El Buenos Aires que se fue

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Archivo de Mayo, 2012

ÁNGEL VARGAS

José Lomio (Ángel Vargas), nació en Barracas el 22 de Octubre de 1904, pero vivió casi toda su vida en Parque Patricios.

Desde niño sintió atracción por el canto, que se tradujo en presentaciones en los cines de su barrio. No terminó el colegio secundario. En 1930 cantó con la orquesta Landó Martino, debutando en el Café Marzotto, en el horario de 13 a 17 horas. En 1934 debutó con Ángel D’Agostino en los cines Florida y Select Buen Orden.

En 1935 fue estribillista en la orquesta de Augusto P. Berto; se incorporó posteriormente al Trío de Antonio Sureda y cantó a dúo con Santiago Devin. Desde 1936 a 1940 cantó en el Cabaret Chantecler junto a la orquesta de Ángel D’Agostino.

Debutaron en el disco el 13 de Noviembre de 1940 con los tangos “No aflojés” y “Muchacho”, para la RCA Víctor. En 1941 la dupla se consagró en la audición “Ronda de Ases”, como la más popular. Permaneció con el maestro D’Agostino hasta Setiembre de 1946 siendo rebautizado “El Ruiseñor de las calles porteñas”. Su última grabación con D’Agostino fue “Demasiado tarde”.

En 1947 grabó con la orquesta de Eduardo Del Piano el tango “Se lustra”, su primer disco como solista. Otros directores que lo acompañaron en su carrera fueron Armando Lacava, Edelmiro “Toto” D’Amario, Luis Stazo, Daniel Lomuto y José Libertella.

Grabó 94 temas con Ángel D’Agostino, 20 con Eduardo del Piano, 40 con Armando Lacava, 6 con Alejandro Scarpino, 20 con “Toto” D’Amario, 6 con Luis Stazo y 2 con José Libertella. Le diagnosticaron un cáncer de pulmón en 1959, y el 7 de Julio de ese año fue operado. Al finalizar la intervención, falleció a raiz de un accidente anestésico.

Foto: Sentir el Tango, Ed. Altaya Nº 61. 1999

Angel Vargas no buscó el éxito a través de efectos inútiles, movimientos exagerados o amaneramientos. Fue un auténtico ídolo popular del tango, en aquel Buenos Aires que se fue.

Fuente: “Tango y Cultura Porteña”, FM 97.9 Radio Cultura. Emisión Nº 16 del 17 Agosto de 1999.

El tango

CARMEN AMAYA

Carmen Amaya fue una de las grandes bailaoras del flamenco que nació en Barcelona, el 2 de Noviembre de 1913.

Comenzó a bailar desde muy pequeña junto a su padre, actuando en distintos locales de Barcelona. A los 10 años de edad actuó en Madrid y posteriormente realizó varias giras por ciudades de España. En 1935 actuó en el “Coliseum” de Madrid y en el “Teatro de La Zarzuela”, junto a Conchita Piquer y Miguel de Molina. Filmó con Angelillo, “La hija de Juan Simón” y poco más tarde, “María la O”.

Al comenzar la Guerra Civil en 1936, salió de España para actuar en Buenos Aires, donde llegó el 9 de Diciembre de 1936, junto a su familia y debutando el 12 de Diciembre de 1936 en el Teatro Maravillas, acompañada por los guitarristas Ramón Montoya y Sabicas, con quien mantuvo un prolongado idilio durante 9 años.

El contrato era por 6 meses pero se extendió por otros 6 meses más, por lo que estableció su residencia con su familia en Buenos Aires. Comenzó luego una gira por otras ciudades argentinas y a su regreso actuó nuevamente en el Teatro Maravillas durante 4 meses más.

Entre 1937 y 1940 realizó giras por otros países latinoamericanos visitando Brasil, Uruguay, Chile, Colombia, Venezuela, Cuba, Mexico y regreso en Argentina, donde filmó películas y grabó discos. En 1941 se presentó en Nueva York y en el Carnegie Hall. En 1942 se instaló en Nueva York y fue una de las principales atracciones de Hollywood donde interpretó una versión de “El amor brujo”, de Manuel de Falla.

Filmó varias películas: “Sueños de gloria”; “Piernas de plata”; “Vea a mi abogado”; “Las amarguras de un torero”, entre otras y realizó grabaciones discográficas. Regresó a Europa y se presentó en París, Londres y Holanda. Pasó a México, Nueva York, Sudáfrica y nuevamente Argentina, retornando a Europa.

