El Buenos Aires que se fue

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Archivo de Enero, 2012

EL SEÑOR DÍAZ

Cuando era pibe, vivía en una casa chorizo, de inquilinato, donde mi madre era “la encargada”. El privilegio era disponer de balcón a la calle y de la única cocina a gas natural del edificio.

No recuerdo exactamente la fecha pero sí al inquilino, el Señor Díaz, que ocupaba una habitación con su hermana y su sobrina. El Señor Díaz era ciego y ocupaba la primera habitación de la casa. El día de su llegada me preguntó si lo podía acompañar hasta el baño.

Era un trayecto largo, con 2 patios ocupados por macetas. El Señor Díaz no usaba bastón en la casa, caminaba despacio, recorriendo el trayecto sin embestir ningún obstáculo. Al llegar al fondo, debía girar a la izquierda para acceder al cuarto de baño. Justo en ese sitio, había 2 fuentones colgados sobre la pared; el Señor Díaz golpeó su cabeza en el primero de ellos, esbozó una sonrisa y se introdujo en el baño. Regresó solo.

El recuerdo de la escena del golpe me impactó profundamente. Siempre me pregunté como hizo el Señor Díaz para llegar al cuarto de baño casi, sin contratiempos. El Señor Díaz colaboraba con la “Biblioteca Argentina para Ciegos”. Siempre estaba leyendo y escribiendo. Veía pasar sus dedos sobre las cartulinas escritas en sistema Braille y escuchaba los cuentos que me leía.

Eran experiencias nuevas para mí; me causaba admiración la velocidad de su lectura. Cuando escribía, usaba una regla de bronce, acribillada de rectángulos verticales y, con el auxilio de un punzón, marcaba las letras en la cartulina que se leían en el revés. El interés por aprender ese método de escritura me llevó a intentar escribir, bajo su control, algunas palabras más o menos correctamente, de acuerdo con un modelo que mostraba las letras del alfabeto Braille.

Me llevó a conocer la Biblioteca, donde pude apreciar como se trabajaba intensamente, preparando material didáctico para ciegos.

Un día, el Señor Díaz y su familia se mudaron, perdiéndose para siempre en ese Buenos aires que se fue.

El tango, La casa

EL TURRÓN JAPONÉS

En la época que cursaba el secundario en el Colegio Nacional Mariano Moreno, a la salida nos encontrábamos con el vendedor de “turrón japonés”.

Era un inmigrante extranjero cuyo origen desconocíamos, que se expresaba en castellano con mucha dificultad, anunciando su producto con la expresión: “¡ Otro que tire, otro que tire !”. Vestía un saco blanco, pantalón oscuro y sombrero gris oscuro.

El “turrón japonés” se presentaba como un bloque cilíndrico de uno a dos kilos aproximadamente, con colores blanco, crema y rosa, desprendiendo un aroma dulzón. Era transportado dentro de un cajón blanco, que se apoyaba para su venta sobre un soporte plegable, que transportaba apoyado en un hombro.

Colocado el cajón sobre el soporte, le quitaba la tapa que cubría la masa de turrón junto a una rústica ruleta casera, con muchos números ceros y unos. Con un pequeño cortafierro y un martillo, rompía el turrón en pequeños trozos, que recogía con la mano, colocándolos sobre pequeños papeles blancos, con los que confeccionaba un paquetito conteniendo un máximo de 10 trocitos de turrón.

Por el pago de 10 centavos, entregaba un paquetito y la opción de una vuelta en la ruleta. Existía entonces, la posibilidad de obtener otro paquetito, cuando la suerte lo permitía. El turrón era muy duro y muy dulce. Exigía mantenerlo en la boca un tiempo prolongado para lograr su ablandamiento y degustamiento.

“¡ Otro que tire, otro que tire !”…, que lejano el recuerdo de este personaje de ese Buenos Aires que se fue.

La inmigración, Personajes de la ciudad

EL CLUB BOCA JUNIORS

El 3 de Abril de 1905, cinco jóvenes boquenses fundaron el club, reunidos en un banco de la plaza Solís: Esteban Baglietto, Alfredo Scarpatti y Santiago Sana, que estudiaban en el Colegio Comercial, a los que se sumaron Juan Antonio Farenga y Teodoro Farenga, compañeros del barrio.

