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El Buenos Aires que se fue

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El barrio

EL CONVENTILLO EN EL TANGO

Los conventillos eran casas populares con muchas habitaciones, que alojaron a múltiples familias integradas en su mayoría por inmigrantes y su descendencia, colmando y superando la capacidad permitida para cada habitación.

La llegada del Siglo XX, se asoció con el arribo al país de enormes oleadas de inmigrantes, época caracterizada por una carencia desproporcionada de habitaciones. Esta situación motivó la construcción de enormes casas colectivas con 30 a 40 habitaciones, mal ventiladas y con déficit de servicios sanitarios.

La ciudad creció con estas características y el tango incluyó en sus estrofas, escenas típicas del conventillo. Fueron varias las denominaciones con las que se conoció a esta particular casa habitación: yotivenco, el vesre de conventillo; convento y convoy. En “Uno y uno”, tango de Julio Pollero y Lorenzo Traverso, 1929, así se lo señala: “¿Dónde están aquellos briyos / y de vento aquel pacoy, / que diqueabas , poligriyo, / con las minas del convoy?”.

Es posible encontrar breves descripciones del conventillo en algunos versos, que contribuyen a brindar el conocimiento de como eran en su interior. Enrique Santos Discépolo, con la colaboración posterior de Virgilio y Homero Expósito nos dejaron “Fangal”, 1954, donde dice: ” Yo la vi que se venía en falsa escuadra, / se ladeaba, ¡se ladeaba por el borde del fangal!…/ ¡Pobre mina que nació en un conventillo / con los pisos de ladrillos, el aljibe y el parral!”.

La puerta de calle del conventillo no existía o no se cerraba. Siempre permitía el paso, entrando o saliendo. De una o dos plantas, albergaba un conjunto muy heterogéneo de inquilinos, que cumplían un horario ampliio de trabajo. Antonio Scatasso y Pascual Contursi compusieron en 1927 “Ventanita de arrabal”, que refleja esta situación: “En el barrio Caferata / en un viejo conventillo, / con los pisos de ladrillo, / minga de puerta cancel, / donde van los organitos / su lamento rezongando, / está la piba esperando / que pase el muchacho aquel”.

La vida en el conventillo era miserable, inhumana, perversa, ya que se aunaban situaciones diversas que confluían para brindar una vida difícil, pródiga en estrecheces y dificultades económicas. La vida en el convento conducía a destinos inciertos. Celedonio Flores y José Ricardo escribieron en 1921 “Margot”: “Se te embroca desde lejos, pelandruna abacanada, / que has nacido en la miseria de un convento de arrabal…/ Porque hay algo que te vende, yo no se si es la mirada, / la manera de sentarte, de mirar, de estar parada / o ese cuerpo acostumbado a las pilchas de percal /…y tu vieja ¡ pobre vieja! lava toda la semana / pa’poder  parar la olla, con pobreza franciscana,  / en el triste conventillo alumbrado a kerosén”.

Otras veces, un grupo de muchachos alquilaban una habitación que funcionaba como refugio temporario, el bulín, para encontrarse y compartir mate y comida, techo y música, buscando una compañía que ayudara a vivir, superando los contratiempos surgidos en la vida diaria. Era un confesionario compartido para desengaños y alegrías. Así lo conocimos en “El bulín de la calle Ayacucho”, 1925, de Celedonio Flores y José Servidio: “El bulín de la calle Ayacucho / que en mis tiempos de rana alquilaba, / el bulín que la barra buscaba / pa caer por la noche a timbear…/ cotorrito mistongo, tirado / en el fondo de aquel conventillo, / sin alfombras, sin lujo y sin brillo, / ¡cuántos días felices pasé, / al calor del querer de una piba / que fue mía, mimosa y sincera!…”.