En 1947 reapareció en España. En 1948 actuó en Londres y en 1950 recorrió Argentina, dejando el recuerdo de actuaciones memorables en el Teatro Astralde Buenos Aires. En 1952, contajo matrimonio con Juan Antonio Agúero, guitarrista de su compañía.

En sus giras siempre incluyó a México y Argentina, su país de residencia durante varios años, donde siempre presentó sus nuevos espectáculos, llegando por última vez en 1962. “La Capitana”, como la llamaban, filmó su última película, “Los tarantos”, en 1963, a cuyo estreno, lamentablemente, no pudo concurrir. Falleció en Begur, Gerona, el 19 de Noviembre de 1963 por padecer una insuficiencia renal.

Carmen Amaya, “La Capitana”, la catalana más universal de todos los tiempos, que revolucionó la forma de bailar de las mujeres, vivió desde 1936 a 1941, en Buenos Aires, su segunda patria, donde una calle recuerda su nombre.

En el año 1940, cursaba yo el Primer Grado Superior en una escuela de la calle Bustamante, en el barrio de Almagro. Nunca olvidaré la represión de la maestra para con un alumno que se quedó dormido, mientras ella explicaba. Al encararlo enérgicamente por su falta de atención, él le respondió entre llantos: “es que anoche, llegamos muy tarde del teatro y dormí muy poco”. Así se expresaba Antonio Amaya, hermano menor de Carmen Amaya y compañero en la escuela primaria de ese Buenos Aires que se fue.

Fuente: http://letrasviperinas.com/coplas/biografias/amaya.html

http://www.elartedevivirflamenco.com/bailaores03.html

http://www.flamenco_world.com/tienda/autor/carmen_amaya/137

El exilio, Vivieron en Buenos Aires

ADA FALCÓN

Aída Elsa Ada Falcone, Ada Falcón, nació en Buenos Aires el 17 de Agosto de 1905. Tuvo dos hermanas; Amanda, sin trascendencia pública y Adhelma, la más conocida.

Debutó a los 5 años como “La Joyita Argentina”. Su trayectoria fue exitosa, con gran reconocimiento del público. Junto con Azucena Maizani, Sofía Bozán, Mercedes Simone, Rosita Quiroga, Tita Merello y su hermana Adhelma, integró el grupo de las cancionistas que crearon las voces femeninas del tango.

Su primera grabación fue en 1925 en el sello Víctor, acompañada por la Orquesta de Osvaldo Fresedo. A partir de 1929, grabó en el sello “Odeón” con el acompañamiento de Enrique Delfino y la guitarra de Manuel Parada.

A partir de Julio de 1929 es acompañada en casi 200 temas, por la orquesta de Francisco Canaro, el hombre de su vida, con quien mantuvo un prolongado y tormentoso romance. De ahí que Canaro escribiera el vals “Yo no sé que me hicieron tus ojos”.

Foto: El Portal del Tango.com

La primera de las grabaciones fue “La morocha”, el 24 de Julio de 1929. Llegó a grabar 15 discos por mes. La relación con Canaro finalizó el 28 de Setiembre de 1938. La última grabación que realizó fue en 1942, acompañada por Héctor Stamponi en los temas “Corazón encadenado” y  el vals “Viviré con tu recuerdo”.

Vivió en una casa de tres plantas en Palermo Chico, que aromatizaba quemando perfumes franceses. Hacía ostentación de pieles y joyas como parte cde sus caprichos. Participó en la filmación de “Idolos del tango”, con dirección de Eduardo Morera, estrenada en 1934.

Su canto fue emotivo y romántico, dirigido a un amor perdido. Mujer caprichosa y extravagante que ignoraba los contratos firmados, faltaba a las audiciones. A partir de 1935 sufrió una profunda transformación de carácter místico. En el año 1942, fue a la iglesia de Nueva Pompeya, entrando de rodillas.

Posteriormente, abandonó la vida artística y junto a su madre se trasladó a Salsipuedes, Provincia de Córdoba, recluyéndose como terciaria Franciscana, actitud que mantuvo hasta su muerte, ocurrida el 5 de Enero de 2002 a los 96 años de edad. Ada Falcón fue una de las grandes voces del tango en la década del 30 al 40, de ese Buenos Aires que se fue.

Fuente:”Tango y Cultura Porteña”. FM 97.9 Radio Cultura. Emisión Nº 55 del 15 de mayo de 2000

El tango

EL NIÑO DE UTRERA

Juan Mendoza Domínguez, conocido como “El Niño de Utrera”, fue un cantaor flamenco nacido en Utrera, Sevilla, el 25 de Diciembre de 1907.