Foto: Boca Juniors campeón 1943

La primera Comisión Directiva la integraron Esteban Baglietto de 17 años, Presidente; Amadeo Gelsi, Vicepresidente y Alfredo Scarpatti, Secretario. Santiago Sana propuso el nombre de “Boca Juniors”, para darle un toque inglés, que aportaría más prestigio. La barriada de la boca estaba integrada por inmigrantes italianos provenientes de Genova, los “Xeneixes”.

La primera camiseta fue de color rosa: estreno y despedida, por las cargadas recibidas. Segundo diseño, a rayas verticales blancas y azules, pero sin consenso. Una tarde, los fundadores se encontraban a orillas del Riachuelo y vieron atracar a un buque sueco, de cuya bandera tomaron los colores azul y amarillo.

Al comienzo, la camiseta era de fondo azul con una banda en diagonal color amarillo. Pero cada jugador la colocó diferente; para evitar confusiones, se optó por la franja horizontal. Los primeros partidos los jugaron en terrenos baldío. Luego, ocuparon un terreno en la Dársena Sur durante 2 años. Fueron desalojados y jugaron en la Isla Demarchi desde 1908 a 1912.

En 1913 ascienden a Primera División, luego de ganar la Liga Albion en 1906, la división C en 1908, la división extra en 1911 y la intermedia en 1912. En 1923 se instalaron en Brandsen y Del Crucero, donde levantaron tribunas de madera. La etapa amateur se prolongó hasta 1930 y Boca conquistó los campeonatos de los años 1919, 1920, 1923, 1924, 1926 y 1930. Fue destacable la gira europea realizada en 1925 donde jugaron 19 partidos, ganado 15, empatando uno y perdiendo tres.

En 1931 comienza el campeonato profesional del fútbol argentino, ganado por Boca. Le sucedieron los de 1934 y 1935. Entre 1936 y 1940, jugó en el estadio de Ferro Carril Oeste, debido a la construcción de la “Bombonera”, que inauguró el 25 de mayo de 1940, año en el que ganaron nuevamente el campeonato.

Después ganaron los campeonatos de 1943, cuando Severino Varela le hizo un gol de “palomita” a River en el Monumental, alcanzando así la primera posición y en 1944, cuando dió la vuelta olímpica ante Racing, en el estadio Monumental, por tener clausurado su estadio. El equipo estaba integrado por Vacca, Marante y Valussi; Sosa, Lazzatui y Pescia; Boyé, Corcuera, Sarlanga, Varela y Sánchez.

Su peor año fue en 1949, cuando casi se va al descenso, salvándose en la última fecha. En la década del 40 apareció Mario Boyé, “el Atómico”, gran goleador de poderosa patada. No ganó más campeonatos hasta 1954, comenzando otra serie de triunfos, en ese Buenos Aires que se fue.

Fuente: http://es.wikipedia.org/wiki/Historia_de_Boca_Juniors_

El tango, Los entretenimientos, Sin categoría

ALBERTO MORÁN

Remo Recagno nació en 1922 en Strevi, Italia y llegó a la Argentina a la edad de 4 años. Adoptó el nombre artístico de Alberto Morán.

En 1943 se incorporó a la orquesta de Alberto Las Heras, al que le siguió el sexteto de Cristóbal Herreros, que actuaba en el café “El Nacional”. Ahí lo escuchó Osvaldo Pugliese, quien lo contrató para cantar en su orquesta junto a Roberto Chanel. Debutó el 13 de Enero de 1943, permaneciendo en la misma hasta 1954.

Participó en la orquesta de Pugliese como un engranaje más, dentro de una organización perfecta. Registró con el maestro Pugliese cincuenta y dos grabaciones, a partir de “Yuyo verde”; le siguieron “El abrojito”, “San José de Flores”, “Barro”, “Maleza”, “Pasional”; son algunos de los grandes éxitos que nos ha dejado a su paso por esta orquesta.

