El Buenos Aires que se fue

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EL VASO SONRIENTE

Durante mi niñez, los fines de semana iba con mis padres a visitar a mis abuelos paternos.

Ancianos mayores de 80 años, vivían en compañía de tres hijos solteros, que los acompañaron hasta el final de sus días. El varón, fumador de cigarritos negros, realizaba las cobranzas de los asociados del Hospital Español.

De las dos tías restantes, la mayor había pasado la mayor parte de su vida criando hijos ajenos, poniendo de manifiesto su gran bondad y una rígida disciplina. La menor, había padecido de muy pequeña una otoesclerosis, que la privó de la audición transformándola en sordomuda. Una rigurosa educación en una institución espcializada, le permitió leer los labios a gran velocidad, y hablar con un sonido gutural, sin variaciones, que le permitieron comunicarse perfectamente con todos.

Yo tendría 6 años cuando una tarde, mientras mis abuelos dormían la siesta, me llamó la atención que en cada mesa de luz, había un vaso con agua, conteniendo dos dentaduras completas, superior e inferior. No conocía las dentaduras postizas, eran las viejas dentaduras de caucho, que mis dos abuelos usaban desde mucho tiempo atrás.

Quedé impresionado por el aspecto que presentaban dentro del vaso, por lo que solicité una explicación a mi tía, la mayor. Siempre recuerdo la respuesta en medio de una carcajada, señalándome que era un vaso que reía, donde colocaban las dentaduras por razones de higiene. Así conocí las viejas dentaduras de caucho, en ese Buenos Aires que se fue.

La casa, La infancia, Modas y costumbres

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Comentarios

Una respuesta a “EL VASO SONRIENTE”
  1. Alberto Chab dice:

    Hola Carlos: nuevamente tengo un comentario para hacer respecto al tema que estás tocando en este artículo. Recuerdo a la perfección las dentaduras completas que se dejaban en agua para que no se les resecaran a “los viejos”. Las comillas van porque los más jóvenes mostraban las ventanas por la falta de piezas dentarias. Yo mismo fui un exponente de eso porque mi mamá me llevó a lo que se llamaba El Dispensario de la calle Independencia y Chacabuco y preguntó cuánto costaba “emplomar” un diente. La respuesta fue dos pesos ¿y sacarlo? volvió a preguntar, con anestesia un peso y sin anestesia gratis. Bueno, entonces sáqueselo. ¡Eran los dientes definitivos! Volviendo a las dentaduras. Una noche de calor tremendo me levanté a oscuras para tomar agua y al lado de la botella de La Martona que se solía dejar había un vaso que al levantarlo tintineó. ¡Qué bueno! pensé, agua con hielo y me lo tomé de un trago, pero lo que había no era hielo, sino la dentadura de mi abuela . Cuando la misma me golpeó la boca me desperté de golpe tuve arcadas y casi vomito. ¡Pasaron 80 años y cuando rememoro el episodio me vuelve la sensación de asco . Un abrazo. Alberto Chab 12-6-2015



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