El Buenos Aires que se fue

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El barrio

LOS TEATROS DE BALVANERA

El barrio de Balvanera alojó a una buena cantidad de teatros, la mayoría de ellos actualmente desaparecidos.

El “Teatro Soleil”, fundado en 1916, fue teatro de la colectividad judía, ubicado en Corrientes 3150. Grandes representantes del teatro judío como los actores Jacobo Ben Ami y Maurice Schwartz actuaron en esa sala. Pero el Soleil también era cine, y así lo conocimos en nuestra época de la escuela primaria, cuando asistíamos para ver series completas en 12 o 15 episodios.

El “Teatro Marconi” se fundó em 1903.Un teatro de características populares, ubicado en la zona del Once, que durante la estadía de Puccini en Buenos Aires, en 1905, se representaron sus óperas, “Manon Lescaut”, “Tosca” y “La Boheme”. Estaba dedicado a las representaciones operísticas, a representaciones teatrales, como “Don Juan Tenorio” y zarzuelas. Ubicado en la calle Rivadavia 2300, fue demolido en 1967.

Foto: Teatro Marconi.  http://arquitectos-italianos-buenos-aires.blogspot.com.ar

El “Teatro Excelsior” estaba ubicado en Corrientes 3224, frente al Mercado de Abasto. Por su escenario pasaron grandes actores como Enrique de Rosas y Luis Arata. Lo conocimos como “Cine Excelsior”, donde asistíamos a las matinees dedicadas a los pibes, donde veíamos dos o tres películas de cowboys y una completa en 12 episodios.

El “Teatro Lasalle” fue fundado en 1932 por la actriz española Ana Lasalle. Estaba ubicado en la calle Cangallo (hoy Presidente Perón) 2263. Está cerrado desde hace varios años.

En 1946, Eloísa Cañizares y Ángel Magaña fundaron el “Teatro Empire”, en un edificio en el que había funcionado Radio Belgrano, ubicado en Hipólito Irigoyen 1434. Se realizaron espectáculos teatrales con artistas nacionales y extranjeros. Entre 1980 y 1990, proyectó cine pero luego retomó la actividad teatral.

El “Teatro IFT” fue creado en 1932, en un inquilinato de la zona del Abasto. Era el “Idische Dramatisme Studio” donde actuaba un grupo vocacional judío. Luego se ubicó definitivamente en Boulogne Sur Mer 547, exhibiendo espectáculos teatrales y cinematográficos. Este teatro sigue en funcionamiento.

El “Nuevo Teatro” se fundó en 1949 por Alejandra Boero y Pedro Asquini; estuvo ubicado en Maipú 28 y luego en Corrientes 2120. Representó más de 30 obras, de autores nacionales y extranjeros.

Éstos son algunos de los teatros que existieron en la zona de Balvanera, muchos desaparecidos, pero que enriquecieron el patrimonio cultural de aquel Buenos Aires que se fue.

Fuente:http://primerapagina93.blogspot.com/2010/08/antiguos-y-desaparecidos-teatros-de-

El barrio, Los entretenimientos

LLAMADA DE LARGA DISTANCIA

La disponibilidad telefónica actual unida a los avances tecnológicos, han dado por resultado realizar llamdas telefónicas a cualquier sitio del mundo y al instante.

Pero no era así en otras épocas. Efectuar una llamada de larga distancia era un procedimiento engorroso y lamentable, según de que tipo de teléfono se realizara.

Había 3 clases de teléfono: discado automático, los menos comunes. Los que eran asistidos por operadoras; uno descolgaba el auricular y debía esperar a que lo atendieran. Después de las 18 horas eran reemplazadas por hombres. Y estaban los teléfonos a manivela para llamar a la operadora.

La operadora decía “número” y se le comunicaba la característica y el número. Luego de un compás de espera, se oía el sonido característico de la campanilla llamando, o el de teléfono ocupado. Todo esto en una llamada normal.

Pero cuando se trataba de una llamada a larga distancia, todo era más complicado. Una vez que la operadora decía “Número”, se le respondía “quiero hacer una llamada a larga distancia”. Como respuesta nos decía:” Le comunico con la operadora”.

Cuando nos atendía decíamos el número, destino y el número de donde estábamos hablando. Después de varios minutos se escuchaba su voz diciendo: “Hay una demora de 5 horas”. Entonces teníamos dos opciones: aceptar la propuesta, que era lo habitual, o rechazarla, postergando el intento.

