El Buenos Aires que se fue

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Archivo de Octubre, 2011

MANUEL DE FALLA

Manuel de Falla nació en Cádiz el 23 de Noviembre de 1876. Fue uno de los músicos españoles más importantes durante la primera mitad del Siglo XX.

Las primeras enseñanzas musicales las recibió de su madre. A partir de los 17 años sintió que su vocación era la música, estudiando piano en el Real Conservatorio de Música de Madrid. En 1904 compuso la ópera “La vida breve” y a partir de 1907 se relacionó en París con destacados músicos como Claudio Debussy, Maurice Ravel, Paul Dukas, Isaac Albéniz.

Regresó a Madrid en 1914 y estrenó la primera versión de “El Amor Brujo”. El 26 de Junio de 1916 estrenó “Noches en los Jardines de España” con la Orquesta Sinfónica de Madrid. En Julio de 1919 se estrenó en Londres “El Sombrero de Tres Picos” y en Marzo de 1923, se estrena en Sevilla “El Retablo de Maese Pedro”. Fue nombrado académico de honor de la Real Academia Hispano-Americana de Ciencia y Arte de Cádiz en 1924.

La Institución Cultural Española en Buenos Aires, con motivo de su 25º aniversario, estaba organizando actos tendientes a difundir la cultura moderna de España en la Argentina. El 1º de Abril de 1939 invitó a Manuel de Falla, a dirigir en el Teatro Colón, algunos conciertos de música española y propia. Falla aceptó la invitación pero con reservas, por su estado de salud.

El 1º de Setiembre de 1939 comienzó la Segunda Guerra Mundial, hecho que decide a Falla a viajar a Argentina. Llega a Buenos Aires en el vapor Neptunia junto con su hermana María del Carmen, el 18 de Octubre de 1939, siendo recibido por el compositor y director Juan José Castro y la cantante Conchita Badia.

Al mes siguiente dirigió cuatro conciertos en el Teatro Colón: la “Suite Homenajes”, los días 4, 11, 18 y 23 de Noviembre. El trabajo intenso fue determinante para que la débil salud del Maestro de Falla, aquejado de una tuberculosis pulmonar nunca curada, se resintiera. Esto motivó la recomendación de vivir en una zona más tranquila y oxigenada.

Se trasladó a Córdoba, a una finca de Villa Carlos Paz. La base del tratamiento era reposo, clima de montaña, sobrealimentación y calcio. El 30 de mayo de 1940, dirigió un concierto en el Teatro Rivera Indarte de Córdoba con la Orquesta Sinfónica de Córdoba, a beneficio de los damnificados por las inundaciones en la Capital Federal.

El gobierrno español ofreció a Falla, una pensión vitalicia anual de 25 mil pesetas, a partir de su regreso a la Patria, invitación que fue rechazada. Se mudó a Villa del Lago y a fines de 1940 viajó a Buenos Aires por razones económicas, a fin de dirigir unos conciertos en los estudios de “Radio El Mundo”, los días 8 y 15 de Diciembre, con la Orquesta Sinfónica de Buenos Aires, integrada por músicos de la orquesta del Teatro Colón.

En Noviembre de 1942, se instaló en la finca “Los Espinillos”, en Alta Gracia, y en Diciembre regresó a Buenos Aires para brindar conciertos en “Radio El Mundo”, donde Conchita Badia cantó fragmentos de “La vida breve”. Participó en la preparación de una película sobre “El Retablo de Maese Pedro”, pero no se concretó.

La Segunda Guerra Mundial impidió la llegada de los recursos económicos provenientes de sus derechos de autor. Falleció el 14 de Noviembre de 1946, en su casa de Alta Gracia, hoy Museo. Su cuerpo fue embalsamado por el Dr. Ara y el 22 de Diciembre de 1946, sus restos fueron trasladados a España, reposando en la Catedral de Cádiz. Manuel de Falla fue otro de los grandes artistas de aquél Buenos Aires que se fue.

Fuente: Manuel de Falla, compositor e intérprete. La Opinión de Granada. 15 Abril 2007.

http://es.wikipedia.org/wiki/Manuel_de_Falla

Del Pino, Rafael. Una mirada desde Buenos Aires. Españoles en la otra orilla. La Opinión de Granada, 10 Octubre 2004.

http://medicinaybellasartes.blogspot.com/2010/12/unas-palabras-del-profesor-orozco.

