El Buenos Aires que se fue

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JOSÉ, EL ALUMNO DEL ÚLTIMO BANCO

Cuando cursaba el tercer año del colegio secundario, José fue el último alumno que se incorporó.

Lo hizo una semana posterior al comienzo de las clases, ocupando un asiento de la última fila, en una división de 40 alumnos. Siempre se expresaba en voz alta, discutiendo vivamente distintos temas con el profesor de turno.

Sin embargo, eran muy frecuentes sus errores de apreciación con los temas escritos en el pizarrón. Cuando era llamado al frente para hablar sobre el tema correspondiente, se destacaba por su preparación, que le permitía mantener respuestas prolongadas, con el beneplácito de todos los compañeros.

Sus respuestas eran entretenidas y motivaban que su permanencia en el frente permitiera zafar a más de uno que no tenía posibilidades en ese momento. Una mañana, al regresar de un recreo, le ocuparon el asiento, ubicándose entonces en la primera fila. Al comenzar la clase, era hora de matemáticas, se hicieron muchas preguntas y cuando le correspondió responder, lo hizo con total certeza.

José actuaba extrañamente. Se acercó a su asiento, regresó a la primera fila e hizo una exclamación insólita. Largando una sonora carcajada dijo: “es la primera vez que me siento en la primera fila, siempre lo hice en las últimas. Soy corto de vista, desde atrás no distingo nada”.

José había cursado toda la escuela primaria y dos años de la secundaria sin saber su condición ocular. En tercer año descubrió que sufría una importante miopía. Un par de anteojos de gruesos cristales fueron el comienzo del camino que lo condujo a la normalidad para leer. José fue, en muchas oportunidades, el salvador de muchos compañeros en la clase, en ese Buenos Aires que se fue.

La educación, Personajes de la infancia

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