El Buenos Aires que se fue

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Archivo de Diciembre, 2010

EL DESHOLLINADOR

Los deshollinadores comenzaron a trabajar en Buenos Aires a partir de 1915, siguiendo las enseñanzas de un experto llegado de Austria. Los vi en varias oportunidades, cuando vivía en el barrio de Almagro. Montados en una bicicleta, vestidos de negro, con una galera negra algo deformada, en uno de los hombros llevaban un rollo de grueso alambre con un cepillo en uno de los extremos.

Su rostro estaba totalmente teñido de negro. Adosados al caño horizontal de la bicicleta, un par de escobillas y detrás del asiento, una caja donde colocaban rasquetas, cucharones y escobitas para barrer el piso de las chimeneas y retirar el hollín acumulado. Trabajaban en las casas de familia cuando comenzaban los primeros fríos del otoño.

También se ocupaban de las cocinas de los grandes hoteles y de las altas chimeneas de las fábricas, donde empleaban cinturones de seguridad, antiparras y sogas para desplazarse dentro de los grandes tubos de las chimeneas. Era un oficio molesto y riesgoso. Provocaba lesiones broncopulmonares y visuales; cáncer de testículo, también llamado cáncer de los deshollinadores. La inhalación de gases nocivos ocasionaban mareos provocando accidentes serios.

La piel se teñía de negro, muy difícil de limpiar. Lavados con agua caliente, uso de piedra pómez, jabón y pasaje de cepillo de cerdas eran imprescindibles para blanquear. Era muy útil el lavado con afrecho que suavizaba las manos. Pero el rostro, siempre quedaba negro.

A principios de la década del 70 la actividad empezó a disminuir. La aparición de los sistemas de calefacción a gas y del agua caliente central, fueron responsables de que estos personajes con galera, dejaran de recorrer en bicicleta las calles de un Buenos Aires que se fue.

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LOS REYES MAGOS

La llegada de los Reyes Magos creaba ansiedad y expectativa en la primera semana del año. El sentido que cada familia asignaba a esta festividad era muy variable. Mientras en algunos casos, se despejaba la inocencia a muy temprana edad, en otras se procuraba mantener la ilusión el mayor tiempo posible.

Era un acontecimiento muy especial, la única  oportunidad de recibir regalos fuera del cumpleaños. No se festejaba la llegada de Papá Noel o de Santa Claus; sólo los Reyes Magos. Se los podía visitar en las tiendas Harrod’s o Gath & Chaves, llevándole una carta con los pedidos de juguetes. Se vivía una mezcla de emoción y temor al estar frente a tales personajes.

En la noche del 5 de Enero se preparaba el área donde se colocaban los zapatos junto con la carta en el vano de la puerta de acceso a la habitación. Se buscaba pasto en la plaza o en el potrero para alimento de los camellos y un recipiente con agua para calmar la sed de los viajeros. La indicación que recibíamos era de irnos a dormir más temprano. También es cierto que nos despertábamos más temprano para vivir sensaciones muy agradables ante la presencia de los juguetes.

Cuando pibe, vivía en una casa de inquilinato con otras cinco familias. Era el único niño de la casa. Ese día de Reyes fue inolvidable, porque cada uno de los vecinos colaboró aportando un regalo entre los que se encontraba mi primera pelota de fútbol Nº 2, de cuero y con tiento que me acompañó durante mi infancia. Los pibes aparecían con algunos de los regalos, en especial, los que se jugaban en conjunto.

La ilusión de los Reyes Magos se mantuvo hasta que el contacto con los pibes en la escuela, nos despejó la incógnita. Era habitual que la llegada de los Reyes fuera recibida con genuina inocencia durante la primera infancia, día de fiesta muy especial e inolvidable que vivimos en ese Buenos Aires que se fue..

Modas y costumbres

EL BALNEARIO MUNICIPAL

Foto: ( A. G. N. )

Ubicado entre las calles Belgrano y Brasil, el balneario se convirtió en uno de los paseos preferidos, sin distinción de clases sociales, cuyo acceso se vió facilitado por la llegada de muchas líneas tranviarias.

Estaba adornado por esculturas importantes como La Fuente de las Nereidas, la estatua alada de los avidores del Plus Ultra y el monumento dedicado a Luis Viale. La gente se acercaba al balneario para refrescarse y bañarse, no para tomar sol porque la belleza femenina estaba vinculada con la blancura de la piel.

Las escalinatas eran sitio de citas o de estadía con gran afluencia los fines de semana. Disponía de vestuarios confortables por el módico costo de diez centavos, con derecho a ducha, guardarropas y en las aguas, un  grupo de bañeros salvavidas. El horario de baños era de 6 a 11 y de 15 a 19 horas.

