El Buenos Aires que se fue

Blog en Monografias.com

 

El barrio

LUIS ZORZ, MAESTRO DEL FILETE PORTEÑO

Luis Zorz, Luisito, nació en Buenos Aires, el 17 de julio de 1932, en el pasaje Vinchina 1576, en el barrio de Flores.

Fue su maestro en el filete, el reconocido artista León Untroib, a quien conoció en la fábrica de carros “Lloyds Hermanos”, cuando tenía 12 años. Untroib le proporcionó el primer trabajo, retocar las chatas con pintura. La relación con Untroib duró hasta el fin de sus días.

El letrista Alfonso Ravena, de Villa Lugano, le trasmitió sus conocimientos, que le permitieron trabajar como oficial letrista a los 16 años. En su amplio taller de Villa Lugano, un verdadero museo del filete, Zorz elaboró la mayoría de sus trabajos, que han quedado felizmente plasmados en cafés, restaurantes, y especialmente en las calles de los distintos barrios de la Ciudad, como Boedo, Parque Patricios y Barracas.

También en  los carteles de publicidad de cines y teatros de la calle Corrientes, así como los que coronan el Bar Restaurant “Homero Manzi”, en la esquina de San Juan y Boedo,  clásicas muestras de su reconocido talento.

Pero es importante destacar las placas  recordatorias de personajes de la cultura porteña y del tango, como Mercedes Simone, Sebastián Piana, Osvaldo Pugliese, Leónidas Barletta, la “Editorial Claridad”; de la salas cinematográficas de Boedo, hoy inexistentes, ya que están reemplazadas por templos religiosos y comercios varios.

Luis Zorz sigue en actividad, ahora en Parque Patricios, fileteando y ejerciendo la docencia los días sábados en el “Foro de la memoria”, donde durante 2 horas, transmite su amplia experiencia en el arte del filete. Integrante de Nuestro Patrimonio Cultural Porteño, ha recibido múltiples distinciones y homenajes.

Luis Zorz es un artista que supo plasmar a través del filete, el recuerdo de los representantes de la cultura popular porteña de ese Buenos Aires que se fue.

Artistas destacados, El barrio, El tango, La ciudad, Realidades argentinas

CASTAÑAS EN BUENOS AIRES

Las castañas tas comunes en Europa, tuvieron su hora de gloria en Buenos Aires.

Las vendían en la calle, calentadas en hornos pequeños con carbón encendido, y en los bares, servidas en platitos. Cuando se las pelaba, desprendían un aroma único e inconfundible, estableciéndose como acompañante recomendado de la cerveza de barril, servida en los grandes vasos de vidrio grueso con manija, los chops.

Se las podía degustar en el verano, en las calles del centro de la ciudad, en un horno colocado sobre una mesa pequeña, donde una mujer preparaba un cucurucho de papel colocando una media docena de castañas.

También se consumía en los hogares, ya que en el verano, los vendedores las ofrecían de puerta en puerta. Pero era necesario cocinarlas, apreciándose entonces su suave aroma. Mientras en Europa persiste la costumbre de comer castañas, en Buenos Aires, hace ya mucho tiempo que han desaparecido.

La garrapiñada, su versión porteña, se elaboraba con maní, especialmente en la época de otoño e invierno. En un triciclo con caja de latón, se montaba un calentador a querosene, y en un bols de cobre, se colocaba agua, azúcar, maníes pelados, unas gotas de vainilla y a revolver con una cuchara de madera.

Su aroma era atrapante, tanto para los niños como para los adultos. Se vendía recién elaborada, en bolsitas de papel celofán a un precio de 10 y 20 centavos. Eran escasos los vendedores de garrapiñada, pero se los encontraba  a la salida de los estadios de fútbol, los circos, y el jardín zoológico.

Hoy se han multiplicado y no sólo usan el maní, sino las almendras como en Europa, y otras semillas igualmente exquisitas. Pero el olor de la garrapiñada que conocemos, está ligada exclusivamente al maní. Las castañas se transformaron en un recuerdo nostálgico de aquél Buenos Aires que se fue.