A partir de su desvinculación, pasó a integrar un rubro con el pianista Armando Cupo, y nuevamente lo acompañó el éxito. Treinta bailes por mes, giras por el interior y éxitos en el disco, se sucedieron durante seis años. Éxitos como “Bailemos”, “Quemá esas cartas” “Muchachita de barrio”, “Desvelo”, integran las setenta grabaciones que dejó junto a Armando Cupo.

El “flaco Morán” nos dejó el 16 de Agosto de 1997. Llegó al país junto a la gran ola inmigratoria de ese Buenos Aires que se fue.

Fuente: “Tango y cultura Porteña”, Radio Cultura 97.9. Emisión Nº 40, 31 de Enero de 2000.

El tango, La inmigración, Sin categoría

LAS SUPERSTICIONES

Las distintas corrientes inmigratorias que llegaron a la Argentina, trajeron las supersticiones propias de cada país, cada región, cada pueblo. Durante nuestra formación y crecimiento, las supersticiones integraron nuestro entorno familiar.

Entre las más frecuentes encontramos “Cruzar el dedo mayor sobre el índice” cuando se formula un deseo o se espera una respuesta. Evoca la cruz, que conjura la mala suerte y aleja las influencias maléficas. ¡Cuántas veces lo hemos hecho, sin tener idea de su significado!.

“Tocar madera”, como signo de buena suerte, para que atrape al espíritu maligno y lo haga caer a tierra. “Abrir el paraguas dentro de la casa”, era un imposible. Cuando era pibe, en una oportunidad comencé a jugar con el paraguas y al intentar abrirlo, mi vieja gritó:” ¡No! Trae mala suerte”. Nadie lo abría. En la antiguedad, abrirlo en la sombra era un sacrilegio.

“La rotura de un espejo trae 7 años de mala suerte o de desgracias”. El espejo sería el reflejo del alma y al romperse, nos causamos daños a nosotros mismos, requiriéndose 7 años para su recuperación. Decir “salud al estornudar”, era una inmvocación a los dioses para proteger la salud y no perder el alma. El estornudo era un signo de mal agüero. 

“El viernes 13″, número fatídico relacionado con el día de la muerte de Jesús y de la muerte de dioses de la Antigüedad. “Cruzarse con un gato negro”, era señal de mala suerte porque representa a la brujería y al diablo. La sal en la antigüedad significaba riqueza. “Derramar la sal”, era un acto negativo que rompía la amistad.

“Colocar el pan boca abajo”sobre la mesa, trae mala suerte porque es una ofensa al cuerpo de Jesús. “Encender una vela a un santo”, era un procedimiento para evitar la mala suerte. “Tener una herradura con los 7 orificios”, incitaba  a la buena suerte y colgada detrás de la puerta, evitaba la entrada del mal. También era señal de suerte “encontrar un trébol de 4 hojas”.

“Derramar vino”, era señal de mala suerte. Para neutralizarlo, había que mojarse la punta de los dedos en el vino y tocarse la frente. “Colocar la escoba al revés, detrás de la puerta”, para que una visita no deseada o inoportuna, abandone la casa.

Creencias sobre hechos sobrenaturales atribuídas a poderes extraordinarios, con connotacioners religiosas; objetos y maniobras para conjurarlos; hechos con los que viviamos a diario en ese Buenos Aires que se fue.

Fuente: Supersticiones varias: www.nuevaliteratura.com.ar

La cuestión social, La educación, La inmigración

EL ALCOHOLISMO EN EL TANGO

El alcoholismo es una adicción siempre presente en el desarollo de la ciudad de Buenos Aires, estrechamente identificada en el diario vivir.

El tango supo incorporarlo en sus versos, traduciendo las distintas situaciones en las que participó con rol protagónico. Un factor dominante fue la relación apasionada hombre mujer, siendo el hombre el que contó la versión de los hechos, que desembocaron en la búsqueda de la compañía del alcohol.

El engaño en la pareja es uno de los hechos más frecuentes que conducen a experimentar “el alivio” del alcohol. En “La copa del olvido”, de Alberto Vacarezza y Enrique Delfino, el despechado ahoga en alcohol sus penas, evitando males mayores: ” ¡Mozo! traiga otra copa/ y sírvase de algo el que quiera tomar,/ que ando muy solo y estoy muy triste/ desde que supe la cruel verdad./ ¡Mozo! Traiga otra copa/ que anoche, juntos, los vi a los dos…/ Quise vengarme, matarla quise,/ pero un impulso me serenó”.