Vivieron en Buenos Aires

LA CAMIONETA RASTROJERO

La camioneta “Rastrojero” fue uno de los vehículos más populares en la Argentina.

Fue el vehículo emblema de la IAME, Industrias Aeronáuticas y Mecánicas del Estado, ubicada en Córdoba. Su construcción comenzó en el año 1952, dando origen a la fabricación de un segmento de la historia argentina.

Cuando finalizó la Segunda Guerra Mundial, el IAPI, Instituto Argentino de Promoción del Intervcambio, importó una partida de pequeños tractores “Empire”, con una mecánica Jeep, procedente de los vehículos excedentes de fábrica, por la suspensión de los contratos al finalizar la Guerra.

Pero los tractores no fueron útiles y se enviaron a un depósito hasta que sus componentes fueron reutilizados dando origen al “Rastrojero”, un utilitario con capacidad de carga de media tonelada. El motor correspondía al de los tractorres, era un Willis, alimentado a gasolina. A pesar de su aspecto rústico, resultó ser un vehículo fuerte y confiable en las tareas del campo.

Apareció en Mayo de 1952 y 2 años después, se cambió el motor naftero por un motor Borgward gasolero, transformándose en el modelo más vendido. El frente del chasis era semejante al Ford 37, la caja se construyó en madera y la cabina metálica, con chapas moldeadas. La construcción era simple y era muy útil para transitar caminos de barro.

Fue muy grande su aceptación por lo que se decidió continuar su producción. La evolución del “Rastrojero” siempre estuvo frenada por los intentos consecutivos de liquidación, que culminaron en 1980, cuando producía 12 mil unidades anuales, de un vehículo adaptado a las reales necesidades del país. Recuerdos de un Buenos Aires que se fue.

Fuente: Rastrojero, utopías de la Argentina potencia.

http://www.festivalmdp.org/2006/peliculas.html2film=rastrojero

http://www.lucheyvuelve.com.ar/pulqui/cochejusticial.htm

Realidades argentinas

LOS PETITEROS

Saco corto con dos tajitos, 3 botones, solapas pequeñas, tela de gabardina color beige, camisa con cuello redondo con trabas; puños para gemelos y zapatos mocasín. La moda que apasionó a la sociedad femenina apareció a comienzo de la década del 50.

Las sastrerías elegidas eran “Rhoder’s” y “Giesso”. La vestimenta era similar en todos; frecuentaban los mismos sitios de reunión y eran invitados a las fiestas más representativas. Imitaban a las familias distinguidas, aparentando un nivel de vida que no tenían, practicando determinados deportes, como el rugby o el polo, visitando lugares característicos y exclusivos de la aristocracia.

Su área de desplazamiento se centralizaba en Callao y Santa Fe, y la “sede oficial”, el “Petit Café”, un refugio contrario al gobierno ubicado en la calle Santa Fe, lo que les valió el nombre de “petiteros”. Caminaban distinto, levantando ligeramente los tacos y balanceando los hombros. Eran opositores al gobierno peronista y estaban alineados con los grupos de poder opositores.

La moda era tomar sol en las playas de Olivos, que no estaban tan contaminadas pero no fueron exclusivos. Otros centros “petiteros” se formaron en “La Biela 05″ y en “Las Delicias”, ubicada en Guido y Callao. La moda “a lo petitero” se extendió comercialmente, contribuyendo a la desaparición de la tendencia.

Con la caída del peronismo, el “petiterismo” entró en crisis provocándose actos vandálicos, proezas estúpidas y agresiones fatales, que culminaron cuando el “Petit Café” cerró sus puertas en el año 1973. “Los petiteros” conformaron una moda y un estilo de vida transitorio en ese Buenos Aires que se fue.

Fuente: Juárez Francisco. “Vida y pasión de los petiteros porteños. La Nación 1999.

El barrio, La cuestión social, Modas y costumbres

LA PRIMERA GUARDIA

Foto: (A. G. N. )

La primera guardia hospitalaria la realicé en un hospital de la zona Oeste del Gran Buenos Aires.