Actuó en importantes compañías acompañado por famosos guitarristas como “Niño Ricardo”, “Sabica” y Ramón Montoya, con quienes grabó discos inolvidables. Fue un cantor de la llamada Ópera flamenca especializado en los “cantes por fandangos” y seguidor del “Niño de Marchena”.

En 1935 actuó con Estrellita Castro en la película “Rosario la Cortijera”. La Guerra Civil Española fue factor determinante de su salida de España, exiliándose en la República Argentina, donde compartió el escenario con Angelillo, otro afincado en Buenos Aires, obteniéndo gran éxito como intérprete de la canción española en los “cantes de fandango” y “cantos de ida y vuelta”.

El Teatro Avenida fue uno de los escenarios que vieron brillar al “Niño de Utrera” en la década del 40. Se unió a la cantante catalana Trini Moren con la que se casó y formaron una compañía, con la que recorrieron buena parte de Sudamérica.

Dejaron una serie de grabaciones inolvidables como “El hijo de nadie”, con el que ganó un Disco de Oro en Cuba; “Gitano”; “Alza tus ojos”; “Cambiaría todo por estar contigo”. Falleció en Viña del Mar, Chile, el 12 de Octubre de 1964 durante los ensayos con la Compañía Romería.

El “Niño de Utrera” fue uno de los artífices del Flamenco, impulsado por el aluvión inmigratorio que llegó al país, en ese Buenos Aires que se fue.

Fuente: Biacciale, Betina: Con acento criollo. Marzo 2003.

http://ateneodecordoba.com/index.php/Juan_Mendoza_%22EL_Ni%C3%B…

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EL PLUMERERO

Un personaje de Buenos Aires que transitba las calles con frecuencia era el plumerero.

No usaba uniforme y llevaba en una mano varios plumeros de tamaño diversos y en la otra, un plumero mediano, a modo de muestra, con el que reforzaba su voceo.

Los plumeros se utilizaban para la limpieza y el aseo doméstico. Los plumeros eran pequeños, medianos, muy utilizados y grandes. Eran fabricados con plumas de avestruz o ñandú, unidas a un mango de madera barnizada, de unos 50 centímetros de longitud. Se usaba para quitar el polvo depositado en los muebles.

En realidad, quitar el polvo era un absurdo, porque se lo movilizaba temporariamente, hasta que al cabo de un momento, se depositaba nuevamente en los mismos muebles. En todos los hogares había uno.

Tambien se usaba uno pequeño con mango hueco de metal, donde se insertaba un largo mango, cuya finalidad era limpiar los techos, especialmente los ángulos y uniones del techo con la pared, donde frecuentemente había telas de araña.

Una vez barridos los pisos, se procedía a “limpiar todas las superficies” con el auxilio de un plumero, habitualmente de tamaño mediano. Era común observar a los porteros de las casas, pasar el plumero por la fachada de las puertas. Recuerdo que en mi casa, el plumero se empleaba todos los días y nunca había comentarios referidos al hecho de movilizar momentáneamente el polvo depositado en la superficie de libros, objetos de adorno, mesas, cuadros, etc.

El plumerero, fue un personaje que siempre encontró como ubicar este artículo de limpieza, esencial en el hogar para las amas de casa, de ese Buenos Aires que se fue.

La casa, Personajes de la ciudad

EL VENDEDOR DE CHURROS

El vendedor de churros recorría la ciudad por las tardes. Usaba saco que alguna vez fue blanco, gorra oscura con visera y alpargatas.

Transportaba dos canastas, una en cada extremo de una barra de madera que asentaba sobre sus hombros, por detrás del cuello, unidas a la barra por una cuerda gruesa. Media canasta esta cubierta por los churros. Los ofrecía en dos tamaños: pequeños o comunes y grandes, que duplicaban el tamaño.

Los churros no estaban rellenos de dulce de leche. Esa costubmbre aparecería mucho más tarde. No trasportaba solo churros, porque también vendía galletas de miel, polvorones y facturas con crema pastelera. Ambas canastas estaban cubiertas por un lienzo blanco.

Este personaje trabajaba exclusivamente en las veredas, y anunciaba su presencia soplando un silbato ubicado dentro de la boca, que emitía un sonido característico e inconfundible. Esto motivaba la salida de los domicilios y la compra de su mercadería que rápidamente se agotaba.