La resignación ante la separación sin retorno, dejando atrás tiempos más felices, de mutuo entendimiento, provoca una amarga invitación a compartir otra copa. Juan Caruso y Francisco Canaro así lo dicen en “La última copa”: “Y brindemos nomás la última copa/ que, tal vez, también ella estará/ ofreciendo en algún brindis su boca/ y otra boca feliz la besará./ Eche, amigo, no más, écheme y llene/ hasta el borde la copa de champan,/ que mi vida se ha ido tras de aquella/ que no supo mi amor nunca apreciar.”

El alcohol era un protagonista que asumía figura propia, como un ser viviente que acompañaba al bebedor en los trances favorables y desfavorables. Ante el rechazo o el abandono de la que tanto quería, se transformaba  en el interlocutor con quien dialogar “su sermón de vino”, como en “La última curda” de Cátulo Castillo y aníbal Troilo: “Ya sé que me hace daño,/ ya se que me lastimo/ llorando mi sermón de vino;/ pero es el viejo amor/ que tiembla, bandoneón,/ y busca en en licor que aturda/ la curda que al final/ termine la función/ corriéndole un telón/ al corazón”.

En general, el tango se refiere a las penas que el hombre comenta delante de una copa, habitualmente solo. Pero en raras ocasiones, se comparten las desdichas con la compañera, situación explicada en el tango “Los mareados”, de Enrique Cadícamo y Juan Carlos Cobián, como preámbulo a una separación definitiva: “Esta noche amiga mía,/ el alcohol nos ha embriagado…/ ¡Qué me importa que se rían/ y nos llamen los mareados!…/ Cada cual tiene sus penas/ y nosotros las tenemos…/ Esta noche beberemos/ porque ya no volveremos/ a vernos más…”.

Se bebe para olvidar momentos, momentos que se repiten, que se evocan a cada instante hasta hacerse intolerables, como una espina clavada que lastima sin compasión. Vivencias que se evocan a toda hora, especialmente cuando la persona se siente sola. Así lo vemos en  “El Encopao”, de Enrique Dizeo y Osvaldo Pugliese: ” Me llaman “El Encopao”…/ ¡ Como si el que anda así pierde el honor…!/ Y no piensan que el que mata/ su rabia entre unas copas/ tiene su razón./ ¡Total que le importa a ella/ que viva como yo vivo!./ Metido siempre en el boliche de esa esquina/ que ha dejado de ser tan linda/ por su olvido…”.

La fama de macho corajudo que se resiste a mostrar su debilidad buscando alguien a quien contar sus penas, sus desdichas, su dolor provocado por la ingrata que prefirió a otro, ha quedado magistralmente interpretado por Gardel en “Tomo y obligo”, de Manuel Romero y Carlos Gardel: “Tomo y obligo ¡Mándese un trago,/ que hoy necesito el recuerdo matar…/ ¡ Sin un amigo, lejos del pago,/ quiero en su pecho mi pena volcar!/ Beba conmigo, y si se empaña/ de vez en cuando mi voz al cantar./ No es que la llore porque me engaña,/ Yo se que un hombre no debe llorar…”.

El café es el refugio de esas almas torturadas y quejosas, que van de lamento en lamento al encontrarse con los amigos, tratando de justificar su imagen deteriorada, con la ayuda del alcohol. Es muy demostrativa la escena descrita en “No me pregunten por que”, de Reinaldo Pignataro y Carlos Di Sarli: “Muchachos…/ si cualquiera de estas noches/ me ven llegar al café,/ tambaleando, medio colo/ babeando y hablando solo./ ¡ No me pregunten porqué!/ Borracho…/ Refugiado en el alivio/ del brebaje dulce y tibio/ que nos prodiga el licor/ tal vez me olvide de aquella / que hasta ayer fuera mi estrella “.

