El Buenos Aires que se fue

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Archivo de Mayo, 2011

EL FUNYI

El funyi era el nombre familiar del sombrero masculino, una prenda irreemplazable en la primeras décadas del siglo XX.

Ir por la calle sin sombrero, era tener la sensación de caminar desnudo. El sombrero lo acompañaba a uno como la sombra al cuerpo. En todos los locales públicos había perchas en abundancia para sombreros y en los cines, el sombrero se colocaba debajo del asiento, donde quedaba sujeto mediante un dispositivo de alambre.

A partir de los 18 años comenzaba el uso del funyi. Antes de esa edad, se usaban gorras con visera. Los sombreros eran de fieltro color gris, marrón o negro, para usarlo preferente en el invierno. En el verano, era el turno del panamá, en realidad de origen ecuatoriano, y del rancho. Este último era rígido, color amarillo crema, mucho más fresco que el de fieltro.

En mi casa vivía una sombrerera de nombre Elvira. Trabajaba sobre unos moldes de madera, color marrón oscuro, muy pulidos y pesados. Ubicados sobre una base larga se encontraban tres de esos moldes donde Elvira colocaba el fieltro mojado, lo planchaba repetidamente y lo adecuaba con pases sucesivos, a la forma de la cabeza, llevándolo a su formato definitivo.

El funyi quedó eternizado en algunos tangos, especialmente “Gacho gris”, grabado por Carlos Gardel que dice: “Gacho gris, arrabalero,/ vos triunfaste como el tango,/ y escalaste desde el fango,/ toda la escala social”. El sonbrero fue prenda insustituible en la primera mitad del siglo XX de ese Buenos Aires que se fue.

Modas y costumbres

LAS MUÑECAS DE PORCELANA

En cada hogar con niñas era común encontrar en la década del 30 al 40 una muñeca de porcelana. Lo destacable eran las hermosas cabezas fabricadas con caolín cocido. En cambio el cuerpo, brazos y piernas eran de distinta calidad, hechos con papel maché o tela rellena.

Recibir de regalo una muñeca de porcelana, era un anhelo de las niñas, fuera un Bebé malcriado o una nena de rostro angelical. La vestimenta solía ser de buena calidad, bien diseñada y adornada. Las muñecas de calidad eran un lujo, porque su costo era prohibitivo para la clase media.

Provenían de Inglaterra, Francia, Alemania y Estados Unidos, y debido a su valor, las niñas casi no jugaban por temor a que sufrieran una rotura. Los rostros de cerámica, si bien bonitos eran de menor costo, más accesibles. Algunas disponían de mecanismos sonoros que producían risas y llantos.

En las muñecas más económicas los cuerpos fueron elaborados con cartón piedra que posteriormente, se lo empleó en la fabricación de cabezas, brazos y piernas. Si era importante la muñeca, también lo era su vestimenta y zapatos, que podían cambiarse según la estación del año.

Cuando las muñecas sufrían roturas o rayaduras, se las llevaba al taller de reparación, las clínicas de muñecas, donde recuperaban su belleza, luego de algunos arreglos necesarios. Los cirujanos de muñecas hacían las restauraciones cambiando los ojos, el cabello, la ropa o el maquillaje de los rostros.

Fueron famosas las muñecas “Marilú”, “Pierangeli” y los “Malcriados”. Las muñecas eran arregladas por razones afectivas; eran muchos los recuerdos que evocaban, y casas como la “Antigua Clinica de las Muñecas” de la Avenida Santa Fé, producían el milagro de mantener vivos esos recuerdos en ese Buenos Aires que se fue.

Los juegos, Personajes de la infancia

EL NUEVO PARQUE JAPONÉS

El Nuevo Parque Japonés se instaló en 1939 ocupando el predio donde actualmente se encuentra el Hotel Sheraton. Tenía juegos mecánicos, locales de baile y entretenimientos, muy frecuentados por provincianos, muchachas de servicio, soldados conscripto y muchos pibes.

Tenía también un circo, que fue el primero que conocí en mi vida, donde disfruté enormemente sus diversas atracciones. No era espectacular pero sí muy entretenido, para un pibe de 10 años. Fue una experiencia inolvidable. Disfruté de algunas otras atracciones como El Pulpo, El Tren Fantasma y una Galería de Espejos deformantes.

Otro juego muy popular era El Gusano, frecuentado por las parejas ya que en un momento determinado, se cubría con una capota; era el la ocasión esperada para estar un poco más cerca. También los autos chocadores, la Vuelta al Mundo y el Látigo.

Visité el Parque en varias oportunidades, pero al circo fuí una sola vez. Tenía muchos juegos comunes en las kermeses barriales: juegos de emboque, voltear el muñeco, tiro al blanco, etc. No olvidaré al Fakir que con el torso desnudo se acostó sobre una tarima pequeña, del tamaño de su espalda, llena de clavos. Alguien se paró sobre su pecho por un instante. Luego el fakir nos mostró su espalda toda cubierta por las marcas de los clavos, pero sin gotas de sangre.

Fue famoso el “Colmao” que convocaba a gran cantidad de gente, en especial españoles. El Parque era visitado por más de 30 mil personas los fines de semana. La ruptura de relaciones con el Eje el 26 de Enero de 1944, motivó su cambio de nombre por el de Parque Retiro.

La década del 50 fue el comienzo del fin, que aconteció en el año 1961, cuando se desarmaron y vendieron las instalaciones llevándose el recuerdo de un Parque de Diversiones que alegró nuestros días en aquel Buenos Aires que se fue.

La ciudad, Los juegos

LA VICTROLERA

En la década del 30, era habitual escuchar en los cafés, música de tango en vivo interpretada por cuartetos o sextetos típicos. Pero en otros establecimientos, el palco era ocupado por la Victrolera.

El palco de madera al cual se ascendía por una escalera también de madera, era el sitio donde reinaba la Victrolera durante la noche. Vestida con una blusa blanca y una pollera negra cortona, por encima de las rodillas, se sentaba al lado de una Victrola, un aparato de madera que alojaba el plato giradisco y los parlantes acústicos.

La victrolera elegía un disco de pasta, de 78 RPM, lo colocaba sobre el fieltro del plato giradisco frenado, y daba vueltas a una manija lateral, activando el mecanismo a cuerda. Al finalizar, le colocaba al pickup una púa de acero, soltaba el freno y colocaba el pickup sobre el disco, comenzando la difusión. Se sentaba en la silla, cruzaba las piernas y los asistentes dirigían su mirada a esa silla, durante tres minutos.

En el interín, la victrolera sonriente y callada, observaba a los asistentes, disimulaba un bostezo y leía una revista. Cuando la victrolera subía al palco, se corrían las cortinas de las ventanas, impidiendo ser vista desde el exterior. Sin embargo, la vi en una oportunidad en un café de la zona de Flores, en el preciso instante en que se abría la puerta. Observé por un instante hasta que un mozo la cerró sin miramientos.

Fué una imagen fugaz pero suficiente para tenerla presente en mis recuerdos. La concurrencoa solicitaba a gritos determinadas grabaciones; otros enviaban tarjetas con el nombre de una orquesta determinada y el agregado de una invitación para una cita. La llegada de los aparatos eléctricos con 20 discos, accionados por una moneda de 10 centavos, contribuyó a la desaparición de este personaje singular de ese Buenos Aires que se fue.

El tango, Personajes de la ciudad
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