El Buenos Aires que se fue

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Archivo de Marzo, 2011

LA MODA MASCULINA

En la década del 40 los modelos europeos provenientes de Londres y París eran sinónimo de elegancia.

Los trajes de 3 piezas, saco, pantalón y chaleco fueron paulatinamente reemplazados por el ambo, derecho o cruzado. El bastón, símbolo de elegancia, dejó de usarse. El moñito fue reemplazado por la corbata. Estas se usaron con o sin trabas metálicas, para mantenerlas adosadas a la camisa. Para destacar el nudo, también se usaron unas trabitas metálicas que se colocaban en el cuello de la camisa, por detrás del nudo.

Solía usarse un pañuelo blanco de seda o de colores de fantasía, anudado al cuello. Las camisas mantenían sus cuellos impecables con el auxiliio de las ballenitas de celuloide. También se usaban cuellos y puños cambiables, higienizados, planchados y endurecidos al almidón por las planchadoras o los tintoreros. Debajo de la camisa se usaba en el verano, la camiseta de algodón sin mangas y en el invierno la camiseta de lana con mangas largas.

El sombrero de fieltro con cinta y moño usado en el invierno, era reemplazado en el verano por el rancho. La gente humilde usaba gorra con visera o la boina vasca. En el trabajo se protegían las mangas del saco con unos manguitos de tela lavable. Al regresar al hogar, el saco era reemplazado por el saco Fumoir.

Las normas de la elegancia eran simples y estrictas. En las reuniones sociales se usaba traje oscuro, camisa blanca, corbata, zapatos y medias negros. Los pantalones se sujetaban mediante el uso de los tiradores. Para peinarse se empleaba gomina o brillantina, resultando una peinada al estilo de Carlos Gardel.

En los días de lluvia se usaba el perramus, de origen inglés, o el piloto de grandes solapas y cinturón largo, que se anudaba por delante, a imitación de los héroes del cine norteamericano, complementado con las galochas de goma, para preservar los zapatos del agua.

Las tiendas y las sastrerías se inspiraban en los modelos europeos. Fueron muy visitados “Rhoder’s”, “Los 49 Auténticos”, “Álvarez y Cabana”, etc. Sastres había en todos los barrios y habitualmente realizaban composturas. Fueron normas de elegancia masculina en ese Buenos Aires que se fue.

Modas y costumbres

LOS BAILABLES DE RADIO EL MUNDO

Radio El Mundo comenzó a transmitir en el año 1935. Pertenecía a la Editorial Haynes y fue el primer edificio construido para albergar una emisora radiofónica. Es la réplica de la BBC de Londres en Inglaterra.

Los sábados en el horario de 14 a 20 horas, Radio El Mundo transmitía los bailables directamente desde su Salón Auditorio, amenizados por las orquestas típicas y de ritmos melódicos más populares del momento. La entrada era gratuita y con capacidad limitada.

En el Salón Auditorio la transmisión se realizaba desde tres sectores bien definidos: en el primero actuaban los conjuntos melódicos (como la Orquesta  Característica Continental, Osvaldo Norton, Los Cotton Pickers, Héctor y su jazz). En el sector central se ubicaban los locutores que anunciaban las interpretaciones, y la lectura del informativo. En el sector del fondo, se ubicaban las orquestas típicas (Francini y Pontier con Julio Sosa y Alberto Podestá, Aníbal Troilo con Edmundo Rivero y Aldo Calderón, Miguel Caló, Julio De Caro con Orlando Verri).

El público se ubicaba en una hilera de sillas dispuestas a lo largo del Salón y unas dos filas más de asistentes parados. Teníamos acceso a contemplar a los ídolos más representativos de la canción popular, en sus distintos ritmos y con sus mejores formaciones orquestales. Era el único ámbito donde podía disfrutarse 8 a 10 conjuntos orquestales de la mejor calidad, en emisiones impecables, como si estuvieran en grabación.

En todo ese tiempo el público permanecía en silencio absoluto, interrumpido por los aplausos al finalizar cada interpretación. Todo se transmitía en vivo. Los locutores y los músicos estaban vestidos en forma impecable. Diversiones gratuitas y de calidad superior en aquel Buenos Aires que se fue.

