El Buenos Aires que se fue

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Archivo de Enero, 2011

LA TOS CONVULSA (COQUELUCHE)

La tos convulsa era uno de nuestros enemigos comunes en la infancia.

Eran épocas en donde las infecciones eran un problema serio y de difícil solución. No se conocían los antibióticos. Sólo existían algunas vacunas y los procesos infecciosos eran muy prolongados. La tos convulsa era uno de ellos.

Era una enfermedad muy contagiosa que no tenía tratamiento. Los accesos de tos provocaban estados de asfixia frecuentes y penosos. La resolución espontánea de la enfermedad llevaba alrededor de 3 a 4 meses, ayudada con el empleo de jarabes antitusígenos, inhalaciones de vapores de eucalipto y fricciones en el pecho con untura blanca.

Una recomendación de ese entonces, era la aspiración de humo de locomotoras. Por ese motivo, visitaba el puente peatonal ubicado sobre las vías del Ferrocarril Oeste, hoy Sarmiento, en la calle Bustamante, donde el movimiento era intenso por existir ahí una playa de maniobras. En ese sitio, todas las locomotoras eliminaban humo.

Nunca olvidaré la sensación de respirar profundamente el humo tibio proveniente de sus chimeneas, alimentadas con carbón de hulla. Otra recomendación, más generalizada, era establecerse en el campo, lejos de la ciudad y de la contaminación ambiental, haciendo cura de reposo. Esa era una modalidad de tratamiento muy común en esa época, aplicada fundamentalmente a la tuberculosis.

Aislarse de la ciudad no era difícil. Nos mudamos por 3 meses, a una casa quinta ubicada en la localidad de Florida. Era otro mundo, lejos de la civilización. No hicimos nuevos amigos, por el problema del contagio, pero conocimos  a sapos y renacuajos en los charcos, víboras y nidos de pájaros, mariposas y bichos canasto, toda una serie de novedades que llenaron nuestros días de espera  hasta que nuestra salud, regresó la normalidad. La llegada de la vacuna triple permitió el control casi absoluto de este flagelo  de aquél Buenos Aires que se fue.

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LA HELADERÍA

Eran locales pequeños y escasos, en los que podía adquirirse un limitado surtido de helados.

Los gustos tradicionales eran crema vainilla, chocolate, limón y frutilla. Los precios eran de cinco centavos para el vasito pequeño; diez centavos el vasito común o el sandwich simple y veinte centavos el vasito grande o el sandwich doble.

Una o dos pequeñas mesas con sillas thonet, permitía a una pequeña familia degustar una cassata, servida en un plato de vidrio con forma de caracol marino, acompañado de una cucharita chata, exclusiva y un vasito con agua fría.

El olor dominante era el de la crema vainilla, el olor a heladería. En un extremo de la conservadora, se preparaba el helado, girando a mano una gran pala de madera que movía el helado constantemente. Una vez finalizado, se lo almacenaba en un recipiente que, colocado en la conservadora, se lo rodeaba con trozos de hielo y sal gruesa, a fin de conservarlo a temperatura adecuada.

Era un método artesanal que recién se modificó cuando se difundieron las conservadoras eléctricas. A los gustos tradicionales, se agregaron el dulce de leche y posteriormente la crema americana. Durante años, los gustos se mantuvieron estables. Luego se agregaron los helados de ananá y de durazno.

Esta lista era común en todas las heladerías de Buenos Aires, excepto en la heladería “Roma”, ubicada en la zona del Once. Siempre colmada de clientes, la lista incluía todo tipo de gustos: de yerba, papa, remolacha, variedades de chocolates, coco, zapallo, naranja, mandarina y muchos más. La visité en dos oportunidades, pero no me aparté de los gustos clásicos, elegí crema y limón. Curiosidades que nos tocó vivir en el Buenos Aires que se fue.

La ciudad

EL COLECTIVO

El servicio de colectivos apareció como una solución para la falta de ocupación que padecían casi 10 mil taxis que circulaban por la ciudad.

En el mes de setiembre de 1928, un taxista angustiado por la crisis, decidió subir varios pasajeros a su espacioso vehículo y efectuar un recorrido con destino fijo y paradas intermedias. La primera línea de autos colectivos inició su recorrido desde Lacarra y Rivadavia hasta Plaza Flores y su inmediata prolongación a Primera Junta.

