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El Buenos Aires que se fue

Blog en Monografias.com

 

Archivo de Abril, 2011

EL LUSTRABOTAS

Un domingo por la mañana, cuando tenía 6 años, un vecino de casa me llevó a un café cercano. Pidió un vermouth, y llenó un vaso pequeño con soda, le colocó una gota de bitter diciéndome: “éste es tu vermouth”, dejándome el triolet con maníes, papas fritas y galletitas. Unos minutos más tarde, llamó a un lustrabotas que tenía su parada en la puerta del café diciéndole: “Lústrele los zapatos al señor”. Azorado, sorprendido y feliz, percibí por primera vez, las sensaciones del cepillado y lustrado de los zapatos. Ese día conocí al lustrabotas, en vivo y en directo.

La salida laboral para los menores y adolescentes en la década del 30 era como canillita o lustrabotas. Este viejo oficio que comenzó con el uso de los zapatos y botas de cuero, fue una importante colaboración para “parar la olla” en las familias de condición precaria. El mini emprendimiento se centraba en el cajón que llevaba las tintas, pinceles, ceras y betunes, con los cepillos marrón, negro y las franelas de lustrado.

Foto: (A. G. N. )

El lustrabotas llevaba su cajón bajo el brazo hasta ubicarse en su parada ubicada en un cafe, al lado de un kiosko de diarios, en la estación de tren, o en una esquina barrial. El lustrabotas miraba los pies de los transeuntes, como al descuido, buscando al posible cliente.

Una vez apoyado el pie en el cajón, colocaba un protector de cuero en los tobillos para no embadurnarlos con betún. El manejo de los cepillos iba acompañado de movimientos de malabarista que culminaba con el empleo de las franelas para dar brillo mientras producía unos ruidos aparatosos, dejando los zapatos como un espejo.

En los salones de lustrar la situación era distinta, era otra categoría. Estaban ubicados como anexos de peluquerías masculinas. Los clientes se sentaban en un sillón cómodo y apoyaban los pies sobre unos soportes elevados, de bronce, que permitían al lustrabotas trabajar de pie.

Eran tres o cuatro clientes simultáneos que mientras esperaban su turno, se entretenían leyendo diarios y revistas o escuchando música de una victrola. La tarifa era superior pero los resultados similares a los brindados por el lustrabotas callejero cuando decía: “Señor, aquí se lustra mejor que en el salón”, reflejado en el tango “Se lustra señor” de Marvil, Dalessio y Del Piano, cantado por Alberto Castillo en ese Buenos Aires que se fue.

Personajes de la ciudad

EL TACHERO (HOJALATERO)

El oficio de tachero ambulante exigía habilidad, precisión y conocimiento, que se lograban con años de aprendizaje y práctica manejando la hojalata, el latón y la soldadura de estaño.

Era un trabajo artesanal aprendido de padres a hijos, oficio que ha desaparecido, pero cuyos servicios fueron muy solicitados para el reacondicionamiento y compostura de tachos, cacerolas y jarros.

El tachero llevaba las herramientas en una caja de madera colgada del hombro con una correa de cuero, a lo que se sumaba una diversidad de cacharros de latón o enlozados que al golpearse entre sí, hacían un ruido característico e identificable que ya reparados, serían enregados a sus dueños.

Improvisaba su taller en el patio de la casa, en un portal o en la vereda. Con una lima dejaba brillantes los bordes de un agujero o rajadura. Pincelaba las superficies con ácido clorhídrico diluído y con el soldador a nafta encendido, dejaba caer unas gotas de estaño derretido sobre la superficie averiada hasta cubrir la zona, que se distribuía con el auxilio de una gamuza. Este paso era muy importante, pues de él dependía el buen resultado del servicio.

Si el agujero era grande, recortaba un trozo de hojalata y lo soldaba, como si fuera un remiendo. El cobro del trabajo se acordaba antes de comenzar. El tachero ambulante fue un personaje inconfundible que recorrió las calles pregonando sus servicios en ese Buenos Aires que se fue.

