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El Buenos Aires que se fue

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Archivo de Febrero, 2012

LA CANCIÓN POPULAR FRANCESA

Entre las décadas del 30 y del 40, la canción popular francesa, era un punto de referencia frecuente en la programación radial y teatral de Buenos Aires.

Esas voces nos acompañaron durante mucho tiempo, con la complicidad del disco, el medio de difusión que nos permitió tenerlas siempre presente. Maurice Chevalier nos visitaba con frecuencia, con su sonrisa picaresca y su infaltable sombrero, que lo acompañaba en sus presentaciones de “chansonnier”, mostrando su elegancia en los movimientos sobre el escenario.

Jean Sablon fue un legítimo representante de la canción romántica, con voz suave, melodiosa y bien afinada que supo presentarse en las emisoras radiales de esa época. Dos canciones de su repertorio como “Tú que pasas sin mirarme” y “Háblame de amor”, formaron parte de su repertorio, que incluía las famosas y siempre perdurables canciones de Charles Trenet, “el Muchacho de París”, un cantautor de innumerables éxitos como “Que queda de nuestros amores” y “El mar”, exponentes permanentes de su inspiración. Estos intérpretes fueron dos genuinos representantes de la mejor canción romántica francesa. Sus presentaciones en Buenos Aires se repitieron a través del tiempo.

En la década del 40 llegó Edith Piaf, pequeña, vestida de negro y sola en medio del escenario. Pero sus canciones de amor y de protesta, dejaron una profunda huella en quienes tuvieron la fortuna de asistir a sus presentaciones. Decía la canción con un dramatismo que parecía nacer de todas sus células.

Jacqueline Francois fue otra de las excelentes representantes de la canción melódica francesa que acarició nuestros oídos y sentimientos durante sus visitas a Buenos Aires.

Durante la Segunda Guerra Mundial, varios músicos franceses, se quedaron momentáneamente en el país. El arreglador y compositor Paúl Misraki fue uno de ellos, quien contribuyó a difundir canciones francesas de su autoría, todos éxitos internacionales. No olvidamos la presencia de Ives Montad con “Es tan bueno” y de Charles Aznavour y su “Venecia sin ti”, para regresar nostálgicamente, por unos momentos, a ese Buenos Aires que se fue.

Visitas inolvidable

PHOTOMATON

“Photomaton” era una organización que explotaba cabinas automáticas para fotos de carnet de identidad.

Su origen fue en la ciudad de París, en 1912. En la década del 30 llegaba a Buenos Aires. Su indicación era la foto carnet de 4 x 4, sobre fondo blanco. Este sistema se desarrollaba en una cabina con una máquina fotográfica automática que se activaba colocando monedas o cospeles, adquiridos en las cercanías.

Disponía de un asiento o taburete giratorio, que permitía modificar la altura fácilmente. A la altura de la cabeza, un fondo blanco u oscuro, que se obtenía ubicando una cortinita, antes de comenzar las fotografías. Cada sesión constaba de 4 fotos diferentes, es decir, 4 exposiciones consecutivas, que permitía el cambio de posición y / o de expresión.

El flash se encendía a intervalos regulares, por lo que el tiempo para cada toma, era reducido. Se obtenían 4 fotos, generalmente sobreexpuestas, en blanco y negro. No podían ser retocadas ni modificadas, por la calidad muy especial del papel. Las fotos seguían un proceso de autorevelado, de 4 minutos de duración, y de secado más prolongado, antes de ser depositadas en un receptáculo adosado a una de las paredes de la cabina.

El uso habitual era para fotocarnet, y siempre, eran motivo de bromas y cargadas, por el aspecto tan desfavorecido que teníamos. Eran excepcionales las fotos favorables, salvo las que se usaban como muestras de promoción. Pero Photomaton fue el sistema salvador, a la hora de obtener fotos carnet en pocos minurtos, en ese Buenos Aires que se fue.

Modas y costumbres, Pequeños locales comerciales, Realidades argentinas

LA GUÍA PEUSER

Jacobo Peuser fue un inmigrante alemán nacido el 28 de Noviembre de 1843, llegado al país en 1855. Doce años más tarde abrió su primer local de librería.

Ante el éxito de sus negocios, fue expandiendo sus actividades en el rubro de librería y las artes gráficas que incluía estampillas fiscales, boletos de tranvía, pagarés, libros comerciales y escolares hasta que en 1887 llegó “la Guía Peuser”, de tapas rojas, imprescindible a la hora de efectuar consultas relacionadas con las calles de Buenos Aires, y los transportes de tranvías, colectivos, ómnibus o trenes.

