El Buenos Aires que se fue

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Archivo de Febrero, 2011

EL ATORRANTE

El atorrante integró el submundo de individuos pobres y sin trabajo, en busca de alguna changa.

Su nombre nació por dormir dentro de los caños de agua, fabricados por A. Torrent, que estaban ubicados en un depósito en la zona de Recoleta. La mayoría eran extranjeros. Entre ellos se encontraban profesionales que integraron un grupo de inmigrantes desalentados desde el primer momento, que al quedarse sin un centavo, les faltó fuerza para luchar. Con la cabeza hundida entre los hombros, el sombrero caído sobre los ojos, la mirada clavada en el suelo, caminaban lentamente, pensativos, con paso arrastrado,inseguro, las manos a la espalda pero disfrutando su modo de vivir. Pertenecían a la calle, dormían en los caños iy comían en la puerta de los conventos algún plato de sopa con trozos de carne. Descansaban en los bancos de las plazas hasta ser desalojados por los guardianes, o pasaban la noche en las comisarías. El atorrante poseía una calificación laboral que abandonaba para vivir al margen de la sociedad y solidarizarse en favor de otros atorrantes, enfermos, postrados. Eran libres de pensamiento, metódicos, ordenados y no estaban de acuerdo con el orden social vigente. Poseían un atado donde guardaban algunos restos y representaban una expresión de rebeldía, frente a la acumulación de bienes materiales. No cometían delitos, no eran ladrones,ni asesinos, vivían en completo abandono y no eran delincuentes para ser llevados a la cárcel. Personaje simpático y no agresivo, pedían para comer o recogían restos de comestibles de los tachos de basura o recibían la comida de instituciones benéficas y conventos. No admitían la dádiva porque era denigrante. Algunos habían abandonado sus riquezas, rechazando los aspectos más mercantilizados de la nueva sociedad. Los atorrantes fueron el saldo negativo de una inmigración mal dirigida y desalentada, que encontrándose en una situación de inferioridad eligió alejarse de los bienes materiales y el dinero, recibiendo la admiración de muchos en aquel Buenos Aires que se fue.

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EL FRIGORÍFICO

Justamente frente a mi casa, en la calle Billinghurst, estaba ubicado el frigorífico. Diariamente, los camiones cargaban y descargaban los clásicos cajones de madera conteniendo naranjas llegadas de Brasil.

La primera vez fue una sorpresa; los cajones estaban apilados en la vereda y los pibes no dábamos abasto en buscar y acumular naranjas. Algunas estaban en condiciones aceptables para consumir, pero la mayoría no tenían buen sabor. Las naranjas del frigorífico fueron alivio de la sed cuando jugábamos al fútbol en el potrero, ubicado frente al mismo.

Antes de experimentar el sabor, la naranjas que era muy duras y con poco jugo, eran sometidas a tareas de ablandamiento, pisándolas y apretándolas con las manos, a fin de obtener una mayor cantidad de jugo. Se le extraía un pequeño trozo de cáscara de un extremo, con algún objeto cortante, o más cómunmente con los dientes. El ideal era disponer de un tenedor o algún elemento punzante para perforar esa zona repetidas veces y luego chupar la naranja, apretándola en distintas direcciones.

Lo cierto es que por una naranja con gusto aceptable, muchas otras sólo servían para usarlas como elemento agresivo. Muchas veces fueron usadas como proyectiles, a veces peligrosos, cuando a alguien se le ocurría lanzar un naranjazo, que era rápidamente respondido, generándose una disputa pasajera. Con el tiempo, nuestras visitas a los cajones depositados en la vereda, fueron cada vez más espaciadas. Superado el período de la novedad, las naranjas del frigorífico pasaron a segundo plano, constituyendo una curiosidad más, en aquel Buenos Aires que se fue.

El barrio

EL FRUTERO

Los que perdían el trabajo o estaban desocupados, vendían fruta. Alquilaban un carrito de madera con dos grandes ruedas y rayos de madera, que en su parte delantera poseía dos palos largos que permitían empujarlo o traccionarlo, tracción a sangre humana.

Caminaban por las calles empedradas voceando la promoción del día. “Duraznos a 40 el ciento señora” “100 duraznos por sólo cuarenta centavos”. Era fruta que debía consumirse de inmediato o emplearla para hacer dulce o compotas. Eran oportunidades siempre aprovechables.

Las frutas se vendían por docena, salvo las que se vendían al peso como uvas, cerezas, guindas y frutillas. Los melones y sandías también se vendían al peso. Las sandías se calaban a pedido del comprador, a fin de comprobar el estado de madurez. Los melones, no se calaban.

Se empleaba una balanza muy particular,”la romana”. La entendía sólo el vendedor y el peso que ofrecía siempre era una incógnita, pero algo era seguro: beneficiaba siempre al vendedor. Duraznos, peras, damascos, naranjas, mandarinas, todo por docena. En cambio los tomates, zapallitos, berenjenas, también al peso.

El carrito se estacionaba durante un momento, en una esquina o a mitad de cuadra. Las amas de casa se acercaban y previo regateo, llevaban la mercadería en el delantal o en la bolsa de cuero para ir al mercado. Otra modalidad era llamar de puerta en puerta. Al término de la jornada el frutero esta afónico por el esfuerzo realizado. Fueron rebusques en el Buenos Aires que se fue.

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