Las condiciones de vida que se desarrollaban en el conventillo, diferían con lo que acontecía en una vivienda común. La cantidad de personas que lo habitaban, las distintas nacionalidades, las diferentes costumbres y hábitos así como la convivencia, armónica o no, eran todos factores básicos, propios del conventillo. Así quedó reflejado en “Oro muerto”, 1926, de Juan Raggi y Julio Navarrine: “El conventillo luce su traje de etiqueta:/ las paicas van llegando, dispuestas a mostrar / que hay pilchas domingueras, que hay porte y hay silueta, / a los garabos reos deseosos de tanguear. / La orquesta mistonguera, musita un tango fulo, / Los reos se desgranan buscando, entre el montón, / la princesita rosa de ensortijado rulo / que espera a su Romeo como una bendición. / El dueño de la casa / atiende a las visitas / Los pibes del convento / gritan en derredor / jugando a la rayuela, / al salto, a las bolitas, / mientras un gringo curda / maldice al Redentor”.

Nacer y vivir en el conventillo, era una etapa a superar, cambiando de vida en la primera oportunidad. El cambio de vida, motivado por la atracción que ejercían “las luces del centro”, modificaban el rumbo, particularmente en las jóvenes quinceañeras que vislumbraban el camino de su salvación. Pascual Contursi y Augusto Gentile escribieron en 1919 “Flor de fango”: “Mina que te manyo de hace rato, / perdoname si te bato / de que yo te ví nacer…/ Tu cuna fue un conventillo / alumbrado a querosen. / Justo a los catorce abriles / te entregaste a las farras, / las delicias del gotan…/ Te gustaban las alhajas, / los vestidos a la moda / y las farras de champán”.

La vida carenciada del conventillo, poblada de estrecheces, hambre y sufrimiento, constituía un estigma a superar cuanto antes. Esa vida de pobreza y limitaciones marcaba a fuego a sus habitantes, cuya meta era superarlas de cualquier manera. Así en “Champagne tango”, 1914, de Manuel Aróstegui y Pascual Contursi podemos observar que: “Nadie quiere conventillo / ni ser pobre costurera, / ni tampoco andar fulera…/ Solo quieren aparentar / ser amigo de fulano / y que tenga mucho vento / que alquile departamento / y que la lleve al “Pigall”. /  ¡Cuántas veces a mate amargo / el estómago engrupía / y pasaban muchos días / sin tener para morfar! / La catrera era el consuelo / de esos ratos de amrgura / que, culpa’e la mishiadura / no tenía pa’ morfar”.

Sin embargo, paralelamente con las ansias de aventura por vivir en un mundo mejor, rodeada de lujos, comodidades y falsa alegría, se consideraba al conventillo como un lugar seguro para crecer y forjarse un porvenir, lejos del espejismo de las farras y del alcohol. En “No salgas de tu barrio“, 1927, de Enrique Delfino y Arturo Rodríguez Bustamante, observamos lo siguiente: “No abandones tu costura, / muchachita arrabalera, / a la luz de la modesta / lamparita a kerosene…/ No la dejés a tu vieja / ni a tu calle, ni el convento, / ni al muchacho sencillote / que suplica tu querer. / Desechá los berretines / y los novios milongueros / que entre rezongos del fuelle / ¡ te trabajan de chiqué!”.

El conventillo fue artífice de una etapa fundamental en el crecimiento y desarrollo de ese Buenos Aires que se fue.

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EL TRANVÍA EN EL TANGO

Las primeras líneas urbanas de tranvías a tracción animal, el tramway, aparecieron en Buenos Aires en 1870.

En esta primera etapa fueron arrastrados por caballos hasta que a partir del mes de abril de 1897, comenzó a emplearse la electricidad, dejando atrás una época heroica, que significó para Buenos Aires la mejoría en la comunicación y el transporte por toda la ciudad y localidades cercanas, favoreciendo la expansión de la creciente población, alimentada por los sucesivos aluviones inmigratorios.

