El Buenos Aires que se fue

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EL VELORIO

El fallecimiento de mi abuela me puso en contacto con el primer velorio.

En su casa, se dispuso una habitación para la Capilla Ardiente, donde se ubicaron grandes candelabros sosteniendo grandes velas, crucifijos y vitrales de fondo, colocados por la empresa de pompas fúnebres. No se concebía velarla en otro sitio. Cuando vi a mi abuela en el cajón, me dijeron que me despidiera; no olvidaré jamás la sensación en mis labios de su frente fría.

Los invitados eran saludados sobriamente, pero no se entablaba una conversación. Se caminaba en puntas de pié y se hablaba en voz baja. Nunca faltaba un par de asistentes que en forma no disimulada, contaban cuentos jocosos en voz baja que multiplicaba las risas contenidas, los cuentos de velorio.

En una columna metálica se ubicaba una urna que disponía de tarjetas en blanco y un lápiz, para anotar el nombre y dirección del asistente. Al cabo de un par de semanas, quien había llenado la tarjeta recibía un pequeño sobre con ribete negro que contenía en su interior una tarjeta también con ribete negro que decía:”La familia de xxx, muy agradecida”.

El uso del luto era riguroso y estaba relacionado con el grado de parentesco. Las mujeres teñían su ropa de negro y el luto duraba de 1 a 2 años. En las tiendas había una sección para ropa de luto. En la calle Carlos Pellegrini al 400, se encontraba la tienda “Los lutos”, cuyos catálogos eran conocidos en todo el país. Las mujeres provenientes del sur de Italia y de Grecia usaban luto toda la vida, cubriendo su cabeza con un pañuelo negro. Los hombres usaban la corbata negra, el rancho negro y un brazalete de 6 centímetros de ancho, rodeando el brazo izquierdo. Una alternativa era usar en la solapa izquierda del saco, una tira negra, como si fuera una escarapela.

No se escuchaba ni ejecutaba música en la casa del fallecido. Así apareció el piano de luto que no emitía sonido pero era útil para mantener la digitación. Se modificaba la forma de vivir evitando la producción de ruidos.

Los servicios fúnebres eran ofrecidos por tradicionales empresas como “Casa Sierra” o “Casa Lázaro Costa”. Carrozas imponentes de color negro con 4 caballos percherones con sus cascos pintados de negro y 2 cocheros vestidos de negro, con galera, la carroza con flores y los carruajes que transportaban a los deudos salían al día siguiente camino al cementerio, dirigiéndose a una bóveda o una tumba. En algunas lápidas se dejaba alguna frase o cuarteta afectuosa. Recuerdos de ese Buenos Aires que se fue.

La cuestión social

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