El Buenos Aires que se fue

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Archivo de Abril, 2011

LOS SUSTOS INFANTILES

Asustar a los niños fue un procedimiento muy empleado a fin de lograr la obediencia. Los miedos manejados desde el ámbito familiar han perturbado desfavorablemente el mundo infantil.

Fueron varias las generaciones asustadas con “El Cuco”, un personaje imaginario con quien se reprimía a los niños diciéndoles:” Va a venir el Cuco y te va a llevar”. No tenía una fisonomía determinada.

Se asustaba a los chicos en relación con una conducta determinada, cuando no querían dormirse, o rechazaban la comida o un remedio, o cuando visitaban lugares prohibidos o rompían las plantas jugando a la pelota. Cuantas veces hemos escuchado esas amenazas cuando debíamos beber el inmundo Aceite de Hígado de Bacalao.

“Te va a llevar El Cuco” era una expresión imperativa que se asociaba con este personaje para separarnos de nuestro entorno familiar. El Cuco era un ser con forma indefinida que se llevaba a un chico o se lo comía; se llevaba los juguetes o nos impedía disfrutar de un juego. Aparecía por las noches y dormía en el ropero.

El “Hombre de la Bolsa” era un individuo de unos 50 a 60 años, estatura normal, ropas oscuras, sucias y gastadas, retratado como un pordiosero que cargaba una bolsa de arpillera sobre el hombro, que probablemente llevaba en su interior a niños que desobedecieron a sus padres.  Se lo asociaba con los linyeras y algunos vendedores de frutas.Estas amenazas que hoy parecen anacrónicas eran moneda corriente y siempre miramos a los linyeras asociándolos con esta creencia.

Una serie de engaños se transformaron en mitos. Recuerdo algunos como cuando se ponían los ojos bizcos, se soplaba en el rostro del otro y con una expresión de asombro decíamos:”Te quedaste bizco. Te soplo otra vez y te lo saco”. Asunto concluído.

Con los chicles se decía que no había que tragarlos porque se pegoteaban los intestinos y entonces era necesario operar para sacarlos. En esa época, la palabra Operación era sinónimo de riesgo, de ahí el temor.

Si te tragás las semillas, te crece una planta en el estómago. No creí en esta amenaza porque acostumbraba a comer semillas de zapallo con mucha frecuencia, y no había una relación entre la amenaza y la realidad que vivía.

Otra decía que si un sapo te mea en los ojos, te quedás ciego. No la pude comprobar, ya que tuve la oportunidad de pasar una larga temporada en una casa quinta del Gran Buenos Aires, donde abundaban los sapos, de todo tamaño, constituyendo uno de los principales entretenimientos. Veía que orinaban siempre hacia el suelo y no encontraba significado con la amenaza.

El Cuco, El Hombre de la Bolsa, y estos mitos infantiles, formaron parte de una cultura popular elaborada a través del tiempo, a los efectos de contrarrestar o impedir una conducta desobediente infantil en ese Buenos Aires que se fue.

Modas y costumbres, Personajes de la infancia

LAS GRANDES TIENDAS: HARROD’S

Ir de compras al centro era una rutina que se cumplía regularmente cuando las necesidades a cubrir excedían las existencias de la tienda del barrio.

Harrod’s fue un centro de la moda fundado el 31 de Marzo de 1914 con salones suntuosos, grandes escaleras de mármol, vitrales, vidrios biselados, pisos de cedro alfombrados, ubicada en la manzana comprendida por las calles Paraguay, San Martín, Córdoba y Florida.

Visitado diariamente por más de 40 mil personas, fue el centro comercial más importante del microcentro, elegido por la sociedad porteña. Tenía subsuelo para cocheras, 6 pisos y terraza. La peluquería para adultos estaba ubicada en el subsuelo, cita para los caballeros. Las damas, al finalizar su ronda de compras, se encontraban en la confitería para degustar un té con masitas, dulces o saladas.

Las vidrieras de Harrod’s fueron magníficas, ya que reproducían escenas de otros países o bien la escena de alguna película famosa, como disfrutamos en la década del 40, con motivo de la proyección de la película “Lo que el viento se llevó”.

Fuimos a ver una de sus clásicas atracciones, la visita a Papá Noel, en la esquina de Florida y Córdoba. Permanentemente rodeado de niños, fuí uno de ellos y recuerdo que su mano se apoyó suavemente sobre mi cabeza. Tuve la sensación de estar frente a un personaje superior, que infundía un profundo respeto, con su barba blanca y su leve sonrisa.