El tranvía brindó la oportunidad de abandonar la habitación del conventillo, ubicada en el casco céntrico, por una casita edificada ladrillo sobre ladrillo, en un barrio alejado, pero conectado gracias a los servicios tranviarios. El tango incorporó al tranvía, especialmente en su primera etapa, destacando a sus personajes, el mayoral y el conductor, actualizando situaciones del diario vivir que hoy, nos parecen irreales.

En 1942, Pedro Maffia y Homero Manzi escribieron “Cornetín”, un tango milonga que contaba detalles risueños de los viajes en el tramway: “Tarí, Tarí. / Lo apelan Roque Barullo / conductor del Nacional / con su tramway, sin cuarta ni cinchón, / sabe cruzar el barrancón de Cuyo. / El cornetín, colgado de un piolín, / y en el ojal un medallón de yuyo. / Tarí, Tarí. / Y el cuerno listo al arrullo / si hay percal en un zaguán. / Calá, que linda está la moza, / calá, barriendo la vereda, / Mirá, mirá que bien le queda, / mirá, la pollerita rosa. / Frená, que va a subir la vieja, / frená porque se queja, / si está en movimiento. / Calá, calá que sopla el viento, / calá, calá, calamidad.”

El mayoral fue el personaje más conocido por su fama de piropeador de las mujeres que barrían la vereda, o que lo invitaban a saborear un mate, en cuyo caso, se detenía el tranvía por un momento. Carlos Mayel y Francisco Laino, nos dejaron “El mayoral del tranvía”, 1946: “Soy mayoral del tranvía / que por las calles serenas, / llevé blancas azucenas / despertando simpatías… / con ese tarí…taría…/ de mi modesta corneta / brindé a las mozas coquetas / un madrigal de alegría. / Gritaban las mozas:”¡Adiós mayoral!” / “¿Me da el clavelito que lleva en su ojal?” / Y yo muy contento decía que sí, / pues ellas en sus risas se acuerdan de mí…”.

El conductor y el mayoral, los responsables del manejo del tramway, han sido bien caracterizados en las letras de tango o milonga. El mayoral fue personaje trascendental en la “Milonga del Mayoral”, 1953, de Cátulo Castillo y Aníbal Troilo: “Soy el criollo mayoral, que va, / que va tocando en la vía, tarí rarí / su cornetín de alegría, que da señal / de que ya viene el tranvía. / Y yo soy el motorman, talán talán, / que lleva de Once a Lorea / con seguridad, para que el público vea / lo que puede dar la electricidad.”

La llegada del tranvía, especialmente en su primera época, era motivo de alegría para la servidumbre, que esperaba ansiosamente su paso, reconocido por un sonido característico del cornetín, apareciendo en la vereda, simulando un barrido o llevándole una flor al motorman. Es acertada la descripción de Armando Tagini y Oscar Arona en “El cornetín del tranvía”, 1938, :”La clarinada rompió la siesta / en la barriada de los Corrales / y con zumbón frufru de percales / más de una china salió al umbral…/ Llegaba “el loco de Recoleta” / sembrando alardes de su corneta / y su paso era en la quieta ciudad / fiesta de curiosidad…/ Así cruzaba el tranvía / la Buenos Aires baldía / de los románticos días. / Un “Buenas tardes” brinda a la moza / que lo devuelve con una rosa / y el cochero echa a volar su emoción / en un toque de atención.”

Único medio de transporte pasada la medianoche, el tango le cantó a los que regresaban a su barrio, cansados de vivir. Lo señalaron Celedonio Flores y Francisco Pracánico en “Corrientes y Esmeralda”, 1933, :”El Odeón se manda la Real Academia / rebotando en tangos el viejo Pigall, / y se juega el resto la doliente anemia / que espera el tranvía para su arrabal”.