Embriagarse para no recordar momentos tristes, ésos que reemplazaron a las épocas alegres y felices, cuando la vida sonreía plenamente, cuando nada hacía pensar que “lo bueno poco dura”. Cuando no se recurría al paraíso artificial del olvido y despreocupación brindado por el alcohol. Lo escuchamos en “Bien frappé”, de Héctor Marcó y Carlos Di Sarli: ” A ver, mozo, traiga y sirva / caña fuerte, grappa o whisky / p’al dolor,/ que el sol de sus veinte años/ quemó con su engaño / mi vida y mi amor;/ que en su boca mentirosa/ pintada de rosa/ de hiel me embriagué/ y hoy, al ver que se resiste,/ busco olvidar y quiero whisky/ bien frappé”.

El alcoholismo, enfermedad social siempre vigente en el tango de ese Buenos Aires que se fue.

El tango, La cuestión social

LA SÍFILIS EN BUENOS AIRES

El aumento de la población en Argentina, favorecido por el aporte inmigratorio, la Primera Guerra Mundial y el crecimiento del país, fueron factores determinantes en generar un mayor caudal de prostitutas y consecuentemente, de enfermedades venéreas, como la blenorragia y especialmente la sífilis.

Se multiplicaron  los prostíbulos registrados y mucho más, los clandestinos. A fines del Siglo XIX se creó el Sifilicomio y Dispensario, para la atención de enfermos de sífilis. Eran épocas del empleo de derivados del mercurio, medicamentos sumamente tóxicos y poco efectivos para controlar la sífilis.

Todas las prostitutas registradas, debían revisarse obligatoriamente una vez por semana; si no se presentaban, se las consideraba enfermas y no se las autorizaba a continuar con sus tareas. Por lo tanto, la buena salud era sinónimo de ganancia de dinero para todos: la prostituta y el prostíbulo. En la segunda década del Siglo XX, el Sifilicomio examinaba a más de mil mujeres al año.

Pero la prostitución clandestina era muy superior a la oficial. El 80 % de las mujeres atendidas, estaban enfermas. Las prostitutas poseían una Libreta de Trabajo, donde se registraba semanalmente, su estado de salud. Los deficientes controles médicos, se realizaban en el 10 % de las prostitutas y permitieron que muchas mujeres enfermas ejercieran impunemente.

La llegada de gran cantidad de marineros en los buques de carga, sumado a un saldo inmigratorio de hombres jóvenes que llegaban solos, fueron razones de peso para reclutar mujers de los prostíbulos portuarios de Hamburgo, Londres, Amsterdam y Marsella, algunas de las cuales llegaban enfermas de sífilis.

Era una enfermedad oculta y vergonzante. Había familias que solicitaban el cambio de nombre de la enfermedad causante del deceso, para evitar la vergüenza pública. El 30 % de los pacientes del Hospital Rawson eran sifilíticos y en esa época, la sífilis era enfermedad terminal. Las consecuencias neurológicas y cardiovasculares de la sífilis terciaria, eran de larga y tormentosa duración.

En 1910 aparecieron los compuestos arsenicales; producían alivio a costa de dolores intensos, provocando el rechazo de muchos pacientes. Las mujeres halladas enfermas, automáticamente dejaban de trabajar y se internaban para intentar la curación. Las dadas de baja por enfermedad o edad, pasaban a desempeñarse en los prostíbulos de la Boca, Barracas y Constitución, obteniendo nuevos documentos de identidad.

Decretos y Ordenanzas reglamentaron los distintos aspectos relacionados con la prostitución. El 17 de Diciembre de 1936 se sancionó la Ley  nacional 12.331, de Profilaxis de las Enfermedades Venéreas. Uno de los objetivos era mejorar las condiciones sanitarias de las prostitutas. El cierre de los prostíbulos favoreció el crecimiento de la prostitución clandestina y el recrudecimiento de la sífilis.

El Certificado Prenupcial Obligatorio, puesto en vigencia en 1938, reflejó una notable disminución de la sífilis en los que se casaban. En 1945 apareció la Penicilina, antibiótico curativo para la sífilis, la que disminuyó hasta casi desaparecer. Pero a partir de 1957 reapareció, como consecuencia de la promiscuidad sexual, preocupando a los médicos y autoridades sanitarias.

