El Buenos Aires que se fue

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Archivo de Abril, 2015

MANUEL GÓMEZ CARRILLO

Manuel Gómez Carrillo, fue un pianista y recopilador de música nacido en Santiago del Estero el 8 de marzo de 1883.

A los 15 años, fue instructor de coros en Catamarca y Profesor de piano en 1916. Fue el artífice de la recopilación y popularización de la música santiagueña, destacándose “Rapsodia Santiagueña”, “La Telesita”, “Romanza Gaucha” y el ballet “La Salamanca”. Fue el creador del Instituto nacional de la Tradición.

Durante el año 1946, cursaba el primer año del colegio nacional Mariano Moreno. En la asignatura de música, además de las clases habituales  a cargo de una profesora, también participaba en la formación del coro del Colegio, a cargo del Maesto Gómez Carrillo.

Dos mañanas por semana, nos quedábamos ensayando durante una hora en el escenario del Aula Magna del Colegio, un hermoso teatro con mucha capacidad. El Maestro Gómez Carrillo nos enseñaba a respirar, aprender el falsete, vocalizar correctamente para varias canciones, que serían entonadas durante los actos conmemorativos.

Casi sin darnos cuenta, aprendíamos paso a paso los secretos de la interpretación vocal. Pero al mismo tiempo, nos perjudicábamos en aquellas materias donde estábamos ausentes, a consecuencia de esos ensayos. El coro nos permitía faltar en alguna materia en la que no deseábamos ser examinados.

Participé en el coro en un par de actos. Al año siguiente, volví a integrar la planta de ensayos en el coro pero durante un lapso corto. El Maestro Gómez Carrillo no pudo estar presente por razones de enfermedad, y el coro se interrumpió.

Falleció en Buenos Aires el 17 de marzo de 1968. La aptitud, competencia y condiciones didácticas del Profesor Manuel Gómez Carrillo, fueron una notable experiencia vivida en ese Buenos Aires que se fue.

La educación

PAN CON MIJO

Corría el año 1945. Cursaba el sexto grado de la escuela primaria. La Segunda Guerra Mundial estaba por concluir.

El hambre estaba plenamente instalada en muchos países de Europa y Argentina, era el “Granero del mundo”. A mitad de año, aproximadamente, comenzamos a observar que el pan blanco habitual, estaba cambiando su aspecto exterior; se parecía al pan negro.

La situación fue repitiéndose día tras día. Ese pan, no se parecía en nada al pan de corteza crocante y masa blanca y esponjosa, que era una delicia, siendo reemplazado por un pan de mala calidad, elaborado con una mezcla de harina de trigo, mijo y centeno.

Es cierto que el país, privilegiando la exportación de trigo a expensas del mercado interno, ordenó la mezcla de las harinas de trigo, creando un “pan de guerra”, llamado posteriormente, “pan cabecita”. No teníamos una información plena sobre este tópico, pero nuestra disconformidad y rechazo para el nuevo pan, eran más que evidentes.

Concurría al turno tarde en la escuela. En el segundo recreo, nos ofrecían un pan blanco pequeño, que debíamos empujar con algunos tragos de agua. Pero para deglutir los pancitos reemplazantes gris negruzco, era necesario algo más que el agua.

Ante el ofrecimiento, si bien aceptamos los panes, los arrojamos en el baño, donde estaban los mingitorios, con la colaboración espontánea de alumnos de otros grados. Lo cierto es que rápidamente se formó una montaña de pan empapada con orina, con un aspecto lamentable.

La escuela tenía dos porteros y uno de ellos, era gallego. Mientras estábamos en el baño, se acercó a nosotros, rojo de indignación, diciéndonos que mientras nosotros rechazábamos el pan tirándolo en los mingitorios, en España se morían de hambre. El pibe que me acompañaba, flaquito y muy excitado, le contestó al portero diciéndole:”Este pan es una porquería y no vamos a comerlo. Además, vivimos en Argentina, no en España”.

El portero no contestó y nosotros nos alejamos inmediatamente. El recreo había finalizado y nos sumergimos en el tema de la clase. Pero el episodio, breve y de mucha intensidad, nos dejó una huella que nos impactó profundamente, en ese Buenos Aires que se fue.

La cuestión social, La educación, La infancia, Realidades argentinas

EL BOLETO

Cursaba el 4º año del turno mañana en el Colegio Nacional Mariano Moreno.

