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El Buenos Aires que se fue

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Archivo de Febrero, 2011

EL VELORIO

El fallecimiento de mi abuela me puso en contacto con el primer velorio.

En su casa, se dispuso una habitación para la Capilla Ardiente, donde se ubicaron grandes candelabros sosteniendo grandes velas, crucifijos y vitrales de fondo, colocados por la empresa de pompas fúnebres. No se concebía velarla en otro sitio. Cuando vi a mi abuela en el cajón, me dijeron que me despidiera; no olvidaré jamás la sensación en mis labios de su frente fría.

Los invitados eran saludados sobriamente, pero no se entablaba una conversación. Se caminaba en puntas de pié y se hablaba en voz baja. Nunca faltaba un par de asistentes que en forma no disimulada, contaban cuentos jocosos en voz baja que multiplicaba las risas contenidas, los cuentos de velorio.

En una columna metálica se ubicaba una urna que disponía de tarjetas en blanco y un lápiz, para anotar el nombre y dirección del asistente. Al cabo de un par de semanas, quien había llenado la tarjeta recibía un pequeño sobre con ribete negro que contenía en su interior una tarjeta también con ribete negro que decía:”La familia de xxx, muy agradecida”.

El uso del luto era riguroso y estaba relacionado con el grado de parentesco. Las mujeres teñían su ropa de negro y el luto duraba de 1 a 2 años. En las tiendas había una sección para ropa de luto. En la calle Carlos Pellegrini al 400, se encontraba la tienda “Los lutos”, cuyos catálogos eran conocidos en todo el país. Las mujeres provenientes del sur de Italia y de Grecia usaban luto toda la vida, cubriendo su cabeza con un pañuelo negro. Los hombres usaban la corbata negra, el rancho negro y un brazalete de 6 centímetros de ancho, rodeando el brazo izquierdo. Una alternativa era usar en la solapa izquierda del saco, una tira negra, como si fuera una escarapela.

No se escuchaba ni ejecutaba música en la casa del fallecido. Así apareció el piano de luto que no emitía sonido pero era útil para mantener la digitación. Se modificaba la forma de vivir evitando la producción de ruidos.

Los servicios fúnebres eran ofrecidos por tradicionales empresas como “Casa Sierra” o “Casa Lázaro Costa”. Carrozas imponentes de color negro con 4 caballos percherones con sus cascos pintados de negro y 2 cocheros vestidos de negro, con galera, la carroza con flores y los carruajes que transportaban a los deudos salían al día siguiente camino al cementerio, dirigiéndose a una bóveda o una tumba. En algunas lápidas se dejaba alguna frase o cuarteta afectuosa. Recuerdos de ese Buenos Aires que se fue.

La cuestión social

EL ALMA QUE CANTA

“El Alma que Canta” fue una revista fundada en 1916 por Vicente Buchieri, un italiano que a los 7 años vendía diarios en la esquina de Entre Ríos y Constitución.

Al comienzo publicó letras de canciones folklóricas y a veces, algún tango. Los autores y payadores le enviaban sus poesías para ser publicadas. Versos inéditos de Alfonsina Storni vieron la luz por primera vez en “El alma que canta”, así como los monólogos de los actores teatrales Elías Alippi, Enrique Muiño o Florencio Parravicini.

La revista fue creciendo por lo que Buchieri agregó nuevas secciones comenzando con el “Correo Sentimental” que motivó más de un matrimonio sólido. La sección se enriqueció con páginas completas de todos los que buscaban amor y terminar su soledad. Incorporó una Sección titulada “Versos desde la prisión”, donde se publicaban pequeñas poesías de personas encarceladas, procedentes de los presidios de Devoto, Caseros, Las Heras y Ushuaia.

Todas las novedades en letras de tango aparecían en “El alma que canta”. Una colección de estas revistas, significaba poseer la mayor cantidad de letras de tango jamás publicada. Era común valerse del auxilio de algún ejemplar, para entonar el tango de moda.

Entre los colaboradores de la revista estuvieron el caricaturista “Mono Taborda”, del diario “Crítica”, Enrique Maroni, Carlos de la Púa, Manuel Romero, José M. Contursi y Cátulo Castillo.Pasó el tiempo y “El alma que canta”, la revista que leía desde el presidente hasta el último peón, empezó a decaer. La revistita, como le decían, con sus pocas páginas y al mínimo costo de 10 centavos, tenía un gran tiraje y firmas de una magnitud jamás alcanzada, que reflejó la historia y la canción de un Buenos Aires que se fue.