Todo estaba detallado y se agregaban las llamadas “direcciones útiles”, que incluían a las principales dependencias públicas, municipales y estatales, así como dependencias privadas; comisarías, hospitales, cines y teatros.

Incluía un plano desplegable de la ciudad de Buenos Aires y alrededores, todo cuadriculado y numerado, que se correspondía con el texto y permitía averiguar en detalle, el recorrido de cada transporte. En todos los hogares se podía hallar un ejemplar de “Guía Peuser”, era un elemento imprescindible de consulta permanente, que posteriormente “fue imitada pero nunca igualada”, como decía un conocido slogan.

Jacobo Peuser falleció en 1903 y sus descendientes, siguieron con la edición de la “Guía” hasta el año 1964. Era común escuchar a los diareros vocear: ” Salió la nueva Guía (se sobreentendía que era la Peuser), con los recorridos de todos los tranvías, colectivos y ómnibus de Buenos Aires”. La Guía se actualizaba con una frecuencia dependiente de los cambios de recorridos o aparición de nuevas líneas de transporte.

Una guía más amplia fue la “Guía Peuser del Viajero”, que incluía los trayectos y tarifas de los trenes, sea para viajeros o de carga, con datos de las principales ciudades del interior. La Guía Peuser fue única, insustituible e incomparable, en ese Buenos Aires que se fue.

Fuente: Cáceres Miranda, Marcel. La “Librería Peuser”, una tradición porteña. Historias de la ciudad,Nº 8, Marzo 2001.

La ciudad

EL LUNA PARK, PALACIO DE LOS DEPORTES

El Luna Park está ubicado en la calle Bouchard y Corrientes, y fue fundado por Ismael Pace y José Lectoure.

Se inauguró el 5 de Marzo de 1932. Al no tener techo, las peleas eran al aire libre, hasta el año 1934. En ese estadio se desarrollaron los capítulos más trascendentes e inolvidables de la historia del boxeo argentino. Las peleas de Julio Mocoroa, Justo Suárez, Alfredo Prada, José María Gatica, los combates de Eduardo “K.O.” Lausse, de Mario Díaz, Kid Cachetada; las presentaciones de Oscar “Ringo” Bonavena, el estilizado Cirilo Gil, la telaraña de Nicolino Locche, la guapeza de Horacio Acavallo, el excelente boxeo de Gregorio Peralta y el campeonísimo Monzón.

La lista es interminable y reflejan los grandes espectáculos boxísticos realizados en el “Luna”. Pero también había boxeo amateur como el campeonato “Guantes de Oro”, de donde surgieron grandes valores.

Las noches del Luna Park recibían anualmente a la troupe de catchers comandada por “el Hombre Montaña”, con sus aparatosos golpes y caídas, que emocionaron al público infantil, del cual formé parte. Durante la época de los grandes bailes de Carnaval, el Luna Park se transformaba en una gran pista de baile en la que actuaba la orquesta típica de Francisco Canaro y la Orquesta Característica de Feliciano Brunelli. Eran 8 noches a “salón lleno”, siempre acompañados por el éxito.

Un espectáculo deportivo distinto era el de los “6 días en bicicleta”, competencia internacional en la que se disputaba esta singular carrera en un Luna Park que no cerraba sus puertas durante su desarrollo. Era un verdadero Palacio de los Deportes, porque también presentaba espectáculos de Basket Ball, con la presencia de los “Globe Trotters”, un conjunto de basquebolistas norteamericanos que brindaban un espectáculo de alta calidad, combinando humor con virtuosismo basquebolístico.

Eran espectáculos de alta jerarquía que disfrutamos en el Luna Park de aquel Buenos Aires que se fue.

Los entretenimientos

LAS ALPARGATAS

La alpargata es un calzado de lona con suela de yute, basado en la sandalia egipcia.

Integró la vestimenta típica de la mayoría de los españoles que llegaron al país con los contingentes inmigratorios. Tuvieron mucha aceptación entre los paisanos, que las usaban en color blanco o negro, con la bombacha del gaucho rioplatense. Se calzaban directamente, cada vez con mayor facilidad, y eran livianas, cómodas y frescas.

En la capellada se incorporaba un triángulo de tejido elástico, que facilitaba su calzado. Fueron muy populares y las utilizaron muchos vendedores ambulantes. Integraban la vestimenta de todos los lecheros, que incluso la usaban junto con sus bombachas abrochadas sobre los tobillos. Los trabajadores rurales la usaron en sus largas jornadas.