Me impactaron los grandes ascensores, por la velocidad que desplegaban y la cantidad de personas que viajaban. El ascensorista se me antojaba un privilegiado que abría y cerraba las puertas de hierro anunciando lo que había en cada piso.

Visité la peluquería para niños, pero no me corté el cabello. El motivo fue conocer la calesita con música ubicada en la sala de espera. No me dejaron trepar a pesar de mis esfuerzos.  Pero si pude disfrutar en la confitería ubicada en el último piso, de un té con masas dulces.

Su etapa gloriosa finalizó en 1970, comenzando su decadencia que culminó con su cierre, en 1998. Visitar Harrod’s constituía la oportunidad para realizar compras, pero para muchos de nosotros, era la posibilidad de un paseo, acompañado por los adultos en ese Buenos Aires que se fue.

Las Grandes Tiendas

LA MARTONA

Foto: (A. G. N. )

“La Martona”, fundada por Vicente Casares en 1889 en la estancia San Martín, fue la primera industria láctea del país. Estaba ubicada en el partido de Cañuelas. Fue el primer productor de dulce de leche, con cocción controlada y proceso premecánico. Se caracterizó por mejorar sus instalaciones, incorporando los avances tecnológicos más importantes de la época.

Las lecherías “La Martona” fueron extendiéndose por la ciudad en la década del 30, con características similares. Locales pequeños revestidos de azulejos blancos, muy limpios; dos o tres mesitas rectangulares con mármol blanco y sillas Thonet, donde se consumía habitualmente un vaso de leche fría con vainillas, o de leche caliente con crema, acompañado de ensaimadas; una cuajada o un submarino.

Un mostrador de mármol blanco, nos separaba del vendedor, vestido con un guardapolvo blanco y cubierta su cabeza con un gorro también blanco. Era el encargado de despachar las botellas de leche, las botellitas de crema, la manteca común o salada, la cuajada y las barras de chocolate. Pero también nos despachaba el sabroso dulce de leche cuyo slogan era:”Todos lo imitan. Nadie lo supera. Obténgalo freso en nuestras sucursales”.

Los envases eran de lata, cilíndricos, en dos tamaños: uno grande y el otro pequeño que llevaban impresos el logo de “La Martona” que a nosotros se nos antojaba una herradura, cuando en realidad se trataba de la imagen sofisticada de un gato. Una vez utilizados los envases pequeños, se los empleaba para guardar todo tipo de elementos pequeños: clavos, tornillos, tuercas, etc.

Era un dulce de leche distinto, exclusivo, con una textura granulosa única y un color especial. Ya lo dijo Julio Cortázar: el Río de la Plata tenía el color dulce de leche “La Martona”, en ese Buenos Aires que se fue.

La ciudad

EL HOTEL DE INMIGRANTES

El Hotel de Inmigrantes sirvió de albergue a los europeos que desembarcaron en el puerto de Buenos Aires.

Una vez desembarcados los inmigrantes pasaban por el Departamento de Inmigraciones y después ingresaban al Hotel, ubicado al lado del Embarcadero Naval, en la Dársena Norte. EL definitivo Hotel de Inmigrantes, fue un edificio imponente de planta baja y tres pisos, inaugurado el 26 de Enero de 1911.

Tenía calefacción y agua caliente. Varios comedores con mesas de mármol, dormitorios para ambos sexos con 1400 camas repartidas en los tres pisos, escaleras de mármol y paredes azulejadas. Lavatorios, baños, correo y telégrafo, un banco, un cine, panadería, herrería, carpintería y un gran depósito de equipajes.

Rodeado de hermosos jardines, fue reciclado después de finalizada la Segunda Guerra Mundial, ya que volvió a recibir inmigrantes a partir de 1947, que rápidamente colmaron su capacidad que superaba las 2 mil personas. Los niños y las mujeres dormían separados de los hombres. Una vez finalizada la comida debían lavar los utensilios empleados, antes de salir del Hotel. L

La estadía era de cinco días y tenía un reglamento estricto, a fin de mantener la disciplina. Se cumplían los horarios rigurosamente. Ante la orden del silencio nocturno, estaba prohibido cualquier alboroto. La última ola inmigratoria llegó en 1952 y poco tiempo después el Hotel dejó de funcionar.

Nuestros padres y abuelos pasaron por este Hotel de Inmigrantes, antes de asentarse definitivamente en Buenos Aires. Recorrimos las instalaciones hace poco tiempo. Esa visita obró como un disparador de recuerdos convividos con mi familia y sus respectivos paisanos, reencontrándonos con objetos de la vida cotidiana traídos desde Europa, pero que se nos antojaron como muy familiares, por haber formado parte de nuestra vida en aquel Buenos Aires que se fue.

La inmigración
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