Era obligatorio el uso del traje de baño completo, con pantalón y pechera; estaba prohibido el uso de calzoncillos y los bañistas debían traer su toalla. Su permanencia en el agua no podía superar la media hora. El espigón dividía a la gente según el sexo: a un lado señoras, niñas y a veces niños; del otro lado el resto.

Por la noche la gente disfrutaba de los restaurantes y confiterías cercanas como “La Rambla”, “Brisas del Plata”, “Juan de Garay”, y la “Cervecería Munich” desde cuya glorieta se observaba el río y los barcos durante el almuerzo. Los viernes y sábados se asistía a espectáculos de varieté o se escuchaba y bailaba el tango.Los niños disfrutaban de los juegos mecánicos.

La decadencia del Balneario comenzó a fines de la década el cuarenta. Junto al alejamiento de la gente, se produjo el deterioro del paseo y de sus monumentos. En la década del 70 aparecieron los carteles alertando sobre la contaminación del río y un “genial funcionario municipal” ordenó en 1978 demoler los edificios de la confiterías. Se salvó la Munich, verdadero baluarte arquitectónico de aquel Buenos Aires que se fue.

Fuente: “Música, Recuerdos y…algo más”, FM 97.9  Radio Cultura. Emisión Nº 29.   4 Noviembre de 1998

La ciudad

EL MATEO

El mateo, también llamado coche de plaza, era un coche de alquiler tirado por uno o dos caballos, que tenía paradas en las plazas más importantes, bajo las copas de los árboles, refugio para el sol y la lluvia. Algunas plazas disponían de bebederos para los caballos, como en la plaza Lavalle.

En sus épocas de esplendor se abrían las cocheras de las casas ricas para dar paso al coche con su cochero de librea. Había Victorias muy bien cuidadas con sus elásticos engrasados, las ruedas pintadas y los rayos fileteados. Los caballos llevaban cascabeles en la collera. Se usaban para realizar un paseo vespertino por los jardines de Palermo o para ir al cine con toda la familia.

Adornado con cintas nupciales, trasladaba a la pareja que iba a casarse. También transportaba a los “Niños Bien” y a las chicas non santas a la salida del cabaret. El cochero era todo un personaje, que se destacaba por la forma de comportarse, poniendo en evidencia sus antecedentes y experiencia. Una dinastía de abuelos, padres, hijos y nietos.

En los carnavales, el mateo convenientemente adornado, era un componente indispensable en los desfiles del corso, paseos y batallas con serpentinas y papel picado. En las noches de lluvia, transportaban a las parejas que se juraban amor eterno, detrás del impermeable de celuloide que los protegía de la lluvia mientras el cochero, cubierto con su capote, escuchaba el chorrear del agua por la galera asegurándose una buena propina.

La escasez de trabajo motivó que muchos se dedicaran al transporte de verduras en el Mercado de Abasto o en el Spinetto, o hicieran la mudanza de un pobre bohemio que a duras penas podía pagar el traslado de un par de bártulos viejos. La presencia del automóvil, fue responsable de su paulatina desaparición. Hoy quedan algunos en el zoológico y sus alrededores, un nostálgico recuerdo de ese Buenos Aires que se fue.

Personajes de la ciudad

LA VISITA DEL MEDICO

La visita del médico era un acontecimiento por su seriedad e importancia. Ante un episodio febril o malestar general se consultaba al médico de la familia. Un llamado telefónico realizado por mi madre, lo imponía de las novedades observadas. Surgía una indicación muy frecuente: un purgante de mediana acción, reposo en cama, dieta blanda y esperar su visita al caer la tarde.

Para esta ocasión, pasaba el día en la cama de mis padres. Todo estaba ordenado: una botella de alcohol, una toalla de lino, una cuchara sopera y una toalla común. El médico llegaba vestido de traje y corbata, impecable. A veces, traía un pequeño maletín. Colocaba la toalla de lino sobre mi espalda y auscultaba el tórax mientras yo obedecía la indicación de respirar con mayor intensidad, diciendo 33. Percutía la espalda y luego, acostado, palpaba mi abdomen con mano suave y experta. En el silencio de ese acto, percibía un suave perfume ante cada movimiento de su cabeza.

