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El Buenos Aires que se fue

Blog en Monografias.com

 

Archivo de Mayo, 2011

LA REVISTA PORTEÑA

La Revista Porteña es un género en vías de extinción, proveniente del varieté, el music hall y el Ba Ta Clan.

La llegada al país de Madame Rasimi en la década del 20 con su Ba Ta Clan de París, modificó el Teatro de Revistas: basta de piernas cubiertas por mallas color carne y menos recato. Las bataclanas enseñaron a las locales a moverse con elegancia, desnudándose “artísticamente” y sonreir en la escena permanentemente.

Este género estuvo caracterizado por el estreno de obras con contenido político, gracias a autores como Luis Bayón Herrera, Manuel Romero, José González Castillo, Roberto Cayol y otros. Épocas en las que las vedettes recibían costosas alhajas dentro de canastos conteniendo flores. En general las revistas eran muy atacadas por la crítica.

Francisco Canaro fue figura fundamental en la historia de la Revista, como Marcos Caplán a partir de 1925, año en el que llegó al país Maurice Chevalier, “el Muchacho de París”. En 1926, las bataclanas francesas causaron furor al actuar con los senos al aire.

Foto:Nelida Roca. http://es.wikipedia.org/wiki/N%C3%A9lida_Roca

Famosas estrellas surgieron de la Revista: María Esther Podestá, Sofía Bozán, Libertad Lamarque, Rosita Quiroga, Sabina Olmos, Tita Merello, Tania, Charlo, Ignacio Corsini, Pepe Arias y uno de los máximos bailarines, Tito Lusiardo. En 1929 debutó Josephine Baker, “la Venus de Ébano”, permaneciendo tres meses.

El movimiento militar del 4 de Junio de 1943 impuso una censura rígida que obligó a eliminar los términos lunfardos del tango y modificar los tangos con letras de protesta como “Al pié de la Santa Cruz” y “Dios te salve m’hijo”.

En esta década llegaron Blanquita Amaro, Amelita Vargas, Miguel de Molina, Xavier Cugat, Doménico Modugno, Carlo Buti y surgieron José Marrone, Juan Verdaguer, Adolfo Stray, Dringue Farías y la imponente Nélida Roca, la vedette más espectacular, que no sabía cantar ni bailar, pero estaba ahí. Fue llamada “la Venus de la calle Corientes”.

Rechazada por un importante sector de la sociedad “La Revista” encabezó las recaudaciones demostrando su atracción en las noches de aquél Buenos Aires que se fue.

Personajes de la ciudad, Reuniones sociales

EL PETITERO

El petitero recibió ese nombre por frecuentar el “Petit Café”, un local ubicado en Santa Fe y Callao.

Fue la antítesis del muchacho Divito; su vestimenta con saco cortón, derecho, con tres botones y pantalón ajustado sin botamangas, se asociaba con una corbata con nudo tradicional, zapatos mocasines, cabello corto y bien peinado a la gomina o brillantina.

Se destacaba la forma de caminar, algo inclinado hacia adelante y sin mover los brazos, elevando y balanceando los hombros alternativamente. Eran muchachos pertenecientes a la clase media, que intentaban asemejarse “exteriormente”, a los legítimos integrantes del Barrio Norte, los que poseían el poder económico.

El petitero emulaba su apariencia. Era todo lo opuesto al tanguero del barrio y eran sus aspiraciones las de pertenecer a ese círculo privilegiado. Se uniformaba como los estudiantes de los coleguos privados, usando un blaizer azul oscuro y pantalón gris.

Pertenecer al grupo petitero, significaba cultivar varios parámetros obligatorios: no simpatizar con Boca Juniors y hacerlo con equipos de rugby; ser antiperonista y no gustar del tango. Su música era el jazz de las grandes bandas, fundamentalmente el estilo swing, y el bolero, que bailaba con las pibas de su grupo.

El petitero tenía un aire intelectual, llevando siempre algún libro que poco leía, así como el empleo de palabras extranjeras. De hecho seguía el estilo norteamericano. Lo define esta estrofa del tango “Petitero” de Cammarota, Libreto y Lipesker: “Petitero, me hacen gracia tus modales adquiridos/y el inglés desconocido/que aprendés con Nat King Cole/”.