Después de la espera forzosa, sonaba la campanilla y la operadora o el operador confirmaba nuestro número. Ante nuestra respuesta afirmativa decía:”Hablen” y se establecía la comunicación. Bueno, el término comunicación es optimista. En muchas ocasiones apenas se escuchaba, la voz se oía cada vez más lejana hasta desparecer; luego retornaba aumentando paulatinamente su intensidad.

Era un vaivén insoportable, motivando repeticiones en ambas direcciones. El volumen era muy bajo. El costo de la llamada era elevado. Los primeros 3 minutos eran la tarifa básica de arranque y luego se cotizaba por minuto adicional. Habitualmente, las conversaciones eran cortas, hablándose lo imprescindible.

El precio y las demoras, eran factores disuasivos para realizar llamadas telefónicas de larga distancia dentro del país. Las llamadas a otros países se consideraban casi ciencia ficción, eran casi inexistentes. Las llamdas telefónicas de larga distancia fueron una aventura de final imprevisible en aquel Buenos Aires que se fue.

El barrio, La ciudad, Realidades argentinas

EL VENDEDOR DE CHURROS

El vendedor de churros recorría la ciudad por las tardes. Usaba saco que alguna vez fue blanco, gorra oscura con visera y alpargatas.

Transportaba dos canastas, una en cada extremo de una barra de madera que asentaba sobre sus hombros, por detrás del cuello, unidas a la barra por una cuerda gruesa. Media canasta esta cubierta por los churros. Los ofrecía en dos tamaños: pequeños o comunes y grandes, que duplicaban el tamaño.

Los churros no estaban rellenos de dulce de leche. Esa costubmbre aparecería mucho más tarde. No trasportaba solo churros, porque también vendía galletas de miel, polvorones y facturas con crema pastelera. Ambas canastas estaban cubiertas por un lienzo blanco.

Este personaje trabajaba exclusivamente en las veredas, y anunciaba su presencia soplando un silbato ubicado dentro de la boca, que emitía un sonido característico e inconfundible. Esto motivaba la salida de los domicilios y la compra de su mercadería que rápidamente se agotaba.

El churrero tomaba la mercadería con su pinza anatómica, es decir entre los dedos pulgar e índice y la colocaba en una hoja de papel de almacén. Por muy pocas monedas teníamos acceso a degustar churros o facturas que habitualmente, no se hallaban en las panaderías. La venta de churros estaba restringida a estos vendedores y en aquellos pocos lugares que ofrecían chocolate con churros.

Churros crujientes, sabrosos, con azúcar espolvoreada en el momento de la compra, constituían solos, o acompañando a un café con leche, un complemento delicioso difícil de encontrar en ese Buenos Aires que se fue.

El barrio, Personajes de la ciudad

PANCHO, EL PERRO DE TODOS

Pancho es un perro de tamaño mediano, blanco con manchas marrones, raza indefinida, mezcla rara de Museta y de Mimí, con ojos verdes y mirada melancólica.

Vive en la calle, aparentemente, porque según la hora del día, se lo encuentra en sitios distintos. A primera hora de la mañana, alrededor de las 4.30 horas, cuando escucha que el diariero abre su kiosco, ladra para que le abran la puerta de una de sus casas,  a fin de acompañarlo en el reparto casa por casa.

Pancho es tranquilo, observador y muy astuto. Es un perro que convive con mucha gente. En un ángulo del kiosco siempre hay un recipiente con agua fresca y casi siempre, una bandeja con comida. El Pancho se ubica en un extremo del kiosco, protegido del sol de verano y de la lluvia, de modo de no entorpecer el manejo diario de las ventas, controlando todos los desplazamientos que ocurren a su alrededor, y recibiendo las caricias de vecinos y clientes. Siempre le ladra a las personas sospechosas y a los perros de otras zonas.

El diarero cierra el kiosco a las 13 horas, entonces Pancho lo acompaña a su segundo trabajo de jardinería, con la corrección que lo caracteriza, sin molestar a nadie y esperado que el diariero finalice su labor. Luego acude a su tercer destino, una peluquería de hombres, ubicada al lado del kiosco de diarios. Allí se queda hasta las 20 horas, disfrutando del aire acondicionado en el verano o de la calefacción en el invierno.

