El Buenos Aires que se fue

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Archivo de Enero, 2015

EL BANDONEÓN EN EL TANGO

El bandoneón es un instrumento de origen alemán que llegó a estas latitudes para caracterizar e identificar la ejecución del tango rioplatense.

El estilo interpretativo, sus variaciones y ronrroneos, le han conferido al tango muchas de sus características melódicas y danzantes. De una danza ágil y rápida con corte y quebrada, su incorporación en la ejecución del tango significó una profunda transformación de la danza, más lenta e intimista. Su presencia también está presente en muchas de las letras, tanto en el título como en el desarrollo del tema, estableciéndose un diálogo donde el bandoneón cobra vida y adquiere un protagonismo esencial.

En 1928, Pascual Contursi y Juan Bautista Deambroggio escribieron “Bandoneón arrabalero”: “Bandoneón arrabalero, / viejo fueye desinflao, / te encontré como a un pebete / que la madre abandonó /…Bandoneón, / porque ves que estoy triste  / y cantar ya no puedo, / vos sabés / que yo llevo en el alma / marcao un dolor”.

Los diálogos alcanzan profundidad y emoción, son verdaderas confesiones, tal como se observa en “La última curda”, de Cátulo Castillo y Aníbal Troilo, 1956,: “Lastima, bandoneón, / mi corazón / tu ronca maldición maleva…/ Pero es el viejo amor / que tiembla, bandoneón, / y busca en un licor que aturda, / la curda que al final / termine la función / ¡Corriéndole un telón / al corazón!.”

Fueye es sinónimo de bandoneón. Muchas veces así aparece en tangos como “Oro muerto”, 1926, de Julio Navarrine y Juan Raggi: “El fueye melodioso termina un tango papa. / Una pebeta hermosa saca del corazón / un ramo de violetas, que pone en la solapa / del garabito guapo, dueño de su ilusión”, según la letra no modificada por la censura de la década del cuarenta.

Como factor de nacimiento del tango, lo señala José Canet en “La abandoné y no sabía“, 1944, cuando dice: “…acunado entre los sones / de bandoneones / nació este tango”.

El bandoneón participa activamente de las situaciones que vive una pareja acompañando al hombre en su incertidumbre y desasosiego, como a un viejo compañero. Lo dijeron Julián Centeya y Enrique Mario Francini en “La vi llegar”, 1944, con estas palabras: “y el bandoneón / -rezongo amargo del olvido- / lloró su voz / que se quebró en la densa bruma / …y el bandoneón / dice su nombre en su gemido, / con esa voz / que la llamó desde el olvido. / Y en este desencanto brutal que me condena / la vi partir sin la palabra del adios”.

La relación entre el ejecutante y el instrumento es íntima, confidencial. Al bandoneón se le confían los secretos personales mejor guardados, los sentimientos más comprometidos, como integrantes de una sociedad muy especial. Enrique Cadícamo junto a Rafael Rossi, nos dejaron “Cuando tallan los recuerdos”, 1943,: “Aquí está mi orgullo de antes,/ bandoneón de mi pasado, / viejo fueye que dejado / para siempre en un rincón. / Mi viejo fueye querido, / yo voy corriendo tu suerte, / las horas que hemos vivido / hoy las cubre el olvido / y las ronda la muerte.”

Otras veces, los momentos vividos con el bandoneón se traducen por episodios muy gratos, felices y muy emotivos, que conducen a una cadena de recuerdos inolvidables, siempre agradecidos. Lo dicen Francisco Marino y Juan Arcuri en “Viejo tango”, 1926, :”En el gangozo rezongar del fuelle, / brotan sentidas, llenas de emoción, / las cadenciosas notas de mi tango, / el viejo tango de mi corazón. / Se llena mi alma de dulces recuerdos / y de añoranzas de mi juventud, / y cada nota asoma a mi memoria / una deuda de inmensa gratitud.”

El alejamiento del hogar por razones laborales motiva la evocación nostálgica del tango, pero siempre unida al querido bandoneón. Así Homero manzi y Lucio Demare compusieron “Mañana zarpa un barco”: “Dos meses en mi barco viajó mi corazón, / dos meses añorando la voz del bandoneón / El tango es puerto amigo donde ancla la ilusión, / al ritmo de su danza se hamaca la emoción. / Bailemos este tango, no quiero recordar ! / mañana zarpa un barco, tal vez no vuelva más…”

La humanización del bandoneón queda clarmente reflejada, al atribuírsdele los mismos sentimientos que nos tocan vivir a diario. Enrique Cadícamo y Agustín Bardi, lo manifiestan en “Nostalgias” al decir: “Gime bandoneón, tu tango gris; / quizás a ti te hiera igual / algún amor sentimental…/ Llora mi alma de fantoche, / sola y triste en esta noche, / noche negra y sin estrellas…/ Quiero emborrachar mi corazón / para después poder brindar / por los fracasos del amor.”

