El Buenos Aires que se fue

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EL ADOQUINERO

Los pavimentos de adoquines cubrieron las calles de Buenos Aires entre los siglos XIX y XX. Eran bloques de granito tallados, que permitían desplazarse por las calles sin mayores contratiempos por su eficacia y durabilidad.

Provenían de la isla Martín García o bien llegaban como lastre en los buques de ultramar que no podían cruzar los mares con las bodegas vacías, por lo que los descargaban en el puerto de Buenos Aires, a fin de transportar los cargamentos de cereales.

Los encargados de colocarlos o arreglar los desniveles y hundimientos en las calles, después de instalar o reparar alguna conexión subterránea, recibían el nombre de adoquineros. Vestidos con saco y pantalón azul, gorra gris o marrón y zapatillas de cuero, encaraban su labor delimitando la zona con clavos gruesos y una piola también gruesa. Con una barreta movían los adoquines con un movimiento de palanca a fin de desplazarlos de su sitio. Una vez levantados, los colocaban alineados a un costado.

Con un pico removían la tierra, que recogían con una pala, procurando no perder nada. Mediante un apisonador de madera con dos manijas laterales, emparejaban la zona removida. Para colocar los adoquines, se valían de dos clavos, uno en cada extremo, marcando las líneas con una piola gruesa. Los ubicaban despaciosamente, separados por el grosor de un dedo, a fin de rellenar esos espacios con la tierra arenosa cuidadosamente preservada.

Una vez completada la hilera, corrían los clavos y la piola para continuar con la hilera siguiente. La altura de los adoquines se emparejaba con el apisonador y el pozo o desnivel, desaparecía. Retiraban las herramientas usadas y el tránsito se habilitaba inmediatamente en ese Buenos Aires que se fue.

Personajes de la ciudad

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Comentarios

2 respuestas a “EL ADOQUINERO”
  1. Pablo Belmonte dice:

    Leí su artículo en facebook y me ha parecido muy interesante!

  2. Carlos Araujo dice:

    Estimado Pablo Belmonte:
    Gracias por su interés. Vivía en una calle empedrada, como la mayoría, donde con cierta frecuencia aparecían estos personajes para efectuar arreglos. Pude observarlos con toda tranquilidad, y me llamaba la atención, el cuidado que ponían con la tierra arenosa que sacaban, que luego colocaban en el mismo sitio. Finalizado el trabajo, no dejaban huellas, el trabajo era perfecto.
    Saludos

    Carlos E. Araujo



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