Pretendía rozarse con todo lo que lo acercara a la gente y el estilo de vida del Barrio Norte. Cuando regresaba al barrio, buscaba diferenciarse frecuentando los sitios más selectos, menos populares. Buena parte de lo que ganaba, lo invertía en lograr el “look” del Barrio Norte, en ese Buenos Aires que se fue.

La cuestión social, Modas y costumbres

EL MIMBRERO

Era un artesano que aprendía su oficio heredado de su padre. Aprendían todos los secretos del manejo del mimbre, calentado en agua caliente para el pelado de las varas, secado al sol durante dos a tres días para luego armar los atados que se guardaban para trabajar durante todo el año.

Fabricaban sillas, baúles, sillones, cestas, bandejas, cunas, hamacas, canastos para damajuanas, paneras, andadores, etc. La lista es interminable, porque estaba supeditada a la creatividad del mimbrero. Quienes vendían su mercadería lo hacían en un carro cargado al máximo y tirado por un caballo, mientras anunciaba su mercancía a viva voz, especificando dos elementos que no producían: plumeros y escobillones.

Se desplazaba muy lentamente, sentado en el pescante o caminando junto al caballo, llevándolo del cabestro, mientras en la otra mano llevaba un plumero. La variedad de productos transportados era amplia, y en cada hogar podía hallarse por lo menos, alguno de ellos. Parecía que el mimbrero nunca tenía apuro, a juzgar por la velocidad de sus movimientos.

Algunos vendían solamente su producción pero otros agregaban productos ajenos a su elaboración. Los artesanos mimbreros, siempre me causaron admiración por la agilidad en el trenzado de las varillas y la velocidad que empleaban en el tejido, sea a rombos o cruzado, originando una pieza en pocos minutos, especialmente en la producción de cestas. El mimbrero fue uno de los personajes típicos que trajinaron las calles de ese Buenos Aires que se fue.

Personajes de la ciudad

LA FIESTA DE QUINCE

El festejo de los quince años ocurría cuando las chicas cursaban aproximadamente, el tercer año de la escuela secundaria. Era una celebración distinta de los otros cumpleaños.

Acontecimiento único y fundamental, que marcaba un cambio de la niñez a la adolescencia, la necesidad de compartir sueños, ilusiones y nuevas experiencias. Siempre se esperaba ese día con ansiedad e impaciencia. Se vislumbraba algún romance con un candidato, a veces uniformado.

La lista de invitados se confeccionaba desde mucho tiempo atrás. La invitación se hacía a través de una tarjeta blanca, simple o doble, con letras doradas, y sobre con el nombre del invitado: compañeras de colegio, familiares, amigos de los hermanos a los que se le entregaba personalmente, salvo cuando vivía muy lejos en cuyo caso, se le enviaba por correo.

El vestido confeccionado por una modista especializada en vestidos de fiesta, era en estilo princesa, vaporoso, con un discreto escote, y se completaba con zapatos blancos con taco alto. La fiesta comenzaba con la aparición de la quinceañera que generalmente, lo hacía acompañada por su padre, bajando lentamente una escalera adornada con flores.

Estaba maquillada, luciendo accesorios en el cuello como una cadenita de oro con el número 15 y una tiara sobre el cabello. Los invitados varones vestían con saco y corbata y las chicas, con vestido de fiesta. Se escuchaban las notas de un vals, habitualmente “El Danubio Azul”, bailado tradicionalmente con el padre en primer término, y luego con los amigos y parientes.

Al finalizar comenzaba el lunch con sandwiches, masas, bocaditos y bebidas gaseosas, con acompañamiento de música suave, mediante la colaboración de un Disc Jockey o algún voluntario. Luego de varios períodos alternados de comida y baile, se llegaba al momento del brindis con champagne y al corte de la torta, con el reparto de las cintas con sorpresas, seguido del reparto de las 15 velitas a las personas más queridas, como recuerdo de los 15 años.

Antes de retirarse, los invitados firmaban un Album del Recuerdo, donde constaba su presencia en la fiesta. Fiestas de quinceañeras en ese Buenos ires que se fue.

La cuestión social, Reuniones sociales

LOS ITALIANOS Y EL TANGO

La Argentina fue un país de inmigrantes a predominio italiano. Entre 1880 y 1914, ingresaron 2.022.326 habitantes provenientes de Italia, que procuraron acriollarse asimilando las costumbres de la nueva tierra.

