El Buenos Aires que se fue

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PIEL Y SECRETAS

Caminando por las calles de Buenos Aires, se observaban en el frente de algunas casas, chapas de bronce que anunciaban:”Dr. XX,  Piel y Secretas”.

Se trataba de los dermatólogos que trataban las enfermedades por transmisión sexual, especialmente la sífilis y la blenorragia. Eran épocas en las que la prostitución oficial y no oficial estaban muy difundidas. Por lo tanto, las enfermedades por transmisión sexual abundaban y llenaban los consultorios especializados.

Antes de la década del 40, en plena era pre-antibiótica, el tratamiento de la sífilis era muy tóxico y de eficacia limitada. Se utilizaban inyecciones de “Bicianuro de mercurio”, de ahí el famoso dicho:” Una noche con Venus y 20 años con Mercurio”. También inyecciones intramusculares de “Yodo bismutato de quinina” y las inyecciones endovenosas de “Sulfarsenol” o de “Neosalvarsán”, ambos derivados del arsénico.

Había que se un héroe para aguantar semejante batería de medicamentos, que mientras le hacían cosquillas a la espiroqueta, el agente productor de la sífilis, provocaban lesiones hepáticas y renales irreversibles. Pero no sólo eso, sino que cuando el que aplicaba las inyecciones no era muy canchero, inyectaba fuera de las venas provocando lesiones importantes en la piel y en la profundidad del brazo.

Los tratamientos duraban meses y años, por lo tanto estos accidentes se repetían con frecuencia creciente. La promoción de medicamentos aparentemente útiles y maravillosos, se extendió por todo el país, de la boca de charlatanes y a través de avisos sensacionalistas, en las revistas más populares de la época.

Se prometían curaciones a corto plazo que nunca se materializaban. Se traían ejemplos de extrañas clínicas europeas ubicadas Francia, Suiza o Alemania, en donde “extraordinarios profesores” habían logrado resultados nunca antes alcanzados, utilizando “las inigualables y legítimas píldoras Beiz, el más poderoso y menos peligroso de los medicamentos contra la blenorragia y demás infecciones urológicas, sin necesidad de lavajes e inyecciones. En pocas semanas…” continuaba el aviso.

La aparición de la penicilina, en la década del 40, controló la blenorragia en 24 horas y a la sífilis en una semana, en aquel Buenos Aires que se fue.

La cuestión social

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