Nunca más acertado el slogan que relacionaba a los planetas, la enfermedad y el tratamiento: “Una noche con Venus y 20 años con Mercurio” en ese Buenos Aires que se fue.

Fuente: Carretero, Andrés. Prostitución en Buenos Aires. Corregidor, 2ª Edición. 1998

La cuestión social, La inmigración, Realidades argentinas

LOS MENORES VAGABUNDOS

Menores, pillos, rateros, vagos o en pandillas, niños de 4 a 7 años y muchachones sin educación, moralmente abandonados vivían en conventillos, faltos de higiene y de moral.

Vendían diarios, eran lustrabotas o llevaban mensajes. Se criaban en forma independiente e indisciplinada. Audaces que luchaban contra compañeros y patrones. El más fuerte, ganaba. Iban de desliz en desliz : llegaban primero a la comisaría, luego al Departamento de Policía; próximamente serían delincuentes y conocerían distintos institutos penales.

En las dos primeras décadas del Siglo XX un sector importante de la población penal estaba constituído por menores, abandonados o vagabundos. La vagancia de los menores fue considerada una plaga social, más extendida y dañina de lo que pudiera creerse.

En la Cárcel Correccional de Menores, se admitían hasta 400 menores. Los padres se negaban a recibir a sus hijos apresados por vagabundeo. El Refugio Nocturno de Menores y los 19 asilos oficiales, cobijaban a los menores vagabundos. El Asilo de Mendigos, manejado por la Municipalidad, podía asilar a un total de 500 personas de ambos sexos en 20 salas.

En la planta baja se ubicaban los varones y en la alta, las mujeres. Tenía 2 comedores para 120 personas cada uno. Disponía de zapatería, fábrica de ropa blanca, de pan, lavadero, etc. pero no todos podían trabajar. Se levantaban a las 5.30 horas y oían misa. El almuerzo se realizaba a las 9 horas y la cena a las 3 de la tarde.

Se acostaban a dormir entre las 17 y las 20 horas, porque más tarde, nadie debía estar de pié. Era dirigido por 15 hermanas de caridad. En algunos de estos establecimientos, la reclusión era total pero en otros, sólo durante el día. Se enseñaban oficios diversos como bordado, costura, imprenta, carpintería y escobería. Los enfermos estaban alojados en una sala separada con capacidad para 50 personas.

Problemas sociales nada sencillos que preocuparon a ese Buenos Aires que se fue.

La cuestión social

ALBERTO CASTILLO

Fue uno de los intérpretes más populares en toda la historia de la música rioplatense. Alberto De Lucca nació en el barrio de Mataderos el 7 de Diciembre de 1914, en un hogar de inmigrantes italianos de clase media, y buena posición económica.

Finalizó el bachillerato a los 16 años e ingresó a la Facultad de Medicina de Buenos Aires. Con el seudónimo de Alberto Dual, comenzó a cantar tangos con el conjunto de guitarras de Armando Neira. En 1935 con la orquesta de Augusto Berto y en 1937, con el conjunto de Mariano Rodas.

Durante un baile estudiantil en conmemoración del día de la Primavera del año 1938, realizado en el comedor del Hospital Alvear, donde era practicante, conoció a la orquesta típica “Los Indios”, integrada en su mayoría por estudiantes universitarios y dirigida por Ricardo Tanturi.

Foto: Sentir el Tango, Nº 69, Abril 1999.

En 1938 abandonó la orquesta de Rodas y avanzó en sus estudios.

En 1941, ingresó a la orquesta de Tanturi. Esta unión fue el comienzo de una carrera de éxitos ininterrumpidos. Se recibió de médico al año siguiente y se especializó en Ginecología. Dejó de ejercer su profesión por el tango. indepéndizándose de Tanturi en 1943. Su orquesta típica fue dirigida sucesivamente por Emilio Balcarce hasta 1945; le sucedió Enrique Alessio, desde 1945 a 1948 y en 1949 continuó con el maestro Angel Condercuri.