Esta inmigración contribuyó a consolidar la estructura del tango a través de los músicos que arribaron: unos con formación académica y otros intuitivos. En cada hogar italiano era habitual encontrar aficionados al canto lírico o a la ejecución de algún instrumento tradicional como el acordeón, mandolín o guitarra, en los que se ejecutaban canzonetas típicas.

Foto: Enrique Santos Discepolo

Grandes músicos, compositores y poetas surgieron de esa corriente migratoria que configuraron una gran cantidad de apellidos de origen itálico, pero argentinos de nacimiento, conformando lo más selecto de la antología tanguera. Agustín Magaldi, Ignacio Corsini, Alberto Marino, Alberto Morán, Hector Mauré y muchos más, integraron el rubro de cantantes.

Alfredo De Angelis, Aníbal Troilo, Juan D’Arienzo, Francisco Canaro, Miguel Caló, Osvaldo Pugliese entre los directores de conjuntos típicos. Homero Manzi, Nicolás Pracánico, Enrique Cadícamo, Homero Expósito, Armando Acquarone, Sebastián Piana, Enrique Santos Discépolo, Hector Marcó, etc entre los autores y compositores.

El italiano es en los tangos, un personaje pintoresco: “Y un tano cabrero rezonga en la puerta,/ porque a un compadrito manyó el estofao:/ -¡Aquí, en esta casa, osté non me dentra;/me sun dado cuenta que osté es un colao…!.(Padrino Pelao, E. Delfino).

Nostálgico como en el tango “Canzoneta” de E. Lary y E. Suarez, dice: “Cuando escucho “o sole mío”/ senza mamma e senza amore/ siento un frío acá, en el cuore/ que me llena de ansiedad/será el alma de mi mamma/ que dejé cuando era niño.” y también cuando señala: “Soñé a Tarento en mil regresos/ pero sigo aquí en la Boca,/ donde lloro mis congojas/ en el alma triste, rota, sin perdón.”

También cuando se expresa en el tango “La Violeta ” de N. Olivari y C. Castillo:”Con el codo en la mesa mugrienta/ y la vista clavada en el suelo,/ piensa el tano Domingo Polenta/ en el drama de su inmigración/ en la sucia cantina que canta/ la nostalgia del viejo paese,/ desafina su ronca garganta/ ya curtida de vino carlón”.

Siempre identificado con el fenómeno inmigratorio, cantando a la nostalgia, al desarraigo o a la desilusión con la tierra de adopción, como queda reflejado en las cuartetas anteriores. Sus letras relatan la historia de la inmigración y la prostitución en un mundo de sentimientos donde pedominan el odio, la pasión, la envidia, el rencor y la venganza.

El tango y el teatro popular representado por el sainete fueron las voces predominantes en las primeras décadas del Siglo XX. Permitieron que los inmigrantes italianos manifestaran sus alegrías y pesares expresando sus denuncias, expectativas, opiniones y sentimientos en ese Buenos Aires que se fue.

El tango, La cuestión social, La inmigración

LA MODA DIVITO FEMENINA

La revista “Rico Tipo” se caracterizaba por la presentación en sus tapas de unas chicas curvilíneas, de talle de avispa, amplias caderas, busto prominente, frondosas cabelleras, labios pintados, piernas imponentes con tobillos angostos, que usaban bikinis, minifaldas o polleras tubulares muy ajustadas y amplios escotes.

Eran las “Chicas Divito”, del creador y director de “Rico Tipo”. Morochas adornadas con amplios cinturones, collares, aros enormes, anteojos ahumados, zapatos con plataforma y tacos afilados, muy altos, con tiras alrededor de las piernas.

Participando de una vida mundana, establecían diálogos hirientes entre ambas o respecto de una tercera persona; ubicadas en sitios lujosos, frecuentados por Play-boys. Estas publicaciones transformaron la vestimenta femenina en la década del 40. Las chicas comenzaron a vestirse a imitación de esos dibujos. A fin de asegurar la cintura avispa, comenzó la venta de unos modeladores, semejante al viejo corsét,  que contribuían a lograr esa apariencia; eran los modeladores Divito.

Las chicas Divito se corporizaron en una película protagonizada por Augusto Codecá, “Soy un infeliz”. Luego de una selección muy promocionada, entre las elegidas figuró la actriz Elina Colomer. Este estilo de vestimenta trascendió a otras latitudes, como Europa y Estados Unidos. Esta moda originó la fabricación de las muñecas Divito, de 50 centímetros de altura, un anticipo de las muñecas Barbie.

