El Buenos Aires que se fue

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LOS OFICIOS EN EL TANGO

Cuando las calles de Buenos Aires no estaban adoquinadas, el barro era dueño y señor, a veces transformádolas en verdadros pantanos, después de las lluvias. El transporte de los carros y viejos automóviles, se veía fatalmente obstaculizado cuando las ruedas se enterraban más y más. El cuarteador tenía la misión de ayudar a desencajar las ruedas atascadas en el barro.

El tango “El cuarteador”, de Enrique Cadícamo y Rosendo Luna, describe la tarea que realizaba ayudando al que quedaba encajado en el barro: “Yo soy Prudencio Navarro,/ el cuarteador de Barracas./ Tengo un pingo que en el barro / cualquier carro / tira y saca. / Overo de anca partida, / que en un trabajo de cuarta / de la zanja siempre aparta / ¡Chiche! / la rueda que se ha quedao”.

Un trabajo común era el de lustrabotas, generalmente a cargo de muchachos que aportaban al mantenimiento de una familia pobre y numerosa. Llevaban su “mini emprendimiento” por las calles de Buenos Aires, estableciéndose en una esquina favorable, generalmente frente a un Café.

El tango “Se lustra, señor”, de Marvil, Enrique Alessio y Eduardo Del Piano lo cuenta así: “Con sus ropitas viejas, curtido por el sol, / la vida lo ha tratado con todo su rigor…/ Siempre en la misma esquina, voceando su pregón: / ¡Señor!…aquí se lustra mejor que en el salón. / Conozco su historia…y sé de su valor;/ que cierto día el padre no regresó al hogar / y que él sin decir nada se hizo aquél cajón, / y que en su casa nunca les ha faltado el pan”.

El oficio de zapatero remendón fue uno de los destinos laborales de los numerosos inmigrantes llegados al país. Cada barrio tenía uno, generalmente ubicado en una piecita que daba a la calle. Guillermo del Ciancio compuso “Giuseppe el zapatero”, donde señala los afanes de un padre que ayuda a su hijo en el camino de la graduación académica:

“E tique, tuque, taque, se pasa todo el día / Giuseppe el zapatero, alegre remendón, / masticando el toscano y haciendo economía, / pues quiere que su hijo estudie de doctor. / …… Tarareando la violeta / Don Giuseppe está contento; / ha dejado la trincheta: / ¡el hijo se recibió! / Con el dinero juntado / ha puesto chapa en la puerta; / el vestíbulo arreglado, / consultorio con confort”.

El transporte de mercaderías se realizaba en carros de todo tamaño arrastrado por caballos. Los carreros eran personajes encargados de manejar dos a cuatro caballos, según la cantidad de mercaderías a transportar. Eran personajes muy especiales, pertenecientes a determinadas tropillas, muy bien caracterizadas por su forma de vestir y de “acicalar” a los caballos.

Alberto Vaccarezza y Raúl de los Hoyos compusieron “El carrerito” que dice: “¡Chiche!, ¡Moro!, ¡Zaino! / Vamos, pingos, por favor, / que pa’ subir el repecho / no falta más que un tirón…/ ¡Zaino!, ¡Chiche!, ¡Moro! / la barranca ya pasó, / y por verla tengo apuro / de llegar al corralón…”.

El transporte de las personas se realizaba en tranvías y en coches tirados por caballos, conocidos como “mateos”. El oficio de cochero estaba muy difundido, constituyendo un sector de trabajadores muy popular. El cochero se integraba con su caballo, en una dupla siempre disponible, indefectiblemente del rigor climático. Frío, calor o lluvias, no eran obstáculos en su trabajo, especialmente en las madrugadas invernales.

Celedonio Flores y Eduardo Pereyra compusieron “Viejo Coche”: “Viejo coche, que cuando era / un muchacho calavera / de madrugada ocupé…/ Si por pura fantasía / de la milonga salía / y a Palermo me tiré. / Eras nuevo y lustroso / y tu buen caballo brioso / por el centro te lució. / Viejo coche, quien diría / que a la larga rodarías / como también rodé yo!”.

El organillero fue un personaje trascendental en las calles de Buenos Aires. Llevaba colgado de un hombro un organito a manivela, con el que ejecutaba diversas melodías, siempre incluyendo al tango. También se acompañaba de una cotorrita, que cumplía la misión de hacer conocer “la suerte” del cliente, quien pagaba 10 centavos para oir un tango y conocer su porvenir. La cotorrita extraía un papelito cuidadosamente doblado, ubicado dentro de un cajoncito. El organito desarrolló un papel fundamental en la difusión del tango en los prostíbulos, conventillos y en las calles.

José González Castillo y Cátulo Castillo escribieron “Organito de la tarde”: “Al paso tardo de un pobre viejo, / puebla de notas al arrabal / con un concierto de vidrios rotos / el organito crepuscular. / Dándole vueltas a la manija,/ un hombre rengo marcha detrás / mientras la dura pata de palo / marca del tango el compás”. Son oficios registrados en los tangos de ese Buenos Aires que se fue.

El barrio, El tango, Personajes de la ciudad

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