Los canillitas y los pibes las usábamos frecuentemente, especilmente para jugar con la pelota de trapo o de goma. En los partidos de potrero, no era raro observsr una alpargata volando, cuando se pateaba un tiro libre, o usada para correr a alguien y pegarle donde fuera posible.

A medida que se avanzaba en su uso,  aparecían “bigotes” en la punta, que cortábamos con una tijera. Pero esos “bigotes” se formaban a expensas de la rotura y desaparición de la suela de la punta del pié, por lo que poco a poco, los dedos iban apoyándose en el suelo, cada vez más. La situación culminaba cuando se pisaba un charco de agua; había llegado el momento de reemplazarlas por un par nuevo. Costaba 60 centavos.

Era un calzado barato y popular, siempre promocionado en los “Almanaques Alpargatas” publicados por la Fábrica Argentina de Alpargatas, con famosas ilustraciones con escenas del campo, a cargo de Florencio Molina Campos, o de Luis J. Medrano mostrando aspectos típicos de la fauna porteña. Los carreros usaron alpargatas bordadas con vivos colores, que caracterizaron a los distintos gruipos de chatas  que pululaban por las calles de aquel Buenos Aires que se fue.

La inmigración, Modas y costumbres, Realidades argentinas

MENTIRAS DEL 900

Foto: Caras y Caretas, Nº 323. 1904

Buenos Aires, primeras décadas del Siglo XX. Una masajista facial anunciaba un tratamiento especial, científicamente aplicado para extirpar o borrar las arrugas y que aflojaba la piel.

Se combinaba con una crema de almendras señalando que “con su uso y los masajes que yo enseño gratis, personalmente y por carta a toda persona compradora de la crema, desaparecen las arrugas”. En esa publicidad, la masajista aseguraba: “Todos mis específicos están analizados y aprobada su venta por el Departamento Nacional de Higiene de Buenos Aires. Sólo se venden en mi consultorio. Las consultas no se pagan”.

En aquella época, la tuberculosis era la enfermedad dominante y se cobraba muchas vidas sin importar la edad. Eso motivó la aparición de innumerables anuncios de medicamentos tales como la Emulsión de Scott, que prometía curar “tos, catarros, resfríos, bronquitis, tisis, asma, anemia y escrófula”.

En los comienzos del invierno, se recomendaba el uso de la Solución Dufour. “Si usted nota que su tos se está volviendo crónica, que su respiración se está haciendo más corta y difícil, es prueba de que el mal se está arraigando, pudiendo con el frío y la humedad producirse luego complicaciones mucho más graves y hasta la temible tuberculosis. Para librarse rápidamente, tome un frasco o dos. Es el gran específico de todas las enfermedades pulmonares, destructor de los microbios de la pulmonía y vivificante de los órganos respiratorios”.

Otro ejemplo, eran los Polvos Antiepilépticos del Dr. Monti, que supuestamente hacían desaparecer los ataques para siempre. Para avalar el producto, se mencionaba la opinión de “renombrados especialistas internacionales”, habitualmente de Europa, como el Dr. Gino Maiorfi, del Manicomio de San Nicolás, Siena. “He usado y uso los Polvos antiepilépticos del Dr. Monti, en muchachos y adultos que sufren epilepsia, consiguiendo mejorarlos en cuanto se relaciona con la inteligencia. En varios, los ataques epilépticos cesaron por completo”, contaba el Dr. Maiorfi.

También abundaban los reconstituyentes generales “que curaban todo”. Uno de estos era el Aceite Medicinal Sasso, tónico reconstituyente sin igual para combatir anemia, convalescencia, neurastenia, desarrollo, edad crítica, clorosis, insomnio, dispepsia, gastralgia, debilidad e inapetencia. Es el mejor preventivo de las enfermedades y aumenta la resistencia del organismo. Pídase en las buenas droguerías y farmacias”.

El tratamiento de la gota era uno de los desafíos de la época. El anuncio de una medicación útil era la venta segura, así se hablaba del Específico Bejean: “Ningún remedio conocido hasta hoy ha obtenido tanto éxito, en Francia ni en el extranjero, como el Específico Bejean. Es el más poderoso preventivo y curativo de la gota y de todas las afecciones reumatismales, agudas o crónicas; 48 horas bastan para apaciguar los accesos más violentos sin temor de trasladar el mal”.

Los resfríos desaparecían inhalando Vapo-Cresolene, “un remedio eficaz a base de evaporación, que al aspirarlo pasaba por los conductos respiratorios afectados aliviándolos al momento”. Estos anuncios se presentaban en las tres primeras décadas del Siglo XX, explotando la credibilidad humana, en aquel Buenos Aires que se fue.

