El Buenos Aires que se fue

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EL FRIGORÍFICO

Justamente frente a mi casa, en la calle Billinghurst, estaba ubicado el frigorífico. Diariamente, los camiones cargaban y descargaban los clásicos cajones de madera conteniendo naranjas llegadas de Brasil.

La primera vez fue una sorpresa; los cajones estaban apilados en la vereda y los pibes no dábamos abasto en buscar y acumular naranjas. Algunas estaban en condiciones aceptables para consumir, pero la mayoría no tenían buen sabor. Las naranjas del frigorífico fueron alivio de la sed cuando jugábamos al fútbol en el potrero, ubicado frente al mismo.

Antes de experimentar el sabor, la naranjas que era muy duras y con poco jugo, eran sometidas a tareas de ablandamiento, pisándolas y apretándolas con las manos, a fin de obtener una mayor cantidad de jugo. Se le extraía un pequeño trozo de cáscara de un extremo, con algún objeto cortante, o más cómunmente con los dientes. El ideal era disponer de un tenedor o algún elemento punzante para perforar esa zona repetidas veces y luego chupar la naranja, apretándola en distintas direcciones.

Lo cierto es que por una naranja con gusto aceptable, muchas otras sólo servían para usarlas como elemento agresivo. Muchas veces fueron usadas como proyectiles, a veces peligrosos, cuando a alguien se le ocurría lanzar un naranjazo, que era rápidamente respondido, generándose una disputa pasajera. Con el tiempo, nuestras visitas a los cajones depositados en la vereda, fueron cada vez más espaciadas. Superado el período de la novedad, las naranjas del frigorífico pasaron a segundo plano, constituyendo una curiosidad más, en aquel Buenos Aires que se fue.

El barrio

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