El tranvía abrió rumbos, surcando todas las calles de Buenos Aires. Fue razón de crecimiento y de progreso, el medio de transporte más popular y económico, con una extensa red. En sus recorridos, enhebró las más diversas situaciones comunicando el centro con el suburbio arrabalero. Héctor Negro y Raúl Garello nos dejaron “Tiempo de tranvías”, 1981, y nos cuentan:” Tiempo de tranvías tropezando el empedrado. / Patios que se abren a la luna y al parral. / Mágicos zaguanes con temblor de besos largos. / Penas de ginebra que tanguean en el bar. / Vuelven esos ecos de las mesas de escolaso. / Noches con la barra de la esquina fraternal. / Sábado y milonga que promete el club de barrio / y el domingo, lleno de ese fútbol sin igual. / Tiempo de tranvías, de las calles con silbidos. / Se que ya el olvido no podrá jamás con vos. / Tiempo lindo de tranvías, / que fueron de otra ciudad.”

El tranvía fue testigo y activo participante de las escenas cotidianas de Buenos Aires, reflejadas en los distintos barrios, actividades características de una ciudad joven, en pleno crecimiento. Alberto Vacarezza y Enrique Delfino plasmaron en 1924 estas escenas en “Talá, talán”: “Talán, talán, talán…/ pasa el tranvía por Tucumán. / “Prensa”, “Nación” y “Argentina” / gritan los pibes de esquina a esquina. / “Ranca e manana, torano e pera” / ya viene el tano por la “vedera”. / Detrás del puerto / se asoma el día, / ya van los pobres / a trabajar; / y a casa vuelven / los calaveras / y milongueras / a descansar”. En sus casi 100 años de permanencia en las calles porteñas, en 1963 desapareció el tranvía que integró escenas de Buenos Aires, de ese Buenos Aires que se fue.

Glosario:

Ranca: Naranja; Manana: Banana; Torano: Durazno

Cuarta: animal que se agrega a los otros que tiran de un vehículo para ayudar a remolcarlo.

Cinchón: cincha angosta con argolla, en el apero de montar.

El barrio, El tango, La ciudad, La cuestión social, La inmigración, Personajes de la ciudad

CIAE, LA COMPAÑÍA ITALO ARGENTINA DE ELECTRICIDAD

Los servicios eléctricos de la ciudad de Buenos Aires y alrededores, fueron brindados a partir de 1887 por empresas privadas.

A partir de 1912, aparecieron en la ciudad unas curiosas construcciones de estilo florentino, como si fueran pequeños castillos. La primera de ellas se edificó en la Boca, de gran tamaño, con ladrillos rojos a la vista, ubicada en la esquina de Caffarena y Pedro de Mendoza, hoy reciclada y transformada en sede de la Usina del Arte.

Fue la primera gran usina de vapor de la Compañía Ítalo Argentina de Electricidad, empresa de capitales suizos, encargada de alumbrar una parte de la ciudad de Buenos Aires, especialmente en donde estaban ubicados los inmigrantes italianos. El estilo de la construcción, que remedaba a los castillos florentinos, intentaba acercar a la impresionante cantifdad de italianos llegados al país, una imagen que les recordara su país natal.

La necesidad de extender la provisión de electricidad, motivó la construcción de numerosos edificios más pequeños, con ladrillos rojos y diseminados por diversos barrios de la ciudad, así como también en algunas zonas del Gran Buenos Aires. Se construyeron más de 200 edificios con estas características medievales, absolutamente diferentes del resto de la edificación existente.

Conformaron las usinas, subusinas y estaciones de la “Ítalo”, como se la conocía. Los característicos edificios no eran, iguales entre sí. Eran parecidos, con detalles arquitectónicos que variaba de uno a otro, pero siempre, plenamente identificables. Estuvieron activos durante la vigencia de la CIAE y a partir de 1979, al fusionarse a SEGBA SA, dejaron de prestar servicio por obsoletos y fueron cedidos a la Municipalidad, transformándose en una curiosidad edilicia de ese Buenos Aires quer se fue.

Fuente: http://www.diarioz.com.ar/#/nota/la-herencia-arquitectonica-de-la-compañia-Italo-Argentina.