El procedimiento culminaba con lo peor, el examen de la garganta utilizando el mango de la cuchara sopera. En mi interior, rogaba por un examen fugaz, ya que las náuseas eran incontrolables. Completado el examen, indicaba el camino a seguir y prescribía algún medicamento o más frecuentemente, escribía la fórmula magistral de algún jarabe expectorante o gotas para la tos, asociado con fomentos secos en el pecho y la espalda, dos veces por día y la friega en el pecho con untura blanca, un producto en base a trementina.

Con las preguntas complementarias de mis padres, finalizaba la visita. Los inviernos eran cosa seria, porque las afecciones respiratorias se cronificaban. No había antibióticos. El único medicamento “moderno” para estas infecciones eran las sulfamidas y sus derivados. Los productos envasados eran escasos.

Al día siguiente, me levantaba pero tenía prohibido ir al patio a jugar. Recurría entonces, a los viejos libros de cuentos, leídos cientos de veces y a los juegos archiconocidos. Nueva llamada telefónica al médico, quien actualizado de la situación con el informe de mi madre, indicaba el regreso a la vida habitual. Recuerdos de un Buenos Aires que se fue.

La cuestión social

BARRIOS Y ….ALGO MÁS

En el siglo XX distintas plagas azotaban los distintos barrios de la ciudad. Anualmente nos visitaban las langostas, destrozando todo tipo de plantas y pelando los árboles. También dejaban sus huellas en la ropa colgada en los fondos de las casas. No se disponía de elementos eficaces para combatirlas. Se esperaba un par de días hasta que se iban.

Los ratones y las cucarachas siempre estuvieron presentes en la vida del porteño. A pesar de todas las tácticas desarrolladas para atacarlos, cada vez son más numerosos. Muy pocos eran los elementos eficaces para combatir moscas y mosquitos. Se luchaba mediante el uso de líquidos como el conocido “Flit” o similares. Se vaporizaba una cantidad prudencial en el dormitorio, se cerraba la puerta y la ventana y al cabo de una hora, la mayoría de los bichos yacían en el suelo, muertos o casi muertos.

Los barrios recibían la visita inesperada y antipática de la perrera, un camioncito con amplios estribos donde se montaba uno o dos empleados municipales que sostenían un lazo para atrapar a los perros sueltos. Cundía el temor en el barrio y la voz de alarma se difundía velozmente,. Pero había otra realidad. La rabia canina estaba presente y la perrera era el medio más eficaz para controlar el contagio de esa mortal enfermedad.

Abundaban los vendedores ambulantes, quienes se desplazaban en caros arrastrados por un caballo o empujando ellos mismos un carrito de dos ruedas. Se detenían en una esquina o a mitad de cuadra pregonando su mercadería. Algunos tocaban los timbres o golpeaban los llamadores de bronce con forma de mano, casa por casa. Generalmente se hacían presentes a la misma hora.

Una o dos veces a la semana, las amas de casa tenían la alternativa de comprar los comestibles en la feria del barrio, cuyos precios eran algo inferiores a los del mercado o el almacén. Cada barrio tenía su feria ubicada en una calle cortada. Cuando pasado el mediodía finalizaba su actividad, se retiraban los puesteros dejando en distintos sectores de la calle, el saldo negativo de su actividad. Cajones vacíos, cartones y papeles que recubrían las frutas, huevos rotos, restos de hortalizas y frutas en mal estado, restos de pescado, grasa y recortes de carne, que provocaban la bronca de los vecinos, ya que la Municipalidad no los retiraba en el momento. Al día siguiente llegaba un camión de basura y retiraba los montículos dejados en las esquinas.

Los barrios tenían su almacén y bar en el mismo edificio pero separados, siempre atendidos por el mismo dueño. Era habitual que los pisos estuvieran cubiertos por aserrín de madera, cuya razón desconocemos. La clientela del almacén era fundamentalmente femenina. La del bar, masculina. Eran dos áreas no superpuestas. En los almacenes no se hacía cola. Cada uno era atendido de inmediato. Los comestibles se veían y olían. Se elegían de unos cajones de madera con un muestrario transparente en el frente, donde se podían apreciar las características de la mercadería. Los productos no estaban envasados. Se compraban en grandes bolsas de papel o de arpillera y luego se vendían al menudeo. El almacenero colocaba el pedido en una hoja de “papel de almacén”, ubicada en la balanza. Alcanzado el peso deseado, hacía un paquete artesanal rematado en dos moñitos.

Con la finalidad de abaratar los productos de la canasta familiar, aparecieron “Las Grandes Despensas Argentinas”, la “GDA” como se las denominaba. Eran locales de mediano tamaño, donde se obtenían los comestibles a un precio más reducido. Para los amantes del vino, una cadena de almacenes llamada “Bodegas La Superiora”, se especializaba exclusivamente en la venta de vino en damajuana y bebidas alcohólicas destiladas.

