El Buenos Aires que se fue

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EL FOTÓGRAFO DE PLAZA

Foto: La Nación. Diario íntimo de un país.

pag. 535,Nº 34.1998

El fotógrafo de plaza fue un personaje infaltable en las plazas porteñas y espacios públicos como por ejemplo, el Balneario Municipal. Vestía un guardapolvo largo, gris y gorra del mismo color, con una chapa identificadora en el frente.

Desarrollaba su oficio a plena luz, obteniendo fotos de momentos inolvidables en medio del desplazamiento humano, el tránsito ruidoso y  los vendedores callejeros pregonando su mercadería. La máquina era un cajón de madera, montada sobre un sólido trípode también de madera.

Sacaba fotos tamaño postal, en blanco y negro, en papel brillante. Las fotos se obtenían de día, mientras había luz solar. El fotógrafo no usaba flash, no obtenía fotos nocturnas. Pero a quienes lo solicitaban, les coloreaba a mano con un arsenal de colores especialmente preparado, pero a un costo superior, incorporando agregados no existentes como montañas o paisajes.

Las fotos de soldados conscriptos en Plaza Italia constituyeron un clásico, por su proximidad con los cuarteles de Palermo. Eran también habitués las chicas del servicio doméstico, solas o en pareja, así como los grupos de colegiales, o parejas frente a un monumento. Eran clásicas las fotos de fin de semana, del Día de la Primavera o durante el Carnaval.

Estos últimos representantes de una especie en extinción, observaban a través del objetivo mientras daban indicaciones para lograr una buena fotografía. Luego, una vez hecho el disparo, introducía la mano dentro de una manga negra y procedía a revelar y fijar la foto con los ácidos y fijadores ubicados dentro de la caja de madera. Luego colocaba la foto en un soporte delante del objetivo, esperando el secado del papel.

Al finalizar la jornada, llevaba la máquina a cuestas. Algunos clientes, una vez secada la foto no la llevaban, prometiendo volver pero la mayoría de las veces nunca regresaban. Fueron llamados también “minuteros”, porque anunciaban que en sólo 1 minuto, la foto estaría terminada, cuando en realidad requerían entre 5 a 10 minutos aproximadamente.

A los efectos de atraer a la clientela infantil, algunos disponían de un caballito de madera. “Los minuteros” contribuyeron a guardar sonrisas, registrar encuentros irrepetibles, e inmortalizar muchos paseos en aquel Buenos Aires que se fue.

Personajes de la ciudad

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