Casasbellas, R. Una historia de corriente continua. La Nación, 16-03-1999.

El barrio, La ciudad, La inmigración, Realidades argentinas

EL BULÍN

El bulín era una habitación alquilada, de medianas dimensiones, donde un grupo de amigos, la usaban como un refugio y sitio de encuentros.

Generalmente ubicada en los altos de un edificio, disponía de una mesa para comer y jugar a los naipes, generala o dominó, los mismos juegos que en el café, a lo que se sumaba como complemento obligado, un platito con porotos que alguna vez fueron blancos.

Una cama, “la catrera”, de usos múltiples; un calentador marca “Primus”, fuente calórica primordial para entibiar el ambiente en los días invernales y calentar el agua contenida en una pava para tomar mate, infaltable junto a la azucarera y yerbera, conjunto al que se adicionaban los clásicos bizcochos con grasa, combinación insuperable.

Una ventana de doble hoja con postigos de madera, permitía distinguir el día de la noche. Un velador pequeño en la mesa de luz y una sencilla lámpara colgante, constituían las únicas fuentes lumínicas artificiales. Las paredes empapeladas con pésimo gusto y un piso de madera con listones de roble, que alguna vez fueron encerados.

Una pequeña radio permitía escuchar relatos de partidos de fútbol, resultados de lotería y programas musicales. Con motivo de un cumpleaños o una fecha especial, alguno traía un tocadiscos o una victrola a cuerda, para disfrutar un par de discos con buenos tangos interpretados por Juan D’Arienzo o Carlos Gardel.

Un cenicero muy sucio, recuerdo de alguna visita al café, estaba colmado de colillas, que en época de “malaria”, se volvían a fumar. Todos tenían la llave de la habitación; eran cuatro o cinco amigos que estaban muy bien organizados con los horarios, cuando alguno tenía una compañía femenina. Una foto de Gardel o de un equipo de fútbol, adornaba una de las paredes.

El bulín era el lugar donde un grupo de amigos, después de ir a bailar, se reunían para cenar en calzoncillos, en horas de la madrugada, o bien para jugar al póker, en una noche prolongada, hasta que alguno abría los postigos y la luz del sol en la cara, les señalaba un nuevo día.

El bulín era el sitio para combatir el hastío, la mufa del trabajo, la angustia por un rechazo sentimental, en donde se encontraba siempre la palabra que consolaba, que apoyaba, que acompañaba, en ese Buenos Aires que se fue.

El barrio, La cuestión social, Realidades argentinas

EL TANGO EN EL CAFÉ

Escuchar tango en el café era un hecho cotidiano.

En sesiones vespertinas o nocturnas, los aficionados al tango tenían la oportunidad de disfrutar las ejecuciones de las orquestas de tango mientras saboreaban un café. Eran épocas donde la concurrencia era toda masculina, se usaban sombreros de fieltro, con  predominio del color gris; numerosas perchas estaban distribuidas a lo largo del café para colgarlos. Una nota destacada era la presencia de un agente de policía en un rincón del café, para garantizar el orden.

La orquesta ejecutaba sus tangos en un palco, generalmente pequeño, dispuesto a regular altura, que permitía fuera observado por todos los concurrentes, así como también por los que no entrábamos al local, y lo hacíamos desde la vereda, curioseando a través de las ventanas, por los reducidos espacios que dejaban las cortinas blanco amarillentas con argollas de madera.

El palco era de madera, al cual se accedía por una escalera pequeña. Fue el sitio donde se destacaron las grandes conjuntos, de la Guardia Vieja y de la Guardia Nueva. También el palco era el sitio del café más observado, cuando ante la ausencia de la orquesta típica, en su reemplazo estaba la victrolera pasando discos, con su ropa ajustada de color negro, cruzando sus piernas en épocas donde la moda, precisamente las cubría.

