El Buenos Aires que se fue

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El barrio

EL SALÓN DE LUSTRAR

El Salón de lustrar era un sitio frecuentado por hombres que concurrían a fin de embellecer sus zapatos.

Ubicados en distintos sitios de la ciudad, estos locales con la dimensión de una habitación de 4 x 4 metros, disponían de una plataforma elevada 70 centímetros del suelo, sobre la que se ubicaban no menos de 6 sillas o, en su defecto, un largo sillón de madera donde se sentaban los interesados.

Apoyaban los zapatos en una plantilla de bronce, montada sobre un vástago de 30 centímetros de altura. El lustrado de los zapatos era realizado por varios empleados, generalmente en número de tres, quienes dialogaban en todo momento entre sí, con los ocasionales clientes y con los que esperaban sentados en otras sillas del salón.

Algunos salones funcionaban como anexo de peluquerías o integradas a ellas en el mismo ambiente. Hemos recibido los servicios de peluquería y lustrado de zapatos en un Salón ubicado en el pasaje subterráneo de la Avenida Corrientes y Obelisco. Durante mi niñez, conocí un salón ubicado en la calle Rivadavia, entre Billinghurst y Sadi Carnot (hoy Mario Bravo).

El lustrado de zapatos en el Salón, era en realidad una reunión social en la que, al igual que en las peluquerías, se repasaba la actualidad nacional, mechada con comentarios humorísticos. Una victrola a cuerda con su enorme bocina, brindaba un entorno musical integrado mayoritariamente por tangos, valses, canciones italianas y españolas.

En el Salón de lustrar se ejecutaba un oficio que hoy, está en vías de extinción, pero bien valorado por los amantes del cuidado apropiado del calzado para mejorar su aspecto conservando al cuero en buen estado. El arte del lustrado de los zapatos fue moneda corriente en ese Buenos Aires que se fue.

Foto: AGN

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LA POLIOMIELITIS EN BUENOS AIRES

La poliomielitis es una enfermedad infecto contagiosa que afectó a gran cantidad de personas durante la primera mitad del siglo XX.

En 1942-43 se produjo un brote epidémico que registró 2 mil casos, solo en la ciudad de Buenos Aires. El conocimiento de la existencia de enfermos, provocaba el éxodo de la población infantil. No solo era importante la mortalidad de los casos severos, sino la gran cantidad de personas  que sobrevivían con secuelas y capacidades funcionales notablemente disminuidas.

La carencia de información oficial, favoreció la diseminación del virus en los diferentes centros de veraneo con gran afluencia infantil. Los hospitales no estaban preparados para el cuidado de enfermeos con polio. En 1943 surgió ALPI (Asociación para la Lucha contra la Parálisis Infantil), un centro privado que atendió gratuitamente a pacientes con discapacidades motoras y secuelas de poliomielitis.

En 1953 se oprodujo un brote que afectó a 2579 personas, de las cuales 1300, correspondierona Buenos Aires. El 70 % de los pacientes tenían entre 0 y 4 años. Una severa epidemia ocurrió en el años 1956/57 con la producción de 6500 casos registrados. Buenos Aires fue muy castigada ya que la cantidad de personas afectadas alcanzó cifras importantes.

Eran épocas en las que la vacuna Salk, descubierta en 1955, estaba en plena producción y los diarios matutinos, relataban día a día los avances y efectos de la inoculación. En el interín, en un afan por evitar la propagación de la enfermedad, se gestó un movimiento espontáneo y solidario para realizar higiene dentro y fuera del hogar.

Los vecinos, autoconvocados, procedían en horas de la tarde a lavar las veredas y calles con agua lavandina jabinosa, mientras otros pintaban con cal, los troncos de árboles y los cordones de las veredas. También recurrieron al uso de la bolsita de alcanfor y al hervido del agua para consumir. No recuerdo haber visto tan limpias a las calles y veredas de Buenos Aires. Fue una ola que se extendió a una velocidad inimaginable. Se realizaron colectas colocando alcancías en los cines y negocios, rifas, “te canasta”, desfiles y kermeses, a fin de recaudar fondos para las instituciones privadas.

