El Buenos Aires que se fue

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EL TACHERO (HOJALATERO)

El oficio de tachero ambulante exigía habilidad, precisión y conocimiento, que se lograban con años de aprendizaje y práctica manejando la hojalata, el latón y la soldadura de estaño.

Era un trabajo artesanal aprendido de padres a hijos, oficio que ha desaparecido, pero cuyos servicios fueron muy solicitados para el reacondicionamiento y compostura de tachos, cacerolas y jarros.

El tachero llevaba las herramientas en una caja de madera colgada del hombro con una correa de cuero, a lo que se sumaba una diversidad de cacharros de latón o enlozados que al golpearse entre sí, hacían un ruido característico e identificable que ya reparados, serían enregados a sus dueños.

Improvisaba su taller en el patio de la casa, en un portal o en la vereda. Con una lima dejaba brillantes los bordes de un agujero o rajadura. Pincelaba las superficies con ácido clorhídrico diluído y con el soldador a nafta encendido, dejaba caer unas gotas de estaño derretido sobre la superficie averiada hasta cubrir la zona, que se distribuía con el auxilio de una gamuza. Este paso era muy importante, pues de él dependía el buen resultado del servicio.

Si el agujero era grande, recortaba un trozo de hojalata y lo soldaba, como si fuera un remiendo. El cobro del trabajo se acordaba antes de comenzar. El tachero ambulante fue un personaje inconfundible que recorrió las calles pregonando sus servicios en ese Buenos Aires que se fue.

Personajes de la ciudad

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