La atmósfera dentro del café estaba inundada por el humo de cigarrillos y cigarros, sumado a toda la gama de sonidos provenientes de los corrillos de los asistentes y gritos de los mozos al ordenar los pedidos. Al sonar los primeros compases de un tango, se suspendían los comentarios y los gritos de los mozos durante 3 minutos. El tango era allí el señor y dueño de las miradas y oídos de la concurrencia. Se lo escuchaba y disfrutaba con sincera pasión en ese Buenos Aires que se fue.

El barrio, El tango, Los entretenimientos

EL SALÓN DE LUSTRAR

El Salón de lustrar era un sitio frecuentado por hombres que concurrían a fin de embellecer sus zapatos.

Ubicados en distintos sitios de la ciudad, estos locales con la dimensión de una habitación de 4 x 4 metros, disponían de una plataforma elevada 70 centímetros del suelo, sobre la que se ubicaban no menos de 6 sillas o, en su defecto, un largo sillón de madera donde se sentaban los interesados.

Apoyaban los zapatos en una plantilla de bronce, montada sobre un vástago de 30 centímetros de altura. El lustrado de los zapatos era realizado por varios empleados, generalmente en número de tres, quienes dialogaban en todo momento entre sí, con los ocasionales clientes y con los que esperaban sentados en otras sillas del salón.

Algunos salones funcionaban como anexo de peluquerías o integradas a ellas en el mismo ambiente. Hemos recibido los servicios de peluquería y lustrado de zapatos en un Salón ubicado en el pasaje subterráneo de la Avenida Corrientes y Obelisco. Durante mi niñez, conocí un salón ubicado en la calle Rivadavia, entre Billinghurst y Sadi Carnot (hoy Mario Bravo).

El lustrado de zapatos en el Salón, era en realidad una reunión social en la que, al igual que en las peluquerías, se repasaba la actualidad nacional, mechada con comentarios humorísticos. Una victrola a cuerda con su enorme bocina, brindaba un entorno musical integrado mayoritariamente por tangos, valses, canciones italianas y españolas.

En el Salón de lustrar se ejecutaba un oficio que hoy, está en vías de extinción, pero bien valorado por los amantes del cuidado apropiado del calzado para mejorar su aspecto conservando al cuero en buen estado. El arte del lustrado de los zapatos fue moneda corriente en ese Buenos Aires que se fue.

Foto: AGN

El barrio, La ciudad, La cuestión social, Personajes de la ciudad, Sin categoría

LA POLIOMIELITIS EN BUENOS AIRES

La poliomielitis es una enfermedad infecto contagiosa que afectó a gran cantidad de personas durante la primera mitad del siglo XX.

En 1942-43 se produjo un brote epidémico que registró 2 mil casos, solo en la ciudad de Buenos Aires. El conocimiento de la existencia de enfermos, provocaba el éxodo de la población infantil. No solo era importante la mortalidad de los casos severos, sino la gran cantidad de personas  que sobrevivían con secuelas y capacidades funcionales notablemente disminuidas.

La carencia de información oficial, favoreció la diseminación del virus en los diferentes centros de veraneo con gran afluencia infantil. Los hospitales no estaban preparados para el cuidado de enfermeos con polio. En 1943 surgió ALPI (Asociación para la Lucha contra la Parálisis Infantil), un centro privado que atendió gratuitamente a pacientes con discapacidades motoras y secuelas de poliomielitis.

En 1953 se oprodujo un brote que afectó a 2579 personas, de las cuales 1300, correspondierona Buenos Aires. El 70 % de los pacientes tenían entre 0 y 4 años. Una severa epidemia ocurrió en el años 1956/57 con la producción de 6500 casos registrados. Buenos Aires fue muy castigada ya que la cantidad de personas afectadas alcanzó cifras importantes.