El bandoneón y el tango íntimamente entrelazados, elementos determinantes de una inmigración que se acentúa en el barrio de la Boca. De acuerdo con Alberto Vacarezza y Antonio Scatasso, así lo señalaron en  ” El poncho del amor”, 1922, :”Yo soy del barrio de la ribera, / patria del tango y el bandoneón. / Hijo sin grupo de un gringo viejo, / igual que el tango de rezongón.”

El bandoneón se transforma en el confidente esencial, entre copas y tangos, cuando los romances terminan en la nada pero permanecen en el subconciente, reapareciendo con fuerza incontenible. Homero Manzi y Aníbal Troilo, lo expresaron en “Che, bandoneón”, 1950, ;”Bandoneón, / hoy es noche de fandango / y puedo confesarte la verdad, / copa a copa, pena a pena, tango a tango, / embalado en la locura / del alcohol y la amargura. / Bandoneón, / ¿para qué nombrarla tanto /  ¡No ves que está de olvido el corazón / y ella vuelve noche a noche como un canto / en las gotas de tu llanto, / che, bandoneón?.”

El bandoneón era el personaje, la esencia, el motivo, la razón, de todas las situaciones emparentadas con el tango. El bandoneón llora, gime, ronrronea; se manifiesta de todas las formas posibles ante su dueño. José Staffolani y Pedro Maffia compusieron “Taconeando”, 1931, y así lo contaron: ” y al quejarse el bandoneón / se escuchó / tristes las notas del tango / que nos hablaba de amor, / de mujer, de traición, / de milongas manchadas de sangre / de sus machos y el Picaflor.”

Las penas y los romances evocados bajo la acción del alcohol, caracterizaron al famoso tango “Malena”, de Homero Manzi y Lucio Demare, 1942 : ” Malena canta el tango como ninguna / y en cada verso pone su ciorazón. / A yuyo de suburbio su voz perfuma. / Malena tiene pena de bandoneón. / O acaso aquel romance, que sólo nombra / cuando se pone triste con el alcohol. / Malena canta el tango con voz de sombra. / Malena tiene pena de bandoneón.”

Las menciones de Homero Manzi relacionando el barrio con hechos que lo caracterizaron, han sido gráficamente explicadas en una síntesis admirable que se aprecia en “Barrio de tango“, 1942, con música de Aníbal Troilo: “Así evoco tus noches, barrio tango, / con las chatas entrando al corralón / y la luna chapalenado sobre el fango / y, a lo lejos, la voz del bandoneón.”

Como siempre, el bandoneón, típico representante del tango, presente en todas las manifestaciones de la vida cotidiana, en ese Buenos Aires que se fue.

Binomios tangueros, El tango

TAMARA GRIGORIEVA

Tamara Sidorenko, conocida como Tamara Grigorieva, fue una bailarina de ballet nacida en San Petersburgo, Rusia, en el año 1918.

En 1926 se escapó de Rusia junto a sus padres y hermanos, con destino a Francia. Comenzó su formación en París con George Balanchine y Olga Preobrayenska, primera bailarina del Ballet Marinskii. Debutó profesionalmente en “Les Ballets” de Balanchine, en 1933. Posteriormente ingresó en los “Ballets Russes de Montecarlo”, estableciéndose finalmente en el “Grupo del Coronel Basil”, con el cual llegó en gira a Buenos Aires, en el año 1942 debutando en el Teatro Politeama y radicándose en Buenos Aires.

A las pocas semanas, bailaba en el Teatro Colón donde fue primera bailarina, dominando la escena, destacando su hermosura y elegante clasicismo. Años más tarde se unió al Ballet Estable. Fue también coreógrafa, repositora y una excelente maestra de baile, en las temporadas 1947-1948 y 1956-1957.

En 1950 se nacionalizó argentina. Se retiró de los escenarios asumiendo la Dirección Artística en el Ballet del Sodre, de Montevideo, el Ballet del Teatro Argentino de La Plata y el Ballet del Teatro Colón, donde realizó su última tarea en 1990, dirigiendo junto a Mario Galizzi.

Contrajo matrimonio con el regisseur Vova Grigorieff, que se desempeñó durante un lapso prolongado como Secretario General de los Ballets Russes. Falleció en Buenos Aires el 19 de junio de 2010, a los 92 años de edad.

Tamara Grigorieva, una de las más fieles representantes del ballet tradicional ruso, fue una gran personalidad del ballet en la Argentina, que vivió en ese Buenos Aires que se fue.