Sin categoría

ANÍBAL TROILO

Foto: Troilo y Fiorentino en Radio Belgrano

Yo era un pibe cuando lo ví por primera vez. Fue en la cancha de River, en el sector de plateas donde concurría con mi viejo en la década del cuarenta.

Troilo era hincha de River y llegaba  a la cancha vestido con un traje blanco impecable, con corbata, peinado a la gomina. No era gordo. Se ubicaba en la primera fila de la bandeja baja, muy cerca de la escalera. Era la época en la que se acrecentaba su fama como director de orquesta, cosa que ignoraba.

Al llegar, algunos hinchas lo saludaban, Troilo contestaba y eso era todo. Estaba solo, no hablaba con nadie y fumaba un habano mientras seguía atentamente el desarrollo del partido. Esta situación se repitió en varias oportunidades, en el mismo sitio y con las mismas características.

Pasaron algunos años y Troilo ya era famoso cuando volví a verlo, esta vez en el Auditorio de Radio El Mundo, durante la difusión de los bailables de los sábados. Fue en el año 1948, cuando lo acompañaban los cantantes Edmundo Rivero y Aldo Calderón. Pude disfrutar su actuación en el Auditorio en dos oportunidades.

Después volví a verlo en los bailes en los clubes, en sus presentaciones con el Cuarteto en locales nocturnos y finalmente en el desaparecido Teatro Odeón, nuevamente con la colaboración de Edmundo Rivero. Recuerdos de personajes inolvidables del tango, en el Buenos Aires que se fue.

El tango

LA COLIMBA

Un día llegó una carta en sobre color azul, distinta a las habituales, con un encabezamiento especial: “Al ciudadano clase 1933, Araujo Carlos Emilio…etc..etc”. Era la orden que indicaba cuando y donde debía presentarme, a fin de cumplir con el Servicio Militar.

La noche anterior había sido domingo de Carnaval, de modo que casi sin dormir, llegué a las 6 de la mañana al cuartel ubicado dentro del predio del Hospital ubicado en Campo de Mayo. Por ser estudiante de medicina fuí asignado al Hospital Militar. Éramos 100 aspirantes a soldados, llegados de todo el país, sanos y enfermos, en especial asmáticos y epilépticos que no fueron separados antes del ingreso.

Lo primero que sucedió fue el corte de cabello reglamentario, es decir pelado pero dejando un mechón de dos dedos sobre la frente. Cuidadas cabelleras, jopos y melenas rodaron despaciosamente sobre el piso ante el impasible accionar de la tijera y la maquinitia doble cero, en manos de otro aspirante a soldado.

El segundo acto fue la vacunación de protección múltiple, que produjo algunos desmayos leves. Después nos entregaron los uniformes de fajina y los borceguíes, de una dureza inimaginable. Nunca olvidaré el capote color marron terroso. Era de lana, muy grueso y como me protegía del frío en las húmedas noches de invierno. Al amanecer, se veían las nubes de humedad a menos de un metro del suelo.

Por la mañana, después del desayuno, hacíamos tareas de limpieza. A las 8 de la mañana, con el comienzo de la actividad hospitalaria, cubríamos nuestros respectivos destinos hasta el mediodía. Mi actividad consistía en cubrir la secretaría de un consultorio externo que se completaba con dos guardias de enfermería por semana, en un servicio de clínica.

Paulatinamente los instructores lograron que marcháramos decorosamente hasta el 20 de Junio, día de la jura de la Bandera. Dos veces por semana salía con permiso para cumplir con los trabajos prácticos en la Facultad de Medicina. Cursaba en los turnos de la noche, vestido con el uniforme de soldado. Había una tácita tolerancia para los soldados uniformados que facilitaba el progreso en las materias que cursábamos. Teníamos el cuatro asegurado, nota con la que se aprobaba.

Durante las guardias, eran los únicos momentos que podía estudiar, donde el mayor enemigo era el sueño. Al cumplirse 7 meses, fuí licenciado en la Primera Baja. No quiero dejar de comentar un hecho muy gracioso. Hubo una huelga de repartidores de cigarrillos, hecho que motivó una situación muy especial: la recolección de todos los puchos existentes dentro y fuera del hospital. Para armar los cigarrillos se empleó papel de almacén o el papel de seda, de las cartas para vía aérea.

