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El Buenos Aires que se fue

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Archivo de Agosto, 2012

EL ACEITE DE HÍGADO DE BACALAO

El aceite de hígado de bacalao es un suplemento dietético administrado a los niños desde hace muchos años, por su contenido en vitaminas naturales A y D.

El sabor y el aroma es muy variable, dependiendo de su calidad que oscila desde un olor a sardinas hasta el de pescado podrido y aceite rancio. Los recuerdos de la infancia asociados al aceite de hígado de bacalao, constituyen una etapa de tortura.

Tomar una cucharada sopera en la mañana, era un verdadero castigo, ya que el asco que nos daba oler y tragar esa porquería, se tradujo no sólo en un recuerdo inolvidable, sino en una huella indeleble en el cerebro, imposible de borrar.

Quienes vivimos esta experiencia, también conocimos las variedades de este aceite con el sabor modificado, con un gusto a limón o menta, para facilitar su deglución, o su presentación en cápsulas    gelatinosas blandas. Eran tan grandes, que para un pibe, no era fácil tragarlas.

Se administraba en el período invernal para fortalecer los huesos evitando el raquitismo, para fortalecer el organismo  y protegerse de la gripe, y como un estimulante del apetito en niños delgados, cuando se consideraba que ser obeso, era ser sano.

Fue muy popular en la Argentina, la presentación denominada “Emulsión de Scott”, caracterizada por la clásica figura de un marinero transportando un bacalao al hombro, pero especialmente, por su horrible sabor. El recuerdo del sabor asqueroso del aceite de hígado de bacalao original, pertenece a uno de los peores momentos vividos en ese Buenos Aires que se fue.

Aquellas enfermedades, La casa, La cuestión social, La infancia, La medicina de ayer

LA TAQUIGRAFÍA

Se denomina taquigrafía a un sistema de escritura rápida que permite escribir a la misma velocidad del que habla.

Se emplean pequeños trazos, rectos o curvos, de distinta longitud  y caracteres especiales que representan letras o palabras. En Argentina se emplearon dos sistemas, Pitman y Larralde. Útil para tomar apuntes, registrar conferencias o informes, debía ser transcripto para su comprensión.

El Sistema Pitman era el más popular debido a la profusión de las Academias Pitman, especialmente diseminadas por la ciudad de Buenos Aires, donde se dictaban cursos de Dactilografía y Taquigrafía, con salida laboral.

El aprendizaje de la taquigrafía no era dificultoso. Más problemático era volcar ese contenido en el idioma corriente. Todo el tiempo economizado con la escritura, se duplicab al efectuar la versión escrita. Su empleo era cotidiano en las sesiones de la Cámara de Diputados, cuyas versiones aparecían en los diarios, junto a jugosos comentarios.

Fue un recurso muy empleado por las secretarias, destinado a escribir los dictados de cartas e informes en las respectivas empresas u oficinas. Luego transcribían lo registrado, dactilografiando la carta o el informe para sus jefes. Era el procedimiento habitual en la época previa a la computación.

Cuando cursaba el tercer año nacional, me inscribí en un curso nocturno que se dictaba en una escuela de educación primaria. El profesor era un abogado que trabajaba como taquígrafo en el Senado de la Nación. Cursarlo fue relativamente fácil, pero a la hora de leer la signología taquigráfica, me resultaba muy laboriosa la lectura.

De todo lo que aprendí, adopté dos o tres signos que empleaba frecuentemente cuando tomaba apuntes en las clases. A medida que avanzaba en los estudios fui estructurando un sistema de escritura rápida y comprensible para mí, donde combinaba lo aprendido en taquigrafía con expresiones propias que me permitían tomar apuntes casi a la velocidad del que hablaba. Son recuerdos de la vida de estudiante, en aquél Buenos Aires que se fue.

Fuente: http://es.wikipedia.org/wiki/Taquigraf%C3%ADa

La educación

LA MAQUINITA DE AFEITAR

Los peluqueros afeitaban con la navaja.