El barrio, La ciudad, Personajes de la ciudad

LOS GITANOS

La llegada de gitanos a la Argentina comenzó a fines del Siglo XIX.
Provenían de distintos países europeos y muchos se ubicaron en Buenos Aires. Caracterizados por el nomadismo, se instalaban en grandes carpas, ocupando un terreno.
Recuerdo que en una esquina del barrio de Villa Real, instalaron una carpa en un terreno baldío, dentro de la cual observamos unos llamativos artefactos de bronce pero ignorando su uso.
Los colores variados de la ropa femenina era un clásico de las calles porteñas. Las gitanas caminaban en grupos pequeños, de tres o cuatro personas, con sus clásicas trenzas adornadas con monedas de oro y collares, que también mostraban monedas de oro, uno de sus métodos para ahorrar dinero.
Nos llamaba la atención que las mujeres de mayor edad, caminaban por las calles fumando, situación excepcional en esa época. Se desplazaban hablando en voz alta, en un idioma desconocido, o en un español mal pronunciado, moviendo sus amplias y coloridas polleras que ocultaban sus pies.

Desinhibidas en sus desplazamientos, interrumpían la marcha de cualquier transeúnte, ofreciendo sus servicios de adivinación del futuro, observando y “leyendo” las líneas de la mano. Las mujeres casadas usaban un pañuelo cubriendo su cabeza.
A los hombres no los reconocíamos; nada los diferenciaba en su atuendo con los demás peatones. Pasaban desapercibidos. La libertad es uno de los principios fundamentales de este pueblo. Una decisión de mucho peso fue la de enviar a sus hijos a la escuela, poderosa herramienta para el mantenimiento de su cultura, ya que no sabían leer ni escribir.
Los gitanos nómades, no invertían su ganancia en la compra de casas, Como desconfiaban de los bancos, llevaban su riqueza puesta: monedas de oro y joyas, que además los protegían de los malos espíritus.
Se han dedicado a la venta ambulante, al intercambio y a la adivinación. En general, han desarrollado una economía independiente, una red de trabajo exclusiva de la colectividad, como la compra y venta de automóviles y la herrería industrial.
Pero los cambios tecnológicos motivaron otras modalidades de comercialización, que al exigirles permanecer en un sitio fijo, eligieron edificios como sitios estables. Sin embargo, actualmente pueden encontrarse familias viviendo en carpas como lo hacían tiempo atrás, en ese Buenos Aires que se fue.

Fuente: http://www.buenosaires.gob.ar/ares/secretaria_gral/colectividades

El barrio, El exilio, La ciudad, La infancia, Personajes de la ciudad

EL FERNET

El fernet es una bebida alcohólica originaria de Francia pero popularizada en Italia desde mediados del Siglo XIX, traída al país por los inmigrantes italianos.
De sabor amargo, está elaborado con hierbas tales como la manzanilla, el cardamono, el ruibarbo, el azafrán y otras. Este aperitivo tiene una graduación alcohólica de 45º, es de color verdoso oscuro y muy aromático.
La creación de la familia italiana Fratelli Branca, le dió el apellido al fernet más antiguo conocido en Buenos Aires, donde se lo degusta junto con un café, mezclado con soda, agua mineral o integrando cócteles.
El fernet tiene otras indicaciones ya que se lo ha empleado como digestivo para el tratamiento de los cólicos del bebé o de los dolores menstruales. La popularidad de este amargo no ha disminuido ya que su consumo aumentó año tras año. Una combinación muy solicitada y popular entre nosotros es con bebida cola.
En ciertos ambientes se considera al fernet como la bebida nacional de Argentina. El fernet integra el amplio grupo de los aperitivos, bebidas obtenidas de hierbas y maceradas en alcohol, utilizadas previamente a las comidas, con la finalidad de “despertar el apetito”, sin olvidar que en otros tiempos, se usaba como elixir medicinal para prolongar la vida.
Favorece la secreción de los jugos gástricos y prepara al estómago para la digestión de la comida siguiente, siempre y cuando no se lo acompañe de la ingestión exagerada de embutidos, quesos y alimentos grasos que provocan un efecto contrario, las famaosas “picadas”, con más calorías que la comida misma.
La costumbre de tomar un fernet o amargo, antes de la comida, fue un sano pretexto para el encuentro de amigos en el café o sobre el estaño de un bar, en aquél Buenos Aires que se fue.