Personajes de la ciudad

LOS MENDIGOS

Los mendigos integraron el mundo marginal de nuestra ciudad en el pasado y en la hora actual.

Vivían en los suburbios y pedían en las casas y negocios pan, dinero y ropa en desuso; en los mercados, sobrantes de carne, verduras y frutas. Lo que no consumían, lo transformaban en dinero.

Como consecuencia de los períodos de cese o paro laboral, o por la irregularidad laboral en la construcción, los trabajadores menos calificados pasaban a la mendicidad. Pero la mayoría de los mendigos estaba constituída por ancianos, enfermos y niños, imposibilitados de ganarse la vida trabajando. Muchos de estos mendigos se alojaban en los Asilos nocturnos de la Municipalidad.

Realizaban una recorrida puerta a puerta. Con voz lastimera pedían “una limosna por el amor de Dios para un pobre viejo”. Eran muy numerosos, algunos impertinentes y exigentes. Trataban de despertar sentimientos de caridad, llegando a ser insoportables.

Los recuerdo haciendo sonar el timbre de mi casa, con mayor frecuencia en horas de la mañana que a la tarde. Muchos aparecían con un ritmo semanal. Se les entregaba pan, comida o alguna moneda.

Se ubicaban a la salida de las iglesias, en las puertas de los bancos y las escaleras del subterráneo, implorando la caridad pública y dando un triste espectáculo con sus vestimentas andrajosas. Siempre recordaremos a un lisiado joven, alrededor de 30 años, que en la década del 40 vendía lápices a la puerta de un negocio, apoyado en un par de muletas.

Una persona que visitaba el negocio y compró algún lápiz, se sorprendió al encontrarlo una noche en un cabaret, muy bien vestido, bien acompañado y reemplazando las muletas por una pierna ortopédica. El sorprendido hizo una denuncia que motivó una investigación, por la cual se comprobó que tenía en una cuenta bancaria, la suma de más de 150 mil pesos.

Se conocieron muchos casos de quienes obtuvieron riqueza con esta práctica en ese Buenos Aires que se fue.

La cuestión social

LAS ZURCIDORAS

A raíz de la Segunda Guerra Mundial, el nylon destinado a la fabricación de medias femeninas, fue materia prima para la confección de paracaídas por lo que fue necesario prolongar la vida útil de las medias de seda reparando las corridas de puntos y roturas.

En la década del 40, para zurcir alguna prenda había una oferta importante de especialistas, maestros en el arte del zurcido invisible. Era ésta una habilidad que se enseñaba en algunos talleres o en forma particular. Clavado en los árboles o en postes telefónicos se encontraban pequeños carteles de confección manual, donde se ofrecía “Zurcidos” seguido de un número telefónico.

Pero  otros carteles anunciaban “Se levantan puntos”; se referían a las zurcidoras de medias pero en distintas oportunidades, el anuncio fue motivo de bromas pesadas. Las zurcidoras utilizaban un huevo de madera con un mango portador de una aguja especial en uno de sus extremos, que se guardaba dentro del huevo, imitando el aspecto de una maraca. Poseía una canaleta longitudinal de sección cuadrada donde se ubicaba la zona a reparar, necesaria para realizar un zurcido de calidad mediante agujas muy especiales, a fin de solucionar puntos corridos, agujeros o enganches.

Quienes no poseían el huevo utilizaban en su reemplazo un mate o bien una lampara eléctrica, habitualmente para resolver situaciones domésticas. Era un oficio muy cansador para la visión, que provocaba dolor y transtornos musculares en la espalda.

Hasta la aparición de los hilados con nylon, las medias de seda fueron sinónimo de máxima elegancia para las piernas femeninas en aquél Buenos Aires que se fue.