Todas las mañanas, antes de entrar en el aula, las divisiones de 40 alumnos, formaban en el amplio patio de la planta baja, durante la ceremonia del izamiento de la bandera a cargo del mejor alumno, a los sones de la canción “Aurora”.

Ya en plena formación y mientras esperábamos el comienzo de la canción “Aurora”, observé un boleto de tranvía en el suelo, a un par de metros de donde me encontraba. De pronto, se acercó el Sr. Vicerrector y me ordenó que lo levantara. Su indicación me molestó y contesté: “-No lo levanto porque no lo tiré”. Él iInsistió con un tono imperativo. Yo sentía a los cientos de ojos de los estudiantes observando esa escena.

Mi rostro estaba enrojecido, por una mezcla de indignación y temor, pero mantuve mi negativa en firme. El Señor Vicerrector me preguntó en que año y división me encontraba, y se alejó. Ya en el aula, al cabo de 10 minutosde clase, apareció el Señor Vicerrector, solicitándole a la profesora que se retirara porque “tenía que conversar con el alumnado”.

Inmediatamente se dirigió a mí, preguntándome donde vivía y porqué concurría a ese colegio. Vivía en Ciudadela desde hacía un año, a 7 cuadras de la estación de tren. Hasta un año antes, había vivido en la misma manzana del Colegio y desde mi casa, escuchaba el sonido del timbre de entrada. El Vicerrector señaló que, por razones de distancia, tenía que cambiar de colegio, que era mejor para mí y para el colegio, porque así se evitaban disturbios.

Contesté que no tenía la intención de hacerlo. Finalizó sus comentarios indicándome que al finalizar el día de clase, concurriera a la Vicerrectoría. Así lo hice y cuando se retiró el último alumno y en el Colegio no había nadie, apareció el Vicerrector preguntándome :-¿Qué hace Ud aquí?. Contesté que él me había citado y entonces, cambiando su voz dijo:”A Ud no le gusta que lo basureen, pero tiene que colaborar. En lo sucesivo, procure tener un espíritu más elevado de colaboración. Puede retirarse”.

Desde la Vicerrectoría hasta la puerta de salida, había una distancia de 100 metros aproximadamente. En ese lapso rebobiné las experiencias contraproducentes de esa mañana. Y de pronto, me sentí en paz. Al abrir el portón que me separaba de la calle, un griterío me impactó. Casi toda la división estaba esperando mi llegada, acosándome con todo tipo de preguntas. Contesté en el medio de una rueda.

Con el recuerdo de palmadas en la espalda y múltiples exclamaciones, cerré un día de clase inolvidable en el Colegio Mariano Moreno, en ese Buenos Aires que se fue.

El barrio, La educación, La infancia

EL OTRO PAN

No eran muchas las variedades de pan que se vendían en las panaderías durante las décadas del 30 y del 40: pan francés, pan flauta, pan de Viena, pan criollo y pan pebete con el agregado de las facturas.

Se lo compraba directamente en el negocio o bien, a través de repartidores que lo acercaban a los clientes en su domicilio. Pero el aporte inmigratorio trajo al país otras variedades de pan, que no se hallaban en las panaderías tradicionales.

La comunidad italiana introdujo los tradicionales panes del sur de Italia. Pero no era fácil conseguirlo. Algunos días de la semana, recorría las calles del barrio un triciclo con su caja metálica brindándonos el “Pan casero”, que se cortaba apoyándolo sobre el pecho, obteniendose una tajada de un centímetro de espesor.

Solo o con manteca, era un manjar cuyo olor y sabor recordamos con nostalgia. También podíamos degustar las “fugazzas, con o sin cebolla”. Se cortaba igual que la pizza pero se abría como un libro, y la imaginación y el buen gusto, definían que agregar a ese pan blando y sabroso que tanto disfrutamos.

A medida que pasaron los años, fue desapareciendo el repartidor de ese pan peninsular y sólo quedó un local ubicado en la Avenida Independencia, en la vereda de los números pares, donde podemos reencontrarnos nuevamente con el pan casero, las fugazzas y las roscas con anís, que nos hacen evocar al Buenos Aires que se fue.

El barrio, La infancia, La inmigración

JOSÉ, EL ALUMNO DEL ÚLTIMO BANCO

Cuando cursaba el tercer año del colegio secundario, José fue el último alumno que se incorporó.