Los cigarrillos resultantes eran pequeñas bombas. Pero se acabaron los puchos, entonces los viciosos comenzaron a elaborar cigarrillos de pasto seco, obtenido de los canteros del hospital. Y como si eso fuera poco, los armaron con papel de diario. Después de 2 pitadas, el héroe no fumaba por una semana. Recuerdos de la Colimba en ese Buenos Aires que se fue.

La cuestión social

EL PUERTO

Coincidiendo con la celebración del 9 de Julio, conocí el Puerto de Buenos Aires en la década del 40.

Fui con mi padre en un día muy frío. Estrené un sobretodo que se me antojó muy abrigado, de lo bien que me sentía. En esa época, convivíamos con el frío percibiéndolo en carne propia en todo momento pero yo no sentía el frío.

Había clima de festejo en el centro de la ciudad. Cuando llegamos al puerto me llamó la atención la cantidad de granos de maíz que había en el suelo y por supuesto, la cantidad de palomas. El mundo estaba en guerra y había racionamiento de combustibles. Pude observar como las grúas a carbón estaban repletas de mazorcas de maíz, que se utilizaban como combustible. Argentina era uno de los principales productores de maíz y podía utilizarlo con esos fines.

La mayor emoción fue conocer un barco por dentro. Visité un submarino y quedé extasiado al ver y tocar los torpedos, comprobando su aspecto y tamaño. Lo hice con mucho cuidado. Las imágenes en mi memoria se referían a películas cinematográficas e historietas. En base a ello había elaborado mi propia novela de lo que era un submarino. El contacto con la realidad fue significativo porque experimenté sus dimensiones reales y el poco espacio disponible para desplazarse por dentro.

Una vez finalizada la visita, mi padre me invitó a saborear un chocolate con churros, propicio en esa tarde fría de un Buenos Aires que se fue.

La ciudad

LA DÉCADA DEL 40

Las premisas establecidas por la escuela de Julio De Caro, fueron responsables de la elevación del nivel musical en el tango, junto con la aparición de grandes poetas y vocalistas, que se constituyeron en elementos fundamentales de la orquesta.

Como consecuencia aparecieron los artistas del más alto nivel y se produjeron los tangos de la mejor calidad. La generación del 40 estuvo encabezada por un grupo de artistas que dejaron una impronta inolvidable: Osvaldo Pugliese, Aníbal Troilo, Alfredo Gobbi, Miguel Caló, Emilio Vardaro, Carlos Di Sarli, Horacio Salgan, etc.

A letristas como Homero Expósito, José María Contursi, Héctor Marcó, Carlos Bahr, Horacio Sanguinetti, etc. y vocalistas como Alberto Marino, Ángel Vargas, Fiorentino, Floreal Ruiz, Raúl Iriarte, Julio Martel, Jorge Durán, Raúl Berón o María de la Fuente, Carmen Duval, Aída Luz, entre las mujeres, son un mínimo recordatorio de los muchos y excelentes músicos que configuraron esta particular y excepcional etapa en la evolución del tango.

Una característica fundamental de esta época fue la aparición del arreglador, figura importante en la preparación de las orquestaciones de cada orquesta. Héctor María Artola y Argentino Galván primero, seguidos por una legión de óptimos instrumentistas arregladores como Astor Piazzolla, Ismael Spitalnik, Horacio Salgan, Pascual Mamone, Miguel Nijensohn, etc.

La generación del 40 se inició en realidad, un poco antes, en 1937, cuando los éxitos de Juan D’Arienzo con su ritmo vertiginoso, lograron rescatar de la influencia de los ritmos extranjeros a un tango decaído, para delicia de los bailarines, conducidos desde el piano por el ritmo endiablado y vibrante de Rodolfo Biaggi.

La difusión del tango estuvo centralizada principalmente en programas con grabaciones como “El éxito de cada orquesta”, en Radio Mitre conducida diariamente por Julio Jorge Nelson; en las tarde por Radio Porteña, una orquesta por día y en vivo, en los bailables de los sábados y domingos por Radio El Mundo.

Entre la enorme cantidad de muy buenas orquestas típicas, le cupo a Aníbal Troilo ser, probablemente, el estandarte del cambio ya que a través de su excepcional conjunto supo plasmar todos los elementos característicos de esta época. El tango de los intuitivos pasó a ser un recuerdo, al ser reemplazado por los avances del estudio, el conservatorio y la técnica. Recuerdos de un Buenos Aires que se fue.