Era el comienzo de la década del 50 y no existían las Residencias Hospitalarias. Se ingresaba a la guardia por recomendación de algún amigo y por tener aprobado el tercer año de estudios. Eran vivencias nuevas que provocaban ansiedad y temor, a la hora de resolver todo tipo de situaciones imprevistas.

Los restantes integrantes de la Guardia, controlaban y asesoraban cada uno de mis movimientos, recomendando el mejor procedimiento  para cada tarea. De pronto la primera sorpresa: salir para un auxilio, acompañando a un practicante experimentado. Pero la ambulancia era un ex-carro hielero, color gris, tirado por dos caballos percherones.

Llevaba el nombre del hospital y la manejaba un empleado del mismo. Disponía de una campanilla idéntica a la de los tranvías, que hacía resonar  pisándola en los cruces de calles. Los auxilios demandaban mucho tiempo, por la gran distancia y la limitada velocidad del carro.

Como resultado del auxilio, trajimos una paciente que, examinada por el Médico Interno, decidió su intervención quirúrgica. El Médico Interno, muy cordial y amable, me preguntó que experiencia tenía en realizar una anestesia general. Yo no tenía experiencia pero conocía el procedimiento por lo que me dijo:” Bueno, hoy hacés la primera”.

Se trabajaba con éter y la máscara de Ombredanne. Si bien era de fácil manejo, una cosa era la teroría y otra, usarla en la paciente, que en este caso, tenía 6 años. El éter se escapaba de la máscara y aspiré tanto como la paciente. Eran todas novedades, en vivo y en directo. La anestesia fue satisfactoria, la operación, un éxito y la consecuencia a largo plazo, ser el encargado de la mayoría de las anestesias de mis guardias, cuando no teníamos anestesista. Recuerdos inolvidables de un Buenos Aires que se fue.

Recuerdos del Hospital

EL CHOCOLATINERO

El chocolatinero era un personaje integrante del elenco imprescindible que trabajaba en el cine junto con el boletero, el acomodador y el encargado de la proyección.

Los programas se integraban con un mínimo de tres películas, que se proyectaban en las secciones Matinee, Vermouth y Noche. Eran épocas del uso de la contraseña para salir de la sala, para comprar alguna golosina más barata, o para entregársela a un amigo que ingresaba al cine y veía la siguiente pelicula sin pagar.

El chocolatinero estaba presente en la sala antes del comienzo de la función y en cada intervalo. Transportaba un incómodo cajón de madera, donde colocaba los chocolates, caros y medianamente baratos; caramelos, pastillas, maní con chocolate y helados. Recorría toda la sala, atendiendo casi todos los pedidos.

El mejor momento era antes de comenzar la función, aunque durante los intervalos, también era requerido, aunque con menor frecuencia. En algunos cines, alternaba sus tareas fiscalizando el ingreso a la sala en los intervalos o distribuyendo las contraseñas.

No se consumían bebidas ni pochoclo. En realidad, no se vendían. Eran modalidades existentes en los Estados Unidos, que aún no habían llegado al país. El pochoclo sólo se consumía en los parques, plazas, calesitas  y jardín Zoológico.

Cuando los programas eran más largos, como en las matinées infantiles con la proyección de alguna película completa en 12 episodios, algunos se llevaban una vianda, para consumirla en la hora de la merienda. Eran otros tiempos, tiempos de aquel Buenos Aires que se fue.

El barrio, Los entretenimientos, Personajes de la infancia

CAFÉ SOROCABANA

Vestido con un saco color verde, pantalón marrón y un birrete amarillo, llevaba el café en un termo cilíndrico color verde, de acero inoxidable, sujeto al cuerpo mediante una correa de cuero.

En la parte inferior se hallaba la canilla expendedora. Tenía adosado un tubo metálico donde se colocaban los vasos. El café mantenía su temperatura gracias al aislamiento interno del termo. Se lo ingresaba por la parte superior, donde se colocaba una tapa con juntas de goma, que se ajustaba mediante el auxiliio de dos tuercas mariposa.

La altura del cilindro era de unos 50 centímetros con un diámetro de 30 centímetros. Una palanca giratoria ubicada cerca de la base y adherida a la canilla, provocaba su apertura con la consecuente salida del café. El cafetero se desplazaba junto al termo con facilidad y durante los fines de semana, vendía su mercadería en las canchas de fútbol, estadios de box o hipódromos.

