El Buenos Aires que se fue

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Archivo de Octubre, 2011

EL CONVENTILLO DE LA PALOMA

El Conventillo de la Paloma estaba ubicado en el barrio de Villa Crespo, en la calle Serrano 156.

Fue adquirido por la fábrica  “La Nacional de calzados”, ubicada en la calle Murillo, cercana al conventillo,   con la finalidad de facilitar la asistencia de los obreros. Eran todos hombres, en su mayoría inmigrantes árabes, judíos, españoles, italianos y algunos criollos, que trabajaban 12 horas por día.

Se alojaban a razón de cuatro a cinco por pieza, en las 112 habitaciones dispuestas en la planta baja y en la planta alta, a la cual se accedía por escaleras. Tenía entrada por las calles Serrano y  Thames, es decir que su extensión era de 100 metros. Las condiciones sanitarias y de hacinamiento eran graves, pues sólo disponía de dos baños.

Durante la década del 20, alquien decidió mejorar sus ingresos llevando una mujer, “la Paloma”, que trabajaba en los prostíbulos del bajo. Las colas para visitar los baños, eran tan importantes como los que visitaban a la Paloma. Una cuota de sexo y cariño contribuía a disipar, en parte, la soledad que angustiaba a esos hombres, nostálgicos de su tierra y de su familia.

Estos hechos inspiraron en Alberto Vacarezza el sainete “El Conventillo de la Paloma”, estrenado el 5 de Abril de 1929 en el Teatro Nacional. Era de carácter festivo y constaba de un acto y tres cuadros. El sainete fue uno de los mayores éxitos de todos los tiempos del teatro argentino, y “El Conventillo de la Paloma” se constituyó en su máximo exponente.

Los integrantes fundamentales de los sainetes de Vacarezza fueron el contrapunto entre españoles e italianos, con criollos compadritos, atorrantes o pícaros. Una muchacha pobre pero honrada, y otra encandilada por las luces del centro, amores imposibles y música de tango. Este sainete fue el que mejor representó la vida en los conventillos de aquel Buenos Aires que se fue.

El barrio, La casa, La cuestión social, La inmigración

HORA DE MATEAR

La hora del mate era a partir de las 16 horas.

En un brasero metálico, cuadrado, clásico, ubicado en el centro de una plataforma circular de madera, elevada unos 10 centímetros del piso, permitía apoyar los pies. Los carbones estaban encendidos, con una llama rojizo amarillenta, apta para colocar la pava con agua. Mientras el agua alcanzaba el punto de calentamiento requerido, alrededor de 90 grados, el agua no debía hervir, preparábamos el mate para mejorar su sabor.

En esa época, el azúcar se compraba molida o en terrones, la llamada “azúcar refinería”. Elegíamos 2 terrones pequeños que colocábamos sobre una brasa, desprendiendo un olor característico e inolvidable, el del azúcar quemada. Luego de un breve momento, colocábamos ambos terrones dentro del mate de calabaza, tapábamos la abertura con la mano y lo sacudíamos, procurando que los terrones encendidos, tocaran el interior del mate totalmente.

Se acostumbraba pelar las naranjas  evitando que la cáscara se rompiera, a fin de colgarla en un sitio apropiado para su secado. El objetivo era  disponer de un trozo de cáscara de naranja seca para colocar en la yerba, modificando su sabor. Otra opción era colocar un poco de café, contribuyendo a configurar un sabor distinto.

Lo cierto es que con el azúcar quemada, el trozo de cáscara de naranja desecada o bien una cucharadita de café, comenzábamos a cebar el mate. El primer mate era del cebador, pero se deshechaba y luego, se pasaba de mano en mano, comenzando por la persona ubicada a la derecha. A cada mate se le agregaba una cucharaditas de azúcar.

Pero es común también que el mate se tome amargo. De una u otra forma, el tratamiento previo del mate, permitía disfrutar no sólo su gusto, sino también su aroma. Los mejores resultados se obtenían con el mate de calabaza, el original. Era habitual acompañar el mate comiendo bizcochitos con grasa. Son recuerdos, de aquel Buenos Aires que se fue.

La casa, Modas y costumbres

EL RECREO

El portero hacía sonar la campana dando comienzo al recreo, el momento más esperado durante la jornada escolar.

Esos 10 o 15 minutos de duración, eran esperados con ansiedad para jugar a las figuritas, que podían ser de lata, cartón o cartulina. Algunos jugaban con el yo-yó o con el balero, entablándose partidos entre dos o más alumnos. Era la oportunidad para ir al baño, tomar agua o comer la golosina adquirida antes de ingresar a la escuela, en el quiosco aledaño.

La salida al segundo recreo se diferenciaba por la entrega de un pancito o una factura, que podía ser una medialuna, un sacramento o un pan de leche. Estaban en una panera circular, de mimbre. Era el tentenpié de la media mañana, alrededor de las 10 horas. Se nos informaba que era atención de la Cooperadora.

Luego, la visita obligada a los bebederos o surtidores de agua, a fin de ayudar al descenso de lo ingerido. El recreo se desarrollaba en los patios de la escuela, donde realizábamos todo tipo de bromas, corridas, empujones, burlas, peleas y demás. Era un cuarto de hora para liberar energía intensamente y retornar al aula más sedados y aptos para continuar con la tarea.

Las clases duraban un máximo de 45 minutos, tiempo máximo considerado adecuado para retener las enseñanzas, seguido de los 15 minutos de descanso a través del recreo. Quedarse en el aula castigado durante esos 15 minutos, eran recordados para siempre y no se deseaba repetirlo.

En algunos patios se improvisaba un partido de fútbol, que rápidamente era interrumpido por los maestros encargados de la disciplina en los patios. Se procuraba evitar que el juego resultara demasiado intenso, a los efectos de evitar la transpiración con sus posteriores consecuencias olfatorias en el aula, y que el aspecto del guardapolvo fuera aceptable, en aquél Buenos Aires que se fue..

La educación

LOS BARES AUTOMÁTICOS

El primer Bar Automático apareció en Buenos Aires en 1907, en la calle Bartolomé Mitre 463. Su publicidad señalaba que era la última palabra del lunch higiénico.

Pero recién se popularizaron a fines de la década del 20. Eran unas vitrinas de vidrio adosadas a la pared. En su interior se colocaban distintos alimentos: sandwiches de jamón crudo, de queso, de mortadela o salame; porciones de queso y dulce de batata o de membrillo; porciones de tortilla, empanadas o un flan.

El contenido variaba según el precio y el local. Se operaba con monedas de 5, 10 y 20 centavos que introducidas en la ranura correspondiente, permitían abrir una puertita que daba acceso a los alimentos elegidos. Su contenido era renovado constantemente, de acuerdo con la demanda, por un empleado que se ocupaba exclusivamente de ello.

También había dispensadores automáticos de golosinas aparecidos a fines de la década del 30. Eran metálicos y de menor tamaño. En la esquina de Rivadavia y Billinghurst se encontraba la “Librería Savini Hermanos”. En su puerta de entrada se ubicó un expendedor automático de chocolatines, caramelos y pastillas. Era de color azul y tenía tres manijas para traccionar. Una vez colocada la moneda de 10 o 20 centavos, se traccionaba la manija y arrastraba la golosina correspondiente.

Adelantándose a las grandes cadenas internacionales de comida chatarra, los Bares Automáticos fueron una oferta de comida rápida, simple y sana que se impuso rápidamente en ese Buenos Aires que se fue.

El barrio, Modas y costumbres
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