Fuente: http://www.tragos-copas.com/search/label/Historia%20de%20las%20Bebidas
http://www.conexionbrando.com/1484299

El barrio, La cuestión social, Modas y costumbres

LA MEZZETTA

“La Mezzetta” es una pequeña pizzería ubicada en la calle Álvarez Thomas y las esquinas de Avenida Forest y El Cano, en el barrio de Villa Ortúzar.
No dispone de asientos y comer parado, es la única posibilidad. Por otra parte, el local está siempre colmado y se necesita de mayor tiempo para degustar lo solicitado.
Poco, pero bueno, es el lema que distingue a “La Mezzetta”. Si bien no hay muchas posibilidades, lo que se ofrece es muy bueno. La estrella refulgente es la Fugazzetta Rellena. Los que la han probado dicen que es única, insuperable, la mejor, ya sea en tamaño o en sabor. Crocante, con una altura aproximada de 6 centímetros de queso en su relleno.
La pizza crocante de muzzarella, es una opción más que válida. Lo mismo ocurre con las empanadas de carne, de muy buena calidad. He tenido la oportunidad de disfrutar integralmente la limitada pero exquisita producción de “La Mezzetta” cuando trabajaba en un centro asistencial de la zona.
Además de sus pizzas y fugazzettas, hemos degustado las tortas de ricotta, pastafrola y dulce de leche; la tarta de coco o de manzana y el flan. Una gran diferencia con otras pizzerías, consiste en lo abundante de las porciones y el uso de servilletas de papel de almacén, cortadas a cuchillo. Conocer “La Mezzetta”, es una etapa obligada en la vida del porteño, una experiencia que no se puede obviar. Paraíso de “tacheros” y remiseros, no tiene delivery, no abre los domingos por la noche, no tiene mesas.
“La Mezzetta” considerada por muchos “la Meca de la pizza”, nos transporta al pasado de las pizzerías al paso, las únicas de aquel Buenos Aires que se fue.

El barrio, Pequeños locales comerciales, Realidades argentinas

LA LAVANDERA

La lavandera acudía a los domicilios a lavar la ropa sucia que se le entregaba, previo recuento.

Desarrollaba su tarea en el enorme piletón ubicado en el fondo de la casa chorizo, al lado del cuarto de baño. La tarea básica del lavado era enjabonar la ropa, remojar, dejar reposar, quitar las manchas restregando sobre la tabla de lavar, aclarar con agua a mano y nuevo remojo en agua con una pastilla de “azul” para aclarar, retorciendo al máximo para eliminar la mayor cantidad de agua.
El secado se realizaba colocando la ropa al sol, ya sea extendida sobre el césped, si lo había, o mucho más frecuente colgada de una soga y fijada con broches de madera.
Una vez secada, se doblaba prolijamente para su entrega, colocándola en la cesta para la ropa limpia. La lavandera era habitualmente una inmigrante española, de Galicia, que encontraba una fuente de trabajo diario.
Esa tarea la desempeñaba en varios domicilios del barrio, a los cuales concurría una o dos veces por semana. Cobraba por hora de trabajo. En más de una ocasión, otros inquilinos solicitaban sus servicios, mejorando así sus magros ingresos.
En otras oportunidades, se solicitaba su colaboración en las tareas de la casa, ampliando su espectro de actividades. Eran contratos de palabra que se cumplían rigurosamente por ambas partes. El cumplimiento de la lavandera devenida en empleada doméstica, era remunerado oportunamente con pagos semanales o quincenales.
La aparición progresiva de los medios de lavado mecánicos, fueron reemplazando a las lavanderas en ese Buenos Aires que se fue.

El barrio, La casa, La inmigración

EL VENDEDOR DE DIARIOS VESPERTINO

Las ediciones vespertinas y nocturnas de los diarios, se vendían en otras “paradas”.