Modas y costumbres, Personajes de la ciudad

LA PANIFICACIÓN ARGENTINA

“Llegó la Panificación”. Esto decíamos después de escuchar los sonidos de la corneta que identificaba a la distancia, la llegada del carro de la Panificación Argentina.

La Panificación Argentina fue una empresa de origen belga, creadora del “Pan Lactal”, que distribuía sus productos a domicilio, desde el año 1927. Su sede central estaba ubicada en Canalejas 753 y fue famosa por sus carros color rojo, tirados por un caballo o una mula, y el sonar de una corneta desde cada esquina accionada por una pera de goma.

También distribuía pan negro integral, baguette de pan blanco, emperadores, factura y budines, barrio por barrio y casa por casa. El conductor generalmente no bajaba del carro. Tomaba la mercadería de unos grandes cajones laterales ubicados en el interior del carro.

El conductor detenía el carro casi siempre en el mismo lugar, adonde llegaban los clientes a comprar, salvo que el caballo hubiera detectado un cantero con pasto, en cuyo caso, de ahí, nada lo movía. Durante mucho tiempo le compramos a la Panificación pan lactal, pan negro y pan blanco en baguette. A partir de 1970, los carros fueron reemplazados por camionetas, al prohibirse la tracción a sangre en el ámbito de la Capital Federal.

El servicio de la Panificación disponía de molino harinero, hornos a leña que fueron reemplazados posteriormente por hornos a gas, imprenta, un servicio médico y odontológico, y para los 400 caballos y 200 mulas, un servicio veterinario.  Editaba una revista mensual, “Familiar Revista” que se distribuía entre el personal y los clientes.

Una vez realizadas las ventas, se alejaba el carro rojo al paso cansino del caballo, haciendo sonar la corneta repetidas veces por esas calles de un Buenos Aires que se fue.

La ciudad

OSCAR ALEMAN

Oscar Alemán fue un guitarrista de jazz, el más importante de Argentina y uno de los más importantes del mundo. Nació en la provincia de Chaco, creció en Brasil, triunfó en Europa y finalizó su carrera en Buenos Aires.

La trayectoria de Oscar Alemán es muy interesante, porque logró encaramarse como guitarrista de swing, en una línea privilegiada, reconocida mundialmente. Su estilo era similar al del Hot Club de Francia, donde tuvo ocasión de participar, siendo ponderado por primeras figuras del jazz como Louis Amstrong y Duke Ellington.

Junto con Gastón Lobo, su maestro, integró en 1925 el dúo “Les Loups”, que ejecutaba todo tipo de música, al estilo de las guitarras hawaianas. En 1928 , se constituyó el “Trío Víctor” con la incorporación del violinista Emilio Vardaro, que dejaron escasas pero inolvidavles interpretaciones de tango como “Página gris”.

En Europa trabajó con Josephine Baker a partir de 1932 integrando su conjunto hasta 1938. Hizo giras por muchos países europeos pero estaba asentado en Francia, donde conoció a Django Reinhardt; con estilos semejantes se encontraban para tocar juntos.

La guerra interrumpió su estadía europea regresando a la Argentina en 1941. Inició su trayectoria en Buenos Aires, primero con un quinteto, donde colaboraba el gran violinista chileno Hernán Oliva, quinteto que mostraba gran influencia del Quinteto del Hot Club de Francia. Actuó en teatros y confiterías céntricas. Modificó sus conjuntos a sexteto, octeto y orquesta.

Disfruté de su espectáculo en varias oportunidades, durante sus presentaciones en los bailes que se desarrollaban en los clubes. Hacía tres o cuatro presentaciones, de 30 minutos cada una. En esos bailes los conjuntos de jazz complementaban la presentación de una orquesta típica destacada. Pero Oscar Alemán estaba al nivel de los mejores, era una estrella.

Interpretaba música bailable, muy alegre y dinámica, donde alternaba algunas buenas ejecuciones del mejor jazz con música brasileña, melodías internacionales y su famoso acto de ejecutar la guitarra sobre su espalda interpretando “Improvisaciones sobre boogie boogie”. Confieso que era espectacular pero no me agradaba.