El tango

EL JUEGO DE BILLAR

(Foto: Luis Medrano)

Quiero invitarlos a compartir un episodio que viví cuando acababa de rendir mi última materia en medicina.

A fin de festejar el acontecimiento con los compañeros de la guardia Hospitalaria, resolvimos reunirnos en un café del centro para jugar al billar y luego cenar. Aproveché la ocasión para invitar a mi padre a compartir la salida.

Muy alegres llegamos al café donde nos encontramos todos. Elegimos la mesa, unos tacos y comenzamos a jugar. Uno de mis compañeros invitó a mi padre a que eligiera un taco. Aceptó con poco entusiasmo. Cuando llegó su turno, pifió. Repitió el tiro y pifió otra vez. Nuevo intento y nueva pifiada. Entonces nos dijo: “Jueguen ustedes. …hace tanto tiempo que….” y dejó la frase en suspenso, y a su taco apoyado sobre la pared.

Al colocar el taco en su sitio, observé que estaba incompleto, no tenía punta. O sea que papá había usado un taco pegando con la cabeza de un clavo. Lo cambiamos y nuevamente lo invitamos a integrarse. Todos habían marcado puntos. Llegó su turno y nueva pifiada.

Pero alguien dijo: “Intente otra vez”. Lo hizo y acertó 3 carambolas. Alivio y alegría por parte de todos. Cuando llegó nuevamente su turno repitió en voz baja: “es que hace tanto tiempo…”, y anotó 2 carambolas más. Parecía que le iba tomando la mano.

Estaba último pero en su siguiente entrada anotó 7 carambolas y se puso segundo. Y repetía “es que hace mucho tiempo…”. Siguió el juego y nuevamente anotó 8 carambolas y pasó al frente. En la entrada siguiente ganó.

Es un “tapado” dijeron mis amigos. Por una carambola nuestra tu papá hace diez. Entonces la pregunta obligada: “¿Pero Ud sabía jugar al billar?”. Y nos dijo: “Es que hace mucho tiempo que no juego. De soltero frecuentaba “Los 36 Billares” y jugaba unas 2 horas diarias. Pero eso ocurrió hace mucho tiempo”.

La cena nos permitió enterarnos de muchos detalles de la época  a la que se refería mi padre. Fueron recuerdos de un tiempo compartido con mi viejo en ese Buenos Aires que se fue.

Los juegos

EL LINYERA

El linyera se caracterizaba por tener como único objetivo la libertad. Trabajaban generalmente hombreando bolsas o en la cosecha de maíz, viajando libremente en los trenes cargueros, como pasajeros discretos y silenciosos.

En 1920, el gobernador José Camilo Crotto dispuso que durante la cosecha, los braceros viajaran libremente en los trenes de carga. Esta disposición dió origen a la denominación de crotos.  Su mundo se integraba con hombres sin trabajo, pequeños comerciantes arruinados y muchos inmigrantes temporarios, que venían sólo para la cosecha.

Las pertenencias las traían en un atado llamado lingher o linye, por extensión linyera. El linye también se llamó mono, tenía forma cuadrada y estaba armado con una bolsa de arpillera abierta, donde colocaba ropa, elementos de abrigo, una caja de hojalata para papeles y libros. También una bolsita de arpillera o lona, la bagayera, donde colocaba los utensilios para comer. El bandolión, una lata de querosene de 20 litros cortada por la mitad, usada como balde u olla y el fierrito asador, con el que sostenía el linye.

Vestían blusa y pantalón, gorra o boina. Pañuelo o toalla al cuello; alpargatas o botines Patria, los que usaban los soldados, y bolsas maiceras que usaban como ponchos. El hogar del croto o linyera era la vía. Se ubicaban al reparo de los galpones de cereales de cada estación, durmiendo a la intemperie.

En los almacenes de campo se implementó la costumbre de los 5 centavos. En un plato, los parroquianos dejaban 5 centavos los días sábados. Cuando el croto llegaba, retiraba su moneda y compraba algo en el almacén.

Alto, delgado, sucio y mal entrazado, los ví durante mi infancia caminando por el barrio. Me quedaron grabadas dos imágenes: la del linye cargado al hombro. sostenido por el fierrito, y las colillas de cigarrillo que juntaban del suelo en las proximidades de la estación de tren, en Plaza Miserere.

