El Buenos Aires que se fue

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EL FRUTERO

Los que perdían el trabajo o estaban desocupados, vendían fruta. Alquilaban un carrito de madera con dos grandes ruedas y rayos de madera, que en su parte delantera poseía dos palos largos que permitían empujarlo o traccionarlo, tracción a sangre humana.

Caminaban por las calles empedradas voceando la promoción del día. “Duraznos a 40 el ciento señora” “100 duraznos por sólo cuarenta centavos”. Era fruta que debía consumirse de inmediato o emplearla para hacer dulce o compotas. Eran oportunidades siempre aprovechables.

Las frutas se vendían por docena, salvo las que se vendían al peso como uvas, cerezas, guindas y frutillas. Los melones y sandías también se vendían al peso. Las sandías se calaban a pedido del comprador, a fin de comprobar el estado de madurez. Los melones, no se calaban.

Se empleaba una balanza muy particular,”la romana”. La entendía sólo el vendedor y el peso que ofrecía siempre era una incógnita, pero algo era seguro: beneficiaba siempre al vendedor. Duraznos, peras, damascos, naranjas, mandarinas, todo por docena. En cambio los tomates, zapallitos, berenjenas, también al peso.

El carrito se estacionaba durante un momento, en una esquina o a mitad de cuadra. Las amas de casa se acercaban y previo regateo, llevaban la mercadería en el delantal o en la bolsa de cuero para ir al mercado. Otra modalidad era llamar de puerta en puerta. Al término de la jornada el frutero esta afónico por el esfuerzo realizado. Fueron rebusques en el Buenos Aires que se fue.

Personajes de la ciudad

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