El Buenos Aires que se fue

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LA COLIMBA

Un día llegó una carta en sobre color azul, distinta a las habituales, con un encabezamiento especial: “Al ciudadano clase 1933, Araujo Carlos Emilio…etc..etc”. Era la orden que indicaba cuando y donde debía presentarme, a fin de cumplir con el Servicio Militar.

La noche anterior había sido domingo de Carnaval, de modo que casi sin dormir, llegué a las 6 de la mañana al cuartel ubicado dentro del predio del Hospital ubicado en Campo de Mayo. Por ser estudiante de medicina fuí asignado al Hospital Militar. Éramos 100 aspirantes a soldados, llegados de todo el país, sanos y enfermos, en especial asmáticos y epilépticos que no fueron separados antes del ingreso.

Lo primero que sucedió fue el corte de cabello reglamentario, es decir pelado pero dejando un mechón de dos dedos sobre la frente. Cuidadas cabelleras, jopos y melenas rodaron despaciosamente sobre el piso ante el impasible accionar de la tijera y la maquinitia doble cero, en manos de otro aspirante a soldado.

El segundo acto fue la vacunación de protección múltiple, que produjo algunos desmayos leves. Después nos entregaron los uniformes de fajina y los borceguíes, de una dureza inimaginable. Nunca olvidaré el capote color marron terroso. Era de lana, muy grueso y como me protegía del frío en las húmedas noches de invierno. Al amanecer, se veían las nubes de humedad a menos de un metro del suelo.

Por la mañana, después del desayuno, hacíamos tareas de limpieza. A las 8 de la mañana, con el comienzo de la actividad hospitalaria, cubríamos nuestros respectivos destinos hasta el mediodía. Mi actividad consistía en cubrir la secretaría de un consultorio externo que se completaba con dos guardias de enfermería por semana, en un servicio de clínica.

Paulatinamente los instructores lograron que marcháramos decorosamente hasta el 20 de Junio, día de la jura de la Bandera. Dos veces por semana salía con permiso para cumplir con los trabajos prácticos en la Facultad de Medicina. Cursaba en los turnos de la noche, vestido con el uniforme de soldado. Había una tácita tolerancia para los soldados uniformados que facilitaba el progreso en las materias que cursábamos. Teníamos el cuatro asegurado, nota con la que se aprobaba.

Durante las guardias, eran los únicos momentos que podía estudiar, donde el mayor enemigo era el sueño. Al cumplirse 7 meses, fuí licenciado en la Primera Baja. No quiero dejar de comentar un hecho muy gracioso. Hubo una huelga de repartidores de cigarrillos, hecho que motivó una situación muy especial: la recolección de todos los puchos existentes dentro y fuera del hospital. Para armar los cigarrillos se empleó papel de almacén o el papel de seda, de las cartas para vía aérea.

Los cigarrillos resultantes eran pequeñas bombas. Pero se acabaron los puchos, entonces los viciosos comenzaron a elaborar cigarrillos de pasto seco, obtenido de los canteros del hospital. Y como si eso fuera poco, los armaron con papel de diario. Después de 2 pitadas, el héroe no fumaba por una semana. Recuerdos de la Colimba en ese Buenos Aires que se fue.

La cuestión social

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