La poliomielitis fue una importante causa de invalidez y muerte infantil hasta mediados de la década de 1950, cuando la vacuna Salk primero, y la vacuna Sabin después, lograron prevenir a la polio en ese Buenos Aires que se fue.

Fuente: http://www.scielo.org.ar/scielo.php?pid=S1851-826520120004000….

Aquellas enfermedades, El barrio, La infancia, Realidades argentinas

LA CULTURA BARRIAL

Las sociedades que se formaron en los barrios, fueron el marco principal de la conformación de una nueva cultura popular.

Estas sociedades estaban constituidas por argentinos e inmigrantes: obreros, empleados, maestros, profesionales, pequeños comerciantes y otros, sin ocupación. En su formación participaron Sociedades de Fomento, Asociaciones Mutuales, Clubes Sociales, Comités Políticos y Bibliotecas Populares.

La sociedad barrial se articuló alrededor de instituciones que cumplían un rol destacado, tales como el Café, la Esquina, el Puesto de venta de diarios, los Despachos de bebidas. los Clubes sociales y deportivos y las Bibliotecas barriales.

El desarrollo de actividades culturales requirió de la colaboración de maestros, profesores de dibujo, de inglés, de poesía, de canto, de recitación, de costura, cursos de labores, telar o música, que satisfacieron una cultura netamente femenina. En el dictado de cursos de correspondencia mercantil, contabilidad, taquigrafía o inglés, se buscaba la salida laboral como empleadas o secretarias.

La práctica de deportes, en especial fútbol y basquet, estimularon la creación de clubes deportivos. Los clubes sociales se especializaron en los juegos de cartas, dominó y ajedrez, bailes, salas de cine o de teatro. Las fiestas y bailes eran de tipo familiar. ¡Cómo olvidar los bailes en “Bomberos Voluntarios de Ramos Mejía”, donde era imprescindible “que hubiera luz” entre los cuerpos de la pareja. Para lograrlo, varios miembros de la Comisión Directiva se encargaban de asegurar ese detalle, deteniendo el baile de determinada pareja,  al tiempo que exclamaban en voz alta: “Sepárense, más luz”. Recuerdos…de un Buenos Aires que se fue.

Fuente: Gutiérrez L. y Romero L.A. Sectores Populares. Cultura y Política. Ed. Sudamericana. 1995.

El barrio, La cuestión social, La inmigración, Reuniones sociales

EL PASAJE BUTTELER

El Pasaje Butteler pertenece al denominado en forma no oficial “Sub barrio Butteler”, ubicado en la zona del Parque Chacabuco.                    

La señorita Azucena Butteler donó una gran quinta, con la condición de que se construyeran casas para los obreros de la zona, y que la zona llevara su nombre. La construcción comenzó en 1908 y finalizó en 1910. Se edificaron 64 casas, de las llamadas “casas baratas”, como en el Barrio Cafferata,  con una particularidad: el diseño de las calles era el de la letra equis, con una plazoleta en su centro, conocida como “Plaza escondida”, que desde el año 1972, lleva el nombre de Enrique Santos Discépolo.

En las cuatro esquinas, el acceso a los vehículos estaba impedido por la presencia de 2 pilares de mampostería, unidos por una cadena, dejando el espacio de una estrecha vereda para caminar. Es el diseño más extraño existente en la ciudad de Buenos aires.

Las esquinas se corresponden con las Avenidas La Plata y Cobo, y las calles Zelarrayan y Senillosa. Las calles en equis y las callejuelas que rodean la plazoleta, llevan el nombre de Butteler, con una numeración compleja del 1 al 99.

Conocer el Pasaje Butteler es sorprendente porque al ingresar a uno de los tramos de esa equis, se encuentra la plazoleta, donde se halla un busto de Discépolo. Son cuatro calles con distinta dirección pero con la misma numeración. Cada calle tiene una longitud de 100 metros.

