El Buenos Aires que se fue

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EL DESHOLLINADOR

Los deshollinadores comenzaron a trabajar en Buenos Aires a partir de 1915, siguiendo las enseñanzas de un experto llegado de Austria. Los vi en varias oportunidades, cuando vivía en el barrio de Almagro. Montados en una bicicleta, vestidos de negro, con una galera negra algo deformada, en uno de los hombros llevaban un rollo de grueso alambre con un cepillo en uno de los extremos.

Su rostro estaba totalmente teñido de negro. Adosados al caño horizontal de la bicicleta, un par de escobillas y detrás del asiento, una caja donde colocaban rasquetas, cucharones y escobitas para barrer el piso de las chimeneas y retirar el hollín acumulado. Trabajaban en las casas de familia cuando comenzaban los primeros fríos del otoño.

También se ocupaban de las cocinas de los grandes hoteles y de las altas chimeneas de las fábricas, donde empleaban cinturones de seguridad, antiparras y sogas para desplazarse dentro de los grandes tubos de las chimeneas. Era un oficio molesto y riesgoso. Provocaba lesiones broncopulmonares y visuales; cáncer de testículo, también llamado cáncer de los deshollinadores. La inhalación de gases nocivos ocasionaban mareos provocando accidentes serios.

La piel se teñía de negro, muy difícil de limpiar. Lavados con agua caliente, uso de piedra pómez, jabón y pasaje de cepillo de cerdas eran imprescindibles para blanquear. Era muy útil el lavado con afrecho que suavizaba las manos. Pero el rostro, siempre quedaba negro.

A principios de la década del 70 la actividad empezó a disminuir. La aparición de los sistemas de calefacción a gas y del agua caliente central, fueron responsables de que estos personajes con galera, dejaran de recorrer en bicicleta las calles de un Buenos Aires que se fue.

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