El Buenos Aires que se fue

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Archivo de Octubre, 2015

EL REPARADOR DE PELOTAS DE FÚTBOL

El reparador de pelotas de fútbol de cuero, es un antiguo trabajo que ha desaparecido definitivamente.
Las pelotas de fútbol de cuero, tenían un costo no accesible a la mayoría de los aficionados. Existían dos modelos: el más antiguo, la pelota con tiento, reemplazada posteriormente por la sin tiento. Las diferencias eran notables.        
La primera, fabricada con cuero grueso, encerraba una cámara de goma color rojo, rematada en un tubo flexible por donde se inflaba. Luego el tubo se ataba fuertemente con un trozo de piolín, se doblaba y se ubicaba por debajo del tiento de cuero, que cerraba la pelota.
El tiento constituía una zona rugosa que podía provocar molestias al cabecear. Estas pelotas fueron reemplazadas por las sin tiento, de 12 gajos, marca “Superbal”, o la de 16 gajos, marca “Criolla”, más livianas y más lisas.
Se inflaban con un adaptador, “el pico”, que se colocaba en un pequeño orificio correspondiente a la entrada de la válvula. Con el inflador, se introducía aire hasta lograr la dureza deseada.
Los gajos estaban cosidos con piolín encerado. Eran los sitios que se rompían favoreciendo la desunión de uno o más gajos, situación que obligaba a la reparación inmediata, para evitar la pinchadura de la cámara de goma.
El reparador de las pelotas de fútbol era un conocido personaje del barrio, experto en tareas de talabartería. La reparación de los gajos de cuero, dejaban a la pelota como mueva, lista para alegrar a los no tan pibes, quienes tenían la posibilidad de adquirir una.
Las pelotas eran de larga duración y se las cuidaba, engrasando el cuero con frecuencia, mediante un trozo de grasa de vacuno, obtenido gratuitamente en la carnicería del barrio. Inclusive, se le daba tratamiento de zapato, colocándole pomada y lustrándola. Pero un partido en día de lluvia o con la cancha mojada, dejaba a la pelota en malas condiciones.
El reparador de pelotas fue el salvador, que al devolver la salud al cuero lastimado, posibilitó alargar la vida útil de las pelotas de fútbol, en ese Buenos Aires que se fue.

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LA MÁQUINA FOTOGRÁFICA DE CAJÓN

La máquina fotográfica de cajón fua la más simple y popular durante la primera mitad del Siglo XX.

Tenía la forma de una caja fabricada con bakelita o metal, según las marcas, con el objetivo ubicado en una de las caras de menor tamaño. Era de escasa luminosidad, de foco fijo. No se jugaba con la escala de grises. No había matices.

Era importante obtener las fotos en días de mucho sol, a fin de registrar detalles. Mediante una hábil propaganda, la firma “Kodak” regalaba una máquina con la compra de varios rollos de papel fotográfico 120, la principal producción de “Kodak”, que brindaba 8 fotos de 6 x 9, en blanco y negro.

Era muy frecuente obtener fotos oscuras, fuera de foco o movidas. Poseía dos visores para fotos, horizontales o verticales, según se sostuviera la cámara en una de esas posiciones.

Siempre recuerdo a mi padre sacándole fotos a toda la familia. Fotos que registraron nuestro crecimiento, en las distintas etapas del camino a la adolescencia. La documentación lograda con la cámara de cajón, la más humilde y económica existente en el mercado, fue un baluarte fundamental para registrar escenas claves de nuestra vida, en ese Buenos Aires que se fue.

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LA PLACITA BULNES

La plaza Almagro apareció en 1928.

Para nosotros fue la “placita Bulnes”, nombre de una de las calles de la manzana, completada por Sarmiento, Salguero y Cangallo (hoy Presidente Perón), en pleno barrio de Almagro.

Tenía diversos juegos infantiles: hamacas, sube y baja, tobogán, calesita manual, pasamanos y una pileta fuente, construida en cemento armado, sin revestimientos, que llena de agua, tenía una profundidad menor de 1 metro. Permitía a la mayoría de los pibes, disfrutar de un baño en agua muy fría. Pero por las noches, arrojaban cualquier tipo de basuras, circunstancia que limitó sensiblemente su funcionamiento.

Entonces su uso cambió en forma radical, ya que fue sitio propicio para jugar a la pelota. En el pasto estaba absolutamente prohibido hacerlo. Así lo decían los carteles “Prohibido pisar el cesped”, sumándose la actitud vigilante y severa del guardián, figura emblemática en las plazas porteñas de aquella época.

Mientras disfrutábamos de los juegos, imprevistamente se escuchaba música proveniente de instrumentos de viento: trompeta, clarinete y trombón. Era el anuncio de la presencia en la placita del Ejército de Salvación.

Vestidos con uniforme y gorra azul marino con ribetes rojos, un grupo reducido de hombres y mujeres, generalmente 8 personas, formaban una circunferencia, preparándose para una de las reuniones públicas tan frecuentes en las décadas del 30 y del 40, donde predicaban el evangelio, acompañado de cánticos rituales, y en ocasiones, de confesiones públicas, convocando al público a participar activamente.

Estas reuniones también se realizaban en las esquinas de la ciudad, sin previo aviso. Su característica era la espontaneidad y sonoridad, lo que motivaba al piberío que, ajeno a los objetivos propuestos de ese grupo, gritaban y corrían desenfrenadamente profiriendo groseras risotadas que alteraban el orden y sentido de esas reuniones, en ese Buenos Aires que se fue.

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LA FOTO FAMILIAR

La foto familiar era un recuerdo habitual en la mayoría de las familias.
En una época en la que disponer de una cámara fotográfica no era fácil, las etapas familiares se documentaban a través de las fotografías de estudio.
En general, no se disponía de cámaras fotográficas de calidad. La tradicional cámara de cajón de foco fijo, para 8 fotos de 6 x 9 era lo conocido, para obtener fotos modestas, que integraban los recuerdos de familia: una fiesta de cumpleaños, un picnic, tiempo de vacaciones, la foto de la mascota o una reunión de amigos.
Pero la foto seria, profesional, se realizaba en un estudio fotográfico. El fotógrafo, de acuerdo con la situación emergente, preparaba un escenario colocando determinado moblaje, de acuerdo con las circunstancias.
Si se trataba de un grupo familiar, el jefe de familia posaba sentado; al lado, su esposa parada y los hijos, sentados en el suelo o sobre almohadones. Las poses eran organizadas por el fotógrafo, cambiando de posición según se obtuviera una o más exposiciones.
Todo ocurría en un pequeño escenario, que se iluminaba adecuadamente con poderosas lámparas que elevaban la temperatura ambiental, molestando en buena medida a los hombres, vestidos con ropa pesada, cuello duro y corbata.
Esta etapa no era a veces definitiva, porque el fotógrafo avisaba que las fotos no eran buenas y que era necesario repetir alguna toma. Nuevamente, el grupo familiar concurría ataviado como la primera vez a fin de obtener la foto correcta.
Antes de disponer de las fotos definitivas, el fotógrafo entregaba una copia en color zepia del material obtenido. Se elegían las más logradas y al cabo de una o dos semanas, entregaba las fotos coloreadas manualmente, en colores muy suaves o simplemente, en blanco y negro.
Eran las fotos definitivas. Disponer de ellas había llevado más de dos semanas. Esas fotos han sido en general, de excelente calidad y han perdurado a través del tiempo, constituyendo un valioso testimonio de ese Buenos Aires que se fue.

La casa, La cuestión social, La infancia
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