Fuente: http://www.danzaballet.com/modules.php?name=News&file=article

http://www.clarin.com/espectaculos/danza-días-luto-o-291571031.html

http://www.danzaballet.com/muere-la-bailarina-Tamara-Grigorieva/

Artistas destacados, El Teatro, El exilio, Vivieron en Buenos Aires

LA GASTRONOMÍA EN EL TANGO

El tango ha participado en el quehacer diario de los porteños; las distintas manifestaciones del vivir, han quedado registradas en sus letras. La degustación de comidas y bebidas han quedado atrapadas en soberbios registros donde perduran costumbres y hábitos que reflejan con precisión, las costumbres del porteño a la hora de comer y de beber.

La más simple, comida y bebida elemental, pan y agua, inmortalizada en el decir de Ángel Vargas con la orquesta de Ángel D’Agostino, parece una marca registrada que oimos en el tango “A pan y agua”, 1919, de Enrique Cadícamo y Juan Carlos Cobian, cuando en el recitado nos dice: “¡1920! ¿Dónde están / mis amigos queridos de entonces…? / ¡A pan y agua! / Este tango nos unía / en aquellas noches inolvidables / de Armenonville. / …¡A pan y agua!.”

Un acto ritual del porteño es el de beber una taza de café. Los pretextos son múltiples: el encuentro con un amigo, recordar viejos tiempos, añorar al amor perdido, concretar un negocio, o ver pasar el tiempo a través de una ventana. Homero Manzi y Alfredo Malerba escribieron en 1943 “Mi taza de café”, donde se señala: “La tarde está muriendo detrás de la vidriera / y pienso mientras tomo mi taza de café. / Desfilan los recuerdos, los tiempos y las penas, / las luces y los cantores del tiempo que se fue. / Fantasmas del pasado que vuelven y que insisten / cuando en las tardes tomo mi taza de café.”

La descripción de las citas de amor, rodeadas de todos los elementos  partícipes de una reunión inolvidable, sean ambientales o gastronómicos, son brillantemente descritos en el clásico de Carlos Lenzi y Edgardo Donato “A media luz”, de 1925: “Corrientes 3-4-8, / segundo piso, ascensor, / no hay porteros ni vecinos. / Adentro cocktail y amor. / Juncal 12-24 / telefoneá sin temor. / De tarde, té con masitas /de noche, tango y champán. / Los domingos, tés danzantes; los lunes, desolación…”

Una serie de recomendaciones para el trasnochador, referidas al buen comer y beber, fueron escritas en tono humorístico por Eduardo Tronge y Salvador Merico, en el tango “Seguí mi consejo”, de 1928: “No vayás a lecherías / a pillar café con leche, / morfate tus pucheretes / en el viejo “Tropezón”, / y si andás sin medio encima, / cantale “Fiao” a algún mozo, / es una forma muy linda / pa’ evitarte un papelón. / Refrescos, limones, chufas, / no los tomés ni aún en broma…/ ¡Piantale a la leche, hermano, / que eso arruina el corazón!…/ Mandate tus buenas cañas, / hecete amigo del whisky / y, antes de morfar, rociate / con unos cuantos pernós”. Las recomendaciones alejan al protagonista de las comidas y bebidas sanas, para sumergirlo en una variedad de bebidas alcohólicas, a cual peor, rociado con un toque de humor.

La vida de la muchachada bohemia, sumida en la permanente pobreza, fue una constante, intensificada después de la crisis económica del 29. Las reuniones de grupos de amigos en una pieza de conventillo, compartiendo hambre, penurias, frío y angustias, fueron tratadas en “El bulín de la calle Ayacucho”, 1925, de Celedonio Flores y José y Luis Servidio, donde destacan que se comía pan y se bebía mate: “el bulín donde tantos muchachos / en sus rachas de vida fulera / encontraron marroco y catrera, / rechiflado, parece llorar. / El primus no me faltaba / con su carga de aguardiente, / y habiendo agua caliente / el mate era allí señor.”

La escasez de dinero fue la constante en una época en la que se podía calmar el apetito con un café con leche, pan y manteca, por la módica suma de 20 centavos. En la jerga popular se lo conocía por “un completo” y quedó registrado en “Lunes”, 1939, de Francisco García Jiménez y José Luis Padula: “Un catedrático escarba su bolsillo / a ver si el níquel le alcanza para un completo.” Así, las diversas facetas del comer, habitualmente del mal comer, quedaron asentadas en el tango que recogió con fidelidad, hábitos y costumbres de aquel Buenos Aires que se fue.

Binomios tangueros, El tango, La cuestión social
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