La vieja y clásica cuchilla, super afilada, era el elemento habitual usado por el peluquero para afeitar y finalizar los cortes de cabello, eliminando todo rastro de pelo en el cuello.

En el hogar, los que sabían manejarla, también la emplearon, pero era más frecuente  el uso de la maquinita de afeitar, porque era más segura, de fácil manejo y no se producían cortes en el rostro.

Se le adicionaba una hoja cortante de ambos lados, fabricada con acero al carbono. Se usaban varias veces y se reemplazaban por una nueva, ya que se oxidaban con cierta facilidad. Las afeitadas obtenidas con la maquinita, eran excelentes. Se realizaban utilizando una brocha mojada con agua jabobosa, contenida en un tazón.

 Siempre tengo presente la imagen de mi padre jabonándose la cara durante largo rato, hecho que ablandaba la barba, facilitando el rasurado. Hasta la aparición de las maquinitas de doble o triple hoja, con la maquinita clásica se obtenía una afeitada menos irritante.

Al ubicar la cuchilla en la maquinita, se la ajustaba dejándole una derterminada abertura, según la longitud de la barba en ese momento. Era útil durante pocas afeitadas, ya que se perdía su capacidad cortante; sin embargo, se la podía recuperar en parte   pasándola repetidas veces por la cara interna de un vaso de vidrio mojado. Esta simple maniobra, mejoraba su filo, prolongando su vida útil.

Las cuchillas usadas, se colocaban en un soporte metálico especial, y se empleaba como sacapuntas. Las hojas de afeitar se vendían en unas cajitas conteniendo diez unidades. Para quien se afeitaba todos los días, una cajita le cubría un mes, con holgura.

Si bien la calidad de la afeitada con la maquinita, no superaba a la obtenida con la navaja, brindaba un resultado muy aceptable. La aparición de maquinitas descartables de dos, tres y cuatro cuchillas, relegaron a la maquinita de afeitar junto con las cuchillas “Gillette”, “Legión Extranjera”, “Pal” o “Boina Blanca”, constituyéndose en un recuerdo de aquél Buenos Aires que se fue.

Fuente: http://es.wikipedia.org/wiki/Hoja_de_Afeitar.  

La casa

TERMINOLOGÍA EN DESUSO

El paso del tiempo ha provodado la desaparición de una terminología que era moneda corriente en el pasado y que, en la época actual, sólo causa sorpresa o curiosidad.

Es lo que ocurre con las expresiones idiomáticas populares que al pasar el tiempo, su empleo es cada vez más limitado, y hace que las nuevas generaciones no comprendan el significado que tenían en el pasado. Repasar esas frases en la hora actual, es una tarea educativa, ya que su lectura necesita el complemento de una explicación para ubicar al lector en una época anterior.

Eran expresiones del lenguaje corriente, que expresaban todo tipo de situaciones como por ejemplo: “Voy al Corte”. Se trataba de mujeres jóvenes que recurrían al estudio de Corte y Confección, disciplina que al cabo de un par de años, permitía una salida laboral. Las estudiantes se distinguían fácilmente por los elementos de trabajo que transportaban: una escuadra de madera y una regla T, para diseñar los moldes.

Otra frase: “A papá mono con bananas verdes”, surgía en el diálogo entre dos tipos que pugnaban por imponer una determinada idea. El dicho mencionado se refería a esa persona que intentaba engañar al otro, quien advertido, respondía con esa frase.

Un dicho muy popular era :”¿Me da la yapa?”, en referencia a recibir en cada compra realizada en el almacén o la verdulería, un poquito más de lo solicitado. Eran épocas en las que se vendía mucha mercadería suelta, es decir no envasada, y ese “poquito más”, era la yapa.

Una respuesta despectiva ante una propuesta molesta u ofensiva era :”Andá a freir churros”, que estuvo en boga durante mucho tiempo. Es difícil comprender actualmente, las distintas denominaciones referidas a la mujer embarazada: “Está gruesa” o “Está de encargue”, eran expresiones comunes como así también “Está en estado interesante”o “En la dulce espera”. Una que sigue vigente “Está encinta”, expresiones a las que se sumaba el uso de prendas destinadas a disimular el embarazo, el mayor tiempo posible. Hoy, las mujeres lucen orgullosas su vientre abultado, y en muchas ocasiones, al desnudo.