Cada tanto sale un momento, por razones fisiológicas. Cuando llega la hora del cierre, Pancho cruza la calle cuando lo indica el semáforo y se sienta en la vereda de una carnicería, mirando con atención al carnicero, en silencio. En un momento dado, si no es atendido, entra a la carnicería, mira al carnicero fijamente hasta que recibe un hueso. Sale y lo come en la vereda, siempre en el mismo sitio.

Luego camina unos 80 metros y ladra frente al portal de la casa donde vive para que le abran la puerta. En esa casa encuentra techo, comida y afecto.  Pancho no es muy demostrativo, pero nos recibe moviendo un poco la cola, se deja acariciar la cabeza o el lomo por quien él elige, mostrando el placer que le produce pero sólo, por un breve instante.

Pancho tiene el don de la ubicuidad en todo momento. Poco demostrativo pero fiel, vigilante, hábil en ubicarse donde más le conviene, aprovechando todas las oportunidades que se le presentan a diario. Pancho es el perro de todos, de todo el barrio, de todos los vecinos, viviendo con la libertad, típica de un perro que ama la calle. Pancho es un perro de Buenos Aires.

El barrio, Personajes de la ciudad

EL NÚMERO VIVO

En las décadas del 40 y del 50, en las salas cinematográficas del centro y barriales, durante uno de los intervalos, se realizaba una presentación en vivo de un acto de variedades a cargo de  diversos artistas.

Ejecución de instrumentos, canto, magia, acrobacia, baile, malabarismo, recitado, ventriloquía, fonomímica, etc. realizado por artistas pertenecientes a la Unión Argentina de Artistas de Variedades, profesión reglamentada por la Ley 14.226.

En muchos de los programas cinematográficos, aparecía la nómina de artistas que participaban. Los “números vivos” permitieron acceder a la presentación de artistas de calidad, pagando un precio irrisorio. Los artistas encontraron una segunda oportunidad de mostrar sus aptitudes y aliviar sus apremios económicos.

Eran presentaciones de corta duración, pero que incorporaban una nota distinta dentro de un programa estructurado de exhibición cinematográfica. No todos los cines disponían de un escenario útil para la presentación de los “números vivos”, por lo tanto en esas salas, no se realizaban, situación que satisfacía a una minoría. Generalmente se trataban de artistas poco conocidos; sin embargo, en algunas ocasiones, se presentaba una figura con sólidos antecedentes.

Los “números vivos” desaparecieron de las salas cinematográficas y junto con ellos, la posibilidad de un paseo a precios populares, que combinaba la magia del cine con la actividad teatral, en ese Buenos Aires que se fue.

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EL HELADERO AMBULANTE

Durante la época estival, el heladero era un personaje típico e importante de la ciudad, vestido con un saco y gorrito blancos, empujando su carrito también blanco, con forma cilíndrica o cúbica, según la marca que representaba.

Recorría la ciudad ofreciendo el refrescante helado, delicia para chicos y grandes. Los niños estábamos a la expectativa de su aparición en las calles de la ciudad, deleitándonos con su sabrosa preparación.

En los parques y plazas, ocupaban siempre el mismo sitio, donde cuando era posible, comprábamos una tacita o un vasito de papel encerado, ya que no existía el plástico, por un valor de 10 centavos. Disponía de dos o tres gustos: crema, frutilla y chocolate. No había otros, y era suficiente. Lo importante era disfrutasr el gusto de un helado.

Por esa razón, cuando en las tardes se escuchaba su pregón por las calles del barrio, rogábamos a nuestra madre nos diera la moneda para comprarlo. A esa hora, nuestro padre estaba trabajando fuera del hogar. y la destinataria de todos nuestros pedidos, era nuestra madre.

A veces, esta súplica era positiva; en esos casos no disponíamos de mucho tiempo, ya que el heladero pasaba una sola vez. Rogábamos que alguien lo hubiera detenido en su camino y así, teníamos la posibilidad de lograr nuestro objetivo. Los helados se encontraban dentro del carrito, mantenidos en buenas condiciones, mezclados con trozos de hielo seco.

El heladero buscaba lo solicitado y luego, del bolsillo superior del saco, sacaba y nos daba una cucharita plana, de madera, envuelta en papel de seda. Cuantas veces repetimos este procedimiento en ese Buenos Aires que se fue.