Pero durante los restantes días, en esquinas muy frecuentadas, a la salida de los edificios públicos importantes, cines y teatros. Además de la venta por estos cafeteros ambulantes, aparecieron pequeños locales Sorocabana para beber café parado.

No había asientos, lo que a veces contribuía a que el cliente se retirara rápidamente. En otras oportunidades, eran dos o tres amigos los que saboreaban el café, manteniendo largas conversaciones alrededor de esos pequeños mostradores. Otros se entretenían leyendo el diario entre sorbo y sorbo. El café Sorocabana fue muy popular en la década del cuarenta, en aquel Buenos Aires que se fue.

Pequeños locales comerciales, Personajes de la ciudad

LA ACEITERÍA

Eran pequeños locales que vendían aceite fraccionado, suelto, de varias calidades.

Eran atendidos por inmigrantes españoles, quienes se ocupaban de transvasar el aceite solicitado de un surtidor grande, de chapa enlozada verde, conteniendo 200 litros. Mediante un sistema de bombeo se elevaba el aceite, visible en un vaso de vidrio ubicado en la parte superior con un nivel que indicaba la cantidad.

Mediante una canillita ubicada en la parte inferior y un embudo, se llenaba una botella o botellón, de acuerdo con lo solicitado. El aceite de oliva, no se vendía suelto. Llegaba al país importado de España, Italia o Francia, en latas de uno y cinco litros. Las marcas “Boccanegra”, “Ybarra”, “Cubillas” eran algunas de las que estaban a la venta en los almacenes.

Durante el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial, el abastecimiento de aceite de oliva estuvo muy comprometido, ante las dificultades del traslado. El aceite nacional, en especial el de girasol pasó a ser empleado con frecuencia. Las combinaciones con aceite de oliva nacional y con maíz, fueron las más comunes.

Cada vez que se vendía el aceite suelto, siempre caían algunas gotas sobre el piso metálico donde se asentaban los tanques dispensadores. Ese aceite se pegoteaba a esa superficvie trasmitiendo al ambiente un olor a aceite rancio, viejo, nada agradable.

La venta de aceite suelto, no era aceptada por muchos, que preferían comprarlo envasado, de origen nacional. La aparición de nuevas marcas y la mejoría de su calidad, fueron factores determinantes de la paulatina desaparición de estos locales, característicos en ese Buenos Aires que se fue.

El barrio, Pequeños locales comerciales

UNA NOCHE EN LA FEDERACIÓN ARGENTINA DE BOX

La Federación Argentina de Box está ubicada en la calle Castro Barros 75, a media cuadra de la pizzería “Tuñín de la Boca”, en el barrio de Almagro.

Allí se realizaban solamente combates de aficionados, 3 rounds de 2 minutos en las preliminares y 5 rounds de 2 minutos en las peleas de fondo. Boxeadores jóvenes y no tan jóvenes, participaban en los campeonatos que se desarollaban.

Campeonato de Novicios, donde las jóvenes promesas mostraban sus condiciones, y los Campeonatos de Veteranos, con figuras conocidas, algunas ya consagradas pero que aún no habían pasado al profesionalismo. También encuentros concertados con rivales bien caracterizados, que aseguraban una asistencia plena. Frecuentemente se asistía a festivales de boxeo, organizados por algunos clubes tradicionales como el “Almagro Boxing Club”, “La Papelera Española”, “Club Huracán” y muchos otros.

El espectáculo comenzaba a las 22 horas aproximadamente. A medida que el estadio se llenaba, en realidad no era muy grande, el aire se enrarecía con la ayuda de los fumadores activos. Esto motivaba que a puro grito se solicitara el funcionamiento de los ventiladores extractores de aire, a fin de su renovación.

A medida que los campeonatos avanzaban en su desarrollo, se inclinaban las preferencias del público hacia determinados boxeadores, especialmente cuando se acercaban los tramos finales. Un asistente habitual a esas reuniones era el actor y ex-campeón olímpico de boxeo, Pedro Quartucci. Un aplauso saludaba su presencia, en el momento de subir al ring a fin de arbitrar uno de los combates, apreciándose su oficio, cordialidad y simpatía.