Eran épocas en las que la vacuna Salk, descubierta en 1955, estaba en plena producción y los diarios matutinos, relataban día a día los avances y efectos de la inoculación. En el interín, en un afan por evitar la propagación de la enfermedad, se gestó un movimiento espontáneo y solidario para realizar higiene dentro y fuera del hogar.

Los vecinos, autoconvocados, procedían en horas de la tarde a lavar las veredas y calles con agua lavandina jabinosa, mientras otros pintaban con cal, los troncos de árboles y los cordones de las veredas. También recurrieron al uso de la bolsita de alcanfor y al hervido del agua para consumir. No recuerdo haber visto tan limpias a las calles y veredas de Buenos Aires. Fue una ola que se extendió a una velocidad inimaginable. Se realizaron colectas colocando alcancías en los cines y negocios, rifas, “te canasta”, desfiles y kermeses, a fin de recaudar fondos para las instituciones privadas.

La poliomielitis fue una importante causa de invalidez y muerte infantil hasta mediados de la década de 1950, cuando la vacuna Salk primero, y la vacuna Sabin después, lograron prevenir a la polio en ese Buenos Aires que se fue.

Fuente: http://www.scielo.org.ar/scielo.php?pid=S1851-826520120004000….

Aquellas enfermedades, El barrio, La infancia, Realidades argentinas

LA CULTURA BARRIAL

Las sociedades que se formaron en los barrios, fueron el marco principal de la conformación de una nueva cultura popular.

Estas sociedades estaban constituidas por argentinos e inmigrantes: obreros, empleados, maestros, profesionales, pequeños comerciantes y otros, sin ocupación. En su formación participaron Sociedades de Fomento, Asociaciones Mutuales, Clubes Sociales, Comités Políticos y Bibliotecas Populares.

La sociedad barrial se articuló alrededor de instituciones que cumplían un rol destacado, tales como el Café, la Esquina, el Puesto de venta de diarios, los Despachos de bebidas. los Clubes sociales y deportivos y las Bibliotecas barriales.

El desarrollo de actividades culturales requirió de la colaboración de maestros, profesores de dibujo, de inglés, de poesía, de canto, de recitación, de costura, cursos de labores, telar o música, que satisfacieron una cultura netamente femenina. En el dictado de cursos de correspondencia mercantil, contabilidad, taquigrafía o inglés, se buscaba la salida laboral como empleadas o secretarias.

La práctica de deportes, en especial fútbol y basquet, estimularon la creación de clubes deportivos. Los clubes sociales se especializaron en los juegos de cartas, dominó y ajedrez, bailes, salas de cine o de teatro. Las fiestas y bailes eran de tipo familiar. ¡Cómo olvidar los bailes en “Bomberos Voluntarios de Ramos Mejía”, donde era imprescindible “que hubiera luz” entre los cuerpos de la pareja. Para lograrlo, varios miembros de la Comisión Directiva se encargaban de asegurar ese detalle, deteniendo el baile de determinada pareja,  al tiempo que exclamaban en voz alta: “Sepárense, más luz”. Recuerdos…de un Buenos Aires que se fue.

Fuente: Gutiérrez L. y Romero L.A. Sectores Populares. Cultura y Política. Ed. Sudamericana. 1995.

El barrio, La cuestión social, La inmigración, Reuniones sociales

EL PASAJE BUTTELER

El Pasaje Butteler pertenece al denominado en forma no oficial “Sub barrio Butteler”, ubicado en la zona del Parque Chacabuco.                    

La señorita Azucena Butteler donó una gran quinta, con la condición de que se construyeran casas para los obreros de la zona, y que la zona llevara su nombre. La construcción comenzó en 1908 y finalizó en 1910. Se edificaron 64 casas, de las llamadas “casas baratas”, como en el Barrio Cafferata,  con una particularidad: el diseño de las calles era el de la letra equis, con una plazoleta en su centro, conocida como “Plaza escondida”, que desde el año 1972, lleva el nombre de Enrique Santos Discépolo.