“Tener cuiqui”, era temer algo. El que decía algo correcto y fundamentado, “Estaba en la pomada” y los ladrones “eran los amigos de lo ajeno”. Las chicas con talles estilizados “tenían una cintura de avispa”. Cuando alguien faltaba a una cita , “Lo dejaba de seña”, y cuando se refería a algo muy antiguo, se decía que era “del tiempo del jopo”. Eran todas expresiones comunes en ese Buenos Aires que se fue.

La ciudad, La cuestión social

EL FUENTÓN

También conocido como tacho, el fuentón era un recipiente cilíndrico de zinc con dos asas.

Generalmente se disponía de dos fuentones: uno chico, que se empleaba para lavar los platos y utensilios de cocina, después de comer. Otro grande, que se usaba para lavar la ropa, con la ayuda de la tabla de lavar. No se conocía el detergente y los jabones de lavar marca “Federal”, “Llauró” o “Radical”, producían una espuma muy escasa, y se requería el auxilio del agua caliente, calentada en la hornalla, a fin de lograr un lavado aceptable.

Cumplía también la función de bañadera para los pequeños, que se beneficiaban de bañarse en el dormitorio o en la cocina, con el agua recién calentada. El cuarto de baño quedaba lejos, no tenía agua caliente y se corría el riesgo de un enfriamiento. Estábamos en la era preantibiótica y se pasaba del enfriamiento a una enfermedad respiratoria que podía desembocar en una neumonía o en la tuberculosis, riesgos que se procuraban evitar.

Todas las familias tenían un fuentón, chico o grande. Las menos, tenían los dos. Fue un elemento muy popular, de uso constante. Eran pesados, ya que el zinc empleado era grueso. Pero cuando se producía alguna pérdida de agua por fisura o perforación, se recurría a los servicios del tachero, personaje que deambulaba por las calles de Buenos Aires, arreglando en la puerta de cada domicilio, todo tipo de recipientes metálicos como ollas, pavas, palanganas y por supuesto, tachos de zinc.

La carencia de comodidades habitacionales se solucionaban con el auxilio de estos sencillos elementos, hoy prácticamente desaparecidos. El fuentón, grande o chico, fue un utilitario doméstico imprescindible en aquel Buenos Aires que se fue.

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LOS OFICIOS EN EL TANGO

Cuando las calles de Buenos Aires no estaban adoquinadas, el barro era dueño y señor, a veces transformádolas en verdadros pantanos, después de las lluvias. El transporte de los carros y viejos automóviles, se veía fatalmente obstaculizado cuando las ruedas se enterraban más y más. El cuarteador tenía la misión de ayudar a desencajar las ruedas atascadas en el barro.

El tango “El cuarteador”, de Enrique Cadícamo y Rosendo Luna, describe la tarea que realizaba ayudando al que quedaba encajado en el barro: “Yo soy Prudencio Navarro,/ el cuarteador de Barracas./ Tengo un pingo que en el barro / cualquier carro / tira y saca. / Overo de anca partida, / que en un trabajo de cuarta / de la zanja siempre aparta / ¡Chiche! / la rueda que se ha quedao”.

Un trabajo común era el de lustrabotas, generalmente a cargo de muchachos que aportaban al mantenimiento de una familia pobre y numerosa. Llevaban su “mini emprendimiento” por las calles de Buenos Aires, estableciéndose en una esquina favorable, generalmente frente a un Café.

El tango “Se lustra, señor”, de Marvil, Enrique Alessio y Eduardo Del Piano lo cuenta así: “Con sus ropitas viejas, curtido por el sol, / la vida lo ha tratado con todo su rigor…/ Siempre en la misma esquina, voceando su pregón: / ¡Señor!…aquí se lustra mejor que en el salón. / Conozco su historia…y sé de su valor;/ que cierto día el padre no regresó al hogar / y que él sin decir nada se hizo aquél cajón, / y que en su casa nunca les ha faltado el pan”.