Este primer viaje fue imitado rápidameente por otros colegas y así surgió el colectivo, un invento argentino. La tarifa para el primer trayecto era de 10 centavos y 20 para llegar a la segunda parada. El transporte de Buenos Aires no era suficiente para cubrir las necesidades existentes. Muchas zonas estaban aisladas y no era posible trasladarse con rapidez.

Los medios de transporte eran el tranvía, el subterráneo y algunas líneas de ómnibus. El servicio de taxis tenía una tarifa elevada y no era solicitado. Los primeros colectivos transportaban a ocho pasajeros, ubicados cuatro en el asiento trasero, tres en los transportines y el restante al lado del conductor. La tarifa se pagaba al llegar a destino y no había boletos.

El éxito fue inmediato y rápidamente se sumaron otras líneas, aumentando el malestar de los taximetreros. La rápida aceptación del usuario obligó a carrozar los coches para transportar a 10 pasajeros, los que, previa consulta,  se los ubicaba de acuerdo al sitio donde descendían, para evitar dificultades en cada parada.

El colectivo se convirtió en un notable competidor de los otros medios de transporte, en especial de los tranvías, que registraron una llamativa disminución de las ganancias; esta situación motivó una enérgica reclamación al Intendente por lo que se consideraba una competencia desleal.

El colectivo era rápido, no había apretujones, especialmente para señoras y ancianos y brindaba un servicio nocturno después de las 22.30 horas. El servicio debió sortear múltiples inconvenientes durante más de 20 años, para poder trabajar sin dificultades en ese Buenos Aires que se fue.

La ciudad

LOS PRIMEROS 100 BLOGS

En 1970 regresaba con unos colegas de un congreso médico realizado en Houston, EEUU. Decidimos hacer una escala en México y quedarnos 3 días para conocer la ciudad y las Pirámides de Teotihuacán.

Estábamos caminando por la Zona Rosa cuando me detuve aobservar un edificio y pensé: “¿Porqué no hago lo mismo en Buenos Aires y me comporto como un turista?”. Ese fue el detonante de mi inclinación a informarme y conocer Buenos Aires, razón fundamental que me llevó a escribir sobre la vida y los personajes del Buenos Aires que se fue, presentando los temas en Radio Nacional primero y luego en Radio Cultura, durante 6 años.

Ahora, con alegría observo que hay escritos más de 100 entradas al Blog, en este excelente portal educativo que es Monografías. com. Al recordar los pasos seguidos tengo la necesidad de expresar agradecimientos: en primer lugar, a los editores por brindarme la oportunidad de expresar mis inquietudes, y en segundo lugar a los compañeros de blog y a los lectores, que han tenido la gentileza de enviar sus comentarios que tanto ayudan en la búsqueda y elaboración de los temas tratando de transmitir imágenes, describiendo épocas nostálgicas o como bien dijo un lector, como un aporte a preservar la memoria de aquel Buenos Aires que se fue.

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EL RADIOTEATRO

El radioteatro en episodios comenzó en 1931, con temas gauchescos, relacionados con Martín Fierro y Santos Vega. Los temas reivindicaban a los débiles y al triunfo del bien sobre el mal.

La popularidad de Andrés González Pulido y su conjunto “Chispazos de Tradición”, fue el resultado de sus historias relacionadas con la denuncia y reivindicación social, asociado con los mitos populares de bandidos como Bailoretto y Mate Cosido. Emitía sus capítulos diariamente, para una audiencia cada vez mayor, configurando “la hora de la novela”.

Los actores se convirtieron en auténticos ídolos. Los fines de semana, la compañía actuaba en los cines y clubes de Buenos Aires y alrededores. Muchas veces, quien desempeñaba el papel del villano, debió ser defendido de la agresión de los espectadores que querían lastimarlo por sus maldades.

Se emitían novelas para todos los gustos. El espectro era muy amplio: novelas de amor, de intriga, de aventuras, históricas o para el oyente infantil; clásicos de la literatura o temas bien populares. La duración habitual era de un mes. En la década del 40 se trasmitían 29 novelas diarias; por la mañana, tarde y noche.

Cuando caminaba por la vereda, podía escuchar las diferentes emisiones al pasar por cada edificio, ya que la radio, era el medio de entretenimiento más popular. Quienes no poseían radio, se reunían con los que la tenían, a una hora determinada, todos los días, para disfrutar cada capítulo, y cuando eso no era posible, al día siguiente se lo contaban con todo detalle.