En cambio disfrutaba sus escasas y excelentes interpretaciones de los clásicos del jazz incluidos en su repertorio como “Té para dos”, “Rosa madreselva” o “Paso del Tigre” donde podía apreciarse al gran Oscar Alemán. Su actuación era un derroche de dinamismo y musicalidad, ejecutando, bailando y zapateando, en un despliegue de agilidad envidiable en ese Buenos Aires que se fue.

Personajes de la ciudad

EL TODDY

El desayuno o la merienda se armaba con un café con leche, pan y manteca o “Toddy” con leche, pan y manteca o en su reemplazo “Bizcochos Canale” con manteca. El “Toddy” era un polvo achocolatado y dulce al que se le endosaban efectos medicinales, nutritivos y fortificantes.

En una época en la que el raquitismo era muy común, se suponía que el consumo de “Toddy” era beneficioso para el niño en crecimiento. Se lo promocionaba  en las revistas infantiles como Billiken y Patoruzú, a lo que se agregaba la difusión radial, patrocinando audiciones dedicadas al público infantil, destacándose la serie de programas de “Tarzán rey de la selva”, en una de las épocas más exitosas de este producto.

Los incentivos de su promoción eran variados. No recuerdo con exactitud, pero en sus envases de lata de aproximadamente medio kilo, se incluían unos cupones que se canjeaban por vasos de vidrio altos, con el borde dorado. Nunca logramos alcanzar la media docena, porque indefectiblemente, uno se rompía.

Siempre recuerdo que los domingos, en la cancha de River, papá compraba dos vasos de cartón conteniendo “Toddy” caliente, que bebíamos con absoluto placer. Era la antesala del café con leche y medialunas que compartíamos al finalizar el partido, en la confitería del club. Se lo bebía fresco en el verano.

En la década del 40 aparecieron helados que cubrían una cucharita plana de madera, de un similar al Toddy, que vendían los heladeros con sus carritos  triciclos o empujándolos por las calles de ese Buenos Aires que se fue.

Modas y costumbres

EL FOTÓGRAFO DE PLAZA

Foto: La Nación. Diario íntimo de un país.

pag. 535,Nº 34.1998

El fotógrafo de plaza fue un personaje infaltable en las plazas porteñas y espacios públicos como por ejemplo, el Balneario Municipal. Vestía un guardapolvo largo, gris y gorra del mismo color, con una chapa identificadora en el frente.

Desarrollaba su oficio a plena luz, obteniendo fotos de momentos inolvidables en medio del desplazamiento humano, el tránsito ruidoso y  los vendedores callejeros pregonando su mercadería. La máquina era un cajón de madera, montada sobre un sólido trípode también de madera.

Sacaba fotos tamaño postal, en blanco y negro, en papel brillante. Las fotos se obtenían de día, mientras había luz solar. El fotógrafo no usaba flash, no obtenía fotos nocturnas. Pero a quienes lo solicitaban, les coloreaba a mano con un arsenal de colores especialmente preparado, pero a un costo superior, incorporando agregados no existentes como montañas o paisajes.

Las fotos de soldados conscriptos en Plaza Italia constituyeron un clásico, por su proximidad con los cuarteles de Palermo. Eran también habitués las chicas del servicio doméstico, solas o en pareja, así como los grupos de colegiales, o parejas frente a un monumento. Eran clásicas las fotos de fin de semana, del Día de la Primavera o durante el Carnaval.

Estos últimos representantes de una especie en extinción, observaban a través del objetivo mientras daban indicaciones para lograr una buena fotografía. Luego, una vez hecho el disparo, introducía la mano dentro de una manga negra y procedía a revelar y fijar la foto con los ácidos y fijadores ubicados dentro de la caja de madera. Luego colocaba la foto en un soporte delante del objetivo, esperando el secado del papel.