Fue famosa la cadena de bazares “Pedro Bignoli y Cía”, por una promoción de venta a $ 0.95, $ 1.95 y $ 2.95, que se hizo muy popular. Sus sucursales se distribuyeron en puntos estratégicos de los distintos barrios. Igualmente popular fue el bazar “Dos Mundos”.

El café era una institución con reglas muy particulares. Quienes comenzaban a visitarlo cumplían un período de prueba. Debían mostrar prudencia, respeto a los parroquianos más antiguos y reserva en lo concerniente a su vida privada. Pagar las deudas de juego, no ser alcahuetes de la policía y no ser homosexual. Había que vivir en el barrio y tener ocupación conocida.

En el Salón para Familias concurrían las mujeres o parejas. Era un área vedada a los habituales del café. Los precios eran más elevados. Las mesas estaban cubiertas por un mantel y adornadas con un pequeño florero con flores artificiales. Contrariamente a los gritos y expresiones sonoras que se oían en el café, en el Reservado se hablaba en voz baja, casi en un susurro. Generalmente era visitado por gente de otro barrio que encontraba un sitio propicio para una cita sin ojos ni oídos indiscretos. Vivencias y recuerdos de un Buenos Aires que se fue.

El barrio

EL ASADO

El asado es una institución porteña. motivador de reuniones con los amigos o con los miembros de la familia. Fue un pretexto muy empleado por los inmigrantes para convocar a los paisanos cuando construían su casita.

Mientras se está cocinando el asado libera un olor identificable. Oliendo el aire, uno puede orientarse y saber de donde proviene. A las 11 de la mañana, Buenos Aires nos ofrecía el exclusivo espectáculo de los obreros en la calle, que al hacer un alto en sus tareas laborales, preparaban un exquisito asado en una parrilla improvisada con dos caños y un trozo de alambre tejido o directamente sobre una pala.

Esos olores nos avivaban el apetito en repetidas oportunidades. Los obreros, en su improvisación, saboreaban un chorizo, un trozo de asado o de vacío mientras la envidia de los transeúntes se experimentaba en las miradas que recaían sobre el almuerzo callejero.

Cuando se lo saboreaba en un restaurante, se servía en un brasero parrilla; a medida que el hambre se aplacaba, ese olor se hacía menos agradable. Otro asado clásico era el hogareño de los domingos especiales, el que se llevaba a la panadería del barrio, en la asadera propia o en una más grande, de color negro, facilitada por la panadería.

No eran asados comunes o frecuentes. Eran circunstancias especiales, en las que se asaba un lechón o un chivito y en la casa, el tamaño del horno si existía, no era adecuado. Al mediodía se retiraba la asadera de la panadería, cubierta con una hoja de papel blanco de envolver, llevándola con dos repasadores para no quemarse las manos.

Durante el trayecto se liberaba un apetecible olor, totalmente distinto al asado cocinado a la parrilla. Este olor era percibido primero, por el que llevaba la asadera, por los transeúntes ocasionales, por aquellas personas apostadas en las puertas de sus domicilios y por los perros del barrio.

En unos carritos con triciclo, se preparaban trozos de asado, chorizos, morcillas y chinchulines. Comenzaron a trabajar en la Costanera Norte y se conocieron como “los carritos de la Costanera” o simplemente “los carritos”. En una asadera pequeña, también preparaban chorizos con cebolla y salsa, usando como fuente calórica uno o dos calentadores “Primus” o sino una cocinita a querosén.

Cercanos a los estadios de fútbol en días domingos y a los clubes de la zona de Palermo todos los días, fueron estos carritos los salvadores del hambre de muchos aficionados al fútbol o de estudiantes de la secundaria, que al mediodía o a la tarde, cumplían con los requisitos de la materia Educación Física, en los clubes de la zona en ese Buenos Aires que se fue.

El barrio

LOS BARRIOS Y ALGO MÁS

En un comienzo los barrios tenían calles de tierra, con zanjas para el paso de las aguas servidas y el agua de lluvia. Como las lluvias convertían las calles en lodazales, a la entrada de las casas, se colocaba una plancha de hierro para quitarse el barro de la suela de los zapatos o zapatillas.

En la ciudad había muchos terrenos baldíos, correspondientes al diseño de áreas de 100 metros de lado divididos en 34 parcelas. Los lotes se pagaban desde 24 a 60 cuotas sin interés, a razón de cincuenta centavos el metro cuadrado. Los terrenos no vendidos se convertían en pasajes o calles cortadas.