Los rubros protagónicos fueron famosos y característicos de cada emisora: Mecha Caus y Antuco Telesca; Eva Franco y Enrique De Rosas; Elsa O’Connor y Mario Danesi; Blanca del Prado y Fernando Lamas; Eva Duarte y Jorge Lanza. Dentro del radioteatro cómico. fue muy popular “Los Pérez García”, por Radio El Mundo. En el radioteatro infantil fue notable el desempeñio de ”La pandilla Marilyn” y “Tarzan de la selva”, con Oscar Rovito.

Fue fundamental el aporte de periodistas y autores teatrales que se incorporaron al radioteatro como Roberto Gil, Luis Pozzo Ardizzi, Roberto Valenti, Abel Santa Cruz, Celia Alcántara y Alberto Migré. Los temas de amor fueron el elemento dominante, en novelas escritas por Silvia Guerrico y Nené Cascallar. Fueron memorables las emisiones con Oscar Casco, Nidia Reynal, Hilda Bernard y Ricardo Lavié, sensación de las décadas del 40 al 50.

La voz del relator constituía el hilo conductor, que identificaban a la novela y a la emisora, como por ejemplo Julio César Barton con Radio El Mundo. Junto a Radio Belgrano y Radio Splendid, estas emisoras se especializaron en la emisión de novelas de intriga y de amor. Radio del Pueblo y Radio Mitre en cambio, emitían preferentemente novelas de carácter histórico, de aventuras o relacionadas con la inmigración.

A través del radioteatro escuché entre otras, “La Dama de las 18″, novela de intriga con Eva Duarte. También “Los 3 mosqueteros” y “El Conde de Montecristo”, que se difundían en horas de la tarde de aquél  Buenos Aires que se fue.

Fuente: “Tango y Cultura Porteña” FM 97.9 Radio Cultura. Emisión Nº 34. 20 Febrero de 1999

Modas y costumbres

EL CIRCO

La llegada del circo al barrio era una fiesta para grandes y chicos, que disfrutaban de cada función en sus modestas instalaciones.

Eran viejos circos con sus carromatos desvencijados y pocos animales,  que llegaban a la ciudad luego de recorrer caminos diversos por el Gran Buenos Aires o el interior del país. Se ubicaban en un terreno baldío instalando una carpa pequeña, llena de remiendos, tarea en la que eran observados por chicos y perros.

Su estadía raramente superaba las 2 semanas pero era el espectáculo favorito de las familias y los obreros. Los pibes reían con entusiasmo ante las piruetas del tony, siempre vestido con ropa que le sobraba por todos lados y enormes zapatones. Disfrutaban al payaso, con su cara pintada de blanco y los ojos de negro, que vestían traje hecho con telas de llamativos colores; usaban un sombrero cónico y zapatillas de baile.

Los payasos y los tonys, eran el alma del circo, siempre festejados por el público infantil. Pero no podemos olvidar a la ecúyere haciendo pruebas sobre un caballo, a los grupos de acróbatas y trapecistas, que en algunas oportunidades, trabajaban sin red, transmitiéndonos un temor ante el riesgo de lo imprevisto.

El plato fuerte eran las fieras: leones, tigres y domador, donde a veces, percibíamos que los leones acababan de despertarse, a juzgar por los bostezos, pero el látigo del domador les recordaba su rutina, en la cual “se jugaba la vida” alterando la tranquilidad del público.

Un par de elefantes viejos y cancheros, cumplían su presentación con exactitud y agilidad, a pesar de su tamaño. Creíamos ver una sonrisa cuando recibían el premio después de cada prueba de equilibrio, superada con habilidad. Nos atraían los vagones del circo, donde se transportaban a los animales, con una mezcla de curiosidad y temor.

Como los ingresos no eran muy buenos, de la noche a la mañana se levantaba la carpa y el circo que nos proporcionó instantes de emoción, temor y alegría, salía en busca de otros grupos familiares, en otro de los baldíos existentes en aquél Buenos Aires que se fue.  .

El barrio

EL BOTELLERO

¡Botellas, diarios, ropa vieja para vender, botelleeeeero!. Ese pregón repetido y con pocas variaciones presentaba al botellero, personaje que recorría las calles de Buenos Aires.