Lo hizo una semana posterior al comienzo de las clases, ocupando un asiento de la última fila, en una división de 40 alumnos. Siempre se expresaba en voz alta, discutiendo vivamente distintos temas con el profesor de turno.

Sin embargo, eran muy frecuentes sus errores de apreciación con los temas escritos en el pizarrón. Cuando era llamado al frente para hablar sobre el tema correspondiente, se destacaba por su preparación, que le permitía mantener respuestas prolongadas, con el beneplácito de todos los compañeros.

Sus respuestas eran entretenidas y motivaban que su permanencia en el frente permitiera zafar a más de uno que no tenía posibilidades en ese momento. Una mañana, al regresar de un recreo, le ocuparon el asiento, ubicándose entonces en la primera fila. Al comenzar la clase, era hora de matemáticas, se hicieron muchas preguntas y cuando le correspondió responder, lo hizo con total certeza.

José actuaba extrañamente. Se acercó a su asiento, regresó a la primera fila e hizo una exclamación insólita. Largando una sonora carcajada dijo: “es la primera vez que me siento en la primera fila, siempre lo hice en las últimas. Soy corto de vista, desde atrás no distingo nada”.

José había cursado toda la escuela primaria y dos años de la secundaria sin saber su condición ocular. En tercer año descubrió que sufría una importante miopía. Un par de anteojos de gruesos cristales fueron el comienzo del camino que lo condujo a la normalidad para leer. José fue, en muchas oportunidades, el salvador de muchos compañeros en la clase, en ese Buenos Aires que se fue.

La educación, Personajes de la infancia

LOS AMIGOS DE LA VEREDA

Durante mi infancia viví en la calle Billinghurst, entre Rivadavia y Bartolomé Mitre.

Los compañeros de juego de todos los días, vivían en esa cuadra, en esa vereda. La cosa cambiaba cuando se acercaban a participar de los juegos, pibes de otras cuadras o de la vuelta, aunque vivieran en la misma manzana. No era la misma relación.

Se forjó una amistad diaria con Alberto, que vivía en la carbonería. Tenía los ojos de distinto color, con aspecto achinado. Le quedó como apodo “el Chino”. Rápido e inteligente, jugaba muy bien al fútbol. Supimos compartir muchas buenas horas.

En la mitad de la cuadra vivía un tucumano, siempre vestido con un mameluco azul, “el Nino”. Estudiaba el armado de aparatos de radio, en la organización “Radio Instituto”, que al finalizar el curso premiaba al estudiante regalándole el último receptor armado. Nino era otro brillante exponente del fútbol, que habitualmente jugábamos en el potrero, o en los galpones del Ferrocarril Oeste, sobre la calle Bartolomé Mitre.

En el número 80 de Billinghurst vivía el hijo del Dr. Frydman, que no participaba de los juegos en la vereda. Más retraído, prefería jugar en su casa, donde en más de una ocasión, nos pidieron silencio porque era hora de consulta.

Al lado, en el número 82 vivía Alfredo con su tía. Era un campeón jugando al balero o a las bolitas, absolutamente invencible. Pero jugando alfútbol era un desastre y su torpeza se reflejaba en la cantidad de patadas que pegaba. Jugar al fútbol con Alfredo, era una aventura de final conocido, porque finalizaba a las trompadas.

Cerca de la esquina de Bartolomé Mitre, vivía Yamilio, que cuando hablaba “le patinaba la erre” y pronunciaba “gue”. Era de ascendencia judía, de Europa Central, y en su casa jugaba con un billar de juguete, que tuve ocasión de compartir. Nunca se integró al grupo de las vereda y no poseía ninguna habilidad para jugar al fútbol.

En la esquina de Bartolomé Mitre, estaba la carnicería donde vivía Amado. Era el de menor edad, pero siempre intentó y logró integrarse al grupo de amigos de la vereda. Muy rubio, de piel muy blanca, participaba de todos los juegos. Tenía una hermana mayor que acostumbraba pasear por el barrio con el novio de turno, para finalizar su recorrido en la puerta lateral de la carnicería. Uno de esos novios fue un famoso boxeador, que participó en las Olimpíadas de Londres en 1948, destacándose por su valentía. Lo ví en varios combates realizados en la Federación Argentina de Box, en aquél Buenos Aitres que se fue.

El barrio, La infancia, Los juegos, el fútbol
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