El oficio de zapatero remendón fue uno de los destinos laborales de los numerosos inmigrantes llegados al país. Cada barrio tenía uno, generalmente ubicado en una piecita que daba a la calle. Guillermo del Ciancio compuso “Giuseppe el zapatero”, donde señala los afanes de un padre que ayuda a su hijo en el camino de la graduación académica:

“E tique, tuque, taque, se pasa todo el día / Giuseppe el zapatero, alegre remendón, / masticando el toscano y haciendo economía, / pues quiere que su hijo estudie de doctor. / …… Tarareando la violeta / Don Giuseppe está contento; / ha dejado la trincheta: / ¡el hijo se recibió! / Con el dinero juntado / ha puesto chapa en la puerta; / el vestíbulo arreglado, / consultorio con confort”.

El transporte de mercaderías se realizaba en carros de todo tamaño arrastrado por caballos. Los carreros eran personajes encargados de manejar dos a cuatro caballos, según la cantidad de mercaderías a transportar. Eran personajes muy especiales, pertenecientes a determinadas tropillas, muy bien caracterizadas por su forma de vestir y de “acicalar” a los caballos.

Alberto Vaccarezza y Raúl de los Hoyos compusieron “El carrerito” que dice: “¡Chiche!, ¡Moro!, ¡Zaino! / Vamos, pingos, por favor, / que pa’ subir el repecho / no falta más que un tirón…/ ¡Zaino!, ¡Chiche!, ¡Moro! / la barranca ya pasó, / y por verla tengo apuro / de llegar al corralón…”.

El transporte de las personas se realizaba en tranvías y en coches tirados por caballos, conocidos como “mateos”. El oficio de cochero estaba muy difundido, constituyendo un sector de trabajadores muy popular. El cochero se integraba con su caballo, en una dupla siempre disponible, indefectiblemente del rigor climático. Frío, calor o lluvias, no eran obstáculos en su trabajo, especialmente en las madrugadas invernales.

Celedonio Flores y Eduardo Pereyra compusieron “Viejo Coche”: “Viejo coche, que cuando era / un muchacho calavera / de madrugada ocupé…/ Si por pura fantasía / de la milonga salía / y a Palermo me tiré. / Eras nuevo y lustroso / y tu buen caballo brioso / por el centro te lució. / Viejo coche, quien diría / que a la larga rodarías / como también rodé yo!”.

El organillero fue un personaje trascendental en las calles de Buenos Aires. Llevaba colgado de un hombro un organito a manivela, con el que ejecutaba diversas melodías, siempre incluyendo al tango. También se acompañaba de una cotorrita, que cumplía la misión de hacer conocer “la suerte” del cliente, quien pagaba 10 centavos para oir un tango y conocer su porvenir. La cotorrita extraía un papelito cuidadosamente doblado, ubicado dentro de un cajoncito. El organito desarrolló un papel fundamental en la difusión del tango en los prostíbulos, conventillos y en las calles.

José González Castillo y Cátulo Castillo escribieron “Organito de la tarde”: “Al paso tardo de un pobre viejo, / puebla de notas al arrabal / con un concierto de vidrios rotos / el organito crepuscular. / Dándole vueltas a la manija,/ un hombre rengo marcha detrás / mientras la dura pata de palo / marca del tango el compás”. Son oficios registrados en los tangos de ese Buenos Aires que se fue.

El barrio, El tango, Personajes de la ciudad

COLMAO EL TRONÍO

El “Tronío” era un colmao flamenco de lujo, famoso en las décadas del 40 y el 50, ubicado en la calle Corrientes 561 y denominado “La Catedral del Varieté”.

Disponía de tres salas en tres niveles distintos: en el primero, tipo boite, se escuchaba música de violín y piano. El segundo nivel estaba dedicado al flamenco y el tercero, era la Sala grande. Los números de varieté eran, en su mayoría, españoles.