Sus casas son bajas y las calles adoquinadas, la hicieron escenario para el rodaje de películas y novelas. En ese predio fueron famosas en la década del 30, las fogatas de San Pedro y San Pablo. Más recientemente, ha sido sitio de encuentro de los hinchas del club San Lorenzo de Almagro. El Pasaje Butteler constituye una original y curiosa expresión del paisaje urbano de aquel Buenos Aires que se fue.

Fuente: http://edant.clarin.com/diario/2004/08/15/laciudad/h-05415.htm

http://es.wikipedia.org/wiki/Barrio_Butteler

http://www.lanacion.com.ar/860430-butteler-un-pasaje-porteno-que….

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EL BARRIO DE LAS MIL CASITAS

El “Barrio de las mil casitas” está ubicado en Liniers, integrado por los barrios Tellier y Falcón.

Fue en 1924, cuando una ordenanza de la Intendencia de la Ciudad de Buenos Aires comenzó a construir el barrio Tellier-Falcón, en el predio comprendido por las calles Carhué, Ramón Falcón, Cosquín e Ibarrola, más conocido las “mil casitas” o “Casitas baratas”.

Fueron adjudicados por sorteo a empleados que tenían un sueldo superior a 400 pesos, cuyos hijos eran estudiantes de nivel secundario o universitario. Construidas en dos plantas poseían living en la planta baja, 2 habitaciones con ventanas altas, 2 baños y un entrepiso para guardar objetos varios.

Se ubicaron en manzanas divididas en tres sectores, configurando calles más angostas. Las calles surgidas de su construcción fueron denominadas pasajes con nombres de pájaros, flores o libros. Formaron parte de casas similares edificadas en Floresta y Flores, en la década de 1920.

Estaban inspiradas en las casonas holandesas y siempre se conocieron como “las casitas baratas”, a pesar de que las cuotas a pagar, eran elevadas para la época. El predio original fue ampliado extendiéndose hasta las calles Tuyutí y Boquerón.

En 1934, como consecuencia de la crisis del 30, la Compañía de Construcciones Modernas resolvió retirar los aportes. Las casas pasaron a la Municipalidad respetándose los acuerdos previos y se fijó un alquiler mensual, para quienes no podían adquirirlas.

Tenían pisos y escaleras de madera con baranda, que crujían al caminar y al pisar los escalones. Solían estar pintados en tonalidades marrón oscuro. El aspecto uniforme que presentaban, fue paulatinamente modificado por cada familia, adaptándolos a los gustos o necesidades de cada uno, como la construcción de garages en el área del living.

Fueron muchas las familias que con menos recursos mantuvieron el “sueño de la casa propia”. Se constituyó en un verdadero modelo de la transformación social porteña. Los barrios de “las casitas baratas” constituyeron un formidable aporte edilicio, refugio de la clase media trabajadora durante el crecimiento y unificación social de ese Buenos Aires que se fue. 

Fuente: http://www.skyserapercity.com/showtheread.php?t=436129

http://liniersrepublic.blogspot.com.ar/2011/10/las_mil_casitas_de_liniers.html

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EL LLAMADOR

El llamador era una pieza de bronce, generalmente con la forma de una mano sosteniendo una bola, que estaba ubicado en el lado derecho de la puerta de calle, para golpear sobre ella.

Las puertas de madera con herrajes de bronce, poseían este elemento, que reemplazaba al timbre. Se lo golpeaba varias veces para ser reconocido por los habitantes de la casa, ya que cada uno lo hacía de una forma determinada para identificarse. En algunas oportunidades, nos trepábamos a las puertas, golpeábamos varias veces, antes de salir corriendo.

Se lustraba con Brasso, una vez por semana. Se lo golpeaba sobre un vástago de hierro insertado en la puerta , cuya sonoridad no se apreciaba en los fondos de la casa chorizo. Por eso se usaba el timbre, alimentado a pilas, unos cilindros enormes y pesados; medían unos 6 centímetros de diámetro por 20 centímetros de altura, con la misma capacidad de las actuales AAA pero de una duración más prolongada.

No eran comunes y en las casas chorizo, su sonoridad disminuía a medida que la pila envejecía. Generalmente, las pilas se colocaban en una caja, a una altura de 4 metros.