En las cuatro esquinas, el acceso a los vehículos estaba impedido por la presencia de 2 pilares de mampostería, unidos por una cadena, dejando el espacio de una estrecha vereda para caminar. Es el diseño más extraño existente en la ciudad de Buenos aires.

Las esquinas se corresponden con las Avenidas La Plata y Cobo, y las calles Zelarrayan y Senillosa. Las calles en equis y las callejuelas que rodean la plazoleta, llevan el nombre de Butteler, con una numeración compleja del 1 al 99.

Conocer el Pasaje Butteler es sorprendente porque al ingresar a uno de los tramos de esa equis, se encuentra la plazoleta, donde se halla un busto de Discépolo. Son cuatro calles con distinta dirección pero con la misma numeración. Cada calle tiene una longitud de 100 metros.

Sus casas son bajas y las calles adoquinadas, la hicieron escenario para el rodaje de películas y novelas. En ese predio fueron famosas en la década del 30, las fogatas de San Pedro y San Pablo. Más recientemente, ha sido sitio de encuentro de los hinchas del club San Lorenzo de Almagro. El Pasaje Butteler constituye una original y curiosa expresión del paisaje urbano de aquel Buenos Aires que se fue.

Fuente: http://edant.clarin.com/diario/2004/08/15/laciudad/h-05415.htm

http://es.wikipedia.org/wiki/Barrio_Butteler

http://www.lanacion.com.ar/860430-butteler-un-pasaje-porteno-que….

El barrio, La ciudad

EL BARRIO DE LAS MIL CASITAS

El “Barrio de las mil casitas” está ubicado en Liniers, integrado por los barrios Tellier y Falcón.

Fue en 1924, cuando una ordenanza de la Intendencia de la Ciudad de Buenos Aires comenzó a construir el barrio Tellier-Falcón, en el predio comprendido por las calles Carhué, Ramón Falcón, Cosquín e Ibarrola, más conocido las “mil casitas” o “Casitas baratas”.

Fueron adjudicados por sorteo a empleados que tenían un sueldo superior a 400 pesos, cuyos hijos eran estudiantes de nivel secundario o universitario. Construidas en dos plantas poseían living en la planta baja, 2 habitaciones con ventanas altas, 2 baños y un entrepiso para guardar objetos varios.

Se ubicaron en manzanas divididas en tres sectores, configurando calles más angostas. Las calles surgidas de su construcción fueron denominadas pasajes con nombres de pájaros, flores o libros. Formaron parte de casas similares edificadas en Floresta y Flores, en la década de 1920.

Estaban inspiradas en las casonas holandesas y siempre se conocieron como “las casitas baratas”, a pesar de que las cuotas a pagar, eran elevadas para la época. El predio original fue ampliado extendiéndose hasta las calles Tuyutí y Boquerón.

En 1934, como consecuencia de la crisis del 30, la Compañía de Construcciones Modernas resolvió retirar los aportes. Las casas pasaron a la Municipalidad respetándose los acuerdos previos y se fijó un alquiler mensual, para quienes no podían adquirirlas.

Tenían pisos y escaleras de madera con baranda, que crujían al caminar y al pisar los escalones. Solían estar pintados en tonalidades marrón oscuro. El aspecto uniforme que presentaban, fue paulatinamente modificado por cada familia, adaptándolos a los gustos o necesidades de cada uno, como la construcción de garages en el área del living.

Fueron muchas las familias que con menos recursos mantuvieron el “sueño de la casa propia”. Se constituyó en un verdadero modelo de la transformación social porteña. Los barrios de “las casitas baratas” constituyeron un formidable aporte edilicio, refugio de la clase media trabajadora durante el crecimiento y unificación social de ese Buenos Aires que se fue. 

Fuente: http://www.skyserapercity.com/showtheread.php?t=436129

http://liniersrepublic.blogspot.com.ar/2011/10/las_mil_casitas_de_liniers.html

El barrio, La casa, La ciudad, La cuestión social

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