El Buenos Aires que se fue

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Archivo de Junio, 2015

EL DR. ALBERTO CHAB

Un comentario a uno de los temas de este blog, fue el paso inicial para conocer al Dr. Alberto Chab, un joven médico de 87 años.

Su insistencia fue factor decisivo para encontrarnos personalmente. Quedaban atrás varios comentarios y respuestas, motivados por diversos temas del blog “El Buenos Aires que se fue” y un sábado por la tarde, nos conocimos cara a cara, en la esquina de Scalabrini Ortiz y Güemes.

Llegó caminando con la agilidad de una persona mucho más joven, su cabello blanco y tupido, destacó un rostro que convive con el sol. Conocerlo y dialogar intensamente, fue como reanudar una conversación iniciada desde mucho tiempo atrás, con una espontaneidad llamativa.

Un desfile incesante de recuerdos, anécdotas y viñetas variadas, fueron salpicando alternativamente este primer encuentro. Nuestras memorias se pusieron de acuerdo para no defraudarnos, estableciéndose un “ping-pong” sumamente ameno, que nos retrotrajo a etapas esenciales de nuestra infancia y adolescencia, cuando todo era difícil y creativo. Cuando 10 centavos era dinero y no fácil de conseguir.

Proveniendo ambos de distintos barrios, pero con temas y costumbres parecidos, el tiempo se consumió rápidamente, motivando reuniones posteriores, pero dejando un sedimento especial: la intención de formar un grupo de personas con vivencias similares, para reunirse, elaborar y documentar estos recuerdos, a fin de materializarlos en una publicación que cuente como era y como se vivía en ese Buenos Aires que se fue.

El barrio

EL COLEGIO NACIONAL MARIANO MORENO

El Colegio Nacional Mariano Moreno está ubicado en el barrio de Almagro, en la calle Rivadavia 3577.

Allí cursé el bachillerato desde 1946 a 1950, cuando los colegios de la ciudad de Buenos Aires no eran mixtos y se asistía de lunea a sábados. Se utilizaban dos entradas: la de Rivadavia para el plantel docente y la de Bartolomé Mitre, exclusiva para el alumnado.

Edificado en planta baja y 2 pisos, poseía amplios patios en la Planta Baja, donde se reunían los alumnos para el acto de izar la bandera, al comenzar las tareas de cada día.

Treinta divisiones para el turno mañana y 30 en el turno tarde, con 40 alumnos cada una, dan una idea de la cantidad de alumnos que asistían, sin mencionar que en el turno noche, funcionaba como Colegio Comercial para graduarse de perito mercantil.

Un plantel de profesores de primera línea, fue característica dominante durante mi paso por este centro educativo. Figuras de la talla de Baldomero Fernández Moreno, Ricardo Levene, Narciso Binayán, Manuel Gómez Carrillo, relevantes en sus correspondientes asignaturas, jerarquizaban al Colegio.

Yo vivía en la manzana, a escasos 150 metros. Desde el fondo de mi casa, se escuchaba el sonido del timbre de entrada. Más de una vez salí corriendo después de oirlo, para llegar antes del cierre del portón de Bartolomé Mitre.

Fueron 5 años de formación cultural con compañeros que alcanzaron renombre nacional e internacional. Leopoldo Mames en música, Sergio Renán en cine, Natalio Fejerman en Neurología infantil, Horace Lannes en Diseño de Vestuario, son sólo algunos ejemplos conocidos con quienes compartí el aula.

Al cumplirse 25 años de nuestra graduación, regresamos al Colegio para disfrutar de una clase evocativa dictada por el profesor de 5º año, Sr. Atilio Alterini. Fue un reencuentro muy emotivo con los ex-compañeros de aquel Buenos Aires que se fue.

La educación

LA CALLE DE LOS CINES

La década del 40 fue pródiga en la aparición de salas cinematográficas.

La radio, el fútbol y el cine, eran las diversiones más populares. Los cines ubicados en el microcentro porteño, brindaban una programación distinta, respecto de los ubicados en los barrios. Los estrenos y las grandes reposiciones, eran responsabilidad de los cines del centro, ubicados en la calle Corrientes como el Ópera, Gran Rex, Broadway, o en la calle Lavalle, donde se instalaron más de 15 salas, como el Hindú, Luxor, Monumental, Ambassador, Taricco, París, Select Lavalle, y otros.

Las “premieres” con la presencia de artistas, fotógrafos y cronistas de cine, constituían un espectáculo extra de la película, el día del estreno. Se transmitía por radio y aparecía reflejada en las revistas Radiolandia, Sintonía o Antena.

En los barrios la programación difería. Había secciones de matineé infantil, con la proyección de una película completa en 12 episodios, con el agregdo de un par de películas de cowboys. Eran promocionadas a la salida de las escuelas, con precios rebajados. En la sección de la noche, se proyectaba un programa de dos o tres películas.

Durante la semana, existía el “Día de Damas”, con la proyección de tres películas de carácter romántico, a un precio más popular. En la sección noche, el programa era el mismo durante la semana, integrado por viejos estrenos. Los cines de barrio, no proyectaban estrenos, patrimonio exclusivo de la calle de los cines. Los supermercados, los templos evangélicos y las galerías comerciales, reemplazaron a estos baluartes culturales de aquél Buenos Aires que se fue.

El barrio, El cine, Los entretenimientos

EL VASO SONRIENTE

Durante mi niñez, los fines de semana iba con mis padres a visitar a mis abuelos paternos.

Ancianos mayores de 80 años, vivían en compañía de tres hijos solteros, que los acompañaron hasta el final de sus días. El varón, fumador de cigarritos negros, realizaba las cobranzas de los asociados del Hospital Español.

De las dos tías restantes, la mayor había pasado la mayor parte de su vida criando hijos ajenos, poniendo de manifiesto su gran bondad y una rígida disciplina. La menor, había padecido de muy pequeña una otoesclerosis, que la privó de la audición transformándola en sordomuda. Una rigurosa educación en una institución espcializada, le permitió leer los labios a gran velocidad, y hablar con un sonido gutural, sin variaciones, que le permitieron comunicarse perfectamente con todos.

Yo tendría 6 años cuando una tarde, mientras mis abuelos dormían la siesta, me llamó la atención que en cada mesa de luz, había un vaso con agua, conteniendo dos dentaduras completas, superior e inferior. No conocía las dentaduras postizas, eran las viejas dentaduras de caucho, que mis dos abuelos usaban desde mucho tiempo atrás.

Quedé impresionado por el aspecto que presentaban dentro del vaso, por lo que solicité una explicación a mi tía, la mayor. Siempre recuerdo la respuesta en medio de una carcajada, señalándome que era un vaso que reía, donde colocaban las dentaduras por razones de higiene. Así conocí las viejas dentaduras de caucho, en ese Buenos Aires que se fue.

La casa, La infancia, Modas y costumbres
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