El llamador de mi casa nunca lo usé porque el timbre me resultaba más accesible. Pasado el tiempo, las pilas fueron reemplazadas por la electricidad de la red, aumentando significativamente la intensidad del sonido. Esas pilas me sirvieron para realizar experimentos básicos de física eléctrica.

El llamador con forma de mano, desapareció de la mayoría de las puertas de la ciudad permaneciendo unos pocos, como un testimonio de aquel Buenos Aires que se fue.

El barrio, La casa, La ciudad, La infancia

LA “TIERRA DEL FUEGO”

La “Tierra del Fuego” fue un barrio no oficial de la Ciudad de Buenos Aires, ubicado en el barrio de la Recoleta.

Cada barrio era una ciudad en pequeño, un mundo minúsculo y diferenciado. Eso constituía un orgullo localista, un galardón pedante e ingenuo. En la Recoleta se encontraba el barrio de “La Tierra del Fuego”, a la sombra de una trilogía integrada por el Hospital Rivadavia, el cementerio de la Recoleta y la Penitenciaría Nacional, donde campeaban celebrados matones que sostenían duelos a cuchillo, jactándose de pertenecer a ese barrio.

Las manzanas delimitadas por las avenidas Pueyrredón, Las Heras, Coronel Díaz y Libertador, con parques y plazas incluídos, conforman hoy un área residencial, de tipo aristocrático. Pero en la primera década del Siglo XX, allí se delineó una zona muy especial, que alojaba todo tipo de grupos malandras.

Se conocía como el “Barrio de la Tierra del Fuego”, porque lo frecuentaban los que habían pasado alguna temporada en el Penal de Ushuaia, o que su futuro sería ése penal. Población heterogénea integrada por matarifes y carreros, que alternaban con vagabundos, pendencieros y delincuentes agresivos y asesinos, que no titubeaban en lesionar o matar al candidato elegido, sea de un ladrillazo en la cabeza o de una puñalada, para robarle lo que llevara encima.

Los habitantes de la “Tierra del Fuego”, vivían en carpas o habitaciones precarias, elevadas, para evitar el agua durante las crecidas del Río de la Plata. Las discusiones por cualquier motivo, finalizaban a los palos o a puñaladas. La “Tierra del Fuego”, llamada así por la Penitenciaría Nacional, que se la asociaba con el Penal de Ushuaia y los marginales que allí habían estado, tenía un aspecto siniestro, un sitio donde raramente ingresaba la policía.

Se decía que cuando alguno de los guapos caminaba por sus veredas, balanceándose, decía al encontrarse con alguien: “Hágase a un lao, se lo ruego/ que soy de la Tierra ‘el Juego”. Curiosidades de esos barrios de aquel Buenos Aires que se fue.

Fuente:Rezzónico Carlos A.:La Tierra del fuego.

http://argentinaparamirar.com.ar/vernota.php?n=77

El barrio, La ciudad, Sin categoría

LIBRERÍAS DE VIEJO

Las llamadas “Librerías de viejo”, vendían en su mayoría libros usados.

Ubicadas principalmente en la calle Corrientes, se caracterizaban por ofrecer libros usados, ediciones viejas no leídas, ediciones más económicas que ofrecían libros de buen contenido al alcance de lectores habituales, y a precios muy accesibles.

Revolver entre los libros buscando la oportunidad de hallar ese volumen recomendado, era una ceremonia repetida en cada oportunidad que se presentaba. Las librerías se caracterizaban por la temperatura elevada en su interior, como si la suma de todos esos libros acumulados, liberaran una energía incalculable. No se disponía de aire acondicionado. Si había un ventilador, apuntaba al dueño, en el mostrador de ventas, de modo que la búsqueda en verano o en invierno, se realizaba siempre a alta temperatura ambiente.

El “olor a libro” fue una sensación dominante e inolvidable. Uno se encontraba con sorpresas en cada libro: flores secas, tarjetas, señaladores con dedicatorias, anotaciones al margen que enriquecían el contenido del texto, páginas subrayadas destacando conceptos especiales o párrafos clave; una cantidad de detalles y circunstancias ausentes en un libro nuevo.