Recuerdo que no nos acercábamos a ellos porque creíamos ver una mirada de enojo. Siempre caminaban solos, sin apuro, a veces fumando un pucho. Ignoránbamos la otra parte de la historia, cuando subían al tren carguero, en busca de trabajo. Recuerdos de un Buenos Aires que se fue.

La cuestión social

LOS MENSAJEROS

Las “Agencias de Mensajería” aparecieron en Buenos Aires en la primera década del siglo XX. La mayoría estaban ubicadas en la zona del microcentro tales como Mensajeros “El Bonaerense” en la calle Florida; Mensajeros “El Rayo” en la calle Corrientes, “Mensajeros Argentinos” en la calle Victoria (Hipólito Irigoyen). Estuvieron vigentes hasta la década del 40.

Los mensajeros usaban un uniforme gris y cubrían su cabeza con una gorra en al que se identificaba la agencia a la cual pertenecían y prácticamente eran todos menores de 16 años de edad que cobraban un sueldo miserable. Adosada al cinturón llevaban una cartera sobre de cuero, en la cual colocaban los mensajes, cartas o telegramas.

Hasta 8 cuadras cobraban 20 centavos con tranvía incluido; hasta 30 cuadras con tranvía incluido, 60 centavos. Si el mensajero debía esperar la respuesta y llevarla al remitente, la tarifa se incrementaba en 10 centavos. El empleo de bicicletas, agilizó  sus desplazamientos. El comercio y las empresas utilizaban los mensajeros para distribuir sus cartas, facturas y almanaques. Las familias porteñas recurrían a las mensajerías para enviar cartas, regalos de casamientos, invitaciones, etc.

El 28 de Diciembre, día de los Santos Inocentes, era el preferido para los bromistas porteños. Utilizaban a los mensajeros para enviar a familiares y amigos toda clase de chascos. Ese día era muy especial para esta actividad ya que llovían los reclamos para localizar al gracioso y devolverle la atención. Se pierde en el tiempo la imagen del joven mensajero que llevó los recados en aquel Buenos Aires que se fue.

Fuente: “Música, Recuerdos…y algo más”. FM 97.9 Radio Cultura. Emisión Nº 44. 17 de Febrero de 1999

Personajes de la ciudad

PIEL Y SECRETAS

Caminando por las calles de Buenos Aires, se observaban en el frente de algunas casas, chapas de bronce que anunciaban:”Dr. XX,  Piel y Secretas”.

Se trataba de los dermatólogos que trataban las enfermedades por transmisión sexual, especialmente la sífilis y la blenorragia. Eran épocas en las que la prostitución oficial y no oficial estaban muy difundidas. Por lo tanto, las enfermedades por transmisión sexual abundaban y llenaban los consultorios especializados.

Antes de la década del 40, en plena era pre-antibiótica, el tratamiento de la sífilis era muy tóxico y de eficacia limitada. Se utilizaban inyecciones de “Bicianuro de mercurio”, de ahí el famoso dicho:” Una noche con Venus y 20 años con Mercurio”. También inyecciones intramusculares de “Yodo bismutato de quinina” y las inyecciones endovenosas de “Sulfarsenol” o de “Neosalvarsán”, ambos derivados del arsénico.

Había que se un héroe para aguantar semejante batería de medicamentos, que mientras le hacían cosquillas a la espiroqueta, el agente productor de la sífilis, provocaban lesiones hepáticas y renales irreversibles. Pero no sólo eso, sino que cuando el que aplicaba las inyecciones no era muy canchero, inyectaba fuera de las venas provocando lesiones importantes en la piel y en la profundidad del brazo.

Los tratamientos duraban meses y años, por lo tanto estos accidentes se repetían con frecuencia creciente. La promoción de medicamentos aparentemente útiles y maravillosos, se extendió por todo el país, de la boca de charlatanes y a través de avisos sensacionalistas, en las revistas más populares de la época.

Se prometían curaciones a corto plazo que nunca se materializaban. Se traían ejemplos de extrañas clínicas europeas ubicadas Francia, Suiza o Alemania, en donde “extraordinarios profesores” habían logrado resultados nunca antes alcanzados, utilizando “las inigualables y legítimas píldoras Beiz, el más poderoso y menos peligroso de los medicamentos contra la blenorragia y demás infecciones urológicas, sin necesidad de lavajes e inyecciones. En pocas semanas…” continuaba el aviso.

La aparición de la penicilina, en la década del 40, controló la blenorragia en 24 horas y a la sífilis en una semana, en aquel Buenos Aires que se fue.

La cuestión social

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