café con leche, un complemento delicioso difícil de encontrar en ese Buenos Aires que se fue.

El barrio, Personajes de la ciudad

PANCHO, EL PERRO DE TODOS

Pancho es un perro de tamaño mediano, blanco con manchas marrones, raza indefinida, mezcla rara de Museta y de Mimí, con ojos verdes y mirada melancólica.

Vive en la calle, aparentemente, porque según la hora del día, se lo encuentra en sitios distintos. A primera hora de la mañana, alrededor de las 4.30 horas, cuando escucha que el diariero abre su kiosco, ladra para que le abran la puerta de una de sus casas,  a fin de acompañarlo en el reparto casa por casa.

Pancho es tranquilo, observador y muy astuto. Es un perro que convive con mucha gente. En un ángulo del kiosco siempre hay un recipiente con agua fresca y casi siempre, una bandeja con comida. El Pancho se ubica en un extremo del kiosco, protegido del sol de verano y de la lluvia, de modo de no entorpecer el manejo diario de las ventas, controlando todos los desplazamientos que ocurren a su alrededor, y recibiendo las caricias de vecinos y clientes. Siempre le ladra a las personas sospechosas y a los perros de otras zonas.

El diarero cierra el kiosco a las 13 horas, entonces Pancho lo acompaña a su segundo trabajo de jardinería, con la corrección que lo caracteriza, sin molestar a nadie y esperado que el diariero finalice su labor. Luego acude a su tercer destino, una peluquería de hombres, ubicada al lado del kiosco de diarios. Allí se queda hasta las 20 horas, disfrutando del aire acondicionado en el verano o de la calefacción en el invierno.

Cada tanto sale un momento, por razones fisiológicas. Cuando llega la hora del cierre, Pancho cruza la calle cuando lo indica el semáforo y se sienta en la vereda de una carnicería, mirando con atención al carnicero, en silencio. En un momento dado, si no es atendido, entra a la carnicería, mira al carnicero fijamente hasta que recibe un hueso. Sale y lo come en la vereda, siempre en el mismo sitio.

Luego camina unos 80 metros y ladra frente al portal de la casa donde vive para que le abran la puerta. En esa casa encuentra techo, comida y afecto.  Pancho no es muy demostrativo, pero nos recibe moviendo un poco la cola, se deja acariciar la cabeza o el lomo por quien él elige, mostrando el placer que le produce pero sólo, por un breve instante.

Pancho tiene el don de la ubicuidad en todo momento. Poco demostrativo pero fiel, vigilante, hábil en ubicarse donde más le conviene, aprovechando todas las oportunidades que se le presentan a diario. Pancho es el perro de todos, de todo el barrio, de todos los vecinos, viviendo con la libertad, típica de un perro que ama la calle. Pancho es un perro de Buenos Aires.

El barrio, Personajes de la ciudad

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