Conjuntamente con las librerías, podían hallarse oportunidades en las ferias del Parque Centenario, en la calle Lavalle frente a los Tribunales, en el Parque Rivadavia, en Primera Junta. Las librerías dedicadas a la venta de usados, podían encontrarse también en muchos barrios de Buenos Aires, aunque estaban concentradas en la Avenida de Mayo y en la Avenida Corrientes.

La tarea de revolver los usados deparaba la sorpresa de encontrar una joyita impensada, una edición antigua, un libro agotado. Sitios donde la venta y el canje, fueron moneda corriente para disfrutar el tesoro de la lectura en ese Buenos Aires que se fue.

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EL CAFÉ EN EL TANGO

El café es una institución barrial que abarca un amplio abanico de situaciones. Lugar de encuentros, refugio de solitarios, sitio de estudio, de trabajo, de esparcimiento, todas tareas realizadas en compañía de un pocillo de cafá.

El tango, al reflejar la vida de la Ciudad, no podía estar ausente en la temática del café, con algunas descripciones insuperables. Enrique Santos Discépolo supo describir con habilidad inusual, las principales características del café en su impecable “Cafetín de Buenos Aires”, que junto a la música de Marianito Mores y la impecable versión de Edmundo Rivero, constituyen un documento excepcional: “De chiquilín te miraba de afuera/ como a esas cosas que nunca se alcanzan…/ La ñata contra el vidrio/ en un azul de frío,/ que solo fue después viviendo/ igual al mío…/  …En tu mezcla milagrosa / de sabihondos y suicidas,/ yo aprendí filosofía, dados, timba / y la poesía cruel / de no pensar más en mí…”.

La nostalgia de los años jóvenes, de la barra esquinera y de los amores juveniles, se añoran ante el humo del café recién servido. Los amigos de siempre se reunen, si es posible en la misma mesa y la cadena de recuerdos va creciendo, eslabón por eslabón. Cacho Castaña supo transmitir con precisión muchos de estos sentimientos en su creación “Café La Humedad”: “Humedad…Llovizna y frío…/ Mi aliento empaña el vidrio azul del viejo bar…/ No me pregunten si hace mucho que la espero;/ un café que ya está frío y hace varios ceniceros…/Café La Humedad, billar y reunión;/ Sábado con trampas; ¡que linda función ! / Yo solamente necesito agradecerte / la enseñanza de tus noches / que me alejan de lamuerte…/”.

El relato depresivo de tiempos ya vividos, se evocan en el ambiente nostálgico del café, como bien lo señalan Homero Manzi y Alfredo Malerba en “Mi taza de café”: “La tarde está muriendo detrás de la vidriera / y pienso mientras tomo mi taza de café./ Desfilan los recuerdos, los tiempos y las penas,/ las luces y las sombras del tiempo que se fue./ La calle está vacía, igual que mi destino./ Amigos y cariños, barajas del ayer./ Fantasma de la vida, mentiras del camino / que evoco mientras tomo mi taza de café/”.

El drama del emigrante que evoca a su tierra natal, a sus ancestros y familiares ha sido tratado en muchas oportunidades, ya que el aluvión inmigratorio al país, fue motivo más que suficiente para volcarlo en las letras de tango. El tango “Cafetín”, de Homero Expósito y Argentino Galván, cuenta las penas de aquellos que dejaron su hogar en tierras lejanas: “Cafetín / donde lloran los hombres / que saben el gusto / que dejan los mares…/ Cafetín / y esa pena que amarga / mirando los barcos / volver a sus lares…/……/¡Cafetín / yo no tengo esperanzas / ni sueño, nialdea / para regresar !/”.

