El Buenos Aires que se fue

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Archivo de Julio, 2017

HERMINIO MASANTONIO

Herminio Masantonio fue un jugador de fútbol, hijo de inmigrantes italianos, nacido en Ensenada, Provincia de Buenos Aires, el 5 de agosto de 1910.

Trabajó como peón en el frigorífico Swift, al terminar la escuela primaria y luego con su padre, ayudando en tareas de albañilería. Después, comenzó otra historia, la del romance de “Masa”, como le decían y el barrio de Parque Patricios.

Tentado en sus comienzos para jugar en los equipos representativos de La Plata, fue otro su destino cuando conoció al Teniente Tomás Ducó, mientras hacía la conscripción. quien lo incorporó al equipo del Club Atlético Huracán, en reemplazo de Guillermo Stábile.

Debutó en junio de 1931 frente a Quilmes haciéndole un gol, conducta que no modificó, transformándose en el tercer goleador de la historia del fútbol argentino con 250 goles en 367 partidos, detrás de Arsenio Erico y Ángel Labruna. Hábil para cabecear y con un remate potente, dejó su marca durante una docena de años en los arcos rivales.

Su mejor época fue en la década del 30. Fue el máximo goleador en los Torneos Sudamericanos de 1937 y 1941, jugando con la Selección Argentina. En 1943 jugó en Defensor Sporting, de Uruguay. En 1944, regresó al país jugando para Banfield, y en 1945, finalizó su campaña en su club, cumplidos los 35 años de edad.

Capturó la admiración de las hinchadas, la de sus compañeros de quienes se sintió protector, cuando jugaba con Méndez a la derecha y Baldonedo a la izquierda. Fue un delantero que demostró guapeza, un verdadero caudillo y peleador, goleador en Huracán durante 10 temporadas.

Era un jugador 9 de raza, no era muy hábil, no tenía clase, pero sabía jugar al fútbol marcando goles desde todos los ángulos. Falleció en Buenos Aires, 11 de setiembre de 1956. Frente a la sede del Club Huracán, sobre la Avenida Caseros, se levantó en 1996, un monumento en su homenaje y una calle del barrio, lleva su nombre.

Herminio Masantonio, el popular “Masa”, fue uno de los grandes representantes del fútbol argentino, en ese Buenos Aires que se fue.

Fuente: http://es.wikipedia.org/wiki/Herminio_Masantonio

http://dale-huracan.blogspot.com.ar/2009/01/herminio-masantonio.html

http://xenen.com.ar/2015/09/16/herminio-masantonio-el-mortero-de-parque-patricios

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COMO SE ANUNCIABAN LOS VENDEDORES AMBULANTES

Los vendedores ambulantes abundaban en las calles de Buenos Aires.

Las inmigraciones sucesivas, proporcionaron representantes callejeros que ya sea de casa en casa, o a través del andar por las veredas o calles, se mezclaban con los autóctonos para brindar un variado aporte de mercancías.

El manisero, soplaba una corneta de bronce, con un sonido característico que lo identificaba fácilmente. Algo muy similar ocurría con el carro de la Panificación Argentina. El conductor presionaba una pera de goma adosada a una corneta, y el sonido emitido, era muy exclusivo ya que al oirlo se decía “llegó la Panificación”.

Cuando el lechero que aparecía con las vacas y sus terneros, que observamos con su andar cansino por las calles del barrio, se anunciaba por el sonido de la campanita que una de las vacas, llevaba prendida en el pescuezo.

El voceo del diarero, anunciando la quinta o sexta edición durante las tardes, era una situación esperada, porque en ese recorrido que hacía hasta llegar a su parada, repartía los diarios a domicilio. Algo parecido ocurría con el frutero, que empujando un carrito con frutas, se ubicaba en una esquina donde acudían los vecinos para comprar la fruta por docena, no por kilo, y voceando hasta quedar disfónico.

Durante las tardes pasaba el pastelero, portando dos grandes canastas conectadas por una vara cilíndrica de madera, que apoyaba sobre sus hombros, detrás del cuello. Contenía churros, pasteles, bizcochos y factura confitada. Soplaba un silbato muy agudo, introducido en la boca, con un sonido distinto a los demás, que lo identificaba inmediatamente.

La flauta de pan que soplaba el afilador de cuchillos y tijeras, era identificable a la distancia, porque no tenía similar. El afilador conducía una enorme rueda que activaba con un pie, al momento de proceder con el afilado. El sonido de la flauta, con sus escalas ascendentes y descendentes, convocaba con rapidez a los vecinos interesados en mejorar los cuchillos, que de tanto afilarlos, reducían el ancho de su hoja transformándolo en una lámina cada vez más angosta y ridícula.

No dejamos de mencionar el paso del pochoclero en su triciclo blanco, haciendo sonar una campana. Todos, de una u otra forma, se identificaban a través de los sonidos característicos que utilizaban en ese Buenos Aires que se fue.

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