El Buenos Aires que se fue

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EL GALLINERO

El gallinero era una construcción muy frecuente en las casas de las primeras décadas del siglo XX.

Un gallo y media docena de gallinas constituían el harem básico. Dos o tres cubículos para las ponedoras, conteniendo paja o viruta, a fin de evitar que los huevos se rompan; un par de palos de escoba bien afirmados, donde se posaban al anochecer. Piso de ladrillos, para lavarlo con facilidad y un sector con tierra, donde excarbaban buscando un gusano, un grano de cereal o bien, echarse tierra con las alas.

Ubicado en un sector del fondo de la casa, proveía de huevos frescos hasta que en un momento determinado, alguna gallina se ponía clueca y comenzaba a empollar. Eran 21 días que debían pasar para que aumentara la población del gallinero.

Esto contribuía a disponer de un pollo para asar con motivo del festejo de un acontecimiento familiar. Era necesario limpiar el gallinero con frecuencia a los efectos de evitar el mal olor y la proliferación de las moscas. Las gallinas comían verduras cortadas, raciones de maíz triturado y los restos de los alimentos mezclados con afrecho, los que eran rápidamente devorados.

Los huevos se recogían 2 veces al día: al mediodía y por la tarde, para evitar que alguna gallina los rompiera y los comiera. Como existían gallineros muy cercanos, era habitual escuchar los cacareos de los gallos, a cualquier hora del día, contestados por los que estaban cerca y también por los alejados. Era una seguidilla interminable que tanto podía suceder al mediodía como a la medianoche. Cuantas veces nos habran despertado esa seguidilla de voces variadas.  El gallinero fue un integrante habitual del fondo, en ese Buenos Aires que se fue.

La casa, La inmigración

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