Las chicas aparecían con vestimenta mínima, audaz para la época, ya sea en la playa, como coristas o como oficinistas. Las mujeres solicitaban a las modistas que les diseñaran ropas similares a las usadas por las chicas Divito. La revista “Rico Tipo” alcanzó un éxito enorme en la década del 40 imponiendo la moda Divito entre las chicas de las clases populares, en ese Buenos Aires que se fue.

Modas y costumbres

LOS MUCHACHOS DIVITO

El dibujante José Guillermo Divito creó en el año 1944 la revista “Rico Tipo”, caracterizada por un estilo desenfadado, comentarios audaces y la presencia de las chicas Divito.

En las décadas del 40 y 50, la moda masculina fue influida por “Rico Tipo”, una publicación dirigida a la clase media que dió origen a la “moda Divito” masculina, moda que no tuvo nada que ver con la clase media. Se caracterizó por el uso de un traje con saco cruzado, muy largo, con grandes solapas, 5 o 6 botones a cada lado pero sólo uno para abrocharlo.

En el bolsillo superior izquierdo colocaba un pañuelo mostrando las puntas, y una flor en el ojal de la solapa. El pantalón abombillado, con una botamanga muy alta, de 10 o más centímetros, que caía sobre el calzado. El pantalón se abotonaba muy por encima de la cintura y se aseguraba con una faja de 15 a 20 centímetros de altura, similar a la que se usa con el smoking.

Corbata chillona con nudo ancho y un sujetador metálico. Sombrero Orión y zapatos negros con taco militar. Era una pilcha tanguera, de barrio, usada por los muchachos para ir a bailar. Era llamativa y carente de buen gusto.

Un personaje famoso en esa época, el boxeador José María Gatica fue un representate cabal de esta moda, luciendo llamativos anillos en sus manos y fumando habanos. El peinado era a la gomina, con jopo pronunciado, como la peinada que lucía el cantor Alberto Castillo. El traje era confeccionado a medida por el sastre barrial o se lo compraba ya hecho, en los negocios céntricos ubicados en la calle Corrientes, en color marrón o azul marino.

Las caricaturas sobre la moda femenina o masculina publicadas en la revista “Rico Tipo”, fueron de gran influencia en el tipo de vestimenta utilizada en las décadas del 40 y 50, en ese Buenos Aires que se fue.

Las Revistas Inolvidables, Modas y costumbres

CASA LAMOTA

La radio, los diarios y las revistas anunciaban a “Casa Lamota…donde se viste Carlota”, una tienda ubicada en Bartolomé Mitre y Paraná, donde se ofrecía ropa diversa, pero en especial, disfraces de todo tipo para ambos sexos desde los dos a los quince años.

Fabricaban disfraces tradicionales como el del Oso Carolina, Pierrot y Colombina, que enviaban contra reembolso por ferrocarril, al interior del país. En realidad, la variedad de disfraces era muy amplia; era posible encontrar casi todos. Pero no sólo vendía disfraces.

Ropa infantil deportiva, guardapolvos, gorritos para el sol, zapatillas, buzos, constituían parte del stock disponible. Compré en Casa Lamota la ropa requerida para las clases de Educación Física, en el Colegio Nacional, en plena década del 40. Los precios eran más accesibles que en otros establecimientos, razón que motivaba la presencia de una clientela numerosa.

Era una época con una importante competencia de grandes tiendas, con un surtido amplio y variado, que conformaba a la clientela más exigente. La diferencia se focalizaba en el costo de la mercadería ofrecida que en Casa Lamota, estaba al alcance de las clases populares.

Usar un lindo disfraz brindaba la posibilidad de ser elegido en el corso barrial, ocupar un palco de mascaritas seleccionadas, ser fotografiados en conjunto, optar a los premios al mejor disfraz y aparecer en las publicaciones de la revista vecinal. Casa Lamota brindó a muchos chicos de barrio esa posibilidad en ese Buenos Aires que se fue.

Las Grandes Tiendas, Modas y costumbres

LA VISITA AL DENTISTA

Mi visita al consultorio odontológico comenzó a edad muy temprana.