El sistema de la construcción de la casita en el suburbano se basó en el aprovechamiento de los fines de semana para edificar con la promesa de un asado para los amigos, cuarto por cuarto, de acuerdo a la disponibilidad de dinero.

Los barrios fueron adquiriendo características propias. El entubamiento del arroyo Maldonado originó la Avenida Juan B. Justo, caracterizada por su trayecto serpenteante, siguiendo las curvas del arroyo. Como homenaje al partido Socialista, todas las veredas se construyeron con baldosas rojas.

En algunas avenidas (Rivadavia, Parral), se colocaron adoquines de madera, que regularizaban la superficie. La llegada del pavimento hizo desaparecer paulatinamente a los adoquines de piedra o se recubrió esa superficie con capas asfálticas, como ha ocurrido con la mayoría de  las calles de la ciudad.

La recolección y eliminación de la basura mejoró con la creación de las usinas incineradoras en Chacarita, Flores y Pompeya, unido a una mejora en los carros recolectores. A las chatas arrastradas por caballos, se le agregaron unidades motorizadas, que tenían una campanita dentro de la cabina, aumentando el parque de carros basureros. La basura también era destruída por los 30 mil incineradores domiciliarios, contaminantes de la atmósfera capitalina.

La higiene de las calles fue mejorada con el uso de barredoras, regadoras y recolectoras, eran de color gris y muy ruidosas, que pasaban por la noche pegadas al cordón de la vereda. Entre 1939 y 1959 existieron los baños públicos municipales, con la intención de remediar las carencias en los barrios periféricos. Fueron desmantelados cuando el agua pudo llegar a todo el ámbito de la capital.

La iluminación eléctrica fue por cuenta de CADE y La Ítalo Argentina, luego reemplazadas por SEGBA. La iluminación nocturna fue medianamente aceptable. En los barrios cercanos a la Avenida General Paz, podían verse niños que arriaban 4 o 5 vacas, vendiendo leche recién ordeñada y levantando nubes de polvo en las calles de tierra, allá por la década del 50.

Los días domingo eran para salir con la familia. Se organizaba un viaje en tranvía o colectivo para ir al Zoológico, o al centro a ver vidrieras o visitar la Plaza de Mayo, darle de comer a las palomas, ver los monumentos y culminar con un café con leche y medialunas en los cafés de la zona. Quienes podían hacerlo, iban a una confitería a merendar té con masas que en días muy especiales, culminaba con el regreso en taxi, cuya bajada de bandera costaba cincuenta centavos.

Otro paseo del fin de semana era el Balneario Municipal, ubicado en la Costanera Sur. La entrada era gratuita y poseía casillas para cambiarse, duchas, negocios para comprar sandwiches y bebidas. También se alquilaban sombrillas, lonas y toallas. Su horario era de ocho de la mañana hasta el anochecer. Por las noches se asistía a las funciones de varieté que se ofrecían en la confitería Munich, mientras se saboreaban apetitosas comidas alemanas rociadas con una exquisita cerveza. La zona constituía uno de los principales centros de diversión de los porteños.

Los barrios tenían características distintivas: el barrio del Abasto poseía el imponente Mercado Proveedor; en Mataderos las fábricas de chacinados y frigoríficos. En Parque Chas, el barrio de 55 manzanas donde todos se perdían, por su particular diseño de calles semicirculares que rodeaban una laguna formada por las lluvias.

El barrio de la Boca, con su puerto, su Riachuelo y su progresivo mal olor, producto de las fábricas y frigoríficos que arrojaban sus deshechos en sus aguas, alguna vez cristalinas. Sus boliches de tango, cantinas, cafés y prostíbulos que le otorgaron características únicas y definidas.

El barrio de Palermo con sus paseos tradicionales al Zoológico, el Jardín Botánico y al Rosedal, con paseo en bote incluído. Cada barrio tenía su parroquia, donde se tomaba la Primera Comunión el 8 de diciembre o se bautizaban a los pibes, a medida que llegaban a este mundo. Casamientos los sábados por la noche. El barrio participaba de la Procesión que se ofrecía anualmente, seguida de la kermesse en los patios de la Parroquia.

Cada barrio tenía algun “manosanta” o “curandera” que mitigaba males físicos y espirituales de las visitas. Pero también visitaban domicilios, cuando eran convocadas para curar un “empacho” o un “mal de ojo”. A la pregunta de: “¿que le debo Doña?”, la respuesta era: “lo que pueda” o sino:”Ud sabe, como siempre”. Recuerdos de un Buenos Aires que se fue.

La ciudad

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