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LA VÍBORA JUANITA

Una valija marrón, un caballete, una tabla y una víbora dentro de una valija.

El vendedor decía que por excedente de stock, la casa xx tenía en promoción el extraordinario pela papas por la módica suma de 50 centavos.

Se formaba una ronda de curiosos alrededor de la valija, cuando el vendedor tomaba a la víbora, una culebra inofensiva, que veía así interrumpido su descanso. El charlatan le hablaba a Juanita y le explicaba lo que iba a realizar ante la concurrencia. Se la colocaba alrededor del cuello, le rascaba la cabeza cariñosamente, la besaba, se paraba delante los curiosos y finalmente le decía: “Bueno Juanita, ahora tengo que trabajar. Te dejo en la valija así, mientras descansás, yo hablo con la gente.

Y acto seguido, colocaba a Juanita en la valija, que dejaba abierta en el suelo, delante de la mesa en donde  haría la demostración de las virtudes del producto de ese momento. “Futis, latis, viboratis, que estas en la valijatis”. Con estas palabras en un seudo latin, el charlatan iniciaba el operativo embrollo.

Convencer sobre las virtudes del nuevo y sensacional pelapapas. Pero ¿ de que se trataba?. Era un trozo de alambre , enroscado en los dos extremos. Se colocaba sobre el filo del cuchillo y permitía, a veces, cortar rodajas de papa, similares entre sí. Todo este operativo, se realizaba a la vista del público, sin olvidar las continuas advertencias referidas a la víbora, que reposaba dentro de la valija.

Por cortesía de la casa XX, y ante un excedente de producción, tengo el agrado de ofrecerles en esta ocasión, el famoso pela papas de rápida instalación y fácil uso, con el que podrá elaborar las más exquisitas papas fritas o para coctel. Una vez promovido, se acercaba a los mirones y les mostraba el pelapapas, pero no lo entregaba.

La entrega ocurría posteriormente, contra el pago de los 50 centavos solicitados. Compramos el artículo; era un trozo de alambre que al ser usado en 2 o 3 oportunidades se oxidaba rápidamente y se desechaba. Como la gente se acercaba a la valija para ver a la culebra más de cerca, era común que el charlatán dijera: “¡Por favor señores, no me pisen la víbora!”.  Eran víboras y charlatanes de ese Buenos Aires que se fue.

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LA VICTROLA

La victrola, también llamada gramófono, era un cajón de madera de 40 centímetros de lado, con una altura de 20 centímetros. Se activaba con una manivela que accionaba una cuerda de acero. Una membrana recogía las vibraciones del sonido a través de una púa de acero que al pasar sobre el surco del disco, trasmitía las vibraciones a la membrana, las que se amplificaban en una gran bocina metálica.

Se podía escuchar un disco por vez, con una duración aproximada a los 3 minutos. La cuerda no daba para más. Tampoco la púa era eterna. Se gastaba rápidamente y podían escucharse hasta 3 o 4 grabaciones, antes de cambiarla. Una maniobra no recomendada pero frecuentemente ejecutada , era girarla un poco, para utilizar un lado no gastado. Así, se podía escuchar un disco más, es decir 2 grabaciones.

La victrola no era barata, pero fue el vínculo con los artistas locales y extranjeros, que podían disfrutarse tranquilamente en el hogar. La primera empresa fue “Odeón”, de origen europeo, que se vió forzada a competir con la norteamericana “RCA Victor”, la del perrito foxterrier que escuchaba “la voz del amo”.

Primero fue la victrola, después llegó la radio. Y en ese orden se escucharon las grabaciones de Carlos Gardel, las orquestas de Francisco Canaro, Osvaldo Fresedo, Roberto Firpo, Juan Maglio “Pacho”, quienes a través del tiempo aumentaban el número de integrantes, haciendo más complejas las ejecuciones.

En el orden lírico, grandes cantantes dejaron su recuerdo en el surco, como Enrico Caruso, Tito Schipa, Beniamino Gigli y otros.

En los cafés que no tenían orquesta, la victrola con su victrolera, reemplazaban a las mismas haciendo escuchar sus grabaciones, las más solicitadas, escribiendo otro capítulo inolvidable en ese Buenos Aires que se fue.