El churrero tomaba la mercadería con su pinza anatómica, es decir entre los dedos pulgar e índice y la colocaba en una hoja de papel de almacén. Por muy pocas monedas teníamos acceso a degustar churros o facturas que habitualmente, no se hallaban en las panaderías. La venta de churros estaba restringida a estos vendedores y en aquellos pocos lugares que ofrecían chocolate con churros.

Churros crujientes, sabrosos, con azúcar espolvoreada en el momento de la compra, constituían solos, o acompañando a un café con leche, un complemento delicioso difícil de encontrar en ese Buenos Aires que se fue.

El barrio, Personajes de la ciudad

GEORGE ANDREANI

Joseph Kumok, conocido como George Andreani, fue un compositor y director de orquesta nacido en Varsovia, Polonia, el 28 de Febrero de 1901.

Estudió piano en Varsovia con su padre y se perfeccionó en el Conservatorio de Berlín, y con el maestro Xaver Sharwenke. Completó estudios en Viena y Praga. Estudió composición con el maestro Trailin, discípulo de Rimsky Korsakov.

Finalizada la Primera Guerra Mundial se radicó en Praga, Checoslovaquia como director y compositor de la música de 38 películas, en los Estudios Barrandow en Praga y para el sello UFA, en Berlín. En 1935 compuso la música del film “El Golem”, dirigido por Julien Duvivier en Francia, lo que le valió un premio. Compuso también la música de comedias musicales como “Adieu Madame”; “El Cuervo blanco”; “La femme sans coeur”, etc.

Foto: Museo del Cine Pablo Hicken

Llegó a Buenos Aires en 1938. Colaboró como compositor y director de la música de 79 películas, a partir de 1937 para “Fuera de la ley”, dirigida por Manuel Romero, ésta antes de su arribo a Buenos Aires. La última fue “Hombres salvajes”, en 1959. También colaboró en algunas películas del cine chileno. Trabajó con directores como Carlos Hugo Christensen, Arturo García Buhr, Enrique Susini, entre otros. La mayor parte de las películas que musicalizó pertenecíeron al sello “Lumiton”.

Fue director de la Orquesta Estable de Radio Splendid y Conductor durante 5 años, de la “Fiesta de la Vendimia” en la Provincia de Mendoza. Ganó el “Premio Sadaic 1972″ por la “Composición de Música para Películas”. Falleció en Buenos Aires el 2 de Abril de 1979.

Algunos exiliados europeos tomaron a la Argentina como país de paso o de refugio mientras que otros, como George Andreani vivieron en forma definitiva, en ese Buenos Aires que se fue.

Fuente: Glocer, Silvia. Acerca de los músicos judíos exiliados en la Argentina durante el nazismo. 2008

La Nación, 10 Abril 1979.

El cine, El exilio, Vivieron en Buenos Aires

FRANCISCO GARCíA JIMENEZ

Francisco García Jimenez nació en Buenos Aires el 22 de Agosto de 1889.

Hombre múltiple, desempeñó tareas como periodista, guionista de cine, historiador y prestigioso escritor de letras de tango. Su excelente producción comenzó con “Zorro gris” en el año 1920, en colaboración con Rafael Tuegols.

En 1925 dió a conocer “Suerte loca”, con música de Anselmo Aieta, su coequipier en múltiples producciones como “Siga el corso”, “Carnaval” y “Ya estamos iguales”. Con música de Vicente Belvedere nos dejó en 1928  “Barrio pobre”, y en 1929 “Alma en pena”, nuevamente con Anselmo Aieta.

Foto: Sentir el tango, Nº 83. 1996 Ed. Altaya

Las letras de García Jimenez, se caracterizaron por la diversidad y popularidad que alcanzaron. El lunfardo sólo lo utilizó en “Lunes” y “Farolito de papel”, 1929 y 1930 respectivamente. Son muchos los testimonios de su atildada y minuciosa producción: el vals “Palomita blanca”, los tangos “Rosicler”, “Tus besos fueron míos” y “Bajo Belgrano”.

Este gran creador se alejó de  nosotros el 5 de Marzo de 1983, como consecuencia de un accidente en la línea E de subterráneos. Francisco García Jimenez fue un fino constructor de imágenes, con un lenguaje pulido y erudito, creyente fervoroso del valor de las letras del tango, en ese Buenos Aires que se fue.

Fuente: “Tango y Cultura Porteña”. FM 97.9 Radio Cultura. Emisión No. 50, 10 de Abril de 2000.