Llevando una bolsa de arpillera, visitaba puerta a puerta las casas del barrio con la clásica pregunta:”¿ Señora, tiene algo para vender?”. Lo habitual eran diarios, revistas y botellas. Pero otros conducían carros tirados por un caballo viejo y cansado. Estos compraban camas viejas, sus elásticos, muebles, artefactos de cocina y ropa.

Con un tránsito cansino, el matungo aprovechaba cada oportunidad para lanzar resoplidos y descansar. El botellero era un individuo que vestía un pantalón gris que disimulaba la mugre, camisa, gorra y alpargatas. En invierno agregaba un saco rotoso. Con un pucho en su boca o mascando un escarbadiente, usaba como balanza “una romana”, que daba el peso que él quería, ya que siempre era menor que el real.

Pagaba unos centavos por elementos en desuso o inservibles. Todo el material del día lo llevaba al depósito donde recibía un pago discreto. El regreso, se verificaba a la tarde o por la noche, especialmente después de hacer una parada en el boliche, donde se jugaba varias partidas de cartas y se tomaba varios vinos, dejando parte de lo ganado durante el día.

Pasaba regularmente a la misma hora, siempre con el mismo canto, siempre corrido por los perros, que le ladraban a las ruedas y procuraban morder las patas del caballo. Todo el material obtenido tenía un destino de reciclado.

No se conocía el material plástico. Era la época de la “baquelita”, un material similar al plástico con el que se fabricaban juguetes y artículos de escritorio como los clásicos tinteros involcables. Ya sea a pié o con el carro, su pregón popular se escuchó durante más de medio siglo en las calles de ese Buenos Aires que se fue.

Personajes de la ciudad

LA PRIMERA COMUNIÓN

Recibir la Primera Comunión era la culminación parcial de un proceso educativo comenzado en la Iglesia desde varios meses antes. La etapa preparatoria la realizamos por las tardes en la Iglesia, , donde un grupo de catequistas nos introdcían en los misterios del catecismo.

Teníamos entre 8 y 12 años y con entusiasmo, se iba gestando la elaboración de conocimientos simplificados, fácilmente accesibles de la Historia Sagrada. Compañeros de escuela, compañeros del barrio, y nuevas amistades nos encontrábamos en esta cita obligatoria. El permanente olor a incienso y la penumbra de la Iglesia, contribuían a crear un ambiente muy especial, único e inolvidable.

Se sucedían los ensayos de como actuar, experimentar por primera vez la hostia en la boca, esa extraña sensación al adherirse al paladar. Por primera vez nos confesamos para posteriormente sentirnos más sanos, más buenos, aunque fuera por un instante. Era común señalar alguna falta cometida, conflictuando con la confesión ya realizada.

Finalmente llegó el día esperado, el 8 de Diciembre. Las chicas con sus vestidos blancos, vaporosos y los varones con sus trajes llevando el moño blanco en el brazo izquierdo, conjuntamente con el rosario y el pequeño misal. Estrené mi primer traje de pantalón corto, color gris, obsequio de un tío.

De riguroso ayuno recibimos por primera vez la hostia consagrada. Después, con gran algarabía al finalizar la ansiedad acumulada, tomamos el chocolate en el patio de la parroquia. Al cabo de unos días nos sacábamos unas fotos recordatorias del gran día.

Comenzaba la visita a los familiares, donde dejábamos una estampita que en el dorso decía “Recuerdo de la Primera Comiunión de Carlos E. Araujo, efectuada en la Parroquiea Tránsito de la Virgen, el día 8 de Diciembre de 1943. Siempre vestido como el día de la ceremonia, en cada visita recibíamos algunas monedas a cambio de la estampita y una de las fotos.

No nos causaba alegría, no eran visitas placenteras. Era tiempo robado a los juegos con los amigos. Pero un día finalizaban y volvíamos a nuestra vida habitual, en aquel Buenos Aires que se fue.

La cuestión social

PIROTECNIA DE FIN DE AÑO

Una semana previa a Navidad, ya se vendían los cohetes. El más inofensivo, “el raspa pared”. Se trataba de una tira de cartulina de 30 centímetros; en uno de sus bordes tenía depósitos de pólvora del tamaño de una uña del dedo meñique, separados 3 centímetros uno de otro. Se raspaba en la pared y provocaba explosiones seriadas. Era el más elemental.