Su repertorio comprendió al tango y al candombe, que adoptó en el año 1947, durante un viaje a Montevideo, incorporando a su conjunto bailarines candomberos de color. Excéntrico y provocador, eligió una forma de decir y de vestir que nada tuvo que ver con las costumbres de la época. Se vistió de acuerdo con el estilo impuesto por el dibujante Guillermo Divito en las páginas de “Rico Tipo”, pero exagerando al máximo el nudo de la corbata.

Verlo cantar era un espectáculo diferente, ya que tomaba el micrófono y lo trasladaba hacia cualquier sito del escenario. Escribió los tangos “Castañuelas”, “Donde me quieren llevar”, “Cucusita”, “Muchachos escuchen”, “Cada día canta más”, “Un regalo del cielo”, “Yo soy de la vieja ola”, empleando el seudónimo de “Ríobal”.

Su paso por el cine se tradujo en 11 películas: a partir de 1946 filmó “Adiós pampa mía”; en 1948 “El tango vuelve a París”, junto a Aníbal Troilo; “Un tropezón cualquiera da en la vida” en 1949 con Virginia Luque, todas dirigidas por Manuel Romero. Con Julio Saraceni “Alma de bohemio” en 1949; “La barra de la esquina” en 1950 “; “Buenos Aires, mi tierra querida” en 1951; “Por cuatro días locos” en 1953. Las restantes las filmó bajo la dirección de Enrique Carreras: “Ritmo, amor y picardía” en 1955; “Música, alegría y amor” en 1956; “Luces de candilejas” en 1958 y finalmente,”Nubes de humo” en 1959.

Formó su propia compañía teatral debutando con “Yo soy el tango”, en el teatro Presidente Alvear, acompañado por la orquesta de Pedro Maffia. Posteriormente, junto a Olinda bozán, “Yo llevo un tango en el alma”. La finalización del régimen peronista en 1955, empalideció su estrella durante más de dos décadas, a pesar de no haberse adherido.

Fue revalorizado a partir de 1980. Falleció el 23 de Julio de 2002 llevándose el recuerdo de esa voz de barrio que tanto disfrutamos en ese Buenos Aires que se fue.

El tango, Personajes de la ciudad

LA TELEVISIÓN

Ocurrió en el año 1951. La televisión se acercó tímidamente a los escasos hogares que disponían de un receptor.

Los receptores, de pantallas pequeñas, unidos a transmisiones deficientes, conformaban un espectáculo que se caracterizaba por una excesiva lentitud. Canal 7 fue el primer canal que inauguró las transmisiones desde estudios y desde exteriores, como actos políticos y partidos de fútbol.

Foto: Pinky. La Nación.Diario íntimo de un país.Nº6. 1997

Ante la carencia de aparatos, los vecinos se acercaban a las casas que disponían receptor. Las emisiones duraban algunas horas, durante la tarde y noche, y en ese lapso, el dueño de casa invitaba a saborear un mate con alguna factura, o bien un vaso de gaseosa. Ése fue el comienzo de la novedad.

Los sábados por la noche, transmitían una película. Si eran subtituladas, la lectura de las letras era casi imposible debido a su tamaño, y la película, no se visualizaba con claridad. Los partidos de fútbol se transmitían desde lo alto y con una cámara, a cargo del Equipo de Exteriores de Canal 7. Era difícil distinguir donde estaba la pelota. Esta situación motivó el cambio de color, del marrón al blanco. Esta modificación ayudó parcialmente, porque toda la escena se veía muy pequeña.

En el Canal, todo ocurría “en vivo”, no se usaban grabaciones. Se percibían movimientos en los decorados y telones de fondo, se oían ruidos parásitos que no estaban de acuerdo con la escena. Los estudios carecían de aire acondicionado, y el calor de los focos de luz, creaba una atmósfera de temperatura muy elevada. Los actores y los locutores, se enfrentaban a una fuente de transpiración, imposible de controlar.

Los locutores se hicieron famosos: Guillermo Brizuela Mendez, Adolfo Salinas, Nelly Satragno (Pinky), Nelly Prince, fueron algunos de los primeros nombres que se popularizaron en esas épocas heroicas de la televisión, en ese Buenos Aires que se fue.

Los entretenimientos

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