El Buenos Aires que se fue

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Archivo de Marzo, 2017

EL FOTOLIPTÓFONO

El fotoliptófono fue un artefacto capaz de registrar sonidos en papel de diario, utilizando técnicas comunes de impresión.                                

FOTO: Fernando Crudo (h) Arch. Personal

Combinaba la fotografía, la litografía y la fonografía. Requería de un artefacto grabador y uno reproductor. Se emplearon elementos relacionados con la tecnología del cine sonoro, basado en la cantidad de luz reflejada por un papel impreso.

El Ingeniero argentino Fernando Crudo, su inventor, lo desarrolló a fines de la década de 1920. Era útil para grabar música y como archivo de palabras. Una muestra de sus bondades quedó reflejada en la publicación de julio de 1933, en el periódico francés “Le Journal”. Allí se registró la grabación del tango “Bésame otra vez”, realizado por la orquesta del maestro Osvaldo Fresedo, una versión inédita.

El Estado Nacional registró voces para integrar su Archivo de la Palabra. La primera patente Nº 35284, se registró el 2 de febrero de 1931 y en 1933 fue registrado como “Fotoliptófono Páginas Sonoras”.  Entre 1931 y 1934, muchas publicaciones reflejaron sus bondades en detalle. Fueron muy comentadas las presentaciones realizadas en la Asociación Wagneriana, en la Casa Romero Fernández y en la Casa de Altos Estudios de Rosario.

Hay que destacar las dos publicaciones realizadas por Julio Korn en su Editorial Musical, que presentaba la música impresa y la hoja con la grabación de esa pieza musical, completando el formato. Este intento de distribución masiva de música impresa en papel común, llamado a revolucionar la industria fonográfica, jamás logró ingresar en el mercado de ese Buenos Aires que se fue.

Fuente: Canalis I. y Petrosino J. ¿Cuánta música cabe en una página de periódico? Sonido impreso en papel a principios del Siglo XX. Question 1,42:260-273. 2014

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EL CONFESIONARIO

“Hoy no se fía, mañana sí”, se podía leer en un cartel ubicado en un quiosco pequeño pero muy activo, ubicado en la Avenida Rivadavia al 3500, propiedad de Don Enrique.

Era nuestro quiosco de referencia, que nos brindaba acceso a múltiples golosinas, figuritas para el álbum, las llamadas “suertes”, en unas pequeñas cajas rectangulares de cartón, acompañadas de confites. Pero para los adultos, era fuente de cigarrillos, fósforos carterita, gratis o “Ranchera” pagos y sobre todo, charlas.

Prolongadas conversaciones, verdaderas confesiones de los habituales clientes con una persona que estaba atendiendo su negocio. Siempre que nos acercábamos, había alguien “consultando”: cual era el curandero más acreditado, como cobraba la “consulta”, que resultados se obtenían, etc.

Don Enrique manejaba apuestas de quiniela clandestina, otra razón para el constante desfile por su santuario. En más de una oportunidad, recibió la visita de la policía, poniendo un compás de espera en su labor de quinielero. Pero la búsqueda del mejor desatanudos, o del armonizador de parejas, motivaba visitas de agradecimiento o bien, comentarios de frustraciones.

Don Enrique tenía una paciencia sin límites, escuchando y asintiendo con leves movimientos de cabeza durante el diálogo. En el barrio, el quiosco de Don Enrique, era considerado un verdadero confesionario en ese Buenos Aires que se fue.

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