“El cohete fósforo” se raspaba como un fósforo, arrojándolo. Muchas veces explotaba en ese momento, provocando quemaduras en los dedos. “El cohete chino” era el clásico cohete de mecha. Había una versión con cohetes muy pequeños, “la ametralladora”, que nosotros usábamos de a uno, para prolongar su duración. Costaba 10 centavos.

“La cañita voladora” tenía una versión sin palito, “el buscapié”, que una vez encendido, avanzaba zigzagueando por el piso hasta explotar. “El rompeportones” era un paquetito atado con un piolín que se arrojaba fuertemente contra la pared. La explosión era la más poderosa y la deflagración de la pólvora dejaba en la pared una mancha imborrable con colores que oscilaban desde negro al azul violáceo.

Un cohete de versión casera se elaboraba con azufre y pastillas de clorato de potasio, empleadas para calmar el dolor de garganta y que eran de venta libre. Se convertía una barrita de azufre, empleadas para calmar los dolores en el cuello, en polvo y algo similar con las pastillas. Se mezclaban y se colocaba dentro de las chapitas de cerveza o gaseosas.

Para ello, se extraía la membrana de corcho con todo cuidado, se colocaba la mezcla de polvo y se tapaba a presión. Luego se colocaba boca abajo, en las vías del tranvía, generalmente a mitad de cuadra, donde el tranvía nunca frenaba. Nos sentábamos en los umbrales de las casas a esperar. Cuando el tranvía pasaba, oíamos una explosión por cada una de las 6 chapitas que se colocaban cada vez.

Era fugaz, pero el ruido que alteraba la tranquilidad del pasaje, compensaba la espera. Entre explosión y explosión, desviábamos los autos evitando que las chapitas fueran empujadas de su sitio, hasta la llegada del próximo tranvía. Los cohetes con lluvia de colores y los fuegos artificiales, eran una rareza; sólo se veían en festivales organizados por alguna parroquia o por entidades oficiales durante las fiestas patrias, en aquel Buenos Aires que se fue.

Los juegos

EXAMEN DE INGRESO AL COLEGIO NACIONAL

Mientras cursábamos el último año de la escuela primaria, llegaba el momento de realizar los pasos necesarios para preparar el examen de ingreso. El primero fue adquirir el “Manual de Ingreso”. Contenía dos materias, Matemáticas y Castellano.

Nuestro maestro de 6º grado se ofreció a prepararnos en su domicilio, 2 horas, 2 veces por semana, por el pago de una suma modesta. Como pudimos apreciar que los resultados no eran buenos, realicé el curso en un Instituto Incorporado.

Matemásticas por la mañana, 4 horas; Castellano por la tarde, 4 horas, de lunes a sábados. La exigencia era totalmente distinta. El aula estaba completa. Los docentes eran muy exigentes; tenían un prestigio ganado en base a los buenos resultados obtenidos. Lo cierto es que asistí durante un mes. Y llegó el día señalado.

Fue en el Colegio Mariano Moreno. Era un edificio grande con la extensión de una calle; tenía entrada por Rivadavia y por Bartolomé Mitre. Patios enormes donde pasábamos desapercibidos. De la romería previa cambiamos al silencio cuando ingresamos al aula, muy grande, para 40 alumnos, con grandes pizarrones.

La gran diferencia que observé fueron los pupitres. Eran individuales, más cómodos y estaban cubiertos de rayones, marcas y escrituras. No tenían tintero. Por la mañana rendimos Matemáticas. Nos entregaron unas hojas en las que previa identificación, anotamos las preguntas correspondientes. Era mi primer examen. Estaba nervioso y no contesté todas las preguntas correctamente.

La secuencia de pasos se repitió por la tarde con Castellano. Estaba más tranquilo y contesté mejor el cuestionario. Después, la incertidumbre de la espera. No recuerdo cuantos días pasaron antes de regresar al Colegio y verificar los resultados. En grandes planillas y por orden alfabético, figuraban los puntajes obtenidos.

Todos los que superaban un mínimo allí especificado, accedían al ingreso. Mi nombre figuraba dentro del margen de aceptación. Había ingresado al Colegio Nacional en diciembre de 1945 de aquel Buenos Aires que se fue.

La educación

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