Las manifestaciones artísticas y culturales fueron cultivadas por grupos selectos que elegían el café para mostrar sus creaciones. Poetas, escritores, pintores, escultores y músicos integraron esa plataforma de figuras inolvidables, que hoy son de culto, como lo señala el tango de Héctor Negro y Eladia Blazquez “Viejo Tortoni”: “Viejo Tortoni, refugio fiel / de la amistad junto al pocillo de café./ En este sótano de hoy la magia sigue igual / y un duende nos recibe en el umbral…/ Viejo Tortoni, en tu color / estará Quinquela y el poema de Tuñón…/ Y el tango aquel de Filiberto, / como vos, no ha muerto;/ vive sin decir adios…/”.

El recuerdo de lo que no fue, o el final de lo que fue, los romances truncos y las decepciones amorosas, fueron situaciones vividas en el café. Cátulo Castillo y Héctor Stamponi compusieron el hermoso tango “El último café”: “Llega tu recuerdo en torbellino./ Vuelve en el otoño a atardecer…/ Miro la garúa y mientras miro / gira la cuchara de café…/ Del último café / que tus labios, con frío / pidieron esa vez / con la voz de un suspiro…/ Recuerdo tu desdén, / te evoco sin razón,/ te escucho sin que estés:/ “Lo nuestro terminó”, / dijiste en un adios / de azúcar y de hiel…/”.

El  tango “Café de Los Angelitos”, de Cátulo Castillo y José Razzano, evoca las reuniones de payadores y cantantes de tango que acostumbraban encontrarse en ese centro de reunión tanguera: “¡Café de Los Angelitos! / Bar de Gabino y Cazón…/ yo te alegré con mis gritos / en los tiempos de Carlitos,/ por Rivadavia y Rincón./ Cuando llueven las noches sus fríos;/ vuelvo al mismo lugar del pasado / y de nuevo se sienta a mi lado / Betinotti templando su voz…/”.

Los personajes que concurren al café, están supeditados a un horario y se diferencian netamente. El que desayuna difiere del que almuerza o del que toma una copa a la media tarde o a la salida del trabajo. Federico Silva y Tito Cabano escribieron “En la madrugada”, que nos dice: “Una esquina de ayer / en las horas que el sol / hace rato apoliya / y en la silla de un bar / una dama vulgar / y un galán que la afila. /…/ Arrabaleros cafetines / donde empeñan sus abriles / las muchachas de percal / y entre las copas sin historia / cada historia es una copa / que derrama la ciudad./”. Los recuerdos y nostalgias del café, han quedado magistralmente registrados en esos tangos nacidos en aquel Buenos Aires que se fue.

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EL SEMÁFORO

El aumento ininterrumpido del tráfico vehicular en las primeras décadas del siglo XX, originó diversas dificultades en el desplazamiento de automóviles, carros y peatones, provocando accidentes y muertes.

Para solucionarlas aparecieron las garitas con quitasol para el reparo contra las inclemencias del clima, en el cruce de las avenidas, donde un policía uniformado y usando mangas blancas, dirigía el tránsito durante períodos aproximados de una hora.

Es decir, que el ordenamiento vehicular no era permanente, sino en las horas pico. No había garitas en todas las esquinas, pero se las encontrba en los cruces de avenidas o calles de doble circulación, con tránsito intenso.

El estridente sonido del pito, acompañado por enérgicos gestos con los brazos y las manos, regulaban aceptablemente los desplazamientos, procurando brindar agilidad en el desplazamiento vehicular y seguridad al cruzar la calle.

Dejaba la garita y continuaba con sus tareas de control en el barrio, alternando ambas. En 1933 se instalaron en el centro dispositivos de señales luminosas accionados manualmente, que ordenaban el tránsito. Fueron los precursones de los semáforos, entendiéndose por tal, a un sistema óptico de señales, empleado para regular el tránsito en las calles o en las vías férreas.

El primer semáforo funcionó en la ciudad de Buenos Aires, el 14 de Noviemnbre de 1958, siendo instalado en el cruce de Leandro N. Alem y Córdoba., con manejo manual. Fue el primer paso para reemplazar al policía que dirigía desde la garita en ese Buenos Aires que se fue.

Fuente: Boragno Susana: “El semáforo, un árbitro ordenador del tráfico”. La Nación, 26-01-2010.

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