Al finalizar la jornada, llevaba la máquina a cuestas. Algunos clientes, una vez secada la foto no la llevaban, prometiendo volver pero la mayoría de las veces nunca regresaban. Fueron llamados también “minuteros”, porque anunciaban que en sólo 1 minuto, la foto estaría terminada, cuando en realidad requerían entre 5 a 10 minutos aproximadamente.

A los efectos de atraer a la clientela infantil, algunos disponían de un caballito de madera. “Los minuteros” contribuyeron a guardar sonrisas, registrar encuentros irrepetibles, e inmortalizar muchos paseos en aquel Buenos Aires que se fue.

Personajes de la ciudad

EL ADOQUINERO

Los pavimentos de adoquines cubrieron las calles de Buenos Aires entre los siglos XIX y XX. Eran bloques de granito tallados, que permitían desplazarse por las calles sin mayores contratiempos por su eficacia y durabilidad.

Provenían de la isla Martín García o bien llegaban como lastre en los buques de ultramar que no podían cruzar los mares con las bodegas vacías, por lo que los descargaban en el puerto de Buenos Aires, a fin de transportar los cargamentos de cereales.

Los encargados de colocarlos o arreglar los desniveles y hundimientos en las calles, después de instalar o reparar alguna conexión subterránea, recibían el nombre de adoquineros. Vestidos con saco y pantalón azul, gorra gris o marrón y zapatillas de cuero, encaraban su labor delimitando la zona con clavos gruesos y una piola también gruesa. Con una barreta movían los adoquines con un movimiento de palanca a fin de desplazarlos de su sitio. Una vez levantados, los colocaban alineados a un costado.

Con un pico removían la tierra, que recogían con una pala, procurando no perder nada. Mediante un apisonador de madera con dos manijas laterales, emparejaban la zona removida. Para colocar los adoquines, se valían de dos clavos, uno en cada extremo, marcando las líneas con una piola gruesa. Los ubicaban despaciosamente, separados por el grosor de un dedo, a fin de rellenar esos espacios con la tierra arenosa cuidadosamente preservada.

Una vez completada la hilera, corrían los clavos y la piola para continuar con la hilera siguiente. La altura de los adoquines se emparejaba con el apisonador y el pozo o desnivel, desaparecía. Retiraban las herramientas usadas y el tránsito se habilitaba inmediatamente en ese Buenos Aires que se fue.

Personajes de la ciudad

LA VISITA DE LOS RATONES

La visita “de los ratones” nos introducía en una nueva experiencia en nuestra infancia. Un día notamos que un diente incisivo se movía, que nuestra lengua jugaba cada vez más con él hasta que de pronto, se despegaba y con el diente en la mano corríamos presurosos a comentar la novedad.

Nuestra madre nos decía:” Tenés que ponerlo debajo de la almohada; vienen los ratones y te dejan algo”. La curiosidad era intrigante, eran vivencias novedosas. Y esa noche, al acostarnos, colocamos el diente bajo la almohada. Pero al día siguiente , nos despertamos y nos olvidamos del tema de los ratones.

Mientras tomábamos el desayunio, alguien deslizó:”¿ Vinieron los ratones?”. La respuesta fue como un relámpago. Interrumpimos el desayuno y nos dirigimos vertiginosamente hacia nuestra cama, levantamos la almohada, pero el diente no estaba. En su reemplazo aparecieron unas monedas, 30 centavos, que nos llenaron de sorpresa y alegría.

Mientras finalizábamos el desayuno, una enorme alegría nos invadió. Una primera reacción fue tocarnos los dientes, a fin de verificar si había otro que se movía.. La sorpresa fue mayúscula y sobre todo, muy grata y no fue necesario que nos indicaran que hacer, cuando el segundo diente se cayera, integrando un episodio inolvidable de nuestra infancia en aquél Buenos Aires que se fue.

Modas y costumbres

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