La estadía en la sala de espera se caracterizaba por el “olor a dentista”, proveniente de un producto muy empleado, el eugenol o esencia de clavo de olor, que se usaba en casi todos los pacientes para realizar obturaciones temporarias.

Recuerdo que en la sala de espera , entre las revistas para distraerse se encontraba una publicación extranjera “En Guerra”, una publicación al estilo “Life”, que mostraba detalles de la participación norteamericana en la Segunda Guerra Mundial.

Los tratamientos eran más lentos, con cambios de empastes repetidos hasta culminar con la colocación de la amalgama. El “terrorífico” torno, dependía de quien y como lo utilizara. Jamás me pareció terrorífico. Todo dependía de la mano que lo manejaba. A los efectos de no crear temor, las prestaciones dolorosas se dejaban para el final.

La amistosa cordialidad del dentista, transformaba la sesión en un encuentro agradable, donde entre broma y broma, el profesional cumplía su misión. Prestaba mucha atención a los pasos seguidos por el dentista en cada sesión de tratamiento. No existían en esa época, productos que han agilizado actualmente, los distintos procedimientos terapéuticos.

A esa temprana edad, nunca hubiera imaginado que la asistencia al dentista, era un acto dominado por el miedo, por no decir terror, en muchísima gente  que veía a los instrumentos odontológicos de rutina, como verdaderas elementos de tortura, lo que provocaba dilaciones a la hora de solicitar una consulta.

Muchos colegas me han manifestado que concurrir al odontólogo fue la experiencia más traumática que les tocó vivir, ya que el temor que los invadía no tenía alivio hasta la finalización de la sesión. Cuantas veces, a fin de calmar un dolor de muelas, se colocaban un trozo de aspirina en la caries, provocando una lesión tipo quemadura, en la encía y el carrillo.

No puedo decir lo mismo porque los profesionales que me asistieron cuando niño, supieron ganarme como paciente sin engendrar la mínima noción de miedo, en las consultas odontológicas en ese Buenos Aires que se fue.

La educación, Personajes de la infancia

EL TORNEO MUNDIAL DE AJEDREZ DE 1939

El desarrollo del Torneo de las Naciones en 1939, se desarrolló en Buenos Aires con la participación de los más destacados jugadores de ajedrez del mundo.

Comenzó en el mes de Agosto, en vísperas de la Segunda Guerra Mundial. Antes de finalizar el Torneo, comenzó la Guerra, lo que motivó que un buen número de selectos representantes del juego ciencia decidieran quedarse en Buenos Aires; algunos transitoriamente, otros hasta la finalización de la contienda y un tercer grupo definitivamente, adopatando varios de ellos la ciudadanía argentina.

Foto: Erich Eliskases

De una u otra manera, contribuyeron en gran medida a mejorar la calidad del ajedrez en el país, promoviendo el interés y el estudio de tácticas y estrategias. Fue una única oportunidad, no repetible, que posibilitó que Argentina se transformara en una potencia ajedrecística de primera línea, durante las décadas del 40 y del 50, demostrándolo en la mayorìa de los grandes eventos.

El aporte decisivo de Miguel Najdorf de Polonia, Erck Eliskases de Alemania, Gideon Stahlberg de Suecia, Hernan Pilnik llegado anteriormente de Alemania, unido a los locales Oscar Panno, campeón mundial juvenil en 1953, Julio Bolbochan, Raúl Sanguinetti y otros, permitió integrar un conjunto de notable fuerza que catapultó al ajedrez a los primeros planos.

Los jugadores europeos participaron activamente en los torneos locales en Buenos Aires y Mar del Plata, asi como otros países latinoamericanos, jerarquizando su nivel. La posibilidad de tener que enfrentar constantemente a adversarios de primera categoría, obligó a los locales a profundizar en el estudio y análisis de las partidas.

El resultado fue que Argentina se clasificara entre los 3 primeros puestos en las competencias internacionales, junto a Rusia y Yugoslavia fundamentalmente. Los diarios “La Prensa”, “La Nación”, “El Mundo”, la revista “Leoplán” y el diario “Clarín”, publicaban las partidas que se desarrollaban en los campeonatos argentinos e internacionales, hecho de gran ayuda en los procesos de análisis.

Las décadas del 40 y del 50 señalaron la consolidación del mejor ajedrez argentino de todas las épocas, en aquel Buenos Aires que se fue.

Los juegos

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