Destacados representantes en las Olimpíadas de Londres en 1948, como Rafael Iglesias y Mauro Cía, mostraron sus condiciones en el ring de la Federación. Estas reuniones convocaban a un buen número de aficionados que encontraban una excelente oportunidad para reencontrarse semana tras semana, dialogando animadamente y comentando los detalles de cada encuentro, en ese Buenos Aires que se fue.

El barrio, Los entretenimientos

BODEGA “LA SUPERIORA”

Aparecieron en la ciudad a fines de la década del 30. Eran locales pequeños que vendían vino tinto suelto.

Estaban vinculados con la bodega de origen, ubicada en la ciudad de Maipú, en Mendoza, donde fue fundada en el año 1919 por el español Manuel Lemos. La primera sucursal en Buenos Aires estaba ubicada en la calle Belgrano.

Se compraba el vino que llegaba en vagones procedentes de San Juan y Mendoza. Se lo envasaba con la marca “La Superiora” y se vendía a los clientes.  Despachaban vino suelto contenido en grandes bordalesas que estaban acostadas en dos hileras, una sobre otra y apoyada sobre bastidores de madera, para evitar desplazamientos.

Se trataba de una cadena de locales, distribuidos por distintos barrios, todos con las mismas características de diseño y disposición de las bordalesas, y todos, con el olor penetrante del vino. El piso estaba cubierto con aserrín de madera.

Cuando se colocaba un embudo en una botella o damajuana, al finalizar el llenado, siempre chorreaban de la canilla de la bordalesa unas gotas de vino, que caían al piso y eran absorbidas por el aserrín, produciendo el olor característico del vino fermentado, cada día más intenso; olor que no sólo inundaba el recinto, sino que se percibía a la distancia, permitiendo localizar la vinería con los ojos cerrados.

El logo de esta cadena de vinerías estaba representado por la imagen de la cabeza de una religiosa. En época de promoción, “La Superiora” mostraba a un extraño personaje vestido con un uniforme color rojo, que se paseaba por la vereda, desde la puerta de entrada hasta el final de la vidriera. Era distinguibkle fácilmente a la distancia, permitiendo localizar a la vinería en ese Buenos Aires que se fue.

El barrio, La ciudad

EL CAFETERO

Personaje siempre de actualidad, se lo veía por la ciudad empujando un carrito con 2 ruedas de goma, donde llevaba en la parte superior, una docena a una docena y media de termos de distintos colores, conteniendo café caliente.

El termo estaba cerrado con un tapón de corcho con vertedero, que le permitía colocar la cantidad de café suficiente para llenar el vaso sin derramar. En la parte media del carrito colocaba facturas surtidas y tubos conteniendo vasitos sin usar, servilletas y sobres con azúcar. En la división inferior, termos vacíos y un par de toallas.

Los recorridos eran largos, buscando al cliente ocasional o bien al habitual, con el que siempre se establecía un diálogo cordial: fútbol, política y economía eran el trípode básico de los comentarios cotidianos, que duraban el consumo de un café.

A primera hora de la mañana, acostumbraban a saborear el café acompañado de una factura. Los termos se agotaban más o menos rápidamente. Al filo del mediodía era necesario recargarlos para la jornada vespertina.

El recorrido del cafetero estaba caracterizado por las numerosas interrupciones: saludos a conocidos de ruta, venta al cliente ocasional, a conductores de taxis, o búsqueda de cambio de moneda. Anunciando su producto a viva voz, avanzaba con su carrito a buena velocidad, a fin de encontrarse con la mayor cantidad posible de clientes, deteniéndose cerca de la puerta de grandes edificios públicos con mucho movimiento de gente, lo que mejoraba las posibilidades de venta.

Los fines de semana, cerca del Luna Park o de la Federación Argentina de Box por la noche, o de las canchas de fútbol, por la tarde, rápidamente agotaba su mercancía. Vestido con su camisa y pantalón oscuro, su delantal gris y gorrita con visera,  se alejaba de la zona de trabajo y llegaba a su casa donde se  preparaba para la jornada del día siguiente, en aquel Buenos Aires que se fue.

Personajes de la ciudad

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