El Buenos Aires que se fue

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EL MIMBRERO

Era un artesano que aprendía su oficio heredado de su padre. Aprendían todos los secretos del manejo del mimbre, calentado en agua caliente para el pelado de las varas, secado al sol durante dos a tres días para luego armar los atados que se guardaban para trabajar durante todo el año.

Fabricaban sillas, baúles, sillones, cestas, bandejas, cunas, hamacas, canastos para damajuanas, paneras, andadores, etc. La lista es interminable, porque estaba supeditada a la creatividad del mimbrero. Quienes vendían su mercadería lo hacían en un carro cargado al máximo y tirado por un caballo, mientras anunciaba su mercancía a viva voz, especificando dos elementos que no producían: plumeros y escobillones.

Se desplazaba muy lentamente, sentado en el pescante o caminando junto al caballo, llevándolo del cabestro, mientras en la otra mano llevaba un plumero. La variedad de productos transportados era amplia, y en cada hogar podía hallarse por lo menos, alguno de ellos. Parecía que el mimbrero nunca tenía apuro, a juzgar por la velocidad de sus movimientos.

Algunos vendían solamente su producción pero otros agregaban productos ajenos a su elaboración. Los artesanos mimbreros, siempre me causaron admiración por la agilidad en el trenzado de las varillas y la velocidad que empleaban en el tejido, sea a rombos o cruzado, originando una pieza en pocos minutos, especialmente en la producción de cestas. El mimbrero fue uno de los personajes típicos que trajinaron las calles de ese Buenos Aires que se fue.

Personajes de la ciudad

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