El Buenos Aires que se fue

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DÍA DE CLÁSICO FUTBOLERO

La ansiedad se vivía desde temprano cuando se jugaba un clásico de fútbol.

La convocatopria para asistir a la cancha y compartir las emociones del partido, estaban incentivadas por la propaganda de la radio, los diarios y las revistas deportivas. Todo tipo de especulaciones surgían en las discusiones en el café, en las esquinaas donde había quioscos de venta de diarios y en el trabajo.

Una preocupación constante era conseguir las entradas para asistir al estadio. Ese día, la afluencia de público era suficiente para llenar por completo las instalaciones. Por lo tanto, se concurría lo más temprano posible, para encontrar un lugar adecuado y disfrutar del espectáculo.

Ese día, se almorzaba más temprano la clásica tallarinada de los domingos, a fin de salir con el último bocado en dirección a la cancha. El clima de excitación se vivía en todo lugar, pero era especialmente manifiesto en los medios de transporte.

Un bullicio descomunal era provocado por los cánticos, groseros o no, que los coros improvisado por los aficionados hacían oir en los tranvías, ómnibus o colectivos, ocupados al máximo tanto en el interior, donde no cabía un alfiler, como colgados de los estribos o ubicados en los techos de los tranvías.

A medida que nos acercábamos al estadio, grandes grupos de hinchas, agrupados según el equipo, caminaban a buen ritmo, gritando múltiples expresiones y agitando banderas alusivas. La gente observaba desde los balcones de sus casas, este inusual espectáculo, repetido en ocasión de cada clásico. Como alguno de ellos colocaba una bandera de uno de los equipos, siempre se escuchaba todo tipo de gritos “alusivos”, contrarios a ese club, dirigidos al responsable, que habitualmente, permanecía poco tiempo por razones obvias.

Los controles de entrada eran más estrictos, demorando el acceso al estadio y exaltando el nerviosismo ya existente. La llegada temprano permitía disfrutar el partido de tercera división, preliminar al clásico. Pero el interés estaba centrado exclusivamente en lo que estaba por venir.

Como consecuencia de la enorme cantidad de público, era posible encontrar en la tribuna, algún aficionado al equipo contrario, que denotaba su presencia al gritar un gol o quejarse a viva voz ante una jugada discutida, originando la inmediata reacción de quienes lo rodeaban, invitándolo o recomendándole que se fuera a otro lado. Ya sea en la cancha o pendiente de un aparato radiofónico, los días de clásico se vivían con una mayor expectativa en ese Buenos Aires que se fue.

Los entretenimientos, el fútbol

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