Fuente: Araujo, Carlos E. Profesión Salud, pag.18-19. 2000

Modas y costumbres, Realidades argentinas

LOS BAÑOS PÚBLICOS

En las primeras décadas del Siglo XX Buenos Aires disponía de baños públicos en parques, plazas y esquinas del microcentro, así como casas de baños públicos.

Asistían personas carenciadas, trabajadores que concurrían cuando finalizaban sus tareas, los que vivían en pensiones y no tenían acceso a los baños e incluso, turistas que deseaban conocer un lugar típico de la ciudad.

Las casas de baños disponían de agua caliente, jabón y toalla. Mucha fue la gente que se duchaba fuera de su casa. Muchos lo hacían la tarde de los sábados, en las casas de baño de la Municipalidad, ubicadas en Caseros 75, Avenida Sáenz 3460. En French 2459, Córdoba 2226 y Caseros 768, los baños públicos tenían lavaderos anexos. Eran promocionados por la Municipalidad, totalmente gratuitos y con un servicio de empleados en locales perfectamente aseados. Largas colas de usuarios esperaban pacientemente en las tardes sabatinas.

En la primera década del siglo XX, se ubicaron mingitorios en la Avenida de Mayo y en algunas esquinas del microcentro, que resolvían al paso, el apuro de los porteños. Han quedado registrados en viejas fotos; amplios posters que recibimos en el Hospital y que colocamos en el consultorio donde trabajábamos. La imagen registrada era excelente, mostrando actitudes diferentes para cada uno de los tres varones, que quedaron registrados en ese documento fotográfico tomado desde atrás. Estos mingitorios se detectaban a la distancia por el insoportable olor amoniacal que desprendían.

El 8 de Mayo de 1923, la Intendencia dictó la Ordenanza para instalar los primeros baños públicos, según expediente 1557. La Municipalidad los instaló en las plazas y parques importantes. Eran subterráneos, con una entrada semejante a las entradas de las estaciones de subterráneos. Un ejemplo concreto fue el construido en la Plaza Lorea: 6 inodoros y 4 lavatorios para mujeres y 6 mingitorios, 6 inodoros y 4 lavatorios para los hombres. Se accedía mediante una escalera para el sector masculino y otra para el femenino. Conocí uno ubicado en la plaza Irlanda, frente al Policlínico Bancario.

El último baño público fue clausurado en el año 1999. Esos si que eran buenos tiempos, al menos disponían de baños públicos, en ese Buenos Aires que se fue.

Fuente: Obras subterráneas en el kilómetro 0. http://www.cai.org.ar/dep_tecnico/comisiones/

Historias de la Ciudad, Nº 18, diciembre de 2002.

La ciudad, Realidades argentinas

LA VICTROLA

La victrola, también llamada gramófono, era un cajón de madera de 40 centímetros de lado, con una altura de 20 centímetros. Se activaba con una manivela que accionaba una cuerda de acero. Una membrana recogía las vibraciones del sonido a través de una púa de acero que al pasar sobre el surco del disco, trasmitía las vibraciones a la membrana, las que se amplificaban en una gran bocina metálica.

Se podía escuchar un disco por vez, con una duración aproximada a los 3 minutos. La cuerda no daba para más. Tampoco la púa era eterna. Se gastaba rápidamente y podían escucharse hasta 3 o 4 grabaciones, antes de cambiarla. Una maniobra no recomendada pero frecuentemente ejecutada , era girarla un poco, para utilizar un lado no gastado. Así, se podía escuchar un disco más, es decir 2 grabaciones.

La victrola no era barata, pero fue el vínculo con los artistas locales y extranjeros, que podían disfrutarse tranquilamente en el hogar. La primera empresa fue “Odeón”, de origen europeo, que se vió forzada a competir con la norteamericana “RCA Victor”, la del perrito foxterrier que escuchaba “la voz del amo”.

Primero fue la victrola, después llegó la radio. Y en ese orden se escucharon las grabaciones de Carlos Gardel, las orquestas de Francisco Canaro, Osvaldo Fresedo, Roberto Firpo, Juan Maglio “Pacho”, quienes a través del tiempo aumentaban el número de integrantes, haciendo más complejas las ejecuciones.

En el orden lírico, grandes cantantes dejaron su recuerdo en el surco, como Enrico Caruso, Tito Schipa, Beniamino Gigli y otros.

En los cafés que no tenían orquesta, la victrola con su victrolera, reemplazaban a las mismas haciendo escuchar sus grabaciones, las más solicitadas, escribiendo otro capítulo inolvidable en ese Buenos Aires que se fue.