Ubicadas en el hueco de alguna vidriera o sobre umbrales de mármol en alguna esquina, se colocaban los ejemplares de “La Razón”, “Crítica”, “Noticias Gráficas” o “La Vanguardia”, entre los más conocidos, durante unas 4 horas.

El camioncito distribuidor se detenía en la parada el tiempo mínimo indispensable para arrojar la cantidad de ejemplares acordada y saludar, arrancando el móvil de inmediato. El diariero recontaba los diarios con un hábil movimiento de los dedos, a máxima velocidad, demostrando la habilidad obtenida en su trabajo cotidiano.

Primero distribuía los diarios a los clientes fijos en sus domicilios, casi a la carrera, sin dejar de vocear su contenido y siempre acompañado por el ladrido de los perros, que esperaban su paso pacientemente. Al regresar a su “parada”, voceaba los títulos, deteniéndose en alguna noticia más llamativa, a fin de llamar más la atención.

Esta rutina sucedía con las dos ediciones vespertinas, la 5ª y la 6ª edición. Cuando era pibe, Valentín era el responsable de esta tarea en mi barrio. Era un individuo de mayor edad, que durante mucho tiempo, ocupó el umbral de la farmacia ubicada en la esquina sudeste de las calles Rivadavia y Liniers, en el barrio de Almagro.

Se integraba a los equipos de fútbol, mezclándose con la joven muchachada barrial, que hacía del fútbol su entretenimiento favorito.

Los días de fútbol dominguero, mientras la 5ª mencionaba que partidos de fútbol se estaban desarrollando, la 6ª traía los resultados finales con grandes fotos, siempre en blanco y negro, más los comentarios de los periodistas deportivos. El diariero vespertino, fue un personaje importante y querido, en ese Buenos Aires que se fue.

El barrio, La infancia, Los diarios, Personajes de la ciudad, Personajes de la infancia

LA ROTISERÍA

La rotisería se caracterizaba por mostrar en una de sus vidrieras, el asador de pollos y tiras de carne para asado, girando ininterrumpidamente.
Era su principal atractivo, que sólo conocíamos por verlo a diario, cada vez que pasábamos delante del negocio. La rotisería y fiambrería, disponía de un stock reducido de mercaderías, pero a un costo más elevado .
No era un sitio frecuentado por la clase media o popular. El pollo rotisado, era un artículo de lujo que teníamos opción de degustar en ocasiones muy especiales: la cena de fin de año, o por un acontecimiento familiar muy importante.
Además del pollo y el asado, en la rotisería se podían adquirir quesos duros y blandos, fiambres y embutidos. Pero la diferencia de costo con el almacén del barrio, era lo suficientemente importante para no visitarlo.
El olor de la rotisería era característico e inconfundible., predominando el del pollo, una verdadera penuria cuando al regresar del colegio secundario, pasábamos frente al asador en movimiento. El apetito que nos acompañaba a esas horas, se multiplicaba varias veces.
La rotisería fue durante mucho tiempo, un sitio para exquisitos, cuando el pollo era un artículo de lujo. No se nos ocurría comer algo de ese sitio. La prohibición surgía espontáneamente en nuestros pensamientos, porque económicamente, no estaba a nuestro alcance.
Debimos esperar varios años para disfrutar se ese bocado añorado durante tanto tiempo, porque el consumo del pollo se abarató tanto, que se convirtió en alimento habitual dentro de nuestra dieta, superando una etapa de ansias reprimidas en aquel Buenos Aires que se fue.

