El Buenos Aires que se fue

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Archivo de Noviembre, 2010

LAS CONFITERÍAS

Buenos Aires fue una ciudad de confiterías tradicionales con clientela selecta. Ir a la confitería formaba parte de un paseo minuciosamente diseñado, en donde disfrutar de una taza de té de calidad acompañado de sabrosas masas y tortas, contribuía a coronar una salida al “centro” de la ciudad. En muchas ocasiones, la permanencia en la confitería se enriquecía con la actuación de una orquesta que, con música suave, contribuía a que la experiencia fuera más placentera.

Cada una de las confiterías tradicionales se caracterizaba por sus especialidades en repostería, cafetería y por el estilo de su decoración. La “Confitería París” era concurrida por una selecta clientela que acostumbraba saborear sus locatelli de pavita y su exquisito chocolate. Fue refugio de los políticos del Partido Conservador; cerró en 1959.

En Suipacha 380, se edificó la “Confitería Ideal” en 1918. De Europa se trajeron los materiales necesarios para su decoración: arañas francesas, sillones de Bohemia, boisserie de roble de Eslabonia, percheros de 12 brazos. Tenía plata baja y primer piso con una abertura en forma de óvalo que comunicaba ambas plantas y permitía observar un luminoso vitreaux en el techo. Fue lugar tradicional de reunión de señoras a la hora del té, con la posibilidad de disfrutar la música que desde 1944 interpretaba el conjunto de Osvaldo Norton. Aún sigue vigente.

Frente al Congreso de la Nación se levantó la “Confitería del Molino”, construida en estilo art nouveau, decorada con mármoles y bajorrelieves de bronce, mesas de mármol y butacas de cuero. En sus 3 subsuelos tenía la planta de elaboración, bodegas, fábrica de hielo y en el primer piso, un salón de fiestas. Allí se reunieron parlamentarios del radicalismo y el socialismo, quienes saborearon su café, su exquisita repostería o el Postre Imperial Ruso. En 1997 cerró sus puerts definitivamente.

La mayoría de las confiterías estaban ubicadas en la zona céntrica pero en algunos barrios se encontraban tradicionales exponentes como “Las Violetas” en Medrano y Rivadavia, en el barrio de Almagro. Mesas de mármol, gruesas columnas, vitreaux, arañas de bronce con caireles de cristal tallado y mozos vestidos de etiqueta, servían el café vienés o los brioches que la caracterizaron en otra época. Ha sido restaurada y actualmente, es muy concurrida.

Otras confiterías famosas fueron la “Perla de Flores”, “La Perla de Once” aún vigentes, “El Telégrafo” frente a Plaza Italia y “El Paulista” en Jurametnto y Cabildo. Recuerdos de un Buenos Aires que se fue.

Fuente: “Tango y Cultura Porteña” FM 97.9 Radio Cultura. Emisión Nº 29. 15 Noviembre de 1999

Modas y costumbres

LA PUBLICIDAD HUMORÍSTICA

En una época con abundancia de programas cómicos y de revistas humorísticas, la publicidad con humor se efectuó tanto a nivel radial como gráfico. Los recursos humorísticos constituyeron una estrategia de marketing para estimular la adquisición de productos de consumo.

En la década del 40 se usaban los cuellos duros en las camisas, enganchados mediante un gemelo de metal. “Cuellos TRES V.V.V.” publicaba sus avisos con el slogan “Imponga su personalidad”, en donde el protagonista aparecía en el primer cuadro con el cuello todo arrugado, provocando el rechazo de quienes lo rodeaban; pero al usar los “Cuellos TRES V.V.V.”, todo cambiaba.

“S.E.R.A.T.” era la sigla de “Sastres Especializados Reformas Arreglos Trajes”. En un aviso aparecen madre e hijo impecablemente vestidos provocando admiración, mientras la señora comenta en voz baja:”Si supieran que fueron de tu padre, reformados en S.E.R.A.T.”

Los tiradores fueron muy usados por los hombres en reemplazo del cinturón, hecho que promoivió avisos gráficos como el del usuario que corre para alcanzar el tranvía y comienza a perder sus pantalones, lo que motiva al guarda que le sugiera desde el vehículo en marcha:”Pero señor ¿Por qué no usa tiradores Napoleón?”.

Otra de las propagandas que tuvo éxito fue la del vino “León” que se promocionó con avisos en los que a la pregunta “¿tiene algo que declarar?, siempre se respondía aludiendo a la marca del vino. Así un piloto ha logrado saltar a tiempo del avión que se ha estrellado y ante la pregunta del periodista responde:”Si…que salvé la botella de vino León”.