El tango, La ciudad

TANGO Y CABARET

La década del 20 se pobló de cabarets, una institución en la difusión del tango y fuente de inspiración repetida.

Sus pistas de baile alojaron a innumerables bailarines que gracias al tango encontraban la excusa para aproximarse al sexo opuesto. Los cabarets estaban ubicados en la zona céntrica de Buenos Aires. En Paraná 440 estaba el Chantecler, un lujoso cabaret con tres pistas de baile y una pileta iluminada por reflectores, donde la gran estrella era la orquesta de Juan D’Arienzo.

La vida nocturna de la época se vivía hasta las cuatro o seis de la mañana. Buenos Aires era un centro de trata de blancas mundialmente conocido, donde era posible encontrar a las “cocottes” europeas más famosas. Se decía que uno se acostaba en Marsella y despertaba en Buenos Aires.

El 7 de Julio de 1924 se inauguró el Tabaris, centro nocturno de nivel internacional. Estaba ubicado en Corrientes 829. Su prestigio  se basaba en la calidad de su cocina, de sus vinos finos, sus licores de todas partes y la calidad de sus visitantes internacionales.

En Maipù al 300 se inauguró en 1935 el cabaret Marabú que en los años 40 fue templo del buen tango. Actuaron Carlos Di Sarli, Angel Vargas, Ángel D’Agostino y Aníbal Troilo, siempre acompañados en sus pistas por bailarines seguidores muy bien trajeados. Hasta el más humilde que iba a la milonga, se vestía bien. En 1937, Aníbal Troilo debutó en el Tibidabo con un éxito indiscutido.

La Ley de Profilaxis 12331 frenó la trata de blancas disminuyendo la vigencia del Cabaret, que culminó en la década del 50 cuando fueron reemplazados por boites y wiskerías, que sumado a las campañas moralistas y persecuciones del comisario Luis Margaride, contribuyeron al derrumbe de la vida nocturna de ese Buenos Aires que se fue.

El tango

EL CORSO

El corso integraba la gama de festejos del Carnaval. Si bien se desarrollaba en distintos barrios, los tradicionales eran el de la Boca, Boedo, Flores y la Avenida de Mayo.

Era un espectáculo tradicional con concursos de máscaras, desfiles de carrozas y de comparsas que representaban a un barrio o club barrial, todos uniformados, saltando incansablemente y algunas veces, encabezados por algún niño pequeño.

Los asistentes participaban ya calmadamente o en forma muy sonora, con sus pitos y matracas, arrojando serpentinas y papel picado. Los más jóvenes usando pomos de agua perfumada, y los mayores, con los lanzaperfumes, mucho más caros, cuyos objetivos eran el cuello o las piernas de las entusiastas mascaritas femeninas. Los pibes juntaban las bolsas de papel picado llenándolas con el que ese encontraba en el suelo.

Los cafés y bares colocaban mesas en la vereda que sólo permitían ver a los que transitaban por la vereda ya que sobre el cordón de la calle se ubicaba la multitud observadora. Quienes intentaban degustar un vermouth con una variedad de platitos, en muchas ocasiones veían frustadas sus intenciones ante una lluvia de papel picado sobre dichos platitos, especialmente al ignorar si ese papel picado era de primera mano o reutilizado.

Siempre desfilaba el Oso Carolina inspirando compasión por su sacrificado disfraz. El Corso finalizaba alrededor de la medianoche, hora en la que los bailes en los clubes, estaba en su mejor momento. Ir al Corso un par de horas y completarlo con el baile en el club o en un salón, era el procedimiento más común.

En general, el estilo de diversión era agresivo. En muchas oportunidades, un puñado de papel picado aterrizaba dentro de la boca o en los ojos, con las matracas y los pitos sonando en los oídos. En la década del 50 se difundió el empleo de unos martillos plásticos; los golpes en la cabeza eran la rutina provocando un sonido muy particular.

La fiesta se repetía todas las 8 noches de Carnaval, aunque una visita era más que suficiente, salvo intereses especiales. Las comparsas hacían presentaciones en algunos cines barriales, como el cine Medrano, donde tuve la ocasión de verlas. Marchaban, cantaban y bailaban con un colorido  despliegue de sus participantes. Recuerdos del Carnaval en ese Buenos Aires que se fue.

La ciudad
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