El Buenos Aires que se fue

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LAS TORTURAS INFANTILES

Durante nuestra niñez experimentamos, lamentablemente, lo que podemos denominar “torturas infantiles”.

Algunas relacionadas con el tratamiento de  la salud y otras, del diario vivir. Era común que ante episodios febriles, rápidamente se recomendara ingerir un purgante que podía ser muy intenso, como el “Aceite de Ricino”, de gusto asqueroso, o uno más suave como la “Limonada de Roger”, más aceptable. Uno u otro iban acompañados de estadía en cama por, al menos, 24 horas.

Durante las épocas invernales, los resfríos intensos con participación pulmonar, requerían del auxilio de las cataplasmas, unas compresas de tela cubiertas de harina de mostaza caliente, que se colocaban en la parte anterior del tórax, habitualmente acompañadas de una sesión de ventosas en la espalda. Eran unos vasos de vidrio que provocaban la succión de los tejidos, a fin de lograr la “descongestión pulmonar”.

Para fortalecer nuestro crecimiento, por las mañanas “disfrutábamos” tragar una cucharada sopera del inmundo “Aceite de hígado de bacalao”. Sencillamente inolvidable para quienes lo padecimos. Todas estas experiencias alcanzaban su punto más destacado con el tratamiento quirúrgico de “la carne crecida”, como se denominaba al agrandamiento de las amígdalas. Inolvidable porque la operación duraba unos minutos que parecían horas y la realizaban sin anestesia. Esas experiencias vividas en Callao 19, sede del Cuerpo Médico Escolar, han dejado una huella muy profunda en nuestra memoria.

Otras “torturas”, eran la prohibición de salir a jugar en horas de la tarde, ya que concurríamos a la escuela durante la mañana. O cuando en la escuela nos obligaban a escribir 500 veces: “No debo molestar en clase”, o textos similares, como tarea para el hogar. En un grado menor, la prohibición de salir al recreo; eran 10 minutos que nos parecían una hora.

Y en nuestro hogar, como consecuencias de conductas incorrectas, quedarse sin el postre o algo peor: irse a la cama sin comer, culminando con la amenaza de ser enviado a un Colegio Pupilo. Éstas son algunas de las “torturas” infantiles de las que fuimos víctimas, en ese Buenos Aires que se fue.

La infancia, La medicina de ayer, Modas y costumbres

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Comentarios

Una respuesta a “LAS TORTURAS INFANTILES”
  1. Alberto Chab dice:

    Hola Carlos: Te mando una anécdota y un chiste que viene muy al caso.
    Cuando yo tenía 5 ó 6 años,me diagnosticaron (como vos muy bien decís) “carne crecida” y me llevaron al servicio médico que hace añares funcionaba en el Patronato de la infancia, de la calle Humberto primo al 300. (leí hace poco que ahora está tomado por los ocupas) Yo no tenía la menor idea de por qué me llevaban, y noté que mi vieja secreteaba con el médico. Éste me miró como evaluando mi tamaño y llamó a un enfermero grande como un ropero que, sabiendo lo que tenía que hacer porque seguramente lo había hecho mil veces, se sentó en una silla y de un tirón me acercó a él, me puso entre sus piernas, que eran como las de un elefante y me abrazó con tal fuerza que no pude menos que gritar. El “médico” , que ya estaba preparado (eso lo supe después) metió una especie de pinza en mi garganta, tiró y le mostró orgulloso las amígdalas/trofeo a mi mamá. Toda la “operación” no duró más que unos segundos. Yo estaba tan asombrado/shockeado, que no podía hacer otra cosa que mirar la copiosa sangre que salía de mi boca. Me dieron una gasa y nos fuimos caminando hasta mi casa de la calle Defensa que quedaba a sólo 3 cuadras. Insólitamente, para nuestra precaria situación económica, mi mamá me compró en la lechería/heladería un helado Laponia que mis hermanos miraban con manifiesta y poco disimulada envidia. Presumo que era alrededor del año 1932/33.

    El Chiste: Lo llaman al médico de la familia para que venga a ver al nene y le diagnostica una infecto contagiosa. Le deja una receta y cuando está saliendo lo para la abuelita italiana y le pregunta: -¿Dr. le hacemos además una enemita? -¡No señora, no hace falta!
    Al otro día lo vuelven a llamar porque el nene estaba peor y entonces le receta un fuerte antibiótico. La viejita lo para nuevamente - Dr. Dr. ¿le hacemos la enemita? - No, eso es algo de antes que ya no se usa más. Le contesta.
    Al tercer día le avisan que el pibe volaba de fiebre. Lo va a ver y ahora ya le deja una receta tipo misil. La abuelita con la misma propuesta de la enemita y ahora el médico ya medio enojado le dice que se deje de molestar con esa idea, pero esa noche no puede dormir bien pensando si realmente el chico no tendrá algo más serio.
    Ese día antes de ir al hospital y sin que lo llamen pasa por la casa, ve al nene jugando en el patio y reflexiona: ¡Yo ya me imaginaba que esta vieja de mierda iba a terminar haciéndole la enema…!



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