La “Sastrería Muro y Cía” publicaba un aviso titulado “Faltas de educación”, en el cual se ve a un pasajero que sale corriendo del subterráneo y atropella a los que quieren subir; puede leerse “Nunca debe uno adelantarse a una señora…aunque esté apurado para comprar un traje en MURO y Cía”.

La promoción de “Instantina”, un producto recomendado para gripes y resfríos, se realizaba con el dibujo de un acróbata colgado del trapecio por las piernas, que sostiene a su compañero mediante una soga apretada entre los dientes, pero al estornudar, lo deja caer, mientras éste grita “Instantina”.

Los avisos de “Geniol”, además de la famosa cabeza sonriente llena de clavos, tornillos y tirabuzones mostraba un aviso donde la joven señora recibe a su madre que viene con valijas y la jaula del loro, mientras su yerno murmura: “esto me va a traer dolor de cabeza”. Al pie del aviso se lee: “Geniol calma, entona y descongestiona”.

Los avisos de “Jarabe Famel” mostraban a un espectador ubicado en el palco de un teatro, que tosía sin cesar, mientras el director de la orquesta lo fulminaba con la mirada. El texto del aviso decía: “Tos, resfríos, catarros y contra esa tos cruel, JARABE FAMEL”.

La firma “Saint” en la propaganda de su yerba mate Águila, señalaba a un espectador sentado en el ringside, junto al cual pasaba volando un boxeador despedido del cuadrilátero por el puñetazo de su oponente, a quien le decía: “¿ya te vas?…tomá otro mate”.

“Casa Braudo” vendía trajes para hombres con dos pantalones. Esta particularidad motivó muchos avisos humorísticos: “un individuo vestido para salir y con el sombrero colocado, está en calzoncillos tratando de zurcir el pantalón, que ha colocado sobre la cabeza de su hijo, mientras éste dice: “Papito, para que no te ocurra esto, tenés que comprar tus trajes en “CASA BRAUDO”. Eran otros tiempos en aquel Buenos Aires que se fue.

Modas y costumbres

LA QUEMA

En la zona de Nueva Pompeya se ubicó el vaciadero de basuras, formado por los residuos domiciliarios, de mercados y restaurantes, transportados por las chatas municipales de recolección. Eran carros de hierro y madera que poseían cajas volcables con puertas laterales y traseras, que permitían deshacerse rápidamente de la carga nauseabunda. Pintadas de color gris, tenían 4 ruedas: las delanteras más pequeñas que las traseras.

Los residuos permanecían a la intemperie hasta su precaria incineración, pero en el interín, eran removidos por los hurgadores, los cerdos y los perros. Daban origen a un criadero de ratas y moscas. En 1925 se instaló la Usina incineradora. Una maquinita a vapor arrastraba 3 o 4 vagonetas volcables llenas de ceniza y escoria, que contribuían a rellenar los terrenos bajos y el bañado.

Los pibes de la zona jugaban dentro de la Usina deslizándose sobre un terraplén en plano inclinado, sentados en una chata de hospital. La Usina no era suficiente para quemar los deshechos, por lo que el vaciadero crecía constantemente. La salud de la población de los alrededores estaba permanentemente amenazada, porque la quema al aire libre levantaba un humo blanco amarillento, denso e infecto, que llevado por los vientos, invadía las casas con olores insoportables. Recuerdo que en una oportunidad fuí al estadio del Club Huracán. En el 2º tiempo comenzó a llenarse de humo hasta imposibilitar ver las camisetas de ambos equipos durante más de 15 minutos.

Hombres, mujeres y niños se dedicaban a la recolección de papeles, trapos, latas, huesos y vidrios, que diariamente se vendían cuando pasaba un carro que compraba todo. La mercadería se pesaba con la famosa balanza “romana”, que siempre favorecía al comprador. Vivían en viviendas precarias construidas con los deshechos.

Muchas veces, al basura constituía las paredes de esas viviendas, cuando sus habitantes cavaban un hueco en las montañas de basura, albergándose en esas cuevas con toda la familia. Así se vivía, trabajando con la basura y comiendo desperdicios de comestibles mezclados con ella.

Los cirujas que eran individuos sucios, mal vestidos y muy mal alimentados, vendían el cartón, el papel y los metales en los depósitos del barrio; rescataban alimentos decomisados en almacenes, fiambrerías y depósitos de comestibles, para el propio consumo. En combinación con los conductores de los carros municipales, seleccionaban los desperdicios previamente a su llegada a la Usina Incineradora.

Desarrollaban su tarea protegiendo sus piernas con arpilleras atadas con alambres. Vendían el rezago de metal constituido por culotes de lamparitas, ollas, pavas, cables eléctricos, tramos de cañería de plomo y manijas de bronce de los ataúdes. Su venta permitía la adquisición de vino, cigarrillos o una pelota de goma para los pibes del barrio de ese Buenos Aires que se fue.

La ciudad
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