El barrio, La casa, La cuestión social, La infancia, Pequeños locales comerciales

EL REPARADOR DE PELOTAS DE FÚTBOL

El reparador de pelotas de fútbol de cuero, es un antiguo trabajo que ha desaparecido definitivamente.
Las pelotas de fútbol de cuero, tenían un costo no accesible a la mayoría de los aficionados. Existían dos modelos: el más antiguo, la pelota con tiento, reemplazada posteriormente por la sin tiento. Las diferencias eran notables.
La primera, fabricada con cuero grueso, encerraba una cámara de goma color rojo, rematada en un tubo flexible por donde se inflaba. Luego el tubo se ataba fuertemente con un trozo de piolín, se doblaba y se ubicaba por debajo del tiento de cuero, que cerraba la pelota.
El tiento constituía una zona rugosa que podía provocar molestias al cabecear. Estas pelotas fueron reemplazadas por las sin tiento, de 12 gajos, marca “Superbal”, o la de 16 gajos, marca “Criolla”, más livianas y más lisas.
Se inflaban con un adaptador, “el pico”, que se colocaba en un pequeño orificio correspondiente a la entrada de la válvula. Con el inflador, se introducía aire hasta lograr la dureza deseada.
Los gajos estaban cosidos con piolín encerado. Eran los sitios que se rompían favoreciendo la desunión de uno o más gajos, situación que obligaba a la reparación inmediata, para evitar la pinchadura de la cámara de goma.
El reparador de las pelotas de fútbol era un conocido personaje del barrio, experto en tareas de talabartería. La reparación de los gajos de cuero, dejaban a la pelota como mueva, lista para alegrar a los no tan pibes, quienes tenían la posibilidad de adquirir una.
Las pelotas eran de larga duración y se las cuidaba, engrasando el cuero con frecuencia, mediante un trozo de grasa de vacuno, obtenido gratuitamente en la carnicería del barrio. Inclusive, se le daba tratamiento de zapato, colocándole pomada y lustrándola. Pero un partido en día de lluvia o con la cancha mojada, dejaba a la pelota en malas condiciones.
El reparador de pelotas fue el salvador, que al devolver la salud al cuero lastimado, posibilitó alargar la vida útil de las pelotas de fútbol, en ese Buenos Aires que se fue.

El barrio, La infancia, Los juegos, Personajes de la ciudad, Personajes de la infancia, el fútbol

LA PLACITA BULNES

La plaza Almagro apareció en 1928.

Para nosotros fue la “placita Bulnes”, nombre de una de las calles de la manzana, completada por Sarmiento, Salguero y Cangallo (hoy Presidente Perón), en pleno barrio de Almagro.

Tenía diversos juegos infantiles: hamacas, sube y baja, tobogán, calesita manual, pasamanos y una pileta fuente, construida en cemento armado, sin revestimientos, que llena de agua, tenía una profundidad menor de 1 metro. Permitía a la mayoría de los pibes, disfrutar de un baño en agua muy fría. Pero por las noches, arrojaban cualquier tipo de basuras, circunstancia que limitó sensiblemente su funcionamiento.

Entonces su uso cambió en forma radical, ya que fue sitio propicio para jugar a la pelota. En el pasto estaba absolutamente prohibido hacerlo. Así lo decían los carteles “Prohibido pisar el cesped”, sumándose la actitud vigilante y severa del guardián, figura emblemática en las plazas porteñas de aquella época.

Mientras disfrutábamos de los juegos, imprevistamente se escuchaba música proveniente de instrumentos de viento: trompeta, clarinete y trombón. Era el anuncio de la presencia en la placita del Ejército de Salvación.

Vestidos con uniforme y gorra azul marino con ribetes rojos, un grupo reducido de hombres y mujeres, generalmente 8 personas, formaban una circunferencia, preparándose para una de las reuniones públicas tan frecuentes en las décadas del 30 y del 40, donde predicaban el evangelio, acompañado de cánticos rituales, y en ocasiones, de confesiones públicas, convocando al público a participar activamente.

Estas reuniones también se realizaban en las esquinas de la ciudad, sin previo aviso. Su característica era la espontaneidad y sonoridad, lo que motivaba al piberío que, ajeno a los objetivos propuestos de ese grupo, gritaban y corrían desenfrenadamente profiriendo groseras risotadas que alteraban el orden y sentido de esas reuniones, en ese Buenos Aires que se fue.

El barrio, La ciudad, La infancia, Los juegos, Personajes de la ciudad
chatroulette chatrandom

Iniciar sesión

Ingrese el e-mail y contraseña con el que está registrado en Monografias.com

   
 

Regístrese gratis

¿Olvidó su contraseña?

Ayuda