El tango

EL VENDEDOR DE CUBANITOS

El vendedor de cubanitos trabajaba en la calle, hasta antes del anochecer. Generalmente usaba un saco blanco; a veces un gorro también blanco. Se ubicaba en sitios estratégicos como en las entradas de los colegios, edificios públicos o en las plazas.

Pero el sitio más frecuente para encontrarlo era en las esquinas, cuando los vehículos se detenían forzozamente por razones del tránsito. Caminaba entre los autos voceando y mostrando su producto. Los cubanitos estaban ordenados sobre una bandeja de madera formando una pirámide.

Generalmente descubiertos, eran elegidos con una pinza, a fin de depositarlo en las manos del comprador. En otras oportunidades, estaban envueltos en papel blanco traslúcido, en grupos de tres, evitando de esa forma ensuciarse con dulce de leche.

La bandeja se agotaba en poco tiempo, especialmente al mediodía o en la hora del té. Pero la carga era rápidamente repuesta, mediante la ayuda de una mesita auxiliar, donde había suficiente cantidad de mercadería, generalmente a la intemperie y sin ninguna protección.

A veces ocurrían accidentes que obligaban a reconsiderar sabiamente las decisiones. Me refiero a cuando por una maniobra intempestiva, los cubanitos caían al suelo. Si estaban envueltos, no pasaba nada. Pero la mayoría de las veces, no lo estaban y observar el espectáculo del vendedor recogiendo los cubanitos del suelo, sea de la vereda o de la calle para reponerlos en la bandeja, provocaba un sentimiento de rechazo que conducía a una sola conclusión: no consumir jamás cubanitos en la vía pública.

La falta de higiene, el descuido en el manejo de la mercadería, las moscas en el verano y el manoseo a toda hora por parte del vendedor, eran factores que se aunaban para evitar ingerirlos. En ciertas circunstancias, cuando un amigo nos convidaba, se creaba una situación de rechazo conciente, molesta para ambos, pero por distintas razoners. La venta callejera de cubanitos, llegó a ser muy popular, en ese Buenos Aires que se fue.

Personajes de la ciudad

LAS LOCOMOTORAS

Durante mi niñez y comienzo de la adolescencia, vivía en la calle Billinghurst y Rivadavia, en el barrio de Almagro, muy cerca de las vías del Ferrocarril Oeste, hoy Ferrocarril Sarmiento.

A una cuadra de allí había un puente sobre las vías en la calle Bustamante, que permitía ver a los trenes eléctricos que salían del túnel de Plaza Miserere, así como a las locomotoras alimentadas a leña, carbón o petróleo, arrastrando vagones, haciendo maniobras o cargando agua.

Ir a ver el pasaje de estas locomotoras llegando o saliendo de la estación Once a nivel, era un paseo infantil. Como el puente estaba ubicado a unos 400 metros de la estación Once a nivel, las locomotoras llegaban al puente aumentando su velocidad y arrojando un humo denso, blanco o negro.

Durante la época de la “tos convulsa”, visitaba el puente diariamente para aspirar el humo negro principalmente. Se decía que poseía propiedades que ayudaban en la curación de la “tos convulsa”. La aspiración del humo era fugaz, lo que tardaba el tren en pasar debajo el puente.

Era una época en la que no había antibióticos ni vacunas para esta enfermedad, pero con abundancia de “tratamientos alternativos útiles”, según se decía porque a alguien, que no conocíamos, lo había beneficiado. La realidad era que vivíamos la historia natural de la enfermedad, pasando por todas sus etapas, sin encontrar mejoría.

Quiero contarles la relación “filial”existente entre el maquinista y la locomotora. Si conocen a algún ferroviario que las haya manejado podrán comprobarlo. Le ponían nombre, generalmente femenino, y la cuidaban como a un objeto precioso, exigiéndola en la medida de las posibilidades de cada una.

Procuraban realizar los recorridos en el menor tiempo posible, especialmente en determinados tramos. Se destacaban los tiempos obtenidos, y cual locomotora poseía el record. Hemos tenido la oportunidad de visitar tiempo atrás, una exposición de locomotoras en la estación Retiro. Consistía en fotos de distintas locomotoras que se habían destacado por su rendimiento, así como también miniaturas de locomotoras famosas y la presencia de algunos elementos de alguna de ellas. Estaban acompañadas por una sinopsis cronólogica de su período de actividad y destino final.

Hoy ya no circulan las locomotoras en casi ninguna zona del país, constituyendo un nostálgico recuerdo de aquel Buenos Aires que se fue.

La ciudad
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