EL VENDEDOR DE CHURROS
El vendedor de churros recorría la ciudad por las tardes. Usaba saco que alguna vez fue blanco, gorra oscura con visera y alpargatas.
Transportaba dos canastas, una en cada extremo de una barra de madera que asentaba sobre sus hombros, por detrás del cuello, unidas a la barra por una cuerda gruesa. Media canasta esta cubierta por los churros. Los ofrecía en dos tamaños: pequeños o comunes y grandes, que duplicaban el tamaño.
Los churros no estaban rellenos de dulce de leche. Esa costubmbre aparecería mucho más tarde. No trasportaba solo churros, porque también vendía galletas de miel, polvorones y facturas con crema pastelera. Ambas canastas estaban cubiertas por un lienzo blanco.
Este personaje trabajaba exclusivamente en las veredas, y anunciaba su presencia soplando un silbato ubicado dentro de la boca, que emitía un sonido característico e inconfundible. Esto motivaba la salida de los domicilios y la compra de su mercadería que rápidamente se agotaba.
El churrero tomaba la mercadería con su pinza anatómica, es decir entre los dedos pulgar e índice y la colocaba en una hoja de papel de almacén. Por muy pocas monedas teníamos acceso a degustar churros o facturas que habitualmente, no se hallaban en las panaderías. La venta de churros estaba restringida a estos vendedores y en aquellos pocos lugares que ofrecían chocolate con churros.
Churros crujientes, sabrosos, con azúcar espolvoreada en el momento de la compra, constituían solos, o acompañando a un café con leche, un complemento delicioso difícil de encontrar en ese Buenos Aires que se fue.
Si le ha gustado esta entrada, por favor considere dejar un comentario o suscríbase al feed y reciba las actualizaciones regularmente.
Deje su comentario
Debe iniciar sesión para dejar un comentario.
