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El Buenos Aires que se fue

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LA VISITA AL DENTISTA

Mi visita al consultorio odontológico comenzó a edad muy temprana.

La estadía en la sala de espera se caracterizaba por el “olor a dentista”, proveniente de un producto muy empleado, el eugenol o esencia de clavo de olor, que se usaba en casi todos los pacientes para realizar obturaciones temporarias.

Recuerdo que en la sala de espera , entre las revistas para distraerse se encontraba una publicación extranjera “En Guerra”, una publicación al estilo “Life”, que mostraba detalles de la participación norteamericana en la Segunda Guerra Mundial.

Los tratamientos eran más lentos, con cambios de empastes repetidos hasta culminar con la colocación de la amalgama. El “terrorífico” torno, dependía de quien y como lo utilizara. Jamás me pareció terrorífico. Todo dependía de la mano que lo manejaba. A los efectos de no crear temor, las prestaciones dolorosas se dejaban para el final.

La amistosa cordialidad del dentista, transformaba la sesión en un encuentro agradable, donde entre broma y broma, el profesional cumplía su misión. Prestaba mucha atención a los pasos seguidos por el dentista en cada sesión de tratamiento. No existían en esa época, productos que han agilizado actualmente, los distintos procedimientos terapéuticos.

A esa temprana edad, nunca hubiera imaginado que la asistencia al dentista, era un acto dominado por el miedo, por no decir terror, en muchísima gente  que veía a los instrumentos odontológicos de rutina, como verdaderas elementos de tortura, lo que provocaba dilaciones a la hora de solicitar una consulta.

Muchos colegas me han manifestado que concurrir al odontólogo fue la experiencia más traumática que les tocó vivir, ya que el temor que los invadía no tenía alivio hasta la finalización de la sesión. Cuantas veces, a fin de calmar un dolor de muelas, se colocaban un trozo de aspirina en la caries, provocando una lesión tipo quemadura, en la encía y el carrillo.

No puedo decir lo mismo porque los profesionales que me asistieron cuando niño, supieron ganarme como paciente sin engendrar la mínima noción de miedo, en las consultas odontológicas en ese Buenos Aires que se fue.

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La educación, Personajes de la infancia

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