El Buenos Aires que se fue

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LA VÍBORA JUANITA

Una valija marrón, un caballete, una tabla y una víbora dentro de una valija.

El vendedor decía que por excedente de stock, la casa xx tenía en promoción el extraordinario pela papas por la módica suma de 50 centavos.

Se formaba una ronda de curiosos alrededor de la valija, cuando el vendedor tomaba a la víbora, una culebra inofensiva, que veía así interrumpido su descanso. El charlatan le hablaba a Juanita y le explicaba lo que iba a realizar ante la concurrencia. Se la colocaba alrededor del cuello, le rascaba la cabeza cariñosamente, la besaba, se paraba delante los curiosos y finalmente le decía: “Bueno Juanita, ahora tengo que trabajar. Te dejo en la valija así, mientras descansás, yo hablo con la gente.

Y acto seguido, colocaba a Juanita en la valija, que dejaba abierta en el suelo, delante de la mesa en donde  haría la demostración de las virtudes del producto de ese momento. “Futis, latis, viboratis, que estas en la valijatis”. Con estas palabras en un seudo latin, el charlatan iniciaba el operativo embrollo.

Convencer sobre las virtudes del nuevo y sensacional pelapapas. Pero ¿ de que se trataba?. Era un trozo de alambre , enroscado en los dos extremos. Se colocaba sobre el filo del cuchillo y permitía, a veces, cortar rodajas de papa, similares entre sí. Todo este operativo, se realizaba a la vista del público, sin olvidar las continuas advertencias referidas a la víbora, que reposaba dentro de la valija.

Por cortesía de la casa XX, y ante un excedente de producción, tengo el agrado de ofrecerles en esta ocasión, el famoso pela papas de rápida instalación y fácil uso, con el que podrá elaborar las más exquisitas papas fritas o para coctel. Una vez promovido, se acercaba a los mirones y les mostraba el pelapapas, pero no lo entregaba.

La entrega ocurría posteriormente, contra el pago de los 50 centavos solicitados. Compramos el artículo; era un trozo de alambre que al ser usado en 2 o 3 oportunidades se oxidaba rápidamente y se desechaba. Como la gente se acercaba a la valija para ver a la culebra más de cerca, era común que el charlatán dijera: “¡Por favor señores, no me pisen la víbora!”.  Eran víboras y charlatanes de ese Buenos Aires que se fue.

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