Se podía disfrutar del arte de “El Niño de Utrera” o “Angelillo”, acompañados por la guitarra de Pepe Alonso o Esteban de Sanlucar. Las familias iban a tomar el té y disfrutar de un espectáculo de calidad. Las señoras concurrían con sombrero y los hombres de traje y sombrero, como se acostumbraba en esa época.

Escuchar y ver a Miguel de Molina con las famosas blusas que él mismo diseñaba y elaboraba, así como el encanto y la simpatía de una juvenil Lolita Torres. A Pedrito Rico con sus canciones y pasos de baile. La comicidad de Fidel Pintos, Gogo Andreu y Tito Climent, así como los boleros cantados por la cálida voz de Gregorio Barrios.

La dirección musical estaba a cargo del maestro Francisco Madorrán, compositor de muchos temas musicales y autor de la marcha característica del colmao. En “El Tronío” se podía disfrutar canciones, bailes, varieté y brochazos típicos. Eran épocas en las que actuaba “La Mexicanita y sus chinacos”. Una época irrepetible a la que diversos acontecimientos provocaron en la Argentina, un verdadero furor por todo lo español destacándose las peleas entre republicanos y franquistas a consecuencia de la Guerra Civil española.

Al “Tronío” asistía la gente más selecta de Buenos Aires; iban a tomar una copa o a cenar. Se hacían tres funciones diarias: matineé, vermouth y noche, para asistir a un espectáculo de alta calidad, con figuras nacionales e internacionales, en ese Buenos Aires que se fue.

Fuente: http://www.todotango.com

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JULIO MARTEL

Julio Pedro Harispe, Julio Martel, nació cerca de Junín, el 6 de Agosto de 1923.

A los 5 años se mudó a Caseros, ayudando en el mercado de su padre. En 1936 se fue a vivir a Munro, donde comenzó a cantar en 1939, con acompañamiento de guitarras. En 1941 firmó su primer contrato como vocalista de orquesta típica, en la orquesta de Juan Giordano, con quien trabajó en el Hotel Hurlingham, de Mar del Plata, durante la temporada de verano. En invierno lo hacía en el City Hotel de Buenos Aires.

En 1943 se enteró que Alfredo De Angelis buscaba un cantor. Rindió la prueba en Radio El Mundo, siendo elegido. Debutó en el café “Marzzotto”, junto a Floreal Ruiz. El primer tango que grabó fue “Que buena es”, el 23 de Setiembre de 1943.

En Mayo de 1944 debutó en el dancing “Tibidabo” e inauguró el “Tango Bar”. Estrenó el tango “Pregonera” en el club “Argentinos Juniors”, en el año 1945. Al año siguiente comenzó con el famoso progrma “Glostora Tango Club”, en “Radio el Mundo”, lunes a viernes de 20.00 a 20.15 horas.

Muchos de los tangos que cantó con De Angelis, no llegaron al disco. Dejó grabados 63 temas como solista y 17 a dúo con Carlos Dante. Su última actuación con el maestro De Angelis fue durante los carnavales de 1951, realizados en el club Gimnasia y Esgrima de La Plata.

Filmó la película “El cantor del pueblo”en 1948. Junto a la actriz Graciela Lecube protagonizó ese mismo año “El ídolo del tango”. Debutó como solista en Chile, pasando luego a Montevideo. Regresó a Buenos Aires, participando en la orquesta de Oscar Castagnaro. Trabajó junto a Roberto Chanel en la confitería “La Armonía” y en “Radio Belgrano”.

Posteriormente lo hizo por”Radio Argentina” y realizó una gira por América, que se detuvo en Colombia donde obtuvo un gran éxito, decidiendo permanecer un tiempo prolongado. Allí grabó 20 temas en el sello “Sonolux”, de Medellín. Su última ctuación se realizó en Luján, el 20 de Diciembre de 1959.

Este prócer de Munro, falleció el 19 de Febrero de 2009. Julio Martel fue embajador del tango en sus diversas giras por Latinoamérica, legítimo representate de la múisica ciudadana en ese Buenos Aires que se fue.

Fuente: “Tango y Cultura Porteña”, FM 97.9 Radio Cultura. Emisión Nº

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