El Buenos Aires que se fue

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Archivo de Septiembre, 2011

CARLOS DISARLI, EL SEÑOR DEL TANGO

Cayetano Di Sarli, luego Carlos, nació en Bahía Blanca el 7 de Junio de 1903.

Comenzó a usar anteojos negros a la edad de 13 años, para ocultar las consecuencias de un disparo accidental por arma de fuego, en la armería de su padre. Estudió piano en el Conservatorio Williams de Bsahía Blanca y en 1923 llegó a Buenos Aires.

Tocó en los tugurios del Bajo; luego con el trío de Alejandro Scarpino y con la Orquesta de Osvaldo Fresedo. Formó su primer sexteto en 1927, que fuera reorganiado en 1936, época en la que realizó algunas grabaciones. Organizó su primera orquesta en 1939 y con la colaboración de Roberto Rufino, comenzó a grabar el 11 de Diciembre de ese año.

En 1942 se incorporó Albertio Podestá. Rufino permaneció en la Orquesta hasta 1944. En ese mismo año, se incorporó a la Orquesta el presentador y glosador Julio Jorge Nelson, que había desempeñado esa labor con la Orquesta de Miguel Caló. En 1945 ingresó el sanjuanino Jorge Durán, permaneciendo hasta 1947, siendo reemplazado por Oscar Serpa. Posteriormente se incorporaron Mario Pomar, Roberto Florio y Horacio Casares.

Su orquesta era muy disciplinada; en las presentaciones bailables ejecutaba su repertorio a razón de tres temas por vez. Parecía que estaban grabando, tal la seriedad y precisión de la interpretación. Di Sarli no hablaba, sólo miraba. El grupo de asistentes que rodeaban el escenario solicitaban al Maestro Di Sarli la ejecución de temas conocidos dentro de su repertorio, pero Di Sarli le informaba al presentador tres temas que jamás coincidían con lo solicitado.

Su impecable línea de violines, incluía al gran Emilio Vardaro, al eximio Simón Bajour (Szymsia Bajraj), conocido como el “Rusito Simón”, y a Bernardo Stalman. La fila de bandoneones incluían a Julián Plaza y Eduardo Rovira. La conducción de Di Sarli desde el piano era segura y precisa. Su línea de violines se ubicaban detrás de los bandoneones que no ejecutaban variaciones, sino que desarrollaban las melodías.

Cuando los violines tenían oportunidad de lucimiento, se adelantaban pasando entre los bandoneones, y ejecutaban los arreglos dispuestos por el maestro. Entre las composiciones del “Señor del Tango” figuran “Bahía Blanca”, “No me pregunten por que”, “Otra vez carnaval”, “Verdemar”, “Nido gaucho”, etc.

Di Sarli se vió envuelto en una triste fama de “mufa”, creada y difundida por su ex-anunciador Julio Jorge Nelson, que había prohibido que se le nombrara en su presencia. Esto significó que todo tipo de dificultades o desgracias que sucedían en el ambiente, le fueran atribuídas a Di Sarli. Falleció el 12 de Enero de 1960. Son recuerdos de los grandes del Tango, en ese Buenos Aires que se fue.

Fuente: Selles R. Tango nuestro, Nº 31, pag 241-248. Ed Agedit

El tango

LA VISITA DEL COMETA HALLEY

El anuncio de la llegada del cometa Halley para el 18 de Mayo de 1910, originó una sucesión de hechos inesperados, insólitos y lamentables provocados por una psicosis colectiva, el fin del mundo.

Fue motivada por las declaraciones del astrónomo francés Camilo Flammarión, quién afirmó que cuando la cola del cometa, de unos 40 millones de kilómetros, se mezclara con la atmósfera terrestre, se produciría el fin de la humanidad. La mezcla del hidrógeno de la cola con el oxígeno de la atmósfera provocaría una asfixia inmediata y mortal. También se informó que la cola del cometa contenía cianuro, por lo que el final del mundo estaba cercano.

Simultáneamente con estas informaciones, en distintas partes del mundo se produjeron terremotos, inundaciones y huracanes que contribuyeron a fortalecer la angustia y el temor. El aporte de las publicaciones sensacionalistas contribuyeron a que, desde 5 meses antes, se produjeran en Argentina un promedio de tres suicidios diarios.

Los suicidas eligieron los métodos más curiosos para lograr sus propósitos: ingestión de cajas de fósforos con agua o de bicloruro de mercurio (para tratamiento de la sífilis); polvo hormiguicida o una dosis mortal de láudano . Alguien se arrojó a un aljibe y hubo quien ingirió cigarrillos macerados en alcohol de quemar.

Se prepararon refugios subterráneos para sobrevivir a los efectos tóxicos de la cola del cometa.  En la esquina de Bartolomé Mitre y Florida se instaló un telescopio que anunciaba:” Vea por 5 centavos al cometa Halley y conozca la causa de su futura muerte”. Los charlatanes y curanderos se pusieron al día, ofreciendo todo tipo de protecciones para evitar el mal.

El día señalado, en los conventillos se organizaron bailes, para festejar el último día de vida. Las fiestas se multiplicaron por todos lados. Pero a la medianoche, la sirena del diario “La Prensa” anució que el peligro había pasado. Euforia demencial en aquel Buenos Aires que se fue.

Fuente: Parise L., González A. La Historia Popular Nº 67. Centro Editor América Latina. 1972

La cuestión social

LOS PATOTEROS

En la segunda década del siglo XX, las patotas alcanzaron un lamentable renombre.

Los llamados “niños bien” elegantemente vestidos se agrupaban en algun lugar público, como las entradas de un teatro, salón de baile, confitería o en la calle, para divertirse a costa de algún candidato, buscando pendencia y haciendo bromas pesadas, que terminaban en un escándalo.

Estos personajes provenían de buenas familias; eran cultos y adinerados pero cuando cambiaban de ambiente, la actuación era muy distinta. Acudían a los bailongos de rompe y raja en los salones de la calle Chile o Rodríguez Peña, alternando con malevos, bailarinas y prostitutas.

Empleaban un lenguaje recio, teñido de expresiones del lunfardo, lenguaje netamente orillero, acompañado de un andar compadrito. Estos “niños bien” rendían culto al coraje entreverándose con los malevos más destacados, peleando de igual a igual, especialmente cuando se cuestionaba quien era el mejor bailarín y quien se llevaba a la milonguera más bonita, originándose peleas serias con los cafiolos presentes.

Actuaban en barra caracterizándose por la provocación en todo momento, buscando liderar el grupo por la fama de guapo, ganada en cada entrevero. Cuando el elegido era un cuchillero experimentado, en más de una ocasión madrugó al patotero y su grupo, dando vuelta la torilla. En otras ocasiones, la víctima demostraba ingenio y habilidad en las respuestas y se unía al grupo.

Los patoteros generalmente iban desarmados, pero a veces estaban acompañados de una daga o un revólver. Contaban con la impunidad en sus actividades non santas porque, hijos de gente rica, casi siempre vinculada a personajes de la alta política, rápidamente eran liberados por la policía. Los patoteros constituyeron una verdadera pesadilla en los sitios de diversión de ese Buenos Aires que se fue.

Fuente: “Música, Recuerdos y…algo más”, FM  97.9  Radio Cultura. Emisión Nº 32.  25 Noviembre de 1998.

La cuestión social, Personajes de la ciudad
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