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JUEGOS DE AZAR

Los juegos de azar, ocupaban un lugar importante en la vida de los habitantes de la ciudad de Buenos Aires.

La herencia española se tradujo por el juego con las barajas españolas, dejándonos el truco y la brisca, juegos muy populares e infaltables en todo boliche. También el tute, con sus variantes “tute cabrero”, “tute remate” y “tute codillo”, de ascendencia italiana, complementaban la escena bolichera.

Los vascos dejaron su impronta en las canchas de pelota, que se expandieron por la ciudad, sitios en donde las apuestas, eran moneda corriente. Integradas a clubes sociales, convocaban a muchos aficionados que apostaban sumas importantes a la pareja elegida.

Se apostaba en el hipódromo, “a las patas de un tungo triunfador”. Las carreras de caballos permitían realizar apustas mínimas, desde el “uno y uno”, el “tres y dos”, es decir tres a la cabeza y dos a placé, hasta “dejar todo”, a la suerte del caballo. La mayoría se jugaba el salario, con la esperanza de recuperarlo a la semana siguiente.

La lotería era un juego de apuestas organizado por el Estado. Eran tres las jugadas importantes: Navidad, Año Nuevo y Reyes. Muchos soñaban todo el año esperando estas fechas , en las que un golpe de suerte los “sacaría de pobres”. El sorteo de Navidad, con los premios más elevados, se trasmitía por radio, y era habitual que la salida del “Gordo”, no fuera a hora temprana, lo que impulsaba a escuchar la radio durante mucho tiempo. C

Conocido el resultado, aparecían los “nuevos ricos”, mientras la gran mayoría esperaba la revancha en Año Nuevo o Reyes. Paralelamente a la Lotería, se jugaba a la Quiniela, juego clandestino y muy difundido. Todas las categorías sociales se anotaban, semana tras semana, para tentar a la suerte de una terminación de lotería.

El premio variaba según se apostara a una, dos o tres cifras de los 10 primeros números premiados. El quinielero, era un personaje increíble, que recogía las apuestas en los sitios más insólitos. Todo de palabra, procurando anotar lo menos posible, ya que cuando aparecía la policía, debían desaparecer las anotaciones, lo que motivaba que el quinielero se “comiera” los papeles y no dejara rastro alguno. Recuerdos de algunos juegos de azar, en ese Buenos Aires que se fue.

El barrio, Los juegos

ACAROÍNA, EL DESINFECTANTE POPULAR

En las primeras décadas del Siglo XX, el temor a las infecciones era muy grande y había razón justificada para ello.

En esa época, no existían los antibióticos y el control de las infecciones no era fácil, ya que la vida estaba en juego. La concientización de desinfectar todos los sitios sospechosos, favorecieron enormemente el empleo de la acaroína, a fin de “destruir” todo foco existente.

La acaroína se empleaba en solución acuosa y se transformaba en un líquido de aspecto lechoso, de olor muy penetrante, distinguible a la distancia. Si emplear un desodorante, es imponer un olor sobre otro, la acaroína era el gran triunfador. Se utilizaba en todas partes.

Lo conocí cuando los cloaquistas venían a mi casa a limpiar las rejillas y cloacas. El rociado con acaroína era el sello de calidad. Traducía un trabajo realizado y “desinfectado”. La acaroína se veía y se olía. No había dudas. Era un compuesto fenólico, de olor muy penetrante y duradero.

Los trenes que llegaban a la estación “Once”, salían barridos y “desinfectados” con chorros de acaroína. Igualmente, los tranvías que comenzaban su recorrido, llegaban impregnados de las emanaciones de la acaroína recién usada. Era como un cartel anunciando que la limpieza se había realizado, culminando con la desinfección.

Eran épocas en las que la tuberculosis era la enfermedad infecciosa dominante, y nadie olvidaba su empleo. En la visita a cualquier baño público, uno era recibido por el clásico olor. En la escuela, los salones de clase y por supuesto los baños, habían sido “desinfectados” antes de nuestra llegada. Todas las rejillas de los patios y baños, eran rociadas con acaroína mediante una botella que contenía la solución, lanzando varios chorros del líquido lechoso, como corolario de toda acción de limpieza. Era como la firma de un documento: trabajo realizado y desinfectado, en ese Buenos Aires que se fue.

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