El barrio, El tango, Los entretenimientos

JUEGOS DE AZAR

Los juegos de azar, ocupaban un lugar importante en la vida de los habitantes de la ciudad de Buenos Aires.

La herencia española se tradujo por el juego con las barajas españolas, dejándonos el truco y la brisca, juegos muy populares e infaltables en todo boliche. También el tute, con sus variantes “tute cabrero”, “tute remate” y “tute codillo”, de ascendencia italiana, complementaban la escena bolichera.

Los vascos dejaron su impronta en las canchas de pelota, que se expandieron por la ciudad, sitios en donde las apuestas, eran moneda corriente. Integradas a clubes sociales, convocaban a muchos aficionados que apostaban sumas importantes a la pareja elegida.

Se apostaba en el hipódromo, “a las patas de un tungo triunfador”. Las carreras de caballos permitían realizar apustas mínimas, desde el “uno y uno”, el “tres y dos”, es decir tres a la cabeza y dos a placé, hasta “dejar todo”, a la suerte del caballo. La mayoría se jugaba el salario, con la esperanza de recuperarlo a la semana siguiente.

La lotería era un juego de apuestas organizado por el Estado. Eran tres las jugadas importantes: Navidad, Año Nuevo y Reyes. Muchos soñaban todo el año esperando estas fechas , en las que un golpe de suerte los “sacaría de pobres”. El sorteo de Navidad, con los premios más elevados, se trasmitía por radio, y era habitual que la salida del “Gordo”, no fuera a hora temprana, lo que impulsaba a escuchar la radio durante mucho tiempo. C

Conocido el resultado, aparecían los “nuevos ricos”, mientras la gran mayoría esperaba la revancha en Año Nuevo o Reyes. Paralelamente a la Lotería, se jugaba a la Quiniela, juego clandestino y muy difundido. Todas las categorías sociales se anotaban, semana tras semana, para tentar a la suerte de una terminación de lotería.

El premio variaba según se apostara a una, dos o tres cifras de los 10 primeros números premiados. El quinielero, era un personaje increíble, que recogía las apuestas en los sitios más insólitos. Todo de palabra, procurando anotar lo menos posible, ya que cuando aparecía la policía, debían desaparecer las anotaciones, lo que motivaba que el quinielero se “comiera” los papeles y no dejara rastro alguno. Recuerdos de algunos juegos de azar, en ese Buenos Aires que se fue.

El barrio, Los juegos

EL ENGRUDO

El engrudo fue durante mucho tiempo, el adhesivo popular más utilizado.

Habitualmente de fabricación casera, se elaboraba mezclando harina de trigo con agua, hasta obtener una mezcla espesa. De acuerdo con la finalidad buscada, se preparaba una pequeña cantidad o bien, grandes cantidades como cuando se decidía renovar el empapelado de las habitaciones.

En estas situaciones, se usaban varios baldes, con la ayuda de un ancho pincel para cubrir la superficie de los rollos de papel, desplegados sobre una puerta sostenida por dos caballetes. Eran tareas desarrolladas por miembros de la familia o por profesionales, que necesitaban engrudo en cantidad suficiente para cubrir una o más habitaciones.

Pequeñas cantidades eran necesarias para fabricar barriletes. Se pegaban las hojas de “papel barrilete” con los correspondientes flecos. Pero, por razones económicas, lo habitual era emplear papel de diario, mucho más pesado e inadecuado. Sin embargo, el entusiasmo que poseíamos al construir un barrilete, y la falta de dinero para conseguir los insumos apropiados, nos conducía a usarlo como si fuera lo mejor.

Los papeles adheridos con engrudo, una vez secos, no se despegaban. Las tareas escolares requerían el uso de “goma de pegar”; ante su carencia, se resolvía usar engrudo. Se usaba para pegar todo tipo de carteles en las calles, ya sea en las paredes o en los sitios para anuncios en la vía pública. Recuerdo que una picardía que realizábamos, era intentar despegar los carteles recién colocados, pero era tarea imposible. Era tal su adherencia, que sacábamos muchas hojas fuertemente adheridas entre sí, del tamaño de una pared.

Quienes acostumbraban a realizar “collages” con papeles de distintos colores, o pegar las figuritas de un álbum como el “Nestlé”, por ejemplo, el engrudo era el auxiliar indispensable para asegurar la permanencia en el álbum, ya que la goma de pegar, la que se vendía en envases con forma de cono truncado, no solía convencernos. El engrudo fue el pegamento de